EL ARCO DE LA AMALIA
EL ARCO DE LA AMALIA
Es invierno. Me apresuro a salir pronto de casa. En esta época del año el sol se esconde mucho antes de lo que yo quisiera. Y a mí me gusta llegar a la Algameca Chica cuando su brillo todavía resalta los colores rojos, azules y verdes de los materiales reciclados, con los que decoran las barracas de este asentamiento no legal de mi ciudad.
Barcas amarradas a la orilla, carteles que nos conciencian para cuidar el medio ambiente, alegría, gaviotas, gatos…
Sonrío. Me sienta bien venir aquí. Siempre descubro un nuevo rincón. Un macetero divertido que alguien ha hecho con una garrafa de lejía, el mar adentrándose en las calles estrechas sin nombre. La cerveza bien fría en una terraza de madera sobre el mar, mientras observas una escalera hecha de neumáticos.
Mi chico me coge la mano. Hay un sendero precioso por el que hace tiempo que quiero pasear. Hoy llevo calzado adecuado. Hay partes rocosas con matorrales y otras más sencillas. Y siempre observada por las fortificaciones de mi bonita ciudad.
Disfruto del paseo. Me paro, observo, señalo con mi dedo índice al gorrión que se posa en la barandilla de madera, a la nube con forma de gato. Y con la respiración algo entrecortada, siento que estamos llegando, recibo mi regalo. El sendero de roca y polvo se abre como el abrazo de un abuelo. El sol rebota en el mar y noto cómo tiembla el horizonte al recibirme.
Entonces aparece, frente a mí, un arco perfecto, como si el mar llevara años tallando esa puerta de entrada a la leyenda de Amalia.
Me siento despacito, y desde arriba lo observo. Y el viento susurrando me cuenta la historia con un diálogo de los que no aparecen en los libros, sino de testigos de años atrás que lo dejaron en el aire para nuestro disfrute.
Vivía en una casa blanca y se llamaba Amalia. Contaban los lugareños que utilizaba hierbas para hacer remedios caseros. Unos que si era bruja, otros que si sanadora, algunos contaban que desde niña siempre tuvo el don de ver el futuro. Cuentan que acudían a su casa si estaban enfermos, que los marineros iban a pedirle ayuda asustados por las tormentas, y que a veces hacía conjuros de amor. Que le pagaban por sus servicios con algún animal o con verduras y hortalizas.
En Cartagena, cuando contaban algo que no entendían o que no se lo creían, se decía aquello de, “eso se lo cuentas a la Amalia”.
A Amalia le gustaba disfrutar de la piscina natural que formaba el arco cercano a su casa. Y utilizaba de banco una gran piedra desde donde observaba aquel paisaje que hoy observo yo. Yo, que si saco a pasear mi mente puedo ver a la chica con un ramo de tomillo y romero en la mano, disfrutando del frescor de la mañana y del mar bravo que algunos cuentan que se la llevó, esperando a su amado.
Cuentan, cada uno cuenta… La historia de que un capitán de un barco inglés acudió a ella aprovechando la recalada en la ciudad. Y que a esa visita le siguieron muchas más. Dicen que en la última, le pidió matrimonio y que se marcharon para siempre.
¿Qué ocurrió con Amalia? Nadie lo sabe. Años más tarde, en 1930, dicen que una niña tuvo un accidente junto a las rocas del arco, y falleció. Se llamaba Amalia.
Las leyendas, que pasan de generación en generación. Cómplices de la imaginación y la verdad.
Observo la piscina bajo el arco. Los buzos desaparecen de mi vista. Una pareja pasea y la chica posa para una fotografía.
Y de repente, descalza y con el pelo suelto la veo atravesar el arco y mirar hacia arriba.
Eva, Evaaa… venga, vamos de vuelta que pronto va a anochecer- me dice mi chico.
Espera un momento, creo que la he visto, con el pelo largo, atravesando el arco - le respondo.
Le noto que me mira, se me acerca, me da un abrazo por detrás y me susurra al oído, ¡eso se lo cuentas a la Amalia!
LA VENTANA DE EVA
EVA GARCÍA AGUILERA