Montanaro: GOYA Y ESPAÑA BAJO SATURNO. LITURGIA DE UN PAÍS DEVORADO

Andrés Hernández

GOYA Y ESPAÑA BAJO SATURNO. LITURGIA DE UN PAÍS DEVORADO

Las Pinturas Negras son un conjunto de 14 murales creados por Francisco de Goya entre 1819 y 1823, pintados con óleo sobre yeso directamente en las paredes de su casa, la Quinta del Sordo. Caracterizadas por un tono pesimista, uso de negros, ocres y tierras, y figuras grotescas, reflejan el estado anímico y político del pintor. Actualmente, se exhiben en el Museo del Prado.

“Entonces eran un grito íntimo. Hoy son un espejo público de nuestra sociedad prostituida en la moral y en la dignidad por el sanchismo.”

Convertir a Francisco de Goya en un columnista de urgencia o en un opinador de tertulia reciclado para el presente es pretencioso. Sin embargo, si hoy escribiera en lugar de pintar, probablemente no le dejarían terminar el artículo, o la pintura, demasiado incómoda, demasiado poco alineada con la basura, demasiado libre para un ecosistema político-mediático que ha confundido pluralidad con ruido y crítica con sospecha. Por eso las llamadas Pinturas Negras, hoy colgadas, domesticadas y etiquetadas en el Museo del Prado resultan más subversivas ahora que cuando fueron pintadas en las paredes de la Quinta del Sordo. Entonces eran un grito íntimo. Hoy son un espejo público de nuestra sociedad prostituida en la moral y en la dignidad por el sanchismo.

“Y si alguien duda, basta recorrer ese catálogo de horrores íntimos convertido en patrimonio cultural para descubrir que no estamos ante historia del arte, sino ante un manual de instrucciones, que no de resistencia miserable.”

Hay una mala noticia para los optimistas profesionales, si Francisco de Goya levantara la cabeza, no pediría tribuna, pediría distancia. No para entendernos mejor, sino para confirmar que no hemos entendido nada. Sus llamadas no han envejecido. Han madurado como una ironía pesada, cuanto más modernas parecen, peor habla eso del presente. Porque Goya no pintó monstruos. Pintó excusas. España, dos siglos después, ha perfeccionado el arte de justificarse mientras se deteriora con una elegancia institucional envidiable. Y si alguien duda, basta recorrer ese catálogo de horrores íntimos convertido en patrimonio cultural para descubrir que no estamos ante historia del arte, sino ante un manual de instrucciones, que no de resistencia miserable.

“Ha cambiado la sangre por la burocracia y el grito por la estadística. Ya no despedaza cuerpos, gestiona expectativas.”

Empiezo por “Saturno devorando a su hijo”, esa escena que hoy ya no incomoda porque la hemos normalizado, joder. Saturno, en versión contemporánea, no necesita colmillos, le basta con el BOE, una manipulada rueda de prensa y el relato, cuanto más absurdo, mejor. Ha cambiado la sangre por la burocracia y el grito por la estadística. Ya no despedaza cuerpos, gestiona expectativas.

El hijo, la juventud, ese concepto decorativo no es sacrificado sino aplazado. Se le promete vivienda “accesible”, empleo “flexible” y futuro “sostenible”. Todo entrecomillado, como corresponde a una época donde la realidad es un borrador permanente. Mientras tanto, el alquiler sube, el salario duda y el proyecto vital se convierte en una suscripción mensual que nadie sabe si podrá renovar, como aquel “círculo de lectores” del que eras socio por etiqueta y no leías un escueto libro, postureo de los 80. Y ahí aparece el gran hallazgo del sistema, no hace falta destruir a una generación si puedes entretenerla.

“Ahora el “Duelo a garrotazos”, que debería proyectarse en el Congreso como contenido pedagógico obligatorio. Dos hombres, enterrados hasta las rodillas, golpeándose con entusiasmo suicida.”

Saturno sonríe en prime time. Y el hijo, mientras tanto, hace memes. El problema, por supuesto, no es nuevo, pero tampoco es exclusivo de un gobierno o de una etiqueta como “sanchismo”, término que ya funciona más como coartada emocional que como categoría analítica. Lo verdaderamente interesante y preocupante es la continuidad del patrón, un poder que promete protección mientras administra escasez con pedagogía, eso sí. Es el Estado niñera, que reparte caramelos mientras retira el suelo. Goya lo habría entendido sin tertulias. De hecho, probablemente, habría sido vetado en ellas por “excesivamente pesimista”, ese eufemismo moderno que significa “demasiado preciso”.

“Mas efectivo mentir y manipular que pensar en el ciudadano así, el país entero se convierte en espectador de su propio fracaso, y encima aplaude.”

Ahora el “Duelo a garrotazos”, que debería proyectarse en el Congreso como contenido pedagógico obligatorio. Dos hombres, enterrados hasta las rodillas, golpeándose con entusiasmo suicida. La metáfora no necesita subtítulos, polarización sin salida, debate sin desplazamiento, política como deporte de contacto sin balón. Lo fascinante no es que se golpeen. Es que lo hacen convencidos de que el otro es el problema, cuando el verdadero problema es el suelo que los inmoviliza, pero eso no cotiza en campaña. Es más rentable señalar que explicar, más útil indignar que resolver. Más efectivo mentir y manipular que pensar en el ciudadano así, el país entero se convierte en espectador de su propio fracaso, y encima aplaude.

Se discute de todo, menos de lo que importa. Identidad, memoria, símbolos, agravios reciclados… un menú emocional que mantiene la conversación en ebullición mientras los platos fuertes como la productividad, la educación o el modelo económico se enfrían en la cocina. El garrote es retórico, pero la parálisis y la recesión es real. Y el ciudadano, fiel a la tradición, elige bando. Nada tranquiliza más que tener razón en un país que no avanza. Las dos Españas que tanto mal han traído y repetimos.

“Sustituyan el macho cabrío por un argumentario, una línea editorial o un trending topic, y tendrán la versión 5G del cuadro, o de Pedro.”

“El aquelarre” aporta el toque contemporáneo o la liturgia del consenso fingido. Un grupo de figuras deformadas escuchando con devoción a una autoridad incuestionable, al puto amo. Sustituyan el macho cabrío por un argumentario, una línea editorial o un trending topic, y tendrán la versión 5G del cuadro, o de Pedro. Hoy no creemos en brujas solo en la narrativa, a pesar de tenerlas en la hoguera, unas de chándal y otras de Chanel, en la actualidad es el aquelarre de los martes en Moncloa, pongan el nombre y el rostro, la del chándal y la lengua torpe está por Andalucía vendiendo verdura a grito pelao…. La narrativa, convenientemente gestionada, convierte cualquier contradicción en matiz, cualquier error en contexto y cualquier fracaso en fábula alternativa. No importa tanto lo que ocurre como cómo se cuenta, la verdad ha dejado de ser un objetivo para convertirse en un daño colateral, cuidado. Da igual Valencia y más de dos centenares de muertos que Adamuz y casi medio centenar, o un día a oscuras, da igual, o un barco contaminado contaminando. Las brujas asentían en el aquelarre y ahora asienten en Moncloa, todo sea por hacer de una desgracia y un desastre una oportunidad de supervivencia. ¿adivinen que tendrá la culpa ante una catástrofe?, y veremos si no provocada, ¿quién se fía del trilero?

“El ciudadano participa en una democracia donde las decisiones clave tienen domicilio fiscal en otra parte. Se vota, pero se gestiona en diferido. Tanto en España despreciando al Congreso y Senado como en Bruselas despreciando a los europeos.”

“La romería de San Isidro” es la apoteosis de la participación sin dirección. Una multitud en movimiento, aparentemente festiva esencialmente perdida. Hoy lo llamamos movilización social o evento y tendencia viral. Miles de personas reunidas por causas que a menudo no han tenido tiempo de comprender del todo, pero que sienten la necesidad de respaldar. ¿Estupidez? ¿Ignorancia?, el reflejo de una ciudadanía, de una sociedad y no por convicción, sino por sincronización.

“El perro es el contribuyente que no entiende por qué paga tanto y recibe tan poco. Es el joven que duda entre emigrar o insistir. Es el trabajador que encadena contratos como quien colecciona excusas. No está derrotado, pero tampoco integrado. Está… ahí.”

Ahí entran en escena “Las Parcas”, actualizadas como mercados, organismos internacionales y decisiones que se toman lejos del voto y cerca del balance. El ciudadano participa en una democracia donde las decisiones clave tienen domicilio fiscal en otra parte. Se vota, pero se gestiona en diferido. Tanto en España despreciando al Congreso y Senado como en Bruselas despreciando a los europeos. El resultado es una política inflacionaria en promesas y deflacionaria en resultados. Se anuncia mucho más de lo que se puede ejecutar, y cuando la realidad impone sus límites, se recurre a la narrativa. Otra vez la narrativa, ese comodín que convierte la impotencia en estrategia. Seguimos aplaudiendo la farsa entre la fe y el sarcasmo.

“El perro semihundido” debería ser logo institucional del PSOE actual, quizás renovando el capullo, que no la rosa. Una cabeza asomando en un espacio inmenso, mirando algo que no vemos. No hay drama explícito, no hay épica, solo hay una sensación densa de insignificancia, una boria típica del puerto cartagenero. El perro es el contribuyente que no entiende por qué paga tanto y recibe tan poco. Es el joven que duda entre emigrar o insistir. Es el trabajador que encadena contratos como quien colecciona excusas. No está derrotado, pero tampoco integrado. Está… ahí. Quizás porque tiene que haber de todo, sinvergüenzas y delincuentes con carnet político, idiotas de consulta psiquiátrica que aplauden y desgraciados, con perdón que mantienen, que mantenemos este circo de las tinieblas.

“Convierte el futuro en una extensión tímida del pasado y eso, para una generación que no vivió esos logros, suena a nostalgia ajena, casi inventada y envidiada, y ese es el problema en palacio...”

“Dos viejos comiendo sopa” introduce el factor demográfico y mental. Dos figuras envejecidas, compartiendo un alimento que parece más recuerdo que sustancia. Europa y España como caso aplicado se ha convertido en una sociedad que se alimenta de pasado, incluso de aquel odio a lo español que sustentaba a los europeos. La transición, los consensos, los logros históricos… todo eso se recalienta una y otra vez como si fuera novedad. “Asinque”, el presente se gestiona y el futuro se aplaza. La política, especialmente en su versión socialdemócrata institucional, ha optado por administrar lo heredado en lugar de reinventarlo. Redistribuir sin regenerar y multiplicar con los votos de inmigrantes a pesar de que hay que repartir menos entre más. Convierte el futuro en una extensión tímida del pasado y eso, para una generación que no vivió esos logros, suena a nostalgia ajena, casi inventada y envidiada, y ese es el problema en palacio...

“La ética se convierte en una variable dependiente de la estrategia. Hoy se condena lo que mañana se pacta. Hoy se demoniza lo que pasado mañana se integra. La coherencia es un lujo que el ciclo mediático no puede permitirse.”

“Judith y Holofernes” añade la guinda moral. La violencia justificada, la victoria celebrada, la ambigüedad ignorada. En la política actual, derrotar al adversario se ha convertido en un fin en sí mismo. Gobernar es importante, pero vencer es imprescindible. Y en ese clima, todo vale… siempre que funcione. La ética se convierte en una variable dependiente de la estrategia. Hoy se condena lo que mañana se pacta. Hoy se demoniza lo que pasado mañana se integra. La coherencia es un lujo que el ciclo mediático no puede permitirse. Goya no juzga a Judith pero tampoco la absuelve, la muestra, esa es, quizá, la gran diferencia con el presente, hemos sustituido la mirada por el eslogan.

“Creemos ver el conjunto, pero apenas rozamos la superficie. Volamos bajo como el grajo, pero nos sentimos elevados como el águila, en ese autoengaño colectivo, la realidad se convierte en caricatura y nosotros en personajes de TBO”

“La lectura”, por su parte, es el cuadro más optimista si uno tiene sentido del humor negro. Un grupo concentrado en un texto, compartiendo interpretación. Hoy eso se llama burbuja informativa, tócate. Ya no leemos para entender, sino para confirmar o desmentir, para discutir y amenazar. El algoritmo hace de editor y nosotros de audiencia agradecida, por no decir de rebaño domesticado o estúpidos con DNI. Así, la discrepancia no se debate, se bloquea. La complejidad no se explora, se simplifica, poco a poco, la conversación pública se convierte en una sucesión de monólogos sincronizados, no vaya a ser que el tonto de guardia se enfade -como dicen por ahí, que suerte teníamos cuando solo había un tonto por pueblo-…

El sistema corrupto y deprimente funciona lo suficiente para perpetuarse, no lo suficiente para transformarse. En ese extraño equilibrio entre estabilidad y estancamiento, las Pinturas Negras dejan de ser historia y se convierten en actualidad. Goya no pintó el final de nada. Pintó un bucle.”

Finalmente, “Asmodea”, esa figura que observa desde arriba y que representa la ilusión contemporánea de la perspectiva, que ilusos somos. Todos opinamos de todo, con una seguridad que solo puede dar la distancia o la ignorancia… aunque sea una distancia ficticia y una ignorancia legitimada. Creemos ver el conjunto, pero apenas rozamos la superficie. Volamos bajo como el grajo, pero nos sentimos elevados como el águila, en ese autoengaño colectivo, la realidad se convierte en caricatura y nosotros en personajes de TBO.

España no vive bajo el absolutismo de aquel Fernando VII dictando caprichos desde palacio, aunque se parece. Pero eso no significa que se esté libre de inercias, de complacencias, de autoengaños sofisticados. El sistema corrupto y deprimente funciona lo suficiente para perpetuarse, no lo suficiente para transformarse. En ese extraño equilibrio entre estabilidad y estancamiento, las Pinturas Negras dejan de ser historia y se convierten en actualidad. Goya no pintó el final de nada. Pintó un bucle, lo que hoy es un país que oscila entre el entusiasmo y la parálisis, entre la indignación y la resignación, entre el ruido y la nada. Un país que cambia de discurso más rápido que de bragas y calzoncillos, que debate más de lo que decide, que promete más de lo que puede cumplir, y que nos jode más de lo que debiera…. Somos un país que ha aprendido a convivir con su propia contradicción.

La ironía final es casi elegante, seguimos visitando esas pinturas como si fueran advertencias del pasado. Caminamos por el museo, asentimos con gravedad, comentamos la genialidad, compramos el catálogo, y ahora… a votar al siguiente Saturno. Goya no pintó el fin de una época. Pintó un borrador de la actualidad. 

Andrés Hernández Martínez