Montanaro: LA ESTUPIDEZ COMO PROYECTO NACIONAL Y MAYOR ENEMIGO DEL BIEN

Andrés Hernández

LA ESTUPIDEZ COMO PROYECTO NACIONAL Y MAYOR ENEMIGO DEL BIEN

Hay gobiernos que caen por corrupción y otros por incompetencia. Algunos, incluso, por dignidad institucional, esa extravagancia europea hoy casi arqueológica en España. Luego está el sánchismo, que ha decidido convertir la política española en una especie de experimento sociológico diseñado para comprobar cuánto cinismo, propaganda y degradación moral puede soportar una sociedad antes de asumir que la están tomando por celestialmente idiota. Lo inquietante no es el experimento, lo verdaderamente aterrador es que, de momento, funciona razonablemente bien para Sánchez y su miserable corte.

“Cuando Dietrich Bonhoeffer habló de la estupidez como el mayor enemigo del bien, no se refería al ignorante clásico ni al analfabeto funcional, que en España abundan. Hablaba de algo muchísimo más peligroso, personas incapaces de reconocer la realidad porque su adhesión ideológica les obliga a defender lo indefendible y justificar lo obsceno e indecente”

El gran problema de la España actual ya no es la corrupción, que es asoladora, España convive con la corrupción igual que convive con las humedades, las listas de espera o los tertulianos hipertensos, con resignación estructural y una mezcla entre cansancio y costumbrismo nacional. El verdadero problema es otro mucho más grave, la normalización fanática de la corrupción cuando la practican “los nuestros”, los sociatas corruptos de mierda, perdón por la vulgaridad, pero dan asco. La anestesia moral del sectarismo, la capacidad de millones de personas para justificar exactamente aquello que denunciaban hace apenas unos años siempre que el sospechoso vista la camiseta ideológica correcta.

Cuando Dietrich Bonhoeffer habló de la estupidez como el mayor enemigo del bien, no se refería al ignorante clásico ni al analfabeto funcional, que en España abundan. Hablaba de algo muchísimo más peligroso, personas incapaces de reconocer la realidad porque su adhesión ideológica les obliga a defender lo indefendible y justificar lo obsceno e indecente. Individuos que dejan de pensar críticamente para convertirse en altavoces emocionales de una causa política. Viendo la España actual, cuesta encontrar una definición más precisa del ecosistema político-mediático que sostiene al sanchismo.

“Ocho años después tenemos un Gobierno sostenido parlamentariamente por separatistas, herederos políticos del entorno etarra y miserables asesinos, oportunistas nacionalistas de prostitución poligonera y una izquierda radical que considera la democracia liberal un trámite molesto hasta alcanzar hegemonía completa. La famosa coalición Frankenstein ya ni siquiera intenta disimular, el poder por el poder o el sillón como religión de Estado.”

Conviene recordar cómo empezó esta tragicomedia nacional y han superado todo lo anterior con diferencia. En 2018, media España política, mediática y cultural se unió bajo una bandera aparentemente moral para derribar a Mariano Rajoy, aquello no era una simple moción de censura. Era una especie de cruzada ética donde se presentaba a España como una democracia al borde del colapso moral por culpa de la corrupción del PP. Había periodistas hablando con tono funerario, intelectuales de moqueta reclamando regeneración democrática y artistas subvencionados descubriendo súbitamente la importancia de la ética pública, parásitos en general y paniaguados en particular del sectarismo "progre".

Apareció Pedro Sánchez montado sobre un caballo blanco fabricado por los departamentos de propaganda institucional del régimen, prometiendo rescatar la dignidad democrática de las garras del mal conservador, qué extraordinaria ironía histórica. Ocho años después tenemos un Gobierno sostenido parlamentariamente por separatistas, herederos políticos del entorno etarra y miserables asesinos, oportunistas nacionalistas de prostitución poligonera y una izquierda radical que considera la democracia liberal un trámite molesto hasta alcanzar hegemonía completa. La famosa coalición Frankenstein ya ni siquiera intenta disimular, el poder por el poder o el sillón como religión de Estado.

Mientras tanto, el entorno político, familiar y orgánico del sanchismo aparece rodeado de investigaciones, sospechas, escándalos, audios turbios, amistades peligrosas y un aroma permanente a cloaca administrativa que habría provocado manifestaciones masivas, especiales televisivos y editoriales apocalípticos si el apellido político fuese otro como Rajoy, Aznar o Feijóo, pero es el santísimo Sánchez.

“Así hemos llegado a una España grotesca donde el problema ya no es robar, colonizar instituciones o degradar la separación de poderes, el verdadero pecado consiste en señalarlo pero, si el señalado pertenece al bando correcto que tras la polarización indecente impuesta por Sánchez es el PSOE, los asesinos de ETA, los golpistas catalanes y las concubinas poligoneras vascas del PNV, las nuevas dos Españas, enfrentadas.”

Ahora resulta que todo es “lawfare”. Es fascinante observar la transformación psicológica del fanatismo contemporáneo, lo que antes justificaba una moción de censura hoy se relativiza y es hasta sano. Lo que antes era intolerable ahora se convierte en “ataque de la ultraderecha” contra la pulcritud del poder. Lo que antes era corrupción sistémica ahora es “resistencia progresista” a caer, pero en la cárcel por organización criminal socialista. La corrupción ya no depende de los hechos, depende del color ideológico del sospechoso.

Así hemos llegado a una España grotesca donde el problema ya no es robar, colonizar instituciones o degradar la separación de poderes, el verdadero pecado consiste en señalarlo pero, si el señalado pertenece al bando correcto que tras la polarización indecente impuesta por Sánchez es el PSOE, los asesinos de ETA, los golpistas catalanes y las concubinas poligoneras vascas del PNV, las nuevas dos Españas, enfrentadas. Esa es la esencia del sanchismo, una maquinaria propagandística construida sobre la superioridad moral mientras practica exactamente aquello que denunciaba. O peor, la delincuencia en todas sus derivadas.

Resulta enternecedor escuchar lecciones éticas de un espacio político que lleva décadas arrastrando clientelismo, nepotismo, colocaciones estratégicas y una concepción patrimonial del Estado digna de una monarquía bananera con marketing progresista y banda sonora indie. Pero quizá el logro más extraordinario del sanchismo haya sido otro, transformar cualquier investigación judicial en una agresión fascista. España ha entrado oficialmente en esa fase histórica donde la corrupción no consiste en meter la mano en la caja, sino en la insoportable grosería de abrir la caja delante de jueces, periodistas o guardias civiles demasiado curiosos.

El PSOE ha descubierto la fórmula definitiva contra los escándalos, prohibir que se investiguen. Una genialidad intelectual al nivel de “un político de cartón piedra que confunde el BOE con su álbum personal de cromos” o “si apagamos el detector de humo deja de existir el incendio”. Y ahí aparece un homínido neandertal como Óscar Puente, convertido ya en una mezcla entre tertuliano furioso y portavoz accidental de un régimen emocional, denunciando conspiraciones para “derribar al Gobierno con métodos no democráticos” cuando han destruido la Constitución espuriamente saltándose el Estado de Derecho y la propia Constitución por el tarsero, queda feo decir públicamente que el golpismo contemporáneo consiste en que la UCO investigue, los jueces hagan preguntas y los periodistas publiquen cosas incómodas.

“Es maravilloso el “watersánchez scandal”, puedes tener audios sospechosos, familiares investigados, asesores turbios y un ecosistema entero oliendo a cadáver administrativo en agosto… pero el fascista siempre termina siendo el tipo que pregunta qué demonios está pasando. La lógica es extraordinaria, “Nos investigan porque somos progresistas”. Claro. Exactamente igual que Al Capone era perseguido por su excelente política tributaria.”

Puente y compañía actúan como ese atracador de película mala al que pillan saliendo del banco con la bolsa llena de billetes y, en lugar de negar el robo, comienza a gritar indignado. “¿Y quién autorizó esta cámara de seguridad?”. El problema nunca es el dinero desaparecido, el problema es la existencia de testigos. Cuando la Justicia investigaba al PP, los jueces eran héroes democráticos, guardianes republicanos y referentes éticos. Ahora que las investigaciones rozan los alrededores sentimentales de Moncloa, Ferraz o el ecosistema familiar del presidente, resulta que vivimos bajo una especie de franquismo judicial “cyberpunk” dirigido por jueces ultras, periodistas reaccionarios y guardias civiles golpistas.

Es maravilloso el “watersánchez scandal”, puedes tener audios sospechosos, familiares investigados, asesores turbios y un ecosistema entero oliendo a cadáver administrativo en agosto… pero el fascista siempre termina siendo el tipo que pregunta qué demonios está pasando. La lógica es extraordinaria, “Nos investigan porque somos progresistas”. Claro. Exactamente igual que Al Capone era perseguido por su excelente política tributaria. El victimismo institucional ha alcanzado niveles tan obscenos que ministros con coche oficial, asesores, presupuesto público y poder administrativo hablan como si fueran disidentes escondidos en un sótano húmedo de una dictadura centroamericana. Les falta comparecer ante la prensa con mantita térmica y violín triste denunciando la brutal persecución sufrida por tener demasiados valores democráticos.

“Y mientras, el ciudadano normal descubre que no puede pagar una vivienda, llenar el depósito del coche o independizarse antes de los cuarenta, el progresismo institucional continúa entreteniendo al país con debates de laboratorio ideológico, pronombres, lenguaje inclusivo y superioridad moral de saldo”

Mientras tanto, la nueva religión moral progresista continúa funcionando con un sistema de ética selectiva verdaderamente fascinante. Burlarse del cristiano es libertad de expresión avanzada. Hacer exactamente el mismo chiste sobre otras religiones te convierte automáticamente en amenaza internacional para la convivencia planetaria. Reírse del heterosexual es modernidad inclusiva. Del homosexual, delito social con ejecución pública en redes antes del desayuno. Criticar a la derecha es periodismo comprometido. Criticar a la izquierda es fascismo vintage con aroma franquista, aunque hayas nacido viendo Netflix. Orwell no escribió una novela, escribió el manual de instrucciones del progresismo contemporáneo donde la igualdad moderna funciona exactamente igual que en “Rebelión en la granja”, todos son iguales, pero algunos son muchísimo más iguales que otros.

Y mientras, el ciudadano normal descubre que no puede pagar una vivienda, llenar el depósito del coche o independizarse antes de los cuarenta, el progresismo institucional continúa entreteniendo al país con debates de laboratorio ideológico, pronombres, lenguaje inclusivo y superioridad moral de saldo. Ese es el gran truco del poder moderno, dividir emocionalmente a la sociedad mientras las estructuras políticas continúan colonizando instituciones, medios y organismos públicos. Divide, etiqueta, cancela y evita cualquier debate serio sobre corrupción, poder o clientelismo. El que trabaja, sufre y madruga le roba al qué se toca los huevos a dos manos, ese es el mensaje.

Mientras media España discute sobre identidades emocionales, la otra media empieza a descubrir que las cloacas institucionales funcionan con presupuesto público y argumentario ideológico. En medio de todo este delirio aparece Pedro Sánchez, convertido ya en una especie de César posmoderno rodeado de propagandistas, tertulianos subvencionados y devotos convencidos de que el líder jamás puede equivocarse. El sanchismo ha dejado de funcionar como proyecto ideológico clásico, ahora funciona directamente como una estructura emocional donde cualquier crítica se interpreta automáticamente como ataque al régimen.

Esa es otra maravilla contemporánea, confundir Gobierno con Estado y partido con democracia, si investigan al PSOE, atacan España, si registran Ferraz, peligra la Constitución, si un juez pregunta demasiado, automáticamente estamos ante una conspiración ultra-mediático-judicial organizada probablemente desde una taberna franquista llena de columnistas con puro y guardias civiles reaccionarios con mostacho y “Mauser” al hombro. La paranoia institucional ha alcanzado niveles clínicos. Las casualidades judiciales ya no son casualidades. Los registros policiales son operaciones políticas. Las filtraciones periodísticas son golpes de Estado blandos. Solo falta escuchar que la UCO trabaja coordinada con extraterrestres enviados por Ayuso desde una base secreta bajo el Bernabéu. Los dementes lo están pensando, al tiempo…

“En 1933, cuando la CEDA ganó democráticamente las elecciones durante la Segunda República, buena parte de la izquierda decidió que la democracia solo era válida si gobernaban ellos, algo parecido a la actualidad o, exactamente igual que ahora. Entonces comenzaron los discursos apocalípticos, la histeria política y la violencia presentada como “defensa democrática”.”

Pero lo verdaderamente devastador no es Sánchez. Ni Puente. Ni siquiera el ecosistema propagandístico que los rodea. El verdadero drama es un país donde demasiada gente ha empezado a asumir como normal que el poder ataque a jueces, periodistas o investigadores simplemente por hacer su trabajo. Cuando un Gobierno empieza a considerar intolerable que lo investiguen, deja de sentirse servidor público y establece una dictadura de facto. Empieza a sentirse propietario del Estado.

Conviene recordar algo que cierta izquierda de salón suele olvidar entre manifiesto subvencionado, pancarta reciclable y superioridad moral premium. En 1933, cuando la CEDA ganó democráticamente las elecciones durante la Segunda República, buena parte de la izquierda decidió que la democracia solo era válida si gobernaban ellos, algo parecido a la actualidad o, exactamente igual que ahora. Entonces comenzaron los discursos apocalípticos, la histeria política y la violencia presentada como “defensa democrática”. La llegada de la derecha al poder equivalía poco menos que al fascismo interplanetario. Después vinieron las insurrecciones, los incendios, los muertos y el país convertido en un manicomio ideológico de pólvora y propaganda.

Noventa años después cambia el decorado, pero no el truco. Ahora no queman iglesias ni levantan barricadas en Asturias, de momento... Ahora desacreditan jueces, presionan policías, intoxican medios y llaman “golpismo” a cualquier investigación que roce el perímetro emocional de Moncloa, además de regarnos con ilegales, descendientes de exiliados y votos de factura innoble, ojo, que lo peor de Sánchez siempre está por llegar, y siendo un apestado en Europa, mucho peor.

La vieja consigna sigue intacta. Si gobierna la izquierda, democracia.
Si investigan a la izquierda, fascismo. Y ahí reside quizá la conclusión más amarga de todas. Las democracias rara vez mueren de golpe, no suelen desaparecer entre tanques y sirenas hoy. Se degradan lentamente cuando suficientes ciudadanos deciden dejar de pensar críticamente porque el fanatismo ideológico les resulta emocionalmente más cómodo que afrontar la realidad, a pesar de las carestías, de la vivienda, del paro, de la cesta. Y en ese punto exacto, la estupidez deja de ser un defecto humano. Se convierte en proyecto nacional.

Andrés Hernández Martínez