¿PASEAMOS JUNTOS?

Eva

¿PASEAMOS JUNTOS?

 

La mañana ha despertado lluviosa. Hace días que no hago demasiados planes con antelación. Mi cuerpo se está tomando un descanso, pero como broma ya está bien. Necesito despertarlo y llevarlo a caminar.

Escucho el sonido de los neumáticos sobre el agua de la calle. Pero me gusta el otro, el más intenso, el que he escuchado desde la cocina.

La olla con el guiso caliente burbujea. Levanto la tapadera y le doy unas vueltas con la cuchara de madera. Sin prisa, hoy no la tengo.

Recuerdo que ayer puse dos lavadoras. No una, sino dos, desafiando al tiempo. Me asomo rápida, hay algunas prendas empapadas, pero otras las consigo salvar, y las voy dejando extendidas por cada rincón de mi terraza, colgando de la lámpara de pie o sobre los sillones donde suelo leer cuando entra un solecito gustoso.

Parece como si hubiera montado un mercadillo hippy. No faltan ni las velas encendidas de tres mechas que aportan calidez a mañanas como estas.

Me preparo una infusión calentita y mastico un trocito de jengibre, mientras el microondas hace girar una taza de Snoopy que me regaló una amiga muy especial.

Me encanta cogerla con las dos manos cuando está muy calentita y cerrar los ojos. Me relaja.

Y entonces… Mi imaginación me lleva a dar un paseo por una ciudad con luz. Donde la lluvia ha dado paso al arcoíris y empiezan a asomar las flores de una inminente primavera.

Desde el cerro del Molinete inhalo instantes infinitos, que meto en la mochila para cuando me hagan falta. Bajo despacito, paseo junto a la Basílica de la Caridad y llego a las puertas de una confitería. Me paro, me veo reflejada en el cristal. No me gusta mirarme demasiado en los espejos, pero la chica al otro lado del escaparate me devuelve la sonrisa que quizá, yo le he regalado sin darme cuenta.

 

Camino, camino hasta entrar en una calle de muros gruesos desde los que siento protección, pero también escucho quejidos y llantos de miedo. Son los refugios de la calle Gisbert. Un lugar donde me refugio, sí, fijaros la ironía, cuando las cosas están agitadas en mi vida. Entrar allí me da esa paz contradictoria de lo que en este sitio se vivió, me evado y miro de un lado a otro, tranquila.

 

Salgo, miro hacia arriba, a ese ascensor que tengo la certeza de que me va a llevar hasta un remanso de paz y recuerdos, de sol y alegría, de vida y de historias.

Ni el ascensor ni yo tenemos ninguna prisa. Abre sus puertas y salgo con los ojos expectantes. Un balcón me atrapa. Están trabajando en esa joya de mi ciudad. El Anfiteatro Romano. Cuántas personas van descubriendo bajo las calles por donde pisamos, historia y vida auténtica, para ofrecérnosla y hacernos más grandes de conocimientos y pensamientos. Un regalo.

 

Siento que tengo las mejillas encendidas. Me pasa cuando me ilusiono con esas pequeñas cosas que aterrizan en mi mañana sin avisar. Dos pavos reales se contonean a mi lado, presumiendo de ese traje especial que llevan de azul intenso y bellos dibujos verdes y grises.

 

 

Cerquita hay tres patos que me miran, quizá porque ellos no se sienten patitos feos, sino especiales, simpáticos, y con unas ganas de comer unos gusanitos que llevo en la mochila.

 

 

Así que abro una Coca-Cola, y uno de ellos, el pequeñín, da un respingo con ese sonido característico cuando abrimos la lata y…

¡Y compartimos los gusanitos! Los que no llevan mantequilla, los que siempre que leo los ingredientes pienso, bueno, pesan poco, así que los porcentajes de todos esos conservantes que llevan, son mínimos para los que caben en un puñadito.

Me siento una gigante sentada en el estanque. Creo que si me esfuerzo un poco, todavía puedo sentir cómo echaba mi cuerpo sobre esa losa fría y luego subía las piernas para conseguir sentarme, cuando era muy pequeña. El Castillo de los Patos ¿Cuándo han pasado tantos años? La vida, la vida, que cuando menos te los esperas, han transcurrido un montón de décadas sin darte cuenta. Eso es como cuando estamos de vacaciones de verano, con un mes por delante en la playa, y los primeros días te saben como si tuvieran setenta y dos horas. Y de repente una mañana te despiertas y dices, ¡que me quedan cuatro días! Y quieres hacer todo lo que tenías planeado, con prisa. Pues con la vida pasa igual.

Me despido de todos aquellos animales que viven como reyes, sin antes pasar al aljibe, otro lugar en el que sientes frío cuando entras pero que a mí me hace sentir muchas cosas.

Y decido bajar caminando, porque hay un atajo que me encanta y me va mostrando el puerto inmenso, infinito, el Teatro Romano y la Catedral. Catedral que forma parte de nuestros recuerdos y de nuestros sueños futuros, por verla más presumida que nunca.

 

Paseo junto a la plaza de los Héroes de Cavite, que está muy bonita, con flores de colores alegres que contagian alegría. Intento sentarme en una de esas cadenas gruesas y fuertes, en las que me balanceaba  de niña, mientras el submarino Peral me observaba muy de cerca. Y no, no lo he hecho. Me arrastrarían las piernas y tampoco es plan de que me llamen la atención.

 

 

 

Así que busco un lugar donde me pongan una marinera rica y una cervecita. La rosquilla está crujiente, directa a la boca…

-Mamá, llueve a cántaros. Me he despertado y he pensado, mi madre ha salido a caminar con su cámara de fotos y a buscar historias y va a venir empapada- me dice mi hija con esa manera de decir las cosas que me recuerda tanto a mí.

Y le digo, -pues estás en lo cierto, he dado un paseo que ni imaginas, y si no llega a ser por ese grito llamándome, que me ha sacado de mi ensoñación, me hubiera comido hasta la marinera.

Ella me mira raro, a veces lo hace, dice que no soy una madre normal pero que en plan, que te lo digo mamá como algo bueno.

Nunca dejéis de soñar, de pasear, de vivir, porque la imaginación nos puede llevar a cualquier sitio, y hacernos disfrutar como si nos quedaran, cuatro días de vacaciones de verano.

 

Feliz domingo.

Eva García Aguilera