Cartagena, ¿eres tú?
Cartagena, ¿eres tú?
Había estado un tiempo fuera, es cierto. A veces tenemos que escuchar a nuestro cuerpo y dejar fluir. Salir de nuestro entorno, de la zona de confort que nos agarra a veces sin piedad. Pero no era demasiado tiempo de ausencia para sentir y encontrar, aquellas cosas de entonces.
Febrero de 2026
Cuando el tren la dejó en la estación, a Abril le dio por pensar que alguien había movido su ciudad de sitio sin que ella se diera cuenta.
Bajó del vagón con su maleta de ruedas silenciosas y color morado brillante. Botas altas de charol negro, un vestido cosmopolita y los labios con mucho gloss.
Un señor bajaba con su sombrero elegante y una gabardina, encendiendo un cigarrillo mientras cogía con la otra mano su maleta de piel marrón.
El resto de pasajeros salían rápidos para coger un taxi, todos con su maleta cuadrada de asa corta.
-¿Vuelve a funcionar la estación de tren? La gente viste algo clásica- murmuró.
Abril venía de lejos. Había estado un tiempo en una de esas ciudades donde nadie te mira raro por llevar zapatillas con traje y un móvil último modelo en la mano. Pero había algo que le descolocaba. El olor de las calles… Quizá la memoria.
Caminó hacia el centro de su amada ciudad natal, Cartagena, ilusionada con el reencuentro de quien ha estado un tiempo fuera.
Y de repente… Cafetines antiguos con mesas de mármol y camareros de chaqueta blanca. Tiendas de ultramarinos y vecinos de la ciudad a los que les estaban limpiando los zapatos a base de bien, con betún y un paño para sacarles brillo.
Un pitido le sobresaltó. ¡Menudo susto! Abril caminaba por mitad de una calle que recordaba peatonal, pero no, no lo era. Los coches pasaban con ese ruido de motor inconfundible de los seiscientos.
El conductor de un Seat 124 color verde botella le hacía gestos con las manos, y un policía de casco blanco pitaba y le daba un paso improvisado a la recién llegada.
-¿Qué está ocurriendo? ¿Chamonix? ¿No cerró hace décadas?- se preguntó en voz alta sin temor a ser escuchada.
Estaba en las Puertas de Murcia, donde un cartel negro decía, cafetería restaurante Chamonix. ¡Y no faltaba en la puerta ni el menú escrito sobre la pizarra, que sostenía ese cocinero típico de gorro blanco y bigote que nos acompañó en nuestra niñez!
Miró enfrente y vio el rótulo de Jovelca, y en un recorrido rápido entró a Galerías la Ilusión, cruzó a Carrot’s a saludar al señor Chencho y se emocionó ante aquel edificio donde vendían palomitas en bolsas blancas de papel.
Todo le sonaba, y al mismo tiempo todo parecía recién puesto a su llegada. Era como si su padre le hubiera puesto en una tarde de domingo una película de Súper 8.
El cine Máiquez lucía con bonitas carteleras que anunciaban películas que no recordaba haber visto, pero que le resultaban familiares. Se acercó al cristal y se vio reflejada. Ella, tan de 2026, ella, tan de aquellos tiempos.
Le llegó un pálpito. Sus pasos cada vez eran mucho más rápidos. Buscaba con su mirada el Teatro Romano. Pero nada. Ni una columna, ausencia de turistas. Sintió un gran vacío. Un montón de casas cubrían ese tesoro escondido. Quiso avisar a todo aquel que pasaba por allí, pero no la creerían. Historia escondida que un día saldría a la luz y ella mantendría el secreto.
Un olor a lo lejos la llevó hasta el puerto. El kiosco de la patatera estaba allí. Las familias paseaban del brazo de sus hijos tras sus juras de bandera, orgullosas y elegantes. Las novias de los marineros llevaban una bonita muñeca uniformada que tocaba la trompeta.
Compró una bolsa de patatas y escuchó aquel sonido de la feria. Y no lo dudó. Si su ciudad le había querido hacer el regalo más bonito viajando en el tiempo, tenía que aprovecharlo. Subió a uno de aquellos aviones que se manejaban con una palanca, y llegó a lo más alto, como si volara. La sonrisa se dibujaba en su cara, la emoción recorría sus mejillas con lágrimas, mientras miraba hacia abajo buscando a sus padres, recordando cómo le decían adiós con la mano, con su ropa de domingo.
Bajó exhausta. No sabía en qué momento se acabaría el hechizo, así que caminó hasta la juguetería de Bienve y a la mercería de siempre, repleta de botones que parecían heredados de varias generaciones. Y a aquella librería donde le compraban los cuentos en el paseo de los sábados.
Un chico pasó a su lado escuchando música con unos auriculares enormes, y una señora se asomaba al balcón a charlar con su vecina.
Pasado y presente delante de ella, como viejos amigos.
Cartagena había decidido no elegir. Quedarse con todo. El pasado en una foto en blanco y negro guardada en la cartera y el presente en la maleta de ruedas de Abril.
Abril se sentó en un banco, y con ojos de soñadora y suspiro incluido, dijo- Me quedo un rato más.
Y Cartagena la miró con cariño, y asintió, sin decir nada. Sabía que estaría a su lado por lo menos, tres mil años más.
La ventana de Eva
Eva García Aguilera