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PENSANDO EN VOZ ALTA : EL LIBRO Y SUS EFECTOS

PENSANDO EN VOZ ALTA

EL LIBRO Y SUS EFECTOS

Estoy seguro que todos los que tenemos relaciones con los libros, atesoramos mil y una curiosidades alrededor de los mismos. No sécuántas veces he leído un libro “pequeño” pero muy intenso: [Rodríguez, J. 2010, Bibliofrenia, melusina, Santa Cruz de Tenerife.] la última lectura que he hecho me ha dado la idea para redactar esta columna, tomándolo como referencia.

Caminando de la mano de autores diversos,vamos a ver que opinan de los libros y cuál ha sido su relación con ellos… incluidos algunos comportamientos que bordean “patologías diversas”.

“El libro ha de ser cómplice, sugeridor y susurrante. Ha de llevaros, como de la mano, el paisaje en que os encontréis -más luminosos y más fértiles, si cabe- con la mejor imagen que habéis soñado de vosotros mismos. Con la mejor imagen de cuanto aspiráis a estar rodeados; de cuanto aspiráis a ser o a conseguir” Antonio Gala-.

A continuación, propongo una serie de relaciones con el libro y que cada uno se posicione:

Bibliófilo: Persona aficionada a las ediciones originales, más correctas o más raras de los libros.
Bibliofrenia: Pasión irrefrenable por los libros.
Bibliómano: Persona que tiene pasión por los libros.
Letraherido: Aficionado a las letras o a la lectura.

El bibliófilo es el dueño de sus libros, el bibliomaníaco es su esclavo.

¿Hasta dónde está alguien dispuesto a llegar por hacerse con un libro y/o relacionarse con ellos? Veamos algunos casos.

En el año 1923, la revista Publishers Weeklypublicó un artículo, refiriéndose a la frenética actividad de los coleccionistas norteamericanos de la época, especialmente a Henry E. Huntington. Huntington, magnate ferroviario y propietario de cadenas de hoteles, comenzó a hacerse famoso por dos razones: por sus cuantiosos dispendios, que alcanzaron los cincuenta mil dólares de la época, según nota The New York Times, por la adquisición de una ‘Biblia de Gütenberg’ o los cincuenta y cinco mil dólares que desembolsó por una primera edición de Titus Andronicus, de Shakespeare. Temido y conocido, también, por la adquisición, al completo, de colecciones de otros coleccionistas. Hoy se considera a la Biblioteca Huntington como una colección de colecciones; hecha de gusto y dinero, de pasión y recursos, por los libros raros y antiguos.

Max Sander, bibliógrafo norteamericano, escribió en el Journal of Criminal Law and Criminology, en el año 1943, en un artículo titulado «Bibliomanía», que los bibliómanos son personas que sufren de “una compulsión mental irresistible, patológica” que “ha producido más de un crimen lo suficientemente interesante para ser recordado”. Entre este tipo de personas, podemos señalar a Don Vicente, un monje español, bibliotecario de una abadía cisterciense cercana a Tarragona. Su pasión tormentosa acabó con un quíntuple asesinato. Una noche del año 1830, el monasterio sufrió un robo y entre el botín que los cacos se llevaron se encontraban algunas preciosas joyas incunables de la biblioteca, entre ellas, un ejemplar único: Furs e Ordinations de Valencia. Don Vicente, al cabo de un tiempo, se despojó de los hábitos y se estableció como librero de viejo en Barcelona. En 1836 salió a la venta Furs e Ordinations de Valencia y un tal Agustino Patxot se hizo con él en la puja que se estableció. Tres noches después lo encontraron carbonizado entre los escombros de su librería y pocos días después, sus cuatro valedores: Un párroco, un poeta, un juez y un regidor. Don Vicente era, por diversas circunstancias, el sospechoso obvio y en su librería se encontró el ejemplar de Furs e Ordinations de Valencia. En su defensa alegó: «Todos los hombres tienen que morir, antes o después, pero los buenos libros deben de ser conservados».

La biblioteca de un caballero, según dejara establecido Samuel Pepys (Londres, 1633 – Clapham, 1703), debe tener «en pocos libros y en el espacio más reducido», la máxima variedad de materias, estilos y lenguas «que su propietario pueda portar». La cantidad que Pepys estableció después de una vida dedicada al acopio, el coleccionismo, el expurgo y la catalogación, fue de tres mil, cantidad que hoy puede verse íntegra e inalterable en el Magdalene College de Oxford.

Punto y aparte, y para acabar por hoy, merece Richard Heber (Londres, 1773 – Pimlico, 1833). Se calcula que la ambición coleccionadora de Heber le llevó a atesorar no menos de 150.000 volúmenes a lo largo de su vida, en diversas lenguas: omnivoramente, francés, portugués, español, griego, latín y, por supuesto, inglés. Pero el bibliógrafo Seymour de Ricci calculó que esa cifra podría fácilmente doblarse hasta alcanzar los 300.000 libros. De hecho, para almacenar tan ingente y creciente cantidad de ejemplares -adquiridos en todas las subastas de Londres, esmeradamente, con atención, muchas veces a través de agentes interpuestos-, Heber adquirió ocho casas, cuatro en Inglaterra y otras cuatro repartidas por el continente europeo, en las ciudades de París, Bruselas, Gante y Amberes. La formidable colección que a ojos de su padre fuera el fruto pernicioso de esa pasión desenfrenada, fue también el resultado de una pequeña manía, o de un pequeño truco matemático: cada uno de los libros que Heber adquiría se debía multiplicar por tres, porque, según dejó escrito, ningún caballero “puede obrar cómodamente sin tres copias de un mismo libro. Una debe poseerla para mostrarla, y deberá conservarla seguramente en su casa de campo. Otra deberá poseerla para su propio uso y consulta; y al menos que se incline a compartirla, lo que resulta muy inconveniente, porque correría el riesgo de deteriorarse, debe poseer una tercera copia al servicio de sus amigos”.

Casi “” ¿se identifican ustedes, en algún grupo? En otro momento seguiremos charlando sobre el libro y sus efectos.

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