Historias de Alumbres: “Excursiones y playas” por Francisco Atanasio Hernández

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Francisco Atanasio Hernández                                                                      18-4-2017

 

HISTORIAS DE ALUMBRES:

 

EXCURSIONES Y PLAYAS

 

El singular entorno natural de Alumbres y el imparable progreso de la sociedad, propició que, poco a poco, se adoptara la sana costumbre de frecuentar algunos lugares de los alrededores, unas veces por necesidad, y otras para disfrutar de un rato de merecido ocio en el tiempo libre, especialmente en días señalados como festivos, u onomástica de un santo/a, por lo que durante mucho tiempo, tanto jóvenes como mayores dedicaron un día o unas horas, a la fusión con la naturaleza y la consiguiente diversión en familia o en grupos de amigos.

Así podemos destacar como lugares más frecuentados, El Canalote, Los Rincones, Sierra Gorda, Las Cuatro Fuentes, La Fausilla, Los Parales, Aguilones (la Cruz de los Caidos), puerto de pescadores de Escombreras, El Gorguel, o Las Playetas.

 

El día de La Candelaria.

Era un día que entonces se acostumbraba a ir de merienda al monte, y la gente de Alumbres iba a Los Rincones, Las Cuatro Fuentes, Sierra Gorda, La Fausilla y al  Canalote, a merendar y a coger palmitos.

 

Grupo de jóvenes de los años 60 en Sierra Gorda. Foto: Archivo de Francisco Atanasio Hernández

 

El Canalote.

Éste era el lugar de mayor concentración humana el día de La Candelaria, y por muchas circunstancias, hoy es totalmente desconocido por las nuevas generaciones, y por otras anteriores que lo conocieron y disfrutaron ha sido injustamente olvidado, aunque lo cierto es que, la instalación de los depósitos de REPSOL, supuso una barrera en el itinerario natural de los alumbreños. El barranco se encuentra entre el Pico de la Migalota y el Cabezo de las Cuneras, que hay frente a la antigua fábrica de Garrabino, y por el que discurría un arroyo entre juncos, carrizos, espartos y palmitos, y era el lugar predilecto de los vecinos de Alumbres para ir de merienda el día de La Candelaria de cada año.

El Barranco de El Canalote en la actualidad con Sierra Gorda al fondo. Foto: Francisco Atanasio Hernández

 

Las mamás y las abuelas preparaban la tortilla francesa, el conejo frito con tomate o el pollo para la merienda, siempre dependiendo de la economía familiar, y a primeras horas de la tarde cogían la cesta y en quince o veinte minutos estaban allí, disfrutando del permanente tintineo que producía la pequeña pero cristalina corriente de agua saltando los obstáculos de piedra que se encontraba en su curso. Pero El Canalote, no sólo era una corriente de agua, sino un conjunto, un singular vergel escondido entre los montes pedregosos, y entre eso y el sol de invierno, se recargaban las pilas de energía positiva. Allí los críos corrían, saltaban y se revolcaban en las majestuosas alfombras de esparto y grama que tanto prodigaban, y los más mayorcitos se dedicaban a recolectar palmitos para comer sus cogollos en casa, o cogían esparto para hacerse hondas. De vez en cuando, algunos críos aventureros se perdían y había que ir a sacarlos de una pequeña gruta en la que se podían admirar algunas curiosas estalactitas y estalagmitas en su interior, porque los chiquillos se confiaban por lo fácil que era entrar en ella,  resbalando por la estrecha entrada de roca en pendiente, lo que para ellos era lo mismo que tirarse de un tobogán,  pero ese mismo carácter resbaladizo de la roca, a los más pequeños, les impedía después salir de ella si no recibían ayuda. Luego vendrían los sabrosos bocadillos de tortilla francesa bien espumada, que sabían a gloria. No mucho más tarde se recogía, y antes de que oscureciera, porque la tarde era corta, se volvía a casa con la felicidad reflejada en el rostro de satisfacción que producía el haber pasado una tarde diferente, en un lugar muy distinto y sumamente agradable.

 

EL CANALOTE

Aquellas tardes de sosiego incomparable,

de los días de La Candelaria,

retozábamos plácidamente sobre las alfombras

de espartos y de aneas

y de gramas y tomillos

que abrazaban al arroyuelo del Canalote

y más que consumirse, se devoraban

como las sabrosas y escasísimas tortillas

que la abuela se esmeraba en preparar.

Grupo de jóvenes de los años 60 en las Cuatro Fuentes. Foto: Archivo de Francisco Atanasio Hernández

 

En la Fausilla. Finales de los años 50. Foto: Cortesía de Juan Martínez García

En alguna que otra ocasión, éste lugar también se utilizó como el más apropiado para festejar la consecución de algún trofeo de fútbol, como aquel que consiguieron en Los Camachos el equipo juvenil de Alumbres, y que según los testimonios, no sólo tuvieron que ganar el partido, sino que además necesitaron armarse de paciencia y esperar tres o cuatro horas a que la Reina y Damas de Honor del pueblo salieran del encierro voluntario al que se habían sometido, en un vano intento de negarles el trofeo a los justos ganadores. Entonces se llenaba la copa ganada en la competición, con un líquido barato que ayudara a pasar la tarde sin perder la cabeza, y de ella bebían todos los componentes del equipo y los aficionados que los acompañaban, y allí, mezclados con la naturaleza, retozaban los chavales, entre los juncos, carrizos, espartos y palmitos, y algún que otro remojón en las frescas aguas del Canalote, como en ningún otro lugar de la zona.

 

El verano y las playas.

Tradicionalmente, los alumbreños han utilizado las playas más cercanas al pueblo para el disfrute del tiempo de ocio en verano y en invierno. Los mayores llevaban a sus hijos a las playas de Escombreras, Los Parales, y el Gorguel, y excepcionalmente, embarcaban a toda la familia en el tren de Cartagena-La Unión, con billete hasta Los Blancos, que era la última parada hasta no hace muchos años, y desde allí, hacían unos dos kilómetros andando hasta las playas de Los Nietos cargados con todo lo necesario para pasar un día de fiesta en sus aguas y comerse una paella en sus doradas arenas.

En Los Parales. Foto: Cortesía de Paco Llor Hernández

Hasta mediados los años cincuenta aproximadamente, en que empezaron los trabajos de desmonte y construcción de la fábrica de FERTILIZANTES, Los Parales, era el lugar preferido por las familias alumbreñas que decidían pasar un día de los “señalados”, el 18 de julio o el día de Santiago en la playa y comerse una paella cocinada con leña, y dormir la siesta bajo la sombra de los pinos que llegaban hasta la orilla. Cada uno empleaba los medios de transporte que disponía para llevar lo necesario, aunque uno muy usual era el carretón que normalmente se utilizaba para llevar los cántaros de agua que se consumía en la casa, y cuando se llegaba a la altura de la finca de Pedro Díaz se seguía el itinerario de siempre, por el camino que pasaba por en medio de las fincas de Pedro Díaz y Cervantes.

Los adolescentes y mayores, especialmente los varones, más independientes y necesitados de aventuras frecuentaban otros lugares donde bañarse además de los mencionados, sobre todo las generaciones que a partir de principios de los años sesenta empezaron a disponer de tiempo de vacaciones en período estival.

Escombreras. Hacia 1960 se construía la empresa de Fertilizantes ENFERSA,     (que después cerró en 1993) en la playa de Los Parales, pero aún quedaba la Cala de Los Bolinches y sus aledaños, para los jóvenes alumbreños que querían seguir disfrutando del tradicional baño veraniego, en los lugares de la dársena de Escombreras que sus mayores habían utilizado con asiduidad.

También se podía elegir la pequeña playa que había en el viejo poblado de Escombreras, detrás del Bar La Playa, propiedad de los padres de Antonio Hernández (Añil)- conocido ex jugador del Real Murcia, Barcelona Atlético y Tarragona de la 2ª división de la liga nacional -, pero a ese lugar llevaban a los más pequeños en el autobús de Meroño, y para los muchachitos de 12 a 15 años era muy importante no ser confundidos con “los mocosos”. Si querías podías darte un buen baño, con ejercicios de salto y buceo incluidos hasta el fondo de unos tres metros, en el muelle de amarre de barcos de pesca que había allí mismo. Pero a pesar de que al final allí te podías quitar el salitre en el agua dulce de “El Charco “, todo ello no era suficiente como para compensar los encantos que tenía el trayecto de vuelta a casa en bicicleta desde Los Parales.

La Cruz de los Caídos. Era el lugar más alejado de Escombreras, pero en muchas ocasiones era el elegido por los jóvenes de los años sesenta, especialmente desde que la Central Térmica de Escombreras empezó a funcionar a finales de los años cincuenta, porque la corriente de agua cálida que devolvía a la mar procedente del sistema de refrigeración por esa zona, era por sí misma un atractivo y una distracción más para el carácter inquieto y aventurero de los adolescentes. Sin embargo no era eso lo único que les atraía a ese lugar, también los lugares naturales lo suficientemente altos como para practicar saltos, pero sobre todo había chicas jóvenes del viejo poblado de Escombreras, y de la recién estrenada residencia de empleados de la Central Térmica que iban a bañarse y a broncear su piel sobre las rocas.

Los Parales. Muchas de aquellas calurosas tardes de los veranos de la primera mitad de la década de los sesenta, a la hora de la siesta, un grupo numeroso de muchachos de más de diez individuos, solían darse cita en los escalones de la plaza de la Iglesia montados en bicicleta, pero antes de salir era habitual que un alumbreño de lo más castizo bendijera la expedición a su manera, en voz bien alta para que todo el mundo se enterara:

– ¡Mira si hay hijos de… en el pueblo, pues verás como luego vuelven todos!

Los Parales-Cala de los bolinches. Foto.miarroba.com

Y entonces se iniciaba la marcha, pasando por la finca de Pedro Díaz y por la de Cervantes, y cuando estaban cerca de la Cala de Los Bolinches, algunos de los chavales, aprovechando que los constructores de la fábrica de ENFERSA en Los Parales habían acondicionado un pequeño muelle allí al lado, impulsaban al máximo sus bicis y se lanzaban al mar montados en ellas, aunque después había que realizar inmersiones para sacar del fondo a los medios de transporte.

Después de una prolongada y divertida tarde de ejercicios natatorios, se cogían de nuevo las bicis y se iniciaba la vuelta a casa, aunque en este caso un poco a la desbandada. Al pasar por la finca de Cervantes era obligada una parada para refrescarse con el agua del pozo, y de nuevo adelante por aquellos caminos se entraba en las tierras de Pedro Díaz, en las que casi todos se paraban a coger algún limón, y al pasar por debajo del emparrado que había cerca de la salida de la finca, se les echaba mano a los racimos de uva que colgaban provocadores de las parras.

Los más osados paraban también en las fincas de Los Piñas y de Los Sandalios, a coger lo que hubiera para llevarse a la boca. En muchas ocasiones no hubo ningún obstáculo en el desarrollo de las aventuras, porque en realidad no se hacía ningún daño  ni a las propiedades ni a los cultivos, pero en otras eran sorprendidos y apedreados, e incluso perseguidos por los enfadados dueños de las tierras que pretendían dar una lección para que no se repitieran los hurtos.

En la actualidad no hay ni un solo lugar en Escombreras donde bañarse, porque las instalaciones industriales y la ampliación de los muelles de graneles y de crudo los han hecho desaparecer, y de las fincas sólo quedan algunos naranjos y limoneros abandonados que recuerdan un pasado agrícola no muy lejano.

Algunos de aquellos jóvenes, mucho más aficionados que otros a la pesca con caña, preferían pasar un buen día de fiesta pescando en Cabo de Aguas o en alguna otra parte cercana de la costa, en lugar de contemplar las diversas alternativas de sol y playa, y para ello, días antes echaban el salabre con una cabeza seca de bonito o de atún, en un lugar del Fangal de Escombreras, a cuyo reclamo acudían los camarones que luego utilizarían de carnada en el anzuelo.

Las Playetas. Es un lugar de la costa que hay detrás de la Refinería de Escombreras y hay que subir el monte de La Fausilla para bajar a la otra parte de la mar. Por lo escarpado del terreno y su difícil acceso era un lugar poco frecuentado, y allí solían ir algunos pequeños grupos de jóvenes varones, cargados de comida y otros bártulos necesarios para pasarlo lo mejor posible, además de algunas artes de pesca que nunca olvidaban los más aficionados en los “días señalados” como el 18 de julio, o el día de Santiago.

Aquel era un lugar predominantemente de roca con una playa muy pequeña y no se podían instalar grandes comunidades de veraneantes, incluso dos grupos de cinco o seis individuos cada uno se podían agobiar, por eso a veces, ocupar el mejor lugar de la playa era motivo suficiente para intentar llegar el primero a costa de lo que fuera, sólo que no siempre salían las cosas como se planeaban. Un día de aquellos de la mitad de los años sesenta, dos grupos de jóvenes distintos divulgaron entre los conocidos que iban a ir a pasar el día de Santiago a Las Playetas, sin embargo los componentes de uno de los grupos quisieron ser más pillos que los del otro y se fueron la tarde anterior para ocupar el mejor sitio de la playa, pero a la mañana siguiente se les habían acabado las provisiones, pues entre otras cosas el mar abre el apetito, y tuvieron que desmantelar el tinglado rápidamente, y mientras estos subían la cuesta del monte haciendo el camino de vuelta a casa, se tropezaron con el otro grupo que bajaba rebosante de energía y de ganas de divertirse en una playa sólo para ellos.

En Las Playetas. Foto: Archivo Fº. Atanasio Hernández

 

El Gorguel. Era el lugar ideal de algunos grupos de jóvenes que lo elegían para pasar un domingo de verano o algún “día señalado”, y donde algunas familias del pueblo pasaban sus vacaciones instalándose en los barracones de madera.

Uno de aquellos días de la mitad de la década de los sesenta que el calendario señalaba como fiesta nacional, fueron a la playa del Gorguel a pasar la jornada un grupo de jóvenes varones, y como uno de ellos era sobrino de Matilde que pasaba unos días con su familia ocupando uno de aquellos barracones, a ella fueron a dejarle los dos pollos fritos con patatas y tomate que llevaban para comer. Estaban disfrutando del baño y de las naturales carreras de natación juveniles cuando llegaron otras familias del pueblo, entre las que ¿casualmente? iban dos chicas que habitualmente flirteaban con dos de aquellos muchachos, y éstos tras una cómplice mirada pensaron que ya era hora de cambiar de compañeros de juegos y se fueron con las chicas.

Un par de horas después, el deporte de natación y los juegos de pelota en la playa, empezaron a producir en los muchachos una sensación improrrogable de reponer fuerzas lo antes posible y llamaron a comer a los otros dos, pero estos jóvenes galanteadores encandilados por la presencia femenina se olvidaron de todo, incluso de que habían ido allí en compañía de otros amigos, que hartos de ser ignorados pensaron irse sin ellos a comer y de paso darles una lección.

– Matilde nos ha dicho tu sobrino que nos des los pollos, que hemos pensado comer en la playa.

– Claro que sí, tomad y que os aproveche – dijo amablemente la noble mujer.

Cogieron la cazuela con mucho cuidado, como si no tuvieran prisa, y cuando desaparecieron de la vista de Matilde corrieron, como alma que lleva el diablo, a guarecerse de los inclementes rayos de sol bajo la generosa sombra de las palmeras datileras que hay en los bordes de la playa, y allí, entre las histéricas risas juveniles que producía pensar en el chasco que se llevarían los otros cuando bajaran de las nubes, y el buen apetito de los adolescentes devoraron el contenido de la vasija.

Playa de El Gorguel. Foto: Francisco Atanasio Hernández

 

Cuando los galantes muchachos se quedaron solos porque las chicas se fueron a comer con sus familias, entonces se acordaron que no sólo de ligar vive el hombre, y se percataron de que algo no iba bien porque sus amigos no estaban por allí, y como el hambre empezaba a hacer estragos en sus estómagos vacíos se dieron a correr en busca de sus compañeros de viaje, pero cuando los encontraron ya era tarde, y mientras los bromistas se revolcaban de risa por la arena, las víctimas de su diversión, más cabreados que de lo normal, se resignaban a su suerte mientras buscaban la forma de calmar el estómago haciéndose un bocadillo.

 

Generaciones posteriores han seguido utilizando esta playa, a la que llevaban sus tiendas de campaña para pasar fines de semana, a pesar incluso de que los vertidos de estériles de la mina no dejaron de contaminar sus aguas y su arena hasta no hace muchos años, y todavía tiene muchos adeptos entre los vecinos de la zona, ahora quizás con más razón que antes, puesto que ya no hay vertidos de las minas, aunque la playa, 26 años después de que éstas dejaran de verter, sigue estando colmatada de estériles mineros, porque la Administración continúa pensando cómo regenerarla, seguramente hasta que la propia naturaleza consiga regenerar lo que la conjunción de la codicia humana y la desidia administrativa han destruido. Además, en esta cala no hace mucho tiempo que se instaló una piscifactoría, y Obras del Puerto también proyecta una obra gigantesca en el lugar, lo que sin duda, haría imposible la utilización de su playa.

Todavía siguen en pie muchas de las casetas de madera pegadas a la falda de los montes, desafiando al tiempo y a los montones de estériles que sepultan las doradas arenas que otras generaciones pudimos disfrutar.

 

 

 

 

 

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