LA CHARITO

Eva

LA CHARITO

 

Me he despertado pronto, es un día de esos tontorrones que no sé si voy o vengo. El viento por fin ha cesado y el mar está en calma. Sin pensar, he salido hacia ese lugar que siempre me hace sentir bien. El faro de Curra y su rompeolas. Aquí he escrito las historias más bonitas. Sentada con vistas a los bloques, he escuchado música o he leído un libro en paz. He acudido cuando algo no iba bien, he abrazado, besado, ilusionado y emocionado. Y desde hace un tiempo sé que tengo un cobijo, un abrazo eterno, aunque me rompe el alma venir a buscarlo.

Hoy, el sol brilla y se refleja en el mar. Los pescadores siguen en su lugar de siempre, con sus conversaciones de siempre. El barco turístico asoma con una treintena de personas sonrientes saludando con su mano derecha. Les devuelvo el saludo y una sonrisa de regalo.

Y comienzo mi camino, mi juego, mi paseo junto a esos bloques que parecen flotar sobre el mar, contando historias, y que la sal, el tiempo, les ha ido borrando sus colores luminosos.

 

Era mi rincón favorito, cuando mi amigo Pedro Conesa compartía conmigo una conversación infinita, mientras creaba y dotaba de vida a un simple bloque gris. Con él descubrí historias increíbles. Disfrutaba con sus pinturas en 3D, e imaginaba cómo sería su siguiente obra de arte. La gente pasaba a su lado y él, siempre amable, contaba la historia de muchos de los personajes que parecían emerger del mar.

Ese recorrido lo he vuelto a hacer hoy, sola, tranquila, agarrando fuerte la energía, el calorcito del sol.

Una copa de asiático, un capirote de Semana Santa, frases célebres de Marie Curie, Einstein…

¡Y una sirena! Una sirena de pelo rubio y labios rojos salía del mar, como cada día. Una mujer que vivió como quiso, vistió como quiso y nunca dejó de venir a nadar a este rompeolas ni un solo día. La Charito.

 

Su verdadero nombre fue María del Rosario Beriso Terrer, valenciana de nacimiento y cartagenera de adopción. Hija de un teniente coronel de Infantería, vivió en mucha ciudades y cultivó una personalidad que la hizo una mujer infinitamente conocida por todos.

Durante décadas su presencia era constante en las calles del centro de la ciudad, en los bares de la época, cafeterías y restaurantes. Era su escenario,  donde se movía como sirena en el mar.

Observada por una Cartagena más contenida, la Charito caminaba con naturalidad, sin pedir permiso.  Practicaba la igualdad, que le venía de serie y sonreía con los labios pintados de carmín, como si quisiera contarnos un secreto.

Quizá ese secreto estaba en el mar. Porque si por algo se la recuerda, era por ese ritual diario de bañarse en el muelle de San Pedro. Fuera enero, marzo o septiembre. Lloviera o hiciera sol. Lucía sus bañadores, cuidaba los detalles, se zambullía, sentía, despertaba su cuerpo y volvía a casa para ponerse su vestido favorito. Era coqueta, le gustaban las pelucas, las gafas de sol, los collares, los carmines llamativos. Nunca se casó. Vivió como le vino en gana.

Disfrutaba de un buen vermut, de las noches de baile en el Club de Regatas y en el Casino. No dudaba en entablar conversación con hombres, o bailar con un marino. Vivía como sentía.

La Charito fumaba y entraba en las whiskerías. Una mujer de buena familia que escucharía en ocasiones historias sobre ella, de aquellos que eran cobardes e incapaces de vivir su propia vida.

 

Que si estaba loca, que si era algo ligera. Las beatas hablaban y hablaban, cuestionaban y juzgaban.

Está como una cabra, decían unos. Está más viva que nadie, contestaban otros.

Bañarse a diario no era una excentricidad, sino que con ello decía al mundo que la edad y el miedo no mandaban como creíamos, y que la libertad había venido para hacer uso de ella.

Charo murió en el año 2000, y su ausencia se notó. Se notó en los paseos matutinos, en el puerto, en los bares, en las conversaciones.

Y hoy, todos seguimos diciendo aquello de, ¿te acuerdas de la Charito?

Hay personas que nunca se van del todo, se quedan flotando en la memoria colectiva, como una melodía que a veces llega y tarareas sin más.

Puede que algún día, sea invierno u otoño, tengas la necesidad de meterte en el mar, respirar hondo y vivir sin dar tantas explicaciones. Porque sin saberlo, estarás siguiendo una lección silenciosa que la Charito, Charo, dejó escrita en sal y mar.

La lección de vivir sin permiso.

 

LA VENTANA DE EVA

Eva García Aguilera