Pantallas en verano: La importancia de mantener las rutinas y dar ejemplo

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Pantallas en verano: La importancia de mantener las rutinas y dar ejemplo

Pantallas en verano: La importancia de mantener las rutinas y dar ejemplo

Durante los meses de verano, se produce un incremento del uso de dispositivos electrónicos entre niños y adolescentes que supera el 30%, lo que genera con frecuencia problemas que deben ser abordados de forma preventiva, como señala el profesor de la UCAM e investigador principal del Grupo ‘Psicología y Neuropsicología aplicada’, Carlos Valls

Murcia, 28/07/2026

El periodo estival trae consigo un cambio drástico en los horarios familiares. Tras finalizar el tiempo escolar, niños y adolescentes disponen de más tiempo libre, puede acarrear un uso excesivo de dispositivos tecnológicos, tal y como apuntan los últimos estudios, que lo sitúan en un incremento del 30%. “Ocurre igual que los fines de semana, pero amplificado, porque se juntan varios factores como la falta de rutina y de hábitos. Además, en ocasiones existe un menor control parental, algo que se puede ver agravado en familias con falta de recursos personales”, señala Carlos Valls, profesor e investigador principal del Grupo ‘Psicología y Neuropsicología aplicada’ de la UCAM.

Aunque es habitual que las familias relajen los horarios durante las vacaciones, no hay que descuidar los hábitos. “Cuando hablamos del verano, en muchas ocasiones 'bajamos la guardia' en varios aspectos de nuestras vidas. Tampoco debemos culpabilizarnos demasiado cuando cometemos algún exceso, pero cuando hablamos de niños, lo más beneficioso es intentar mantener hábitos y rutinas durante todo el año. Esto evitará posibles desajustes en el uso del móvil, que luego habrá que reequilibrar”, señala el psicólogo.

Un cerebro en desarrollo frente a la gratificación instantánea

Cuando un menor pasa del ritmo de las clases a horas de consumo digital en casa, surge a menudo la duda de cómo afecta este cambio a su salud cerebral. Según apunta Carlos Valls, el problema en sí no es solo el uso que el menor hace de las pantallas, sino cómo está creado el contenido que consume en ellas: “La tecnología es una herramienta con muchos beneficios y forma parte de nuestro día a día. Sin embargo, muchas de las aplicaciones que se utilizan están diseñadas precisamente para proporcionar recompensas inmediatas y de tipo pasivo; es decir, gratificación rápida a cambio de muy poco esfuerzo”. En la infancia y la adolescencia esto tiene una implicación especialmente potente debido a la propia maduración del cerebro. “El sistema de recompensa es muy sensible en estas edades y lleva al adolescente a buscar experiencias gratificantes e inmediatas. En cambio, el sistema de control, asociado principalmente a la corteza prefrontal, todavía no está desarrollado del todo y no es capaz de inhibir o, dicho de otro modo, de detener ese deseo casi irrefrenable. Este sería uno de los motivos generales que explicarían estas conductas”, señala.

¿Hay un tiempo ‘seguro’ de exposición?

Carlos Valls hace hincapié en que no existe una cifra mágica, pero “algunos expertos señalan que nada antes de los 2 años; entre los 2 y los 5 máximo una hora, pero supervisada y, hasta los 12, unas dos horas. Otros son más restrictivos y desaconsejan su uso antes de los 6 años. Para los adolescentes, la clave sería más bien el impacto funcional que tiene en ellos, no solo a la hora de responder a tareas y obligaciones, sino en la repercusión que puede tener en su descanso y desarrollo”.

Y asegura que la clave está entonces en el equilibrio. “Cuando desaparecen las rutinas, disminuye la supervisión y, en ocasiones, se reduce también el sostén social o familiar del menor; es fácil que ese disfrute pasivo e inmediato termine ocupando un espacio desproporcionado en su tiempo libre”.

¿Irascibilidad o abstinencia? El valor del aburrimiento

Algunos de los conflictos familiares en el periodo estival se producen al retirar la pantalla, instante en el que los menores suelen reaccionar con enfados, apatía o quejas de aburrimiento. Frente a quienes califican esta respuesta como un síndrome de abstinencia, Valls pide cautela: “En la gran mayoría de los casos es aburrimiento o una mezcla de sentimientos negativos totalmente normales cuando se interrumpe una actividad placentera”. “Hablar de abstinencia en adicciones conductuales es complejo y tendría que limitarse a casos clínicos muy graves. Lo que vemos en los menores es simplemente frustración por la pérdida de un reforzador muy potente e inmediato al que se han acostumbrado”, subraya.

Cabe destacar, tal y como apunta el profesor del Grado en Psicología de la UCAM,  el valor del aburrimiento para el desarrollo infantil. Cuando se restringe la pantalla de forma pausada, el vacío que queda acaba convirtiéndose en el motor de la imaginación, “para despertar la creatividad de los niños, ellos mismos encontrarán alternativas que les gusten, teniendo los padres un papel importante intentando promover la participación en otras actividades. E insisto: promover, no imponer”, inisiste Carlos Valls.

Señales de alarma y la negociación

Para diferenciar el mero ocio veraniego de un problema con impacto en la salud mental, el psicólogo de la Católica aconseja observar el nivel de interferencia en la vida diaria del menor. El principal indicador aparece “cuando el niño deja de responder a sus responsabilidades, por pequeñas que sean, o a las cosas que anteriormente le generaban interés, como los planes familiares o con amigos; es decir, cuando vemos que simplemente ya no disfruta con este tipo de actividades”.

A la hora de poner soluciones, las imposiciones unilaterales suelen desencadenar conflictos, especialmente con los adolescentes. La vía más efectiva pasa por la negociación conjunta y la búsqueda de acuerdos compartidos. “Negociar no es sencillo, y menos con niños, por lo que hay que afrontarlo con paciencia y flexibilidad”, sostiene el experto, quien asegura que es importante involucrar al niño en la toma de decisiones. “Si no lo disfruta o lo percibe como una imposición, será difícil conseguir el efecto esperado”.

Para el investigador de la Universidad Católica de San Antonio las claves son mantener unos horarios y rutinas, pactar el tiempo de uso evitando imposiciones, dejar las pantallas fuera del dormitorio y limitar su uso al menos una hora antes de dormir y “sobre todo, dar ejemplo”.

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