Montanaro: CUANDO LA DEMOCRACIA SE QUITÓ EL SOSTÉN Y EL PODER APRENDIÓ A POSAR EN BRAGAS

Andrés Hernández

CUANDO LA DEMOCRACIA SE QUITÓ EL SOSTÉN Y EL PODER APRENDIÓ A POSAR EN BRAGAS

La democracia española no nació desnuda, pero se fue desvistiendo poco a poco, con esa mezcla de pudor tardofranquista y exhibicionismo de revista del corazón que caracterizó al destape. Primero se quitó el abrigo, luego el sujetador y finalmente la vergüenza. No fue una revolución, fue un striptease. Y como en todo buen striptease, hubo música alta, luces malas, señores sudorosos en primera fila y la sensación colectiva de que aquello era libertad, aunque no supiéramos muy bien qué hacer con ella.

El destape y la democracia caminaron juntos como dos primas lejanas que se reencuentran en una boda, incómodas al principio, eufóricas después y acabando la noche bailando sobre una mesa descocadas y sin pudor. De repente aparecieron los pechos en los quioscos y las urnas en las plazas, y nadie sabía muy bien qué mirar primero. Votar y ver tetas se convirtieron en actos casi simultáneos, y ambos se ejercían con la misma torpeza adolescente.

Veníamos de una dictadura tan larga que la libertad nos pilló con la ropa de los domingos y la ropa interior heredada. La democracia llegó como llega todo en España: tarde, mal y con resaca. Se parecía más a una verbena que a un contrato social. El pueblo, que había pasado décadas en blanco y negro, descubrió el color de golpe, y se le subió a la cabeza como una sangría mal medida. Libertad significaba poder enseñar carne, decir tacos en público y llamar imbécil al ministro sin mirar detrás de él.

Los primeros políticos democráticos parecían actores secundarios de una película de Esteso que en paz descanse e inspirador de la presente misiva. No tenían aún el aplomo del poder, pero sí la sonrisa de quien se ha situado. Hablaban de consenso mientras se desabrochaba la camisa en la “Sala Azul” cartagenera. La Transición fue ese momento en el que el país entero aprendió a posar, los líderes aprendieron a salir en la foto, el pueblo aprendió a aplaudir y los medios aprendieron a enfocar lo que vendían.

La democracia, como el destape, tuvo mucho de decorado. Se cambiaron los nombres de las calles, pero no se limpiaron las cañerías. Se cambiaron los himnos y slogans, pero no las costumbres. Se votaba de día y se robaba de noche, como manda la tradición en este pícaro país. El régimen cayó, pero dejó el armario abierto, y en ese armario se guardaron los viejos vicios con ropa nueva y promiscuos intereses.

El destape pudo ser la pedagogía visual de la democracia, nos enseñó que todo se podía mostrar, aunque no todo se entendiera. Las actrices se desnudaban porque tocaba, sin venir a cuento y sin guión, como los políticos prometían porque tocaba sin saber qué. El cuerpo femenino se convirtió, curiosamente o soezmente en símbolo de libertad, del mismo modo que el discurso hueco se convirtió en símbolo de progreso y hasta ahora. Ambos eran exhibidos, ambos eran explotados y ambos acababan cansando, como ahora.

España confundió la libertad con el permiso. Permiso para mirar, permiso para decir, permiso para gastar. Nadie explicó que la democracia también consistía en responsabilidad, algo menos fotogénico que una portada. Y así, mientras los cines se llenaban de comedias picantes, el BOE se llenaba de leyes que nadie leía, pero todos aplaudían, ignorancia en su máximo exponente.

Los años del destape fueron años de una ingenuidad feroz. Creímos que con votar cada cuatro años ya estaba todo hecho, como quien cree que con quitarse el sujetador ya ha cambiado el mundo. La democracia se convirtió en un espectáculo y el espectáculo en una coartada y la coartada en autocracia. Lo importante era que se notara que éramos libres, no tanto que lo fuéramos.

De aquella mezcla de ingenuidad y hormonas políticas nace el presente país que sigue creyendo que la política es pose y que gobernar es saber dónde ponerse. Hoy los líderes ya no se desnudan en Interviú, se desnudan en redes sociales y algunos las saturan a pesar de criticarlas. La fracasada supermodelo aragonesa ha sustituido a la vedette del destape. El escenario ya no es un salón en un prostíbulo con cortinas rojas, sino una cumbre en Dubái con palmeras de plástico y dinero en suspensión.

La democracia aprendió pronto que la foto manda más que la ley. Que anunciar algo lejos da más autoridad que hacerlo cerca. Que decirlo en inglés suena a importante, aunque no signifique nada. Igual que en el destape se rodaban películas sin guión, pero con pecho y bragas, hoy se gobierna sin proyecto, sin presupuestos, pero con eslogan. El destape enseñó que el cuerpo vende. La democracia aprendió que la promesa también pero no los hechos. Y así hemos llegado a este punto en el que el poder se comporta como una estrella decadente, siempre de gira, siempre inaugurando, siempre enseñando algo para que no se note lo que falta. La Transición fue necesaria, sí, pero también fue un pacto de silencio con banda sonora. Se habló poco de justicia y mucho de pasar página. Se enseñaron pechos, pero no se abrieron archivos. Se votó, pero no se preguntó demasiado. Y ese pecado original sigue pesando como un sujetador de generosas hechuras mal quitado.

Hoy miramos atrás con nostalgia y algo de vergüenza. El destape nos parece cutre, pero entrañable. La democracia nos parece imprescindible, pero agotada. Ambas han envejecido mal en solo medio siglo porque nacieron deprisa. No hubo tiempo de aprender a andar antes de salir a bailar. Quizá por eso seguimos gobernados por la pose, por el anuncio, por el gesto vacío y por el engaño. Porque nuestra democracia nació aprendiendo a exhibirse, no a sostenerse. Se quitó el sostén demasiado pronto y desde entonces todo es correr para que no se note la caída.

El problema no es que la democracia se destapara entonces. El problema es que nunca volvió a vestirse con instituciones fuertes, con servicios públicos decentes, con una ética menos fotogénica y más resistente. Seguimos viviendo de aquella primera borrachera, creyendo que la libertad es eterna, aunque no se riegue y se cuide, se eduque y se ilustre y sobre todo, se respete, hemos perdido la ética y la dignidad moral.

El destape terminó cuando dejó de sorprender. A la democracia le está pasando lo mismo, aburre y no sorprende, restringe y coarta. Ya no basta con enseñar y posturear, hace falta hacer, demostrar. Pero eso no sale bien en la foto, no luce en Dubái o en Bruselas y no se puede decir en inglés macarrónico o imperfecto. Tal vez haya llegado el momento de una nueva transición, no de quitarnos la ropa, sino de ponérnosla bien, de vestir elegantemente, de dejar de posar y empezar a gobernar de una vez velando por los intereses de los españoles y no por el pretencioso egoísmo del presidente de turno y su horda. De entender que la democracia no es un cuerpo que se exhibe deprimentemente, sino una estructura que se mantiene.

Mientras tanto, seguiremos aplaudiendo anuncios lejanos, discursos huecos y poses internacionales, como aquellos espectadores del destape que creían/creíamos estar asistiendo a una revolución cuando solo se veía una película mala, muy mala con mucho ruido y poco interés.

La democracia española nació enseñando carne y promesas. Quizá haya llegado la hora de exigirle algo más que eso. Aunque sea menos sexy. El destape terminó cuando dejó de sorprender. La democracia terminará cuando deje de servir y ya no sirve de mucho. No habrá aplausos, ni nostalgia, ni música de fondo, solo el ruido seco de algo que cae al abismo sin red, estamos cerca. No valdrá hacerse el sorprendido, espero equivocarme, esta democracia no se muere de un golpe, sino de una exhibición continuada, no la matan los enemigos, la desgasta la propia obscenidad de los intereses particulares, el anuncio vacío, el viaje inútil, la pose internacional, el inglés de plástico, la épica del PowerPoint. Se ha desnudado tanto que ya no tiene piel, y consecuentemente no hay sensibilidad, solo cinismo e hipocresía aplaudida. Lo que viene no será un golpe de Estado ni una noche de tanques, será un bostezo largo, colectivo y definitivo, estamos cerca, nadie se enfada, nadie protesta y lo peor, nadie espera nada. Ese es el verdadero final del destape democrático, cuando el poder siga posando, pero ya no haya público.

Resulta asombrosamente sencillo y de un maquiavelismo de manual hacer política acusando de hacer política a quienes se limitan a preguntar, despreciar a quienes indagan, a quienes, pecado mortal y sacrilegio místico, ejemplo triste, son los que sacan a la luz informes y denuncias firmadas por los propios maquinistas que recorrían a diario ese trayecto que hoy es un memorial improvisado de hierro, muerte y silencio administrativo. Otra vez, preguntar e interesarse por los motivos es un acto subversivo, y leer informes técnicos, despreciar el relato con hechos es, directamente, un golpe de Estado.

Esto no va de colores ni de partidos. Va de responsabilidades, ese concepto vintage que parece haber quedado sepultado bajo toneladas de relatos y argumentarios baratos y mediocres de saunas a modo de sucios serrallos, como el de Don Guido…., ese señor de Sevilla que era diestro en manejar manzanilla… Va de asumir que cuando se acumulan incidentes, avisos o pequeñas anomalías sin importancia y no pasa nada, la resultante suele dar exactamente el resultado que nadie quiere… salvo quienes siempre llegan tarde al lugar del desastre con el discurso ya plastificado y esperando la letalidad. No va de política, va de rigor, va prevención y servicio público, va de presupuestos para la seguridad y el desarrollo antes de los chiringuitos y cortijos de funambulistas de la política, todo aquello que hoy se considera una excentricidad o un bulo.

Nietzsche lo dejó escrito hace más de un siglo, pero parece que algunos lo usan como manual de instrucciones, un político divide a las personas en dos grupos; instrumentos y enemigos. Aquí no hay ciudadanos, hay piezas para el gobierno, y cuando una pieza se rompe, se cambia el relato, no el sistema, porque no importamos una mierda. Solo importa la soberbia y la mediocre miseria, como Óscar Puente y su humor ministerial de crematorio, mientras el verano se cobraba vidas entre llamas, se permitía bromear con “las cosas calentitas en Castilla y León” … Hoy, ya como responsable del área que agasaja la tragedia del ferrocarril, el chascarrillo adquiere categoría de epitafio. Otra crónica de una muerte anunciada, la del desastre y, de propina, la de la política sanchista de lupanar.

La caída del sanchismo, dicen que será una explosión nuclear, puede que sea cierto ya que, Sánchez ha elevado la huida hacia adelante a política de Estado, empujando su tinglado junto a los del Peugeot, hoy reciclados como inquilinos de Soto del Real y calentándole la cama, más allá de cualquier límite institucional conocido. Cuando todos caigan, no será una derrota, será una implosión venerada y deseada. Un derrumbe como el de las carreteras en Andalucía por las borrascas que se llevará por delante a todos los pasajeros de este alucinado que no alucinante viaje contra la Constitución, contra el sentido común y contra la verdadera memoria de España y no la inventada. Así acaba el destape del 78, aquel que prometía libertades y madurez democrática. Hoy el destape ya no es de cuerpos, sino de vergüenzas, y la democracia no se exhibe en bikini, sino esposada a un argumentario soez y peregrino. España se desnudó para ser libre y ahora la desnudan para comprobar quién se lleva hasta los botones del camisón, el enganche del sostén y la filigrana de las bragas.

Acojonante. En la España del destape democrático, la propaganda come caliente mientras el ciudadano aprende a ayunar con dignidad estadística. Se celebra el relato, se maquilla el empobrecimiento y se llama progreso a no poder llenar la nevera. Nos dicen que no pasa nada, que todo va bien, que los datos macro sonríen a base de duda, préstamos y fondos europeos y todo de espaldas al Parlamento. Será por eso que la carne desaparece, el pescado se vuelve anecdótico, la fruta y verdura se manifiesta con dudas por la procedencia y el huevo se convierte en artículo de lujo popular. No es hambre, amigos, es pedagogía gubernamental. No es Cuba, ni Venezuela repiten con suficiencia, tienen razón ya que, allí al menos no te explican que pasar penurias es un éxito colectivo gracias al gobierno social comunista. Aquí se hace peor, se vota, se aplaude… y se cena relato.

Andrés Hernández Martínez

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