Montanaro. LA REPÚBLICA DEL GORRÓN ILUSTRADO

Andrés Hernández

LA REPÚBLICA DEL GORRÓN ILUSTRADO

Donde el mérito es sospechoso, el esfuerzo resulta ofensivo y la propaganda ha conseguido que el Lazarillo dé clases de ética al Cid.

Hay países que exportan tecnología. Otros exportan automóviles, farmacéuticas, ingenieros o inteligencia artificial. España, siempre original, lleva años perfeccionando un producto infinitamente más rentable para determinadas élites, el gorrón ilustrado. El gorrón ilustrado pertenece a otra especie, es una criatura nacida del matrimonio entre la picaresca nacional y el marketing político en una evolución sofisticada del Buscón de Quevedo con máster en comunicación institucional y doctorado cum laude en vivir del esfuerzo ajeno mientras explica, con aire doctoral, que trabajar demasiado constituye una peligrosa deriva reaccionaria.

España siempre fue un vivero de pícaros. Ahí están el Lazarillo, Rinconete y Cortadillo, Guzmán de Alfarache o el buscavidas que hacía del engaño un oficio y de la necesidad una filosofía, aquellos, al menos, tenían la decencia literaria de reconocer que eran unos golfos. Robaban gallinas, engañaban clérigos o vivían del cuento sin pretender escribir tratados de moral pública. El gorrón contemporáneo, roba el mérito antes que el pan y convierte la dependencia en una virtud cívica, no quiere prosperar; quiere administrar la prosperidad de los demás, ahí entra de pleno el socialismo de burdel y sauna. No sueña con crear riqueza, solo aspira a repartir la ajena hasta que ya no quede nada que repartir, momento en el que convocará una comisión para estudiar por qué desaparecieron los recursos sin mirar lo que él, ella o ello se ha quedado.

El fenómeno habría fascinado a Quevedo. Él, que diseccionó como nadie la miseria moral del poder, descubriría que España ha sustituido al pícaro de taberna por el pícaro de despacho. El jubón picaresco se ha transformado en americana ministerial, el mendrugo de pan duro en subvención y la bolsa del peregrino en un presupuesto público que parece no tener fondo siempre que la factura la pague otro. Hoy ya nadie vive del cuento, vive del relato, que es mucho más elegante y, sobre todo, mucho más rentable. El relato lo soporta todo. Si la economía se enfría, se recalienta el optimismo en el microondas. Si las cifras incomodan, se cambia la conversación, si la realidad insiste en llevar la contraria, peor para la realidad. Al fin y al cabo, los datos tienen la pésima costumbre de no obedecer consignas, y esa insolencia resulta profundamente ofensiva para quienes consideran que un eslogan bien diseñado vale más que una hoja de cálculo.

Valle-Inclán escribió que los héroes clásicos reflejados en los espejos cóncavos daban el esperpento, joder, si levantara hoy la cabeza descubriría que aquellos espejos han sido sustituidos por estudios de televisión de la “cadena telepedro” donde la deformación ya no necesita cristal, viene de serie, una rueda de prensa cuidadosamente iluminada puede convertir una chapuza en una epopeya, un parche en una transformación histórica y una improvisación en un plan estratégico de largo recorrido. “El Callejón del Gato” ha cerrado por falta de competencia, la política moderna produce deformaciones mucho más eficaces.

En medio de esa función permanente aparece el gorrón ilustrado, que jamás habla de crear, sino de repartir; jamás pregunta cómo producir más, sino quién administra mejor la escasez y la miseria, tiene una relación casi mística con el dinero ajeno, lo considera un recurso natural, como la lluvia o el viento, algo que brota espontáneamente de una fuente inagotable llamada Estado y además, nunca se pregunta quién llena la caja, solo exige que nunca deje de abrirse. Lo extraordinario es que esta filosofía ha terminado colonizando buena parte del debate público, el mérito despierta sospechas y el éxito exige explicación. La excelencia parece una provocación y la productividad se contempla con la misma simpatía que una inspección fiscal. Así, la mediocridad ha adquirido rango institucional, de ministerio, se llama inclusión, sensibilidad o justicia distributiva, aunque en demasiadas ocasiones no sea más que la vieja costumbre española de igualar por abajo para evitar el incómodo espectáculo de que alguien destaque, mediocridad en estado puro.

Berlanga habría rodado una trilogía inolvidable. Imaginen la escena, una comunidad de propietarios donde el ascensor lleva meses averiado, la fachada amenaza ruina y las tuberías revientan una tras otra, sin embargo, la junta dura seis horas porque todos discuten apasionadamente sobre el color del felpudo del presidente. Los problemas estructurales esperan pacientemente mientras la política organiza campeonatos nacionales de indignación selectiva. Lo importante no es arreglar el tejado, sino ganar el relato sobre quién descubrió primero la gotera.

En esta República del Gorrón Ilustrado, las palabras también cambian de significado, la responsabilidad se interpreta como insensibilidad y la disciplina presupuestaria parece una extravagancia. El esfuerzo necesita pedir disculpas por existir y el sacrificio personal empieza a resultar sospechoso, como si levantarse temprano, emprender, invertir o innovar, trabajar constituyeran formas refinadas de egoísmo social.

Mientras tanto, el Estado va engordando con la parsimonia de esos personajes de Goya que aparecen en las Pinturas Negras devorando cuanto encuentran a su paso sin advertir que, tarde o temprano, terminarán devorándose entre ellos, traiciones de una organización criminal de libro. La burocracia crece, los reglamentos se multiplican, las competencias se superponen y cada nueva ventanilla parece exigir otra ventanilla encargada de supervisar a la anterior, España ha conseguido convertir el formulario en una disciplina artística y el sello oficial en una unidad de medida del tiempo.

Pero el gorrón ilustrado nunca se siente responsable de ese laberinto. Él siempre encuentra un culpable exterior, si la economía tropieza, será por la codicia ajena, si faltan viviendas, por la maldad del mercado, si la sanidad se tensiona o la educación necesita más recursos, bastará con anunciar otra partida presupuestaria, como si las camas hospitalarias crecieran igual que los champiñones después de la lluvia y los médicos se imprimieran en una fotocopiadora ministerial y si no, la culpa de Franco, el PP, la ultraderecha o Trump, y los tontos aplauden… y hay un a reata de ellos.

La realidad insiste en recordar que los recursos son limitados, que los presupuestos tienen cifras y que las decisiones públicas exigen planificación. Es una grosería por parte de la realidad, pero lleva siglos comportándose igual. Quizá por eso resulta tan incómodo quien formula preguntas sencillas. ¿Cómo se financia? ¿Quién lo paga? ¿Qué consecuencias tendrá dentro de diez años? Son cuestiones elementales en cualquier administración seria, pero aquí a menudo parecen interpretarse como un acto de descortesía, casi afrenta. El debate ya no consiste en responderlas, sino en clasificar moralmente a quien las plantea y discriminarlo, es mucho más sencillo etiquetar que argumentar.

Larra escribiría hoy con una mezcla de desesperación y resignación, quizás cambiaría el célebre "Vuelva usted mañana" por un "Espere usted al próximo titular", el problema ya no es la lentitud administrativa, es la velocidad con la que la propaganda intenta adelantarse a los hechos. La política comparece cada mañana convencida de que la realidad terminará adaptándose al discurso, el problema es que la realidad nunca ha mostrado demasiado interés por militar en ningún partido y menos en la espuria izquierda. La República del Gorrón Ilustrado no necesita censurar el mérito, le basta con ridiculizarlo que es mejor, no prohíbe el esfuerzo, simplemente lo convierte en una rareza. No persigue al que crea; le hace sentir culpable por haber creado. Es una forma mucho más sofisticada de desactivar la iniciativa. Si consigues que el éxito resulte sospechoso, muchos dejarán de intentarlo por puro agotamiento moral y vergüenza.

Y así, entre subsidios convertidos en horizonte vital para algunos, burocracias infinitas, relatos cuidadosamente empaquetados y una vieja tradición nacional de confundir la astucia con la inteligencia, el país avanza con la solemnidad de una procesión donde cada portapasos sostiene el paso del de delante mientras mira de reojo quién carga realmente con el peso, y ahí a pajera…, no faltan las personas que madrugan, arriesgan, invierten, investigan, exportan, enseñan, curan o levantan empresas, son las más castigadas y quienes siguen sosteniendo la estructura mientras el ruido político ocupa las portadas. Tal vez esa sea la mayor paradoja española, el país funciona, pese a todo, gracias a millones de ciudadanos que nunca aparecen en los discursos grandilocuentes porque están demasiado ocupados trabajando para perder el tiempo fabricando relatos y asistiendo a mítines de fábula barata con rancho en frio.

Ninguna nación puede vivir indefinidamente de la energía de los mismos, llega un momento en que el motor protesta, se gripa, el depósito se vacía y las excusas dejan de mover el vehículo y aparece la aritmética, esa señora tan antipática y estúpida que jamás se presenta a las elecciones, pero siempre termina gobernando y como ahora para mal. No entiende de ideologías ni de campañas publicitarias, solo suma, resta y pasa la factura, aunque la suma sea de asesinos y golpistas y la resta de dignidad y ética. El verdadero desafío de España no consiste en elegir entre izquierda o derecha, entre progresistas o conservadores, entre centralistas o federalistas, el dilema es bastante más antiguo y mucho más sencillo, decidir si queremos seguir siendo el país donde el Lazarillo administra el granero mientras da lecciones de ética al labrador que lo llena, o recuperar la vieja convicción de que una sociedad solo prospera cuando honra a quien crea más de lo que consume, aporta más de lo que exige y entiende que la solidaridad no consiste en convertir la dependencia en un modo de vida, sino en ayudar a que deje de ser necesaria.

La República del Gorrón Ilustrado puede regalar aplausos, repartir eslóganes y organizar interminables ceremonias de superioridad moral, lo que nunca podrá hacer es alterar una ley tan antigua como la gravedad, ningún pueblo prospera demasiado tiempo cuando termina admirando más al que reparte lo ajeno que al que se esfuerza por crearlo y, cuando esa inversión moral se convierte en costumbre, el esperpento deja de ser literatura para convertirse, silenciosamente, en el programa de gobierno de toda una época, el del socialismo perverso y el sanchismo delincuente.

Andrés Hernández Martínez