Montanaro. EL HONOR EN ALQUILER. Cuando el galón pesa menos que el sillón

Andrés Hernández
Andrés Hernández
Montanaro. EL HONOR EN ALQUILER. Cuando el galón pesa menos que el sillón

EL HONOR EN ALQUILER. Cuando el galón pesa menos que el sillón

Existe una justicia especialmente cruel, no dicta sentencias y no necesita esposas ni fiscales. Tiene la paciencia del granito y la memoria de las viejas instituciones. Se limita a esperar frente a un espejo hasta que quien un día confundió el deber con la obediencia descubre que el reflejo resulta mucho más severo que cualquier tribunal. Es la justicia poética, esa que termina obligando a algunos a contemplar cómo el reglamento que retorcieron para agradar al poder acaba midiéndoles a ellos con una precisión quirúrgica.

La Guardia Civil lleva casi dos siglos enseñando que el honor no es un lema grabado en una placa de mármol, está en el uniforme. No vive en un despacho climatizado ni en una sala de reuniones donde el café siempre llega caliente. Vive en el guardia que sale de madrugada sin saber si volverá a cenar con su familia, en quien patrulla carreteras con vehículos que acumulan más cicatrices que kilómetros, en quien persigue narcolanchas con embarcaciones que parecen rescatadas de un museo naval, y en quien investiga delitos sabiendo que la verdad suele ser el camino más corto hacia la soledad.

El honor nunca consistió en obedecer al ministro, consistió en obedecer a la ley, sin embargo, hay épocas en las que algunos parecen haber confundido la cadena de mando con una cadena de favores. Hay quien asciende por méritos, otros parecen hacerlo gracias a una elasticidad vertebral que la Medicina todavía no ha conseguido explicar, son capaces de doblar la espalda con una elegancia extraordinaria a pesar de sables, bastones, a pesar de los entorchados, llegar a general para esto…, sonríen mientras lo hacen y llaman disciplina a lo que, visto desde fuera, se parece demasiado a la genuflexión administrativa. Es una cualidad muy cotizada cuando el viento sopla desde La Moncloa, parece.

Vivimos tiempos fascinantes. Antes, los generales dirigían operaciones, ahora algunos parecen ejercer de traductores simultáneos del estado de ánimo ministerial. Han descubierto una nueva estrategia militar, defender al poder de las investigaciones en lugar de defender las investigaciones del poder. Clausewitz jamás contempló semejante doctrina, escribió que la guerra era la continuación de la política por otros medios. Algunos parecen haber entendido exactamente lo contrario: convertir la Guardia Civil en la continuación de la política por los mismos medios. Tampoco Sun Tzu imaginó que la principal amenaza para un Gobierno pudiera ser un informe policial correctamente redactado. Quevedo habría escrito una sátira inmisericorde. Valle-Inclán habría añadido espejos deformantes adornados con su esperpento. Pero ni siquiera ellos habrían imaginado un esperpento donde determinados despachos han dejado de oler a cuero, aceite de armas y pólvora para impregnarse del perfume dulzón del incienso burocrático.

La disciplina nunca consistió en arrodillarse, consistía precisamente en mantenerse firme cuando todos esperaban una reverencia, especialmente ahí. Y ahí aparece esa palabra que tanto incomoda cuando deja de beneficiar a los mismos de siempre, el gobierno. Proactividad. Qué hermosa resultaba cuando impulsaba determinadas carreras y qué sospechosa parece cuando la ejerce un investigador cuyo trabajo termina acercándose demasiado a los salones del poder. Durante décadas se enseñó que la Policía Judicial perseguía delitos, pero hoy da la impresión de que antes debe consultar el mapa parlamentario para comprobar si el presunto responsable pertenece a una especie protegida por la mayoría de investidura. Las leyes no han cambiado, lo que parece mutar con sorprendente facilidad son algunos intérpretes de la Ley donde resulta conmovedora esa pedagogía del doble rasero. Cuando determinadas iniciativas nacían desde ciertos despachos eran ejemplo de eficacia, cuando las mismas actuaciones afectan a investigaciones políticamente incómodas se convierten, de repente, en "proactividad excesiva", “asinque”, de perfil…

Extraordinario. No es Derecho, es meteorología política. Hoy llueve objetividad, mañana sopla obediencia, y pasado mañana se activa la alerta naranja por exceso de independencia judicial. Pero quizá la mejor caricatura de este tiempo sea aquella en la que el enemigo dejó de ser el narcotráfico, la corrupción o las organizaciones criminales, el enemigo pasó a ser... un correo electrónico y la lealtad al Estado, curioso, no una red internacional ni una banda armada. No una organización criminal, sino un correo. Bastó la aparición accidental de una dirección oficial de Moncloa en un documento técnico para que algunos despachos reaccionaran como si la seguridad nacional dependiera de localizar al hereje responsable de semejante sacrilegio burocrático. De pronto parecía que Sherlock Holmes había ingresado en la Academia General Militar, y así, comenzó una caza de brujas administrativa donde las escobas fueron sustituidas por expedientes internos y las hogueras por advertencias de que "rodarían cabezas".

Antes de comprobar qué había ocurrido ya existía un culpable imaginario. Antes del análisis llegó la amenaza y antes del sentido común apareció el miedo. El resultado terminó siendo infinitamente más ridículo que la propia investigación y que el propio ministro, que lo es con alevosía. No apareció conspiración alguna, no existía topo mercenario ni había filtración organizada. Sólo un error técnico y de los tontos confiados. Pero el mensaje quedó perfectamente grabado entre quienes dedican su vida a investigar delitos, determinadas personas parecían merecer una protección institucional mucho más intensa que los propios investigadores. Y eso, aunque jamás figure en un sumario, erosiona la moral de un cuerpo mucho más que cualquier recorte presupuestario.

Las instituciones empiezan a morir cuando sus mejores profesionales descubren que investigar puede convertirse en un problema mayor que delinquir. Es entonces cuando el uniforme deja de proteger al guardia y comienza a proteger al despacho, es entonces “cuando el galón pesa menos que el sillón”, y un sillón siempre exige más sacrificios que un uniforme. Porque el uniforme sólo pide honor, pero el sillón suele pedir silencio. Lo verdaderamente dramático no es que existan actuaciones sometidas al escrutinio judicial, esa es precisamente la esencia del Estado de Derecho y corresponde a los tribunales resolverlas.

Lo verdaderamente devastador es la imagen que reciben miles de guardias civiles cuando observan que quienes les exigen sacrificios infinitos parecen reservarse un reglamento distinto para gestionar aquello que afecta al poder. Mientras tanto, ellos continúan patrullando con plantillas insuficientes, con vehículos envejecidos y con medios escasos. Con jornadas interminables y con salarios que nunca compensarán el riesgo, y lo hacen con familias sacrificadas y acostumbradas a despedidas sin horario, aún así, siguen saliendo cada mañana porque juraron servir a España, no al Gobierno de turno.

Hay algo profundamente obsceno cuando un Ejecutivo parece dedicar más energía a preocuparse por quién descubre un posible delito que por quien pudiera haberlo cometido. Es una inversión moral tan absurda que acabaría provocando la risa si no afectara a una institución cuyo prestigio se ha construido precisamente sobre la confianza de millones de españoles. Porque la Guardia Civil nunca necesitó cortesanos, necesitó mandos. Nunca pidió mayordomos del poder, pidió servidores del Estado. Nunca reclamó obediencias ciegas, solo reclamó lealtades limpias. La lealtad jamás fue hacia un ministro pasajero, fue hacia España y hacia la ley. Hacia esos miles de hombres y mujeres que cada amanecer salen a cumplir con su deber sin preguntarse qué color político ocupa los ministerios porque saben perfectamente a quién sirven, a España. Quizá por eso la justicia poética sea tan despiadada porque nunca corre, espera. Y cuando finalmente alcanza a quien confundió el honor con la obediencia interesada, descubre que los discursos ya no sirven, que las ruedas de prensa ya no impresionan y que los galones tampoco esconden la conciencia, sólo la miseria de su traición. Entonces sólo queda el espejo. Y el espejo siempre devuelve la misma pregunta. ¿Sirvió usted al uniforme... ...o utilizó el uniforme para servir al poder?

Existen corrupciones que caben en un sumario, y otras infinitamente más devastadoras que jamás llegarán a un juzgado, es la corrupción del carácter, la del silencio conveniente. La del ascenso agradecido y la del galón o ascenso convertido en moneda de cambio. La del mando que olvida que su autoridad no nace de agradar al ministro, sino de proteger a quienes tiene debajo, el resto son carreras administrativas. El honor, en cambio, nunca asciende, solo permanece, o, como es el caso que nos ocupa, desaparece para siempre. “Cuando un galón empieza a pesar menos que un sillón”, la institución todavía conserva uniforme, reglamentos y jerarquías. Lo único que empieza a perder es aquello que jamás pudo comprarse con un nombramiento. El alma.

 

Andrés Hernández Martínez

 

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