El Rincón Literario de Paco Marín: “El suicidio de Saúl”

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TÍTULO:     El suicidio de Saúl

 

AUTOR:      Carlos Eugenio López

 

EDITA:       Funambulista (2017)

 

Encuadernación: Rústica con solapas. Tamaño: 14 x 18 cm. Número de páginas: 216. PVP: 16,50 €. ISBN: 978-84-946164-9-5

 

«¿Cuál sería Arturo, la suerte de los juicios históricos, literarios o sociológicos si, como la división, se pudieran someter a la prueba del nueve?» Página 195.

 

El suicidio de Saúl no es, ni pretende serlo, literatura de consumo, no es un libro fácil de leer, es un libro magnífico para todos aquellos que le guste ir más allá en la lectura… que le haga pensar y plantearse una y mil preguntas sobre el nihilismo y lo absurdo, muchas veces, de la existencia, indagando además sobre el mal, todo ello envuelto en un genial humor negro al tiempo que paseamos por la filosofía pura y dura –curioso es que el libro esté publicado en la colección ‘literadura’-. Hay que ser muy buen lector para seguir la narración a través de la voz de un perro “Arturo Schopenhauer”… una auténtica delicia enfrentarse a los razonamientos y las reflexiones del personaje central.

 

El Schopenhauer que narra esta historia no es el taciturno filósofo alemán, sino un extraño perro, bautizado de modo tan estrafalario por su aún más estrafalario amo, quien está encarcelado a la espera de sentencia como autor de un homicidio múltiple. ¿Fueron el odio y la envidia de la felicidad ajena los que llevaron al homicida a hacerse con un fusil de mira telescópica, subir a una terraza y abatir a sus víctimas? Las cosas tal vez no sean tan sencillas: la respuesta la hallaremos en la amarga reflexión del perro narrador acerca de la asimetría del amor, los siete años de convivencia con su dueño y las razones que pudieron llevar a éste a cometer el acto irreparable.

 

Estructurada en 39 capítulos, cortos, de lectura cómoda –para quién guste de este tipo de escritura- y rápida quedándote al final con ganas de más… multitud de citas, de pensamientos y un gran repaso a la filosofía… que tanto se hecha de menos en estos días.

 

En definitiva para los buenos lectores que buscan algo más que un mero divertimento literario, lectores hechos y derechos lean El suicidio de Saúl.

 

Carlos Eugenio López (León, 1954) vive, prácticamente, la totalidad de su vida adulta fuera de España (París, Dublín, Londres y, en la actualidad, un pequeño pueblo del Peloponeso griego). Su ausencia de España hace que, aunque fue finalista del Premio Sésamo (1977) con poco más de veinte años, no vea publicada su obra hasta que, veinte años después, gana el Premio Lengua de Trapo de Novela. A partir de ese momento, sin embargo, publica regularmente tanto novela y relato como poesía, género en el que ha ganado asimismo diferentes premios. Ha sido traducido al francés, alemán y portugués. Su novela Ahogados cuenta con cuatro diferentes adaptaciones para el teatro, que han sido puestas en escena en Francia (donde pudo verse, además de en locales comerciales, en el Festival de Avignon de 2012), Alemania, Austria y España. Con ocasión de la aparición en lengua alemana de la traducción de Ahogados y de la colección de relatos Burdel de Muertos, el Frankfurter Allgemeine Zeitung afirmó que el autor “posee el humor más negro, desasosegante e inteligente de la literatura española contemporánea”.

 

Desde allende de las fronteras españolas…nos atiende Carlos Eugenio López…

 

P.- ¿Quién es Carlos Eugenio López?

R.- Es una pregunta a la que se puede responder de mil formas, todas ellas igualmente limitadoras e insatisfactorias. Pero a los fines que se formula, supongo que puede decirse que Carlos Eugenio López es un escritor español nacido en 1954 que ha pasado prácticamente toda su vida adulta fuera de España. Esta circunstancia ha contribuido sin duda a que, después de haber publicado una docena de libros, ganado diversos premios y estando traducido a varios idiomas, sea en buena medida semidesconocido en nuestro país.

 

P.- ¿Cuándo, cómo y por qué nace El suicidio de Saúl?

 

R.- Le voy a ser honesto: sobre el cómo y el por qué, confieso mi completa ignorancia. Y por lo que se refiere al cuándo, podría decirle que la novela la escribo (mejor diría, la redactó) hace cuatro o cinco años, pero, como todo lo que escribo, en ese momento llevaba ya mucho tiempo en mi cabeza.

 

P.- ¿Fue complicado darle voz a un perro?

 

R.- No más que dársela a un hombre o una mujer. Dar la voz a alguien nunca es sencillo. Pero no lo hace más complicado dársela a un animal. Los animales parlantes o pensantes son legión en la historia de la literatura. Hablan los zorros de Esopo, lloran los caballos de Aquiles, opina el gato Murr… No es nada novedoso. En última instancia, como Flaubert decía de su Madame Bovary, el perro Schopenhauer soy yo. Y esa es quizás la mayor dificultad, darse voz a uno mismo; al fin y al cabo, un gran desconocido.

 

P.- ¿Por qué el nombre de Schopenhauer, precisamente?

 

R.- Se insinúa ya en la cita del filósofo alemán homónimo que se antepone a la novela: “solo hay un error innato, el de que existimos para ser felices”. Es una opinión que suscribe, como se irá viendo progresivamente a medida que avanza la novela, el dueño de este perro al que las circunstancias acaban por convertir también en una especie de filósofo. De ahí que, aunque originalmente el perro se llame Bobby, su dueño, al adoptarlo en la perrera municipal donde ha sido abandonado, lo rebautice de inmediato con el nombre de Schopenhauer.

 

P.- ¿Qué persigue al escribir la novela?

 

R.- Escribirla, que no es poco. Sobre otras pretensiones y motivaciones, procuro no especular, por considerarlo, sinceramente, una pérdida de tiempo. Ni lo que en un principio motiva una novela deja siempre su impronta en la obra acabada, ni esa motivación inicial es siempre clara y perceptible para el autor.

 

P.- ¿Cuándo escribe lo hace pensando en el lector?

 

R.- Ni en el lector ni en el autor. Una vez que elijo (o me elige) un personaje, solo pienso en ese personaje (o soy pensado por él).

 

P.- Amén de un repaso filosófico, ¿se puede etiquetar en algún género concreto?

 

R.- Ni lo sé, ni me preocupa. Yo solo distingo entre novelas buenas y malas, entendiendo por buenas y malas las que me dicen algo y las que no me lo dicen. Cuando escribo, lógicamente, aspiro a que mis novelas se encuadren en el primer grupo; pero eso, una vez que se publica el libro, quien tiene que decirlo es el lector. Si son de un género u otro, me parece irrelevante, además de complicado de determinar en el caso de una novela como esta, en la que, por un lado tenemos un crimen; pero, por otro, el criminal se descubre en la primera página. ¿Novela policiaca? Dicho lo dicho, no lo parece. Pero sin duda sí novela de indagación sobre los móviles de un crimen, que al final se convierte en indagación sobre la esencia del mal, la naturaleza del amor, la imposibilidad de la comunicación…

 

P.- ¿Cuáles son sus géneros y autores favoritos?

 

R.- En materia de géneros, reitero que no tengo ni filias ni fobias. Si está bien escrito y dice algo, leo con igual interés y gusto una novela de caballería que un tratado teológico. Y el mismo eclecticismo me guía en materia de autores. No tengo un tipo ni un perfil de autor de culto. Lo mismo que leo y disfruto con Esquilo lo hago con Eurípides, y tanto aprecio a Cervantes como a Valle-Inclán o a Kafka como a Baudelaire.

 

P.- ¿Qué está leyendo ahora mismo?

 

R.- Leo normalmente tres, cuatro o más libros a la vez. Ahora mismo tengo abiertos una antología de la poesía griega contemporánea, La España de Fernando VII de Artola, la edición de Gredos de los estoicos antiguos y el Barón de Nicastro, una novela de Ippolito Nievo, un autor italiano del diecinueve que yo no conocía, que acaba de aparecer en castellano y me ha hecho dejar de lado las otras tres lecturas. Este Nicastro, en el que dicen que se inspiró Ítalo Calvino para su Barón rampante, es una especie de Cándido decimonónico que le obliga a uno a cuestionarse tanto el díctum de Leibniz de que vivimos en el mejor de los mundos como la fe naïf que tenía Rousseau en el buen salvaje.

 

P.- Como lector, ¿prefiere el libro electrónico o en papel?

 

R.- En el caso del libro, sigo fiel al papel. Aunque debe de hacer ya una docena de años que no leo un periódico salvo en edición electrónica.

 

P.- ¿Cómo ve el panorama literario español?

 

R.- No lo sigo mucho. En parte, por mi condición de expatriado; pero, en parte aun mayor, por mi desinterés en escuelas, generaciones y capillas. Soy un lector, como he dicho, ecléctico, y  no solo en lo que toca a los géneros, sino también en lo que concierne a  épocas e idiomas. Leo mucho clásico y leo en varios idiomas. La actualidad y la nacionalidad no son aspectos en los que me fije.

 

P.- ¿Qué manías tiene a la hora de escribir?

 

R.- No soy especialmente maniático, ni a lo hora de escribir ni en nada. Es cierto que hace mucho que ya no escribo nada salvo en el portátil y  que raramente me siento a la mesa para escribir obra de creación. Pero supongo que, si tuviese necesidad, lo haría exactamente igual de otra forma.

 

P.- Venda su libro ¿Por qué hay que leerlo?

 

No valgo gran cosa como comercial. Y es, sin duda, un hándicap en el mundo literario actual, donde la obra parece no ser otra cosa que una anécdota en torno a la cual desplegar una estrategia de marketing. Pero, si tuviera que ponerme del otro lado de un mostrador para vender El suicidio de Saúl, le diría al potencial lector que, si lo que busca es literatura de consumo al uso, no pierda el tiempo ni el dinero con mi perro filósofo. Mi libro es literadura, como magníficamente señala la denominación de la colección de Editorial Funambulista en que se encuadra. O lo que es lo mismo, un libro para un lector exigente y con una cultura literaria sólida, al que le va a permitir hacer una cata representativa en el estilo y obsesiones de un autor que tal vez le sorprenda por cuanto probablemente tiene muy poco que ver con cómo y de qué se escribe hoy en nuestro país.

 

P.- ¿Cuáles son sus planes a corto y medio plazo?

 

En otoño publicaré un pequeño libro sobre Epicuro y el epicureísmo, que he escrito en colaboración con José Luis Gallero, con quien ya colaboré hace años en una edición de los fragmentos de Heráclito. Tengo acabada ya también otra novela breve que podría considerarse la segunda en una trilogía sobre la impostura, que se iniciaría precisamente con El suicidio de Saúl.

 

 

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