EL LATIDO DEL MAR, HISTORIA VIVA DEL PUERTO DE CARTAGENA
EL LATIDO DEL MAR, HISTORIA VIVA DEL PUERTO DE CARTAGENA
Hace una mañana preciosa de sol en mi ciudad. Me he despertado pronto, y me he preparado mi mochila con la cámara de fotos, una libreta para anotar, y un tentempié. La jornada va a ser larga, así que no quiero que me falte de nada.
Llego a la hora prevista al lugar de encuentro, el antiguo Club de Regatas. Un grupo de alumnos de un instituto cercano ya están dentro y es que yo, como quien no quiere la cosa, me he colado en su actividad de hoy. Bueno, en realidad pedí permiso y ellos me aceptaron en su grupo, en el autobús, incluso en su rato de recreo. Ja, ja. Hacía décadas que no tenía recreo. Bonita experiencia. Aunque mi día bonito junto al puerto, lo tuve gracias a una persona especial, Pablo Cerdán, que una mañana me llamó y me dijo que sí, que sería genial que mi ventana se abriera al puerto y a todo lo que ocurre detrás. Dedicada su vida a trabajar en la Autoridad Portuaria, no pude tener mejor apoyo para saber, conocer, ilusionarme y poder escribir esta historia para vosotros.
Cuando el sol asoma por la Bahía, el Puerto de Cartagena ya lleva horas despierto. En realidad, el puerto nunca duerme. Barcos que vienen y van, gaviotas que surcan el cielo, trabajadores de las consignatarias y estibadoras que interrumpieron su sueño por un imprevisto que solucionar. Desde la torre de control se vigila de cerca el tráfico marítimo, que desde siglos atrás no ha dejado de moverse, de transformarse y de adaptarse a los tiempos.
Pasado y presente conviven entre muelles, grúas, barcos. Aunque la historia comienza mucho antes de que existieran contenedores o torres de control. Pues en el año 227 a.C. los carthagineses fundaron la ciudad como Quart-Hadasht, recibiendo ese nombre hasta la conquista romana en el 209 a.C. denominada Carthago Nova.
Por aquel entonces, nuestro puerto ya era un lugar clave, privilegiado para el comercio, sobre todo con minerales. Y es que esta bahía natural que todavía poseemos, era un refugio perfecto para los barcos.
¿Sabéis que el 85 por ciento de las mercancías del mundo utilizan el transporte marítimo? ¿Y que el desarrollo del comercio internacional a lo largo de miles de años ha transcurrido en el mar?
Los puertos son una infraestructura necesaria para ese desarrollo. Así que somos afortunados, porque nuestro puerto es un mimado, arropado por baterías defensivas, protegido de los temporales. Incluso, me cuenta Pablo, que se encontraron sedimentos de metales, que probablemente iban a ser cargados en embarcaciones, hace más de 4500 años.
Pero a ver, que yo me centre. ¿Quiere decir eso que no somos una ciudad trimilenaria? ¿La deberíamos llamar cuatrimilenaria? Sigo, que me conozco y me lío…
1875 fue un año importante. Nació la Junta de Obras del Puerto de Cartagena para ejecutar obras, construir muelles. Y así fue como en 1900, después de ganar superficie al mar, se inauguró el primer muelle por el rey Alfonso XIII. De ahí que fuera bautizado con el nombre de su padre, rey que ordenó su construcción. Fue el primer muelle comercial que tuvo nuestro puerto. Durante esos años hubieron grandes cambios, como en la presentación de las mercancías, que pasaron de cajas de madera, fardos, palés, contenedores... Se creció con nuevas infraestructuras, como la construcción en 1950 del Muelle de Santa Lucía y Muelle de San Pedro. Así que en Santa Lucía se especializaron en los minerales y en San Pedro en el trigo, maíz, cebada, soja…
Trasladar esa gestión del Muelle de Alfonso XII a los nuevos muelles supuso la integración de Alfonso XII en el casco histórico de la ciudad. Y los ciudadanos lo celebraron, pues tenían un mayor espacio con un reclamado paseo marítimo y actividades lúdicas, culturales, deportivas. Un lugar por el que hoy recorremos, disfrutando de la cola de la ballena que nos recibe con cariño, el mercado navideño, la recepción de los Reyes Magos, la Ruta de las fortalezas, lugares de ocio con vistas a los faros…
¡Y hasta una terminal de cruceros! Juan Sebastián Elcano, se llama. Es un lujo de terminal para los visitantes, porque bajan de esos grandes hoteles en el mar y se encuentran arropados por el modernismo y la historia.
Pero no, no imaginéis. No he subido a ningún crucero. Pero sí, como os conté al principio, un grupo de estudiantes, y por supuesto mi anfitrión, me hicieron un hueco en su autobús y así fue como mi mañana cobró mucho más sentido.
Iba expectante. Estaba recorriendo parte de mi ciudad portuaria que conocía, pero sabía, intuía, que iba a entrar a todos esos lugares a los que asomo la cabeza y es imposible pasar.
En nuestro paseo observé la Lonja y la Cofradía de Pescadores. Esos pescadores con un salario incierto a la espera de la subasta del pescado fruto de un duro trabajo en el mar.
Saludé con un guiño al Apóstol Santiago, en su dársena. Mi amigo Quirós hizo una obra excepcional y yo tengo un algo especial con esa escultura. Será porque soy de Santa Lucía.
La dársena de talleres, con sus lanchas de la Guardia Civil, Salvamento Marítimo, Cruz Roja…
¡Y la terminal de contenedores!
Os voy a contar algo. Yo la orientación no la llevo bien y no es la primera vez que voy con el coche al Faro de Curra y me meto en esta terminal. Bueno, no me meto porque me hacen el alto y no me suben la barrera. Pero hoy, hoy sí he pasado. Y en bus. A la primera.
Pablo ha dicho que sacáramos el pasaporte porque íbamos a cruzar la frontera de la Unión Europea, y he visto a alguno de los alumnos, rebuscar en su cartera su DNI, ja, ja.
Pero ya estábamos en espacio extracomunitario, porque entrar con un responsable de la Autoridad Portuaria, abre muchas barreras.
Y ahí estaba yo, después de observar los puestos de control fronterizos, la aduana… Había llegado a ese mundo que desde fuera siempre observé como el juego del Tetris.
Contenedores rojos, azules, amarillos, perfectamente colocados, ordenados por calles, por parcelas, para rentabilizar el tiempo de su localización. Porque como dice Pablo, ¡el tiempo es oro!
¿Sabíais que todos los contenedores del mundo miden lo mismo? Así pueden ser transportados, gracias a esas medidas estándar, en barcos, aviones, trenes, camiones, que ya están preparados para ello.
¡Y los contenedores tienen matrículas! 4 letras y 7 números. Dentro de cada contenedor se puede depositar mercancía hasta 24 toneladas, más 2 toneladas que pesa el contenedor. Y si son dobles, máximo 36.
Y si se dañan por golpes y no pueden ser reparados, salen del transporte y se reciclan para diferentes usos.
Dicen que su sonido es muy estridente, por eso, para amortiguar el ruido a los vecinos cercanos a la terminal, tienen unos setos que cubren las vallas. Además de no poder observar la actividad interior y quedar bonito a la vista, ese tipo de seto es un gran aislante del ruido de estas piezas de tetris que me encantan.
¡Siempre me ha gustado imaginar qué llevarían dentro!
En la terminal de contenedores hay zonas reservadas a piscifactorías. Hay barcos que alimentan a los peces que están en las jaulas.
También hay grúas porta contenedores, depósito aduanero para dejar la mercancía y evitar liquidar impuestos hasta que sale…
Para el que no lo sepa, cargar un barco se dice estibar y descargarlo, desestibar.
Pues aquí están todo el día estiba que te estiba y desestiba que desestiba.
Las básculas para pesar la mercancía tienen hasta cuatro carriles y por desgracia ha desaparecido la figura del basculero, pues han pasado a ser automáticas.
¡Un momento!, me avisa Pablo que pasamos la aduana y regresamos a Europa.
Pues sí, vaya ajetreo. Pero merece la pena, porque vamos directos a un valle, el Valle de Escombreras. Nuestra mayor joya. La muestra del gran desarrollo industrial. El puerto número 1 de carga y descarga de productos petrolíferos y manipulación de cereales.
¿Sabéis de dónde viene el nombre de Escombreras? Pues porque los romanos lo llamaron Isla de Scombraria, porque allí pescaban muchos scomber, lo que nosotros llamamos, pez caballa. Así que de ahí…
Cuentan que en 1950 la única refinería que había en España era la de Canarias. Pero surgió la necesidad de una en la península, y sí, en 1957 comenzaron a construir esa primera refinería en el Valle de Escombreras. Y para tener una infraestructura perfecta, se construyó el Dique de Bastarreche para los grandes petroleros, y el Muelle de Ribera para cargar los barcos con gasolina y productos derivados del petróleo. Llegaron después el Muelle Príncipe Felipe y el Muelle de Isaac Peral.
¡En 1959 descarga el primer petrolero en Escombreras! Durante diez años Cartagena fue el puerto más importante de España.
Sí, Escombreras, justo donde estábamos llegando nosotros en ese momento. Avisaban esas esferas a la entrada, repletas de gas. Me cuentan que para que la distribución de la presión sea uniforme, tienen que estar en recipientes esféricos.
Unas tuberías rojas, enormes, me llaman la atención. Son de agua contra incendios, agua de mar infinito para nosotros. Por un sistema de bombeo aspiran el agua del mar y la llevan por esas tuberías a todas las industrias del Valle.
También he aprendido cómo transportan el gas. Porque mi ciudad es de las pocas plantas en Europa donde se realiza el almacenamiento y regasificación del gas. Se transporta a -160º, prácticamente congelado. Al ser casi sólido es más sencillo y ocupa menos espacio. Para su carga y descarga se licua y fluye líquido por las tuberías, y para el suministro se regasifica y llega a la red ciudadana como gas natural.
Esto es un paraíso infinito de curiosidades y un privilegio. Pasar junto a las naves de productos químicos donde fabrican fertilizantes. Observar montañas de azufre, dunas amarillas que me deleitan en una mañana de invierno.
Ante nosotros un petrolero surca nuestros mares. Parte de su estructura está fuera del agua, así que me informan que es un petrolero que ya ha descargado su mercancía.
Un metanero recién llegado de Argelia descargará el gas en seis horas y un práctico sale para sus maniobras en su atraque. Y un barco zarpando lleva un remolcador en la proa y otro en popa para retener en caso necesario.
En un abrir y cerrar de ojos he descubierto el trabajo que hay detrás. Cada persona forma parte de un engranaje perfecto. El puerto, no solo lugar de recreo y descanso de la mente, se abre y nos hace este regalo.
Un regalo que llega con broche final. Entrar a la torre de control. Pablo Cerdán sabe que será quizá la única oportunidad que tenga yo para estar allí, en ese semicírculo acristalado sobre el mar, con pantallas dobles, con personas trabajando días enteros para la seguridad del tráfico marítimo, para las llegadas y salidas a puerto. Todo está controlado.
Mi puerto, esa joya que esconde historia, esfuerzo, control, trabajo, ambiciones, proyectos. Ese tesoro que he descubierto, pasando despacito, por la puerta de atrás.
Gracias a los que hacéis posible adentrarnos en él.
LA VENTANA DE EVA
Eva García Aguilera.