Erasmus publica El legado olvidado de Gaudí, de Jorge Ibáñez Puche, sobre las facetas más desconocidas del creador

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ESTE AÑO SE CUMPLE EL CENTENARIO DE LA MUERTE DEL ARQUITECTO

Erasmus publica El legado olvidado de Gaudí, de Jorge Ibáñez Puche, sobre las facetas más desconocidas del creador

El otro Gaudí: Del harén y el bingo de la Casa Milà a las sillas antibomba

Arquitecto, geómetra, diseñador nato y, al cabo, genial y visionario. De Gaudí se conocen sus grandes obras, como una sucesión de postales coloridas por el trencadís, de edificios de terrazas sinuosas o de torres que se elevan hacia el cielo. Pero detrás de esas fotografías mil veces repetidas late el inmenso trabajo de un profesional concienzudo, un hombre con carácter capaz de dejar inconclusos sus proyectos por no estar de acuerdo con las directrices de sus propietarios.

 

Algunas de esas obras se perdieron; otras no llegaron a levantarse y se quedaron en un boceto sobre papel. Para Jorge Ibáñez Puche, autor de El legado olvidado de Gaudí, que edita Erasmus con motivo del centenario de la trágica muerte del arquitecto, “surge por la intención de encontrar al Gaudí más funcional a partir de algunas de sus obras más icónicas y de otras que no llegó a materializar. Mediante una selección de historias ilustradas, conoceremos al arquitecto que hay detrás del mito y su forma de trabajar. La búsqueda de la comodidad y la adaptación al encargo llevaron a Gaudí a crear un lenguaje propio en el que nada se deja al azar. Detrás de formas sinuosas y un cromatismo desbordante, se esconde el artista más delicado y meticuloso”.

 

Algunas de sus obras más emblemáticas, como la Casa Milà, sufrieron diferentes usos, como desde un principio el autor comenta que ya vaticinó el propio Gaudí, y pasó de albergar el harén del sobrino de un príncipe egipcio, de nombre Ibrahim Hassan, con su legión de sirvientes incluida, a acoger una pensión o casa de huéspedes, la Hispano-Americana (“con espléndidas habitaciones para matrimonios o familias, ascensor, electricidad, calefacción, cuartos de baño y teléfono”, según rezaba la publicidad de la época, hacia 1912), o convertirse en una sala de bingo de la que los vecinos de la zona presumían con orgullo.

 

Gaudí llegó a utilizar explosivos en uno de sus proyectos, concretamente en la montaña de Montserrat, con el fin de horadar la piedra. Pensó que serían más prácticos los barrenos que tener a picapedreros trabajando. Diseñó unas sillas a prueba de bombas para la Casa Calvet, un mobiliario que se adaptaba como un guante al cuerpo y que, tras sufrir una violenta explosión la zona, solo hubo que limpiar y volver a ensamblar. Incluso  Gaudí llegó a trabajar para un santo, pues el encargo del Colegio Teresiano surgió del padre Enric d’Ossó, con el que discutió acaloradamente por el diseño y el presupuesto del edificio, con el tiempo fue elevado a los altares. Fue un pionero del teletrabajo, pues empezó a trabajar de manera remota en muchos de sus primeros encargos al ser imposible desplazarse en ocasiones allí donde el proyecto lo requería: “Hay que ser consciente de que los trayectos largos en la época eran poco menos que un suplicio. Solo hay que recordar que, para desplazarse hasta la Colonia Güell, muy cerca de Barcelona, Gaudí debía tomar una tartana que le llevase hasta las obras de la cripta. Aunque el ferrocarril ya estaba dando sus primeros pasos en la geografía española, había que invertir mucho tiempo para visitar una obra en la otra punta del país. Eso debió pensar el joven Gaudí cuando recibió el encargo de parte de Joan Martorell para el diseño del mobiliario para la capilla del marqués de Comillas, pues no tenemos noticias de su estancia en el lugar (...)”, cuenta el autor.

 

A partir de esas historias tan peculiares como llamativas, conocemos a un arquitecto siempre pendiente de la funcionalidad y dispuesto a revolucionar la arquitectura a partir de los métodos tradicionales.

 

Gaudí prestaba un interés especial al diseño, ya se tratara del herraje, un picaporte o una silla que se adapta perfectamente al cuerpo. Y atendió de manera especial al mobiliario: “Para sus clientes llegó a proyectar una gran cantidad de piezas, que van desde un estilo próximo al neogótico e historicista con los sillones para el marqués de Comillas o para el Salón de Ciento de Barcelona, hasta el funcionalismo más cercano al modernismo con las sillas para el salón principal de la Casa Batlló. Esa gran diferencia de estilos y fisonomía del mobiliario, con unas decoraciones naturalistas animales y vegetales que lo dominaban todo, hasta la ausencia de referencia alguna al figurativismo, tiene como punto de inflexión la Casa Calvet”, escribe Ibáñez Puche.

 

Desde un estandarte olvidado durante años en un almacén hasta un sillón utilizado por una reina, entre las páginas de este libro el lector encontrará una enorme gama de obras más allá de la arquitectura de este genio.

 

 

Jorge Ibáñez Puche (Yecla, 1996) es arquitecto especializado en patrimonio arquitectónico por la Universidad Politécnica de Cartagena. Lleva años dedicado al estudio de la obra de Antoni Gaudí, y ha publicado artículos de investigación en revistas de referencia como “Coup de Fouet” o “Dragón”, editada por la Casa Botines de León.

 

Asimismo, colabora con iniciativas internacionales de difusión como Gaudí México. El autor se reafirma como una de las voces con mayor proyección para rescatar del olvido las obras menos conocidas del maestro catalán.

 

 

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