CURRA Y NAVIDAD, DOS FAROS Y UNA MIRADA

La Ventana de Eva

CURRA Y NAVIDAD, DOS FAROS Y UNA MIRADA

 

Es noviembre, la noche cae despacito sobre la bocana del puerto. Hay relente, pero el paseo es agradable. Los mástiles de los barcos tintinean y algún despistado todavía hace deporte junto a la muralla.

 

Al fondo comienzan los destellos sobre el mar. Destellos verdes y rojos, rojos y verdes. Son ellos. Los compañeros eternos, los guardianes, nuestros guías, los observadores de cada historia que ha ocurrido cerquita de ellos durante todos estos años. Son ellos, Currra y Navidad, faro verde y faro rojo.

Y se cuenta que cuando el sol se marcha y llega la luna, cuando las luces diminutas de cada ventana de los grandes edificios se van apagando y el mar duerme, los faros hablan.

 

 

 

-Buenas noches, Navidad- dice Curra con su alegría de siempre. ¿Qué tal te ha ido el día? ¡Qué locura de turistas! Gafas de sol necesito para tanto destello de los flashes de las cámaras de fotos

-Buenas noches, Curra- responde Navidad con un guiño rojo- Por fin el mar descansa, sí. Pero es un lujo recibir tantas visitas, eso es porque a los cruceristas les gustamos. Aunque me he dado cuenta, amigo, que eres el rey de los selfies. ¡Eres irresistible!

 

 

Curra ríe simpático con chispas color esmeralda.

-¿Recuerdas, Navidad, cuando por tus pies pasaban aquellos submarinos de entonces? Eran silenciosos y se escondían al amanecer bajo el mar, como si fueran ballenas discretas que no podían ser vistas. Ahora es otra cosa. Lucen orgullosos, como descendientes importantes del Submarino Peral. Se dejan ver, airosos, coquetos.

Navidad asiente. Le conmueve la energía y la alegría que desprenden los destellos verdes de Curra.

-Sí, el mar arropaba a aquellos submarinos, porque cada salida era un secreto. Y su llegada, todo un descanso, amigo del fajín verde.

-Navidad, Navidad, ¡somos muy afortunados!- dice Curra entusiasmado. - Nos rodean las baterías de costa, que ahora están dormidas, pero, ¿recuerdas los cañonazos de entonces? Todavía puedo oler a pólvora. Vigilaban la entrada a puerto sin descanso. Ains, me pongo nostálgico y no tengo freno, Navidad. Y es que tenemos muchos años, amigo.

 

 

-Sí, y somos más sabios, Curra. He escuchado a un grupo de niños de un colegio que decían que éramos como gigantes que guardaban la entrada de una ciudad misteriosa.

Curra se emociona, es avispado y estas cosas le encantan.

 

 

 

La noche sigue su curso. Las estrellas brillan y bailan juntos, destellos blancos, verdes y rojos. Llega al rompeolas el eco de una ciudad que nunca duerme del todo. La historia se mezcla con su pasado romano, con los militares del arsenal, las murallas y el entresijo de calles estrechas. Las esculturas cobran vida. Un soldado de reemplazo camina por la calle Mayor para encontrarse con el Icue. Y se sientan en una noche de luna junto a Carmen Conde para escucharla leer historias a través de una ventana con vistas al mar.

Sí, quizá los niños tenían razón, y esos dos faros protegen la entrada de una ciudad con misterio y mucha historia.

-Navidad, oye, Navidad. He escuchado que la palmera del Lago ha sido testigo de muchas historias- dice Curra como con ganas de contar algún secretillo.-Y no sé tú, pero yo tengo alguna…

-Vamos, Curra, cuéntame, que lo estás deseando.

-Creo que en mi rompeolas un chico y una chica se enamoraron, Navidad. Justo en ese instante en el que se encontraron por primera vez junto a mi puerta, se besaron. El chico le dijo, cada vez que vuelvas aquí, acércate a esta puerta y recordarás nuestro primer beso. Y, ¿sabes una cosa, Navidad? Creo que estaban viviendo un amor secreto, y lo estaban compartiendo justo conmigo. ¿No te parece increíble? Fui testigo de su amor.

 

 

- Continúa, Curra- le dice Navidad con ternura.

-¿De verdad? Claro, claro, continúo –gracias, Navidad.- Estuvieron viniendo durante meses. Primero llegaba ella y luego él. Yo no podía evitar la emoción al verlos juntos. Nunca he visto a nadie mirarse igual, y mira que nosotros, Navidad, además de guías, tenemos un máster en observarlo todo.

¡Pensaban que eran invisibles! Pasaban horas y horas, hablaban, se reían, él la miraba con cariño, ella le hacía cosquillas y conseguía una sonrisa, se besaban y se despedían con los ojos ilusionados.

-¿Y qué ocurrió después, Curra?- pregunta con interés Navidad.

-Pues que un día dejé de verlos. Al principio la chica volvió, se acercaba a mi puerta y creo que quería recuperar aquel beso, pero no la he vuelto a ver- le responde triste, Curra.

- Curra, amigo- le anima Navidad. Es lo que tiene Cartagena, que la gente llega, y se enamora. ¡Cualquiera mantiene aquí el rumbo entre el caldero, el lebeche, el olor a salitre, la magia de los barcos de los pescadores, las historias de la Charito y sus baños en el espigón! Tengo una idea, ¿y si hacemos un baile de luces a ver si lo ven desde sus casas y deciden reencontrarse y darse un abrazo?

Curra lanza un destello, Navidad dos, Curra tres, Navidad uno. Y sin darse cuenta, el cielo canta entre rojos y verdes, el mar es una historia de color. La ciudad sigue dormida… Y a lo lejos, en dos edificios, muy lejanos entre ellos, se encienden dos luces tras dos persianas, quizá, imaginando el abrazo de su reencuentro.

 

 

Cuando el mar duerme, los faros hablan.

 

LA VENTANA DE EVA

Eva García Aguilera.