A las cinco de la tarde: “RUE DEL PERCEBE”

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RUE DEL PERCEBE

Decía Abraham Lincoln que; “Se puede engañar a parte del pueblo parte del tiempo, pero no se puede engañar a todo el pueblo todo el tiempo”.

“Asinque”, y pensando en las sandeces de nuestros políticos de cabecera, de los cuatro partidos hegemónicos, unos más que menos, de los tontos de alcoba que quieren la independencia de su casa pero mantenidos por el Estado, de los alpargateros de quieren quitar la estatua de Franco y poner la del tonto de la ramblas que no descansa, sin duda más adecuada a su identidad, en fin, un país de pandereta, un país de oportunistas que diría El Sémola, no de oportunidades, sí de oportunidades políticas para oportunistas de futbolín y medio pelo, algunos con pelo pero indecentes a la cubana, me hacen pensar en aquellos TBO´s de Ibáñez, los cuales nos dieron la llave a algunos de mi generación para luego, interpretar la literatura metafórica y profunda de nuestros ilustres artistas de las letras, y a los más estúpidos a atrevernos a expresarlas.

La Rue del Percebe 13 o la España de Galdós hecha pandereta y botijo. Un paseo efímero por un edifico lleno de personajes curiosos, anegado de oportunistas, vividores, y adanes de la sociedad que en mayor o menor medida sirven de metáfora de la España actual. Nada más llegar y recién alojados, “Podemos” ver a Don Senén, dueño de una tienda de ultramarinos o lo que surgiera la circunstancia, que siempre encuentra la manera de engañar a la necesitada clientela, a los votantes o a quien se cruce, hoy pescadería, mañana panadería y si es necesario un garaje…

La “valenciana” portera, personajes que se enriquecen a costa del pueblo sin pasar la escoba, que nos puede recordar la graciosa grosería del chismorreo español, donde los programas más mediáticos de este país, programas progres, por supuesto, son de eso, de chismes, de chismosos y chismosas, paradigma de la cultura española. O la metáfora del ascensor eternamente estropeado y canal de trapicheo de variopintos constructores afines a los mandamases.

Lo de la alcantarilla es curiosa prosopopeya, alquilada y realquilada de forma independentista como morada a Don Huron, con pelo o sin pelo, con risa o sin risa, con orejas o sin ellas, que parece transportado a este siglo por la decadencia de la sociedad y la especulación. El veterinario del primero izquierda, nada competente, que lo mismo usa el pavo real de plumero que de abanico, según el sitio, símil aforado en nuestra sociedad. Adosado al “doctor” la sede de algún “popular” partido de la época, no en vano se llama Pensión Rita y se dedica a realquilar a los “ciudadanos” y demás afines frustrados, la dirige un mezquino personaje y está continuamente superpoblada, antesala de los palacios de Justicia donde sorprenden los continuos intentos por alojar a más inquilinos mediante irregulares y estrafalarios métodos.

Un piso más arriba aparece la protectora de animales, encarnado el sarcasmo en una anciana que no para de cambiar de mascota, da igual, el caso es dar por saco al vecindario, elefantes, perros, gatos… De vecino, un piso multi-alquilado, lo mismo vemos a algunos bigotes realizando trajes a medida que soñadores mediocres con sueldos caros amparados en negras y oscuras tarjetas, o algún cartero de fortuna ofreciendo sobres por doquier. Pero todo normal.

En el tercero, el patoso y estúpido ladrón, Ceferino, que encarna a una clase de inútiles que, con tal de robar, roban hasta estachas de barco, o arena de ladrillo. Luego los traviesos, los trillizos “porculeros” que, sostenidos y mal educados por el sistema actual, aprovecha sus resquicios para joder a su madre, como sea. Capaces de usar trampas de rinoceronte para cazar adeptos o novios para su hermana, “la del catálogo del IKEA”, o moler un collar de perlas para disfrute de la tribu, en comuna y en perfecta orgia alucinógena de talentos, eso sí, son menores de 45 años, a partir de ahí, burgueses de corbata y traje de marca sin derechos.

Y la azotea, donde Manolo, el más social y demócrata de este país tiene su habitáculo, debajo del cartel que da nombre a tan singular edificio, él, embargado y denostado, a pesar de esconderse de sus permanentes acreedores, desdibujando sus actos y siendo un deudor de confianzas empedernido se le conoce por la astucia de escapar de sus acreedores, de las andaluzas, de los castellanos, de los valencianos, en fin, de todos y todas, compañeros y compañeras, eso sí, viviendo de los sablazos y engaños en los que es un maestro y no pintor precisamente, intentado cambiar de morada a toda costa. Pero esto es una generalidad en este país.

« A las cinco de la tarde. Una espuerta de cal ya prevenida »

Andrés Hernández Martínez

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