Desde El Refugio
A vueltas con las pilinguis
Mariano Roca
Una vez más, y van ciento, ha saltado a las páginas de los periódicos el recurrente problema de la prostitución en la vía pública. Utilizando el manido tópico de que ya han corrido ríos de tinta sobre dicho particular, lo cierto es que en esta vida y en este mundo hay determinadas cosas que no tienen –ni tendrán, añade un servidor- lo que se dice enmienda, puesto que contra ciertos impulsos es muy difícil luchar. Además, ya nos aconsejó Oscar Wilde, que era de todo menos tonto, que “para librarse de la tentación, lo mejor es caer en ella”. Tan es así, que el calificativo de “el oficio más viejo del mundo” quizá no esté aplicado a la buena de Dios, sino a hechos reconocidos que figuran de modo explícito en la historia de la Humanidad: desde Cleopatra y anteriores, pasando por la mujer adúltera que contemplan los evangelios, la Celestina, la reina consorte María Luisa de Parma, la reina Isabel II de Borbón (la de los Tristes Destinos), hasta llegar a El Molinete, las inmediaciones de la grúa Sansón y, últimamente, las calles del caso antiguo de Cartagena, las prostitutas han venido a ser una institución encubierta pero sólida, dado que, históricamente, reputadas personalidades, incluyendo algunas con vestiduras talares, les han rendido un culto furtivo pero fidelísimo.
En dicho sentido el escritor Javier Royo, en su libro La vida golfa, hace un minucioso recorrido por el Madrid de los Austrias y después de los Borbones, incluso remontándose a la época del rey Alfonso X El Sabio, el cual reconoció la prostitución y normalizó las mancebías, tratando de evitar que aumentara en incontrolada y vergonzante clandestinidad. Durante dicho recorrido, que acaba en el popular affaire entre el torero Luis Miguel Dominguín y la exuberante Ava Gardner, se ve cómo reyes, validos, amantes de reinas, déspotas de distinto pelaje, próceres con amplios poderes de mando en plaza, clérigos de esclavina morada, etcétera, trataban de erradicar la prostitución mientras en la Corte les servían en alcoba de plata a los soberanos de todos los tiempos y a canónigos de altos vuelos las concubinas más gratificantes y discretas, a fin de que satisficieran sus reales deseos sexuales, los cuales no alcanzaban con las respectivas esposas en el coronado lecho, o tal vez ni siquiera lo requirieran de ellas habida cuenta de que, sin salir embozados de palacio, obtenían gratis et amore los favores de las cortesanas y feligresas favoritas, siempre dispuestas a complacer a los monarcas y demás capitostes relacionados con la realeza, el poder y el clero.
Rancho aparte eran y son las rameras de andar por casa, por decirlo de alguna forma. Esto es, las que hoy se conocerían como “las de todo a cien”, en paráfrasis de los tiempos actuales. Ahora las rameras ya no colocan una ramita –de ahí la etimología de su adjetivo, o sustantivo, según se aplique- en el balcón de sus casas para indicar a los potenciales clientes que en la habitación contigua pueden dar rienda suelta a sus placeres carnales por una módica cantidad de dinero. Ahora, repito, como en los balcones suele verse bien sea alguna maceta, el aparato de aire acondicionado, la tumbona de playa, ropa tendida y también una o varias jaulas con canarios flauta prisioneros en ellas, sería muy difícil que una rama de algo llamara la atención del cliente ad hoc. De ahí que, en Cartagena, deshabilitado El Molinete como centro base para los fines que hoy tratamos, la “masa trabajadora del amor” se haya echado a las calles en busca de fortuna, si es que la persona que vende su cuerpo a cambio de unos pocos euros puede llamarse afortunada, al margen de esas otras pilinguis de más alto standing que se anuncian en los medios y echan sus jornadas en casas “muy decentes”. Es decir: exactamente igual que ocurría en tiempos de Carlos III, Carlos IV y el felón de su hijo Fernando VII, entre otros muchos. (A propósito, la periodista Pilar Eyre, durante una entrevista radiofónica con motivo de la publicación de su reciente libro La soledad de la Reina, dijo que “el Rey don Juan Carlos le habría sido infiel a doña Sofía con unas mil quinientas mujeres”, sic –eso, que se sepa-, seguramente para hacerlas reinas por un día, o por unas horas, y nadie se ha rasgado las vestiduras ni se conoce querella alguna contra la escritora. Buen remedo de don Juan Tenorio, que “Yo a las cabañas bajé, yo a los palacios subí, yo los claustros escalé…”). En fin…
Por último y resumiendo: que las autoridades competentes, las plañideras oficiales, los hipócritas con escapulario y los sepulcros blanqueados se olviden de erradicar la prostitución, porque absolutamente nadie lo ha logrado hasta ahora. Más les valdría comenzar a combatir con gran energía a los chulos, proxenetas y demás individuos de la misma ralea que, en puridad, son los que explotan, extorsionan y agreden a estas pobres mujeres, originando el escándalo público cuando la recaudación del día no se ajusta a los planes diarios que su sevicia infrahumana les demanda. Ellas, por sí solas, bastante castigo tienen con soportar a determinados clientes dignos de ser evacuados por la alcantarilla más próxima, en aras de poder malvivir cada día.


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