CUANDO ESCRIBÍAMOS POSTALES
CUANDO ESCRIBÍAMOS POSTALES
Cuando escribíamos postales, las vacaciones de verano duraban más. O al menos eso me parecía. Éramos nueve, nueve ilusionados con la sal pegada a nuestro cuerpo pensando que la playa era nuestra. Atardeceres anaranjados, saltando las olas, dibujando corazones en la arena o intentando imitar a nuestros cantantes favoritos inventándonos la letra de sus canciones.
Cuando quedaban pocos días de mar y sol, nos prometíamos cosas como que nunca dejaríamos de vernos, que volveríamos al mismo chiringuito a darnos un abrazo y que nos escribiríamos una postal por Navidad.
Las postales eran parte de ese pacto. Cada uno recibiría una. No era necesario ser Neruda ni Machado, solo nosotros mismos.
En aquellas postales había bromas que solo nosotros entendíamos, dibujos de personajes del momento… La rana Gustavo siempre me hacía reír. Y también, por qué no decirlo, algunas faltas de ortografía que se corregirían con los años.
“Nunca nos olvidaremos”, escribía siempre uno de nosotros, con ese miedo al olvido que se tiene cuando todavía no has cumplido los quince.
También mandábamos postales cuando íbamos de viaje con nuestros padres. A mí me encantaba parar en las tiendas de suvenires donde siempre encontrabas imanes, llaveros, abanicos… y postales. Me gustaba elegir la diferente, y luego entrar al estanco a comprar el sello. Todavía puedo sentir el sabor de esa parte posterior del sello que colocaba, casi siempre algo torcido, en el recuadro de la postal.
Enviar una postal era como decir, aquí estoy, pero no tener que explicar nada más. En muchas ocasiones volvía yo a casa antes que la postal a la casa de mis amigos. Las frases protagonistas de aquellas postales no podían extenderse mucho. Así que aprendimos a sintetizar y escribir cosas como, “lo estoy pasando chachi piruli”, “me las piro, vampiro, que me esperan a comer”, “si el mundo fuera un pañuelo, tú serías mi moco favorito”…
Y después pasó lo que pasó. Crecimos.
Ya no íbamos todos a la playa en las mismas fechas. Llegaron los teléfonos móviles, las cámaras digitales y esos mensajes que eran la verdadera imagen de la inmediatez.
La postal dejó de ser aquella costumbre que nos iluminaba la mirada cuando llegaba el cartero, para desaparecer silenciosa, casi sin hacer ruido.
Ya no era necesario contar en cuatro renglones dónde estabas, porque llegaban diez o cien fotos a nuestro teléfono.
No perdí la costumbre de comprar postales como recuerdo de cada lugar en el que había estado. Las guardaba, ordenadas, en una caja de zapatos que tenía la anchura justa que esas láminas de imágenes de colores brillantes, pero desnudas de letras en la cara posterior. No sé qué fue de aquella caja. Seguramente mi olvido la hizo desaparecer. Pero la que nunca perdí, fue esa caja especial de recuerdos donde…
Habían pasado más de treinta años, y una tarde cualquiera de un marzo casi recién estrenado, ocurrió la magia. Cada uno de nosotros había abierto su propia caja de recuerdos, sin saber seguramente el porqué.
Bueno, yo buscaba unos pendientes ochenteros y entonces lo vi. Un paquete atado con una goma desgastada. Las postales. Todas, las de las frases recurrentes, las de los dibujos mal hechos… Las leí como si fuera la primera vez, recién llegadas para inaugurar un nuevo año. Y reí, lloré, me emocioné…
“Nunca nos olvidaremos”, decían algunas de ellas.
Y entonces el grupo de watsapp, el de los mensajes inmediatos bostezó despacito, se fue despertando poco a poco, tímido:
“He encontrado algo”. “Yo también”.
Volvimos a quedar, como hacíamos antes, sin dar demasiadas explicaciones. Había sienes plateadas, algunos signos del paso de los años, pero la misma frescura de entonces. Sacamos las postales de nuestros bolsillos y, como si se tratara de un mapa del tesoro las colocamos encima de la mesa, con cuidado de no mancharlas con el hielo que soltaban las botellas de cerveza bien fría.
Las leímos, una tras otra, recordando el primer beso de algunos, la vez que no cerramos bien el candado del Vespino, la noche que jugamos al duro y tuvimos que dormir en la playa…
Nos despedimos con un abrazo. La navidad siguiente, cada uno recibió una postal escrita a mano. No importaba si era desde París, o desde el balcón de casa. Habíamos detenido el tiempo con aquel cuadrado de cartón.
Seguramente el mundo siga girando igual, pero nosotros sabemos, que mientras continuemos escribiendo esas postales, las vacaciones de verano durarán más.
LA VENTANA DE EVA
EVA GARCÍA AGUILERA