Desde la Repla: LA DIVINA MISERICORDIA EN CARTAGENA: FE Y RECOGIMIENTO QUE RETUMBA EN EL ALMA
LA DIVINA MISERICORDIA EN CARTAGENA: FE Y RECOGIMIENTO QUE RETUMBA EN EL ALMA
La Divina Misericordia en Cartagena es como un tambor barroco que resuena en el corazón del pueblo, fe que golpea, tradición que retumba y recogimiento que estalla en cada esquina.
La Divina Misericordia, esa devoción que hoy recorre el orbe católico con la suavidad de una plegaria repetida al caer la tarde, tiene en su raíz un temblor antiguo, el del hombre que se sabe frágil y, sin embargo, espera. No es una invención moderna, aunque su formulación contemporánea se deba a las visiones de Faustina Kowalska, ni es una moda espiritual, aunque haya crecido con fuerza en el último siglo. Es, en realidad, el eco permanente de una verdad teológica que atraviesa los siglos, la mística espiritual de que Dios, antes que juez y dador de paz, es misericordia. La génesis histórica de la Divina Misericordia en Cartagena no es un hecho aislado, sino un proceso que une la tradición medieval de ayuda al prójimo. La devoción moderna nacida en el siglo XX y la realidad actual de fe y compromiso social.
Faustina, en la Polonia convulsa de entreguerras, no hizo sino poner palabras e imágenes a lo que ya latía en el corazón del cristianismo. Cristo que muestra su pecho abierto, de donde brotan los rayos rojos y pálidos. Cristo que invita a confiar sin reservas. Cristo que, lejos de la severidad pétrea, se ofrece como refugio. La imagen, acompañada del susurro confiado de “Jesús, en ti confío”, ha recorrido iglesias, hogares y conciencias como un río que no se detiene y desde hace décadas el Cristo de la Divina Misericordia nos alumbra el camino de la Caridad.
La institucionalización de esta devoción por Juan Pablo II en el año 2000, al establecer el Domingo de la Divina Misericordia, no fue sino el reconocimiento oficial de algo que ya había prendido con fuerza en el alma de los fieles. Pero reducir la Divina Misericordia a su dimensión contemporánea sería un error de perspectiva, casi una injusticia histórica. Porque hay lugares donde esa misericordia no llegó, ya estaba.
Uno de esos lugares es Cartagena. Allí, donde el Mediterráneo lame los muros antiguos y la historia se superponen como capas de cal en una fachada vieja durante tres mil años, imperios, civilizaciones y densa alma…, la Misericordia tiene nombre propio desde hace más de cinco siglos en la ciudad. Corría el año 1462 cuando los cartageneros ya veneraban al Santísimo y Real Cristo de la Divina Misericordia en la ermita de Nuestra Señora de la Guía, un enclave hoy desaparecido bajo el peso de la modernidad, hoy en su solar se alza el edificio del Gobierno Militar desde 1865, pero la memoria sigue latiendo como un corazón enterrado que no ha dejado de bombear sentido en una ruta arqueológica con alma, corazón y vida.
Aquella cofradía primitiva no entendía la misericordia como concepto, sino como tarea. No era una estética, era una obligación. Auxiliaban a presos, cuidaban a heridos y enfermos, enterraban a los muertos olvidados y despreciados. Practicaban, sin retórica ni protagonismos abyectos, las obras de misericordia que siglos después se repetirían en catecismos y homilías, en ritos y liturgias. Eran, en definitiva, hombres que sabían que la fe no se demuestra en el templo, sino en el margen, en la calle, en el arenal y en el mar.
Y ese alma interna ha sobrevivido al paso del tiempo con una fidelidad casi genética. La Cartagena de hoy, con su Semana Santa ordenada, precisa, milimétrica, casi militar en su ejecución, encuentra en la cofradía del Cristo de la Divina Misericordia una anomalía bendita. Una excepción que no pide permiso, a pesar de las trabas hipócritas de los fariseos del siglo XXI que con vestidura talar y borrachos de protagonismos de fortuna, eventuales y esporádicos, cretinos que se creen dueños de la FE de un pueblo, El Cristo del Lago no es una devoción de barrio, trasciende lo divino, es la devoción de miles de cartageneros que suspiran a su paso de fe, devoción y recogimiento, una crisol de festividad y de alegría por su catequesis, ya que, a pesar de los tiempos más impíos que misticos devotos en Cartagena, Cristo y la Virgen siguen siendo los guías espirituales de una población rendida.
Mientras otras hermandades se debaten entre la perfección del paso, la alineación exacta del penitente o el brillo calculado del bordado, exultantemente es la identidad de nuestros cortejos, con orgullo y dignidad eso sí, con una soberbia grandilocuente y una falta de humildad suprema en exegetas de catecismo y carrera procesionista, la Misericordia discurre por otro cauce. No compite, existe. No se exhibe, se ofrece. Y en esa renuncia a la teatralidad, en esa resistencia casi obstinada a entrar en el canon dominante y protagonista, radica su fuerza.
No es casualidad que su savia brote de zonas como San Diego, la Plaza Hospital o “La Repla”, o el propio entorno del Lago, lugares donde la ciudad no posa, donde la vida no se disfraza, donde todo es auténtico a pesar de la desertización urbana impuesta por la nula gestión municipal y, a pesar de todo, mantiene el sabor y el poso de Cartagena. Allí, entre calles que conocen más de esfuerzo que de escaparate, la devoción cristiana adquiere una textura distinta, más rugosa, más auténtica, menos preocupada por el aplauso y más por el sentido. Y, sin embargo, lo que podría ser una cofradía periférica, casi invisible en el gran teatro procesional, se convierte en un fenómeno de una potencia difícil de explicar sin recurrir al contraste. Porque a ese sustrato popular se suma, con naturalidad desconcertante, la presencia de las Fuerzas Armadas, con especial relevancia de la Brigada Paracaidista y de los cuerpos de seguridad, Policía Local, Policía Nacional y Guardia Civil.
No es una escenografía. No es un adorno. Es una convivencia. Una escolta permanente que no distancia, sino que integra. Uniformes y reliquias, disciplina y devoción, marcialidad y recogimiento, conviviendo en un equilibrio que, visto desde fuera, resulta casi paradójico.
El resultado es un cortejo que no necesita imponerse porque se sostiene solo. Los hermanos y hermanas portapasos y los alumbrantes caminan con una cadencia que no busca la perfección coreográfica, sino la coherencia interior. Hay en ellos una especie de armonía orgánica, una sincronía no ensayada que despierta, en otros ámbitos cofrades, esa mezcla de admiración y desconcierto que algunos disfrazan de crítica y otros reconocen como envidia, dicen que de la sana, pero envidia al fin.
Todo ello bajo la dirección de un Hermano Mayor que ejerce más de custodio que de director. No hay aspavientos, no hay protagonismo, no hay voluntad de dejar huella personal. Hay, simplemente, una quietud que ordena, una mesura que contiene y una autoridad que no necesita imponerse porque es reconocida. Y entonces, en medio de esa sobriedad casi austera, emerge el arte.
Porque la Divina Misericordia no renuncia a la belleza, la depura. La imagen del Cristo, de una intensidad sobrecogedora, remite inevitablemente a la tradición de Francisco Salzillo. Es un Cristo que no grita, pero que hiere el alma, que no dramatiza, pero que conmueve. A su lado, el San Juan de Juan José Hernández Navarro aporta una humanidad serena, casi introspectiva, como si comprendiera el misterio sin necesidad de explicarlo.
Y culminando el conjunto, la Santísima Virgen de los Desamparados, tallada por Fran Cano en 2008, se alza como una síntesis perfecta de dolor y consuelo. La madera conífera, trabajada con precisión y recubierta de pan de oro, no es aquí un alarde técnico, sino un soporte para una presencia que trasciende lo material. Pero todo esto, la historia, los barrios, los uniformes, las imágenes…, no alcanza su verdadera dimensión hasta que llega el final. El cierre de este cortejo no es un final, es una epifanía. Así, cuando las representaciones militares avanzan, cuando el piquete de Zapadores Paracaidistas se acerca, cuando el aire parece contener la respiración, al son respetuoso honorable de “La muerte no es el final”, la procesión deja de ser un acto para convertirse en un instante. Nos lleva a la Vida y nos lleva a la Luz.
No hay comparación posible con nada más en la Semana Santa cartagenera. No hay estética que compita, ni protocolo que lo iguale. Es otra cosa. Es memoria. Es duelo compartido. Es patria y fe entrelazadas sin discurso, sin necesidad de explicarse, sin protagonismos fatuos ni soberbias impuestas.
Ahí, en ese momento suspendido, todo cobra sentido: la misericordia como consuelo, como reconocimiento del sacrificio, como abrazo a los que ya no están. Y la sociedad concentrada, deja de mirar para empezar a sentir.
Quizá por eso esta cofradía provoca ese “sublime desprecio” en algunos sectores. No porque sea menor, sino porque es distinta. Porque no responde a las reglas no escritas del lucimiento cofrade. Porque no entra en la lógica de la comparación. Es, en cierto modo, una herejía estética dentro de la ortodoxia procesional. Pero una herejía que, lejos de debilitarla, la fortalece. Porque en su renuncia al protagonismo encuentra una identidad más sólida que cualquier aplauso. Porque en su mezcla de pueblo y ejército, de arte y sencillez, de historia y presente, ha logrado algo que no se puede fabricar, autenticidad. Y en un tiempo donde casi todo se ensaya, se mide y se proyecta, esa autenticidad resulta casi subversiva.
La Divina Misericordia en Cartagena no es solo una devoción. Es una forma de estar en el mundo. Una manera de entender la fe no como espectáculo, sino como compromiso. No como exhibición, sino como servicio. Y mientras siga recorriendo sus calles, mientras siga saliendo de esos barrios que le dan sentido, mientras siga cerrando su cortejo con ese estremecimiento que deja al alma sin palabras, seguirá recordando a quien quiera entenderlo que, la verdadera grandeza no siempre hace ruido. A veces, simplemente, permanece.
Andrés Hernández Martínez