Conmemoración del “2 De Mayo de 1808” en Cartagena.

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Conmemoración del “2 De Mayo de 1808” en Cartagena.

Conmemoración del “2 de mayo de 1808” en Cartagena

Reproducimos literalmente el excelso y profundo relato que pronunció la capitán de Artillería doña Natalia Eugenia Gómez Gabás en el acto militar conmemorativo del pasado sábado “2 de mayo”, en la Plaza Mayor del puerto de Cartagena, en memoria y homenaje a los eternos y heroicos valores del espíritu de los capitanes Daoiz y Velarde y sus hombres, junto al pueblo de Madrid.

Valores identitarios de entrega y amor a España, arraigados en nuestra historia, que permanecen inalterables en nuestras Fuerzas Armadas y en el corazón de los pueblos de España.


“Excelentísimo señor general jefe de la División de Desarrollo de la Fuerza. Excelentísimas e ilustrísimas autoridades civiles y militares.

Señores oficiales, suboficiales y militares de tropa. Señoras y señores, artilleros todos.

El 2 de mayo de 1808 fue un día de gran conmoción en Madrid. España vivía una profunda crisis política, económica y social, y la tensión con Francia era ya insostenible. El país, entonces gobernado por Carlos IV y su controvertido valido Manuel Godoy, se encontraba debilitado y dividido por tensiones internas y una creciente pérdida de soberanía.

Mientras tanto, Napoleón Bonaparte, en plena expansión imperial, había impuesto su influencia sobre buena parte de Europa y pretendía hacer lo mismo con España, colocando en el trono a su hermano José Bonaparte.

Este intento de imposición extranjera fue el detonante del estallido popular. El pueblo madrileño, cansado de humillaciones, se levantó con decisión, dando lugar al primer gran acto de rebeldía contra la ocupación francesa. Aquella chispa encendida en Madrid se propagó como un reguero de pólvora por toda la península, marcando el inicio de una guerra larga, cruel y heroica: la Guerra de la Independencia.

Uno de los lugares clave de aquella jornada fue el Parque de Artillería de Monteleón, donde se concentraron las esperanzas de resistencia de muchos madrileños. Allí, dos capitanes de artillería, Luis Daoiz y Pedro Velarde, decidieron desobedecer las órdenes impuestas por la cadena de mando y actuar según dictaba su conciencia: defender al pueblo y la soberanía de España.

Antes de narrar aquellos momentos decisivos, es justo detenernos brevemente en las figuras de estos dos hombres:

Luis Daoiz y Torres, sevillano nacido en 1767, ingresó con solo 15 años en el Real Colegio de Artillería de Segovia, la cuna del conocimiento técnico militar de nuestro país. Rápidamente se distinguió por su inteligencia, su madurez y su carácter reflexivo. Sus compañeros le apodaron “el Anciano” por su serenidad y sentido de la responsabilidad, virtudes que lo acompañaron siempre.

Tuvo una carrera notable, participando en campañas en África, como la defensa de Ceuta y Orán, y más adelante en la guerra del Rosellón, donde fue hecho prisionero por los franceses. Curiosamente, durante su cautiverio, su comportamiento honorable le ganó el respeto de sus captores, hasta el punto de que le ofrecieron un puesto en el ejército francés. Daoiz lo rechazó con dignidad y regresó a España para seguir sirviendo a su patria. Su experiencia como intérprete, sus misiones científicas y su espíritu crítico lo convirtieron en un oficial completo, versado no solo en la artillería, sino también en la ética del servicio.

Pedro Velarde y Santiyán, por su parte, nació en Muriedas (Cantabria) en 1779. Fue también un alumno brillante del Real Colegio de Artillería. De personalidad enérgica, inquieta e idealista, pronto destacó tanto por su conocimiento técnico como por su capacidad de liderazgo. Con tan solo 24 años ya era capitán y profesor del propio colegio donde se formó. Fue un estudioso riguroso de la artillería y la organización militar, convencido de que el Ejército debía ser tanto una fuerza de combate como un instrumento de ilustración y progreso para la nación.

El destino los reunió en Madrid, en plena tormenta política, en aquel decisivo año de 1808. No fue una coincidencia menor: fue como si la historia hubiese querido poner, en el lugar exacto y en la hora precisa, a dos artilleros llamados a encarnar algo más grande que ellos mismos. Porque cuando la patria se vio humillada, cuando España sintió amenazada su soberanía y su honor, Daoiz y Velarde no buscaron refugio en la prudencia ni amparo en la obediencia pasiva. Dieron un paso al frente. Eligieron cumplir con ese deber supremo que eleva al soldado por encima de sí mismo: defender a España, aun a costa de la propia vida. Eligieron, en definitiva, la dignidad.

La mañana del 2 de mayo, ante el rumor de que el infante Francisco de Paula sería llevado a Francia, una multitud se congregó en la plaza de Palacio. El descontento popular estalló en forma de barricadas, indignación y gritos de libertad. Las tropas francesas, comandadas por el general Murat, respondieron con dureza. Pero Madrid no se rindió, porque había en sus calles algo más fuerte que el miedo: había amor a España.

Dentro del Parque de Monteleón, Daoiz y Velarde tomaron una decisión trascendental: enfrentarse al invasor, aun sabiendo que el sacrificio sería probablemente definitivo. Y en ese instante, sus actos dejaron de ser únicamente militares para convertirse en una lección moral y en un testimonio eterno de patriotismo.

Es cierto que sobre ellos pesaban órdenes de no actuar, de mantenerse al margen y evitar toda intervención. Sin embargo, llegó un instante en que el cumplimiento estricto de aquella consigna chocó de frente con un deber superior. Daoiz y Velarde entendieron entonces que la disciplina no puede confundirse con la pasividad cuando la patria, el pueblo y la soberanía de España reclaman defensa. Y así, al desobedecer aquella orden, no traicionaron su deber: lo llevaron hasta sus últimas consecuencias.

En ellos parecía resonar aquel ideal inmortal que Calderón de la Barca puso en labios del soldado español: “Aquí la más principal hazaña es obedecer; y el modo como ha de ser es ni pedir ni rehusar”. Pero obedecer, en aquella hora dramática, no significó cobardía ni sumisión, sino fidelidad a una causa superior: España. Y por eso, cuando todo invitaba a la resignación, ellos eligieron el honor. Como resume el viejo espíritu de nuestros Tercios, “por España, y el que quiera defenderla, honrado muera”. Eso fue Monteleón: el honor hecho resistencia, la lealtad convertida en sacrificio, la Artillería transformada en ejemplo imperecedero.

“Todo cuanto ha acontecido aquí es de mi exclusiva responsabilidad —dijo Daoiz con voz firme— y de ello responderé ante mis superiores, mi patria y mi conciencia… A partir de ahora, las cosas serán diferentes. Nadie estará obligado, pero el que se una ya no podrá volverse atrás…”

Durante horas resistieron los ataques franceses con apenas un puñado de hombres, unos pocos cañones y un valor inmenso. La defensa fue feroz. En aquella resistencia heroica no estuvieron solos Daoiz y Velarde: junto a ellos combatieron también otros militares dignos de memoria, como el teniente de Infantería Jacinto Ruiz, cuya entrega y arrojo quedaron para siempre unidos a la defensa de Monteleón. Daoiz, al frente de una de las puertas, y Velarde, organizando la resistencia, combatieron sin tregua.

Su lucha fue también la de otros muchos militares, paisanos y mujeres valientes, como Manuela Malasaña, Clara del Rey o Benita Pastrana, junto con tantas otras anónimas que curaron heridos, cargaron municiones o empuñaron armas. Su ejemplo nos recuerda que el valor, el sentido del deber y la defensa de la patria no son patrimonio de un género, sino virtudes de quienes están dispuestos a entregarse por una causa superior.

Todos ellos demostraron que, cuando una nación se sabe amenazada, la defensa de la patria no pertenece solo a unos pocos: se convierte en deber y en orgullo de todo un pueblo.

La batalla terminó con la caída del Parque, pero también con el nacimiento de dos símbolos eternos. Daoiz y Velarde murieron como soldados, sí, pero viven desde entonces como referentes del valor, la lealtad y el amor a España. Su sangre no selló una derrota: consagró un ejemplo.

Hoy, más de dos siglos después, seguimos recordando su gesta porque el 2 de mayo no solo nos habla de historia, sino de identidad, de deber y de nación. Nos recuerda que España ha sido defendida generación tras generación por hombres y mujeres capaces de anteponer el bien común a su propia seguridad. Y nos recuerda también que el uniforme no se viste solo con disciplina, sino con honor, con entrega y con una firme conciencia de servicio.

Permítanme cerrar estas palabras recordando que las Reales Ordenanzas de las Fuerzas Armadas establecen como primer deber del militar la disposición permanente para defender a España, incluso con la entrega de la vida cuando sea necesario. Ese deber, que hoy sigue guiando nuestro servicio, fue el que Daoiz y Velarde llevaron hasta sus últimas consecuencias.

Que el ejemplo de Daoiz y Velarde, junto al de todos los héroes del 2 de mayo, siga guiando siempre nuestro camino de entrega, lealtad y amor a España.”

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