Montanaro: SÁNCHEZ, ESQUILACHE Y EL PRÊT-À-PORTER DE LA MEDIOCRIDAD

Andrés Hernández

SÁNCHEZ, ESQUILACHE Y EL PRÊT-À-PORTER DE LA MEDIOCRIDAD

Hubo un tiempo, sin risas todavía, ya llegarán..., en que España se amotinaba por una capa. Sí, una capa, esto en la ESO no se enseña, como los asesinatos de los criminales de ETA en la calle por imperativo de Sánchez. No por el precio de la luz, ni por la inflación que te deja el sueldo como un recuerdo de juventud, ni por ese sudoku ferroviario donde viajar es un acto de fe con retraso acumulado. No, por una capa y un sombrero de ala ancha. El episodio se llamó Motín de Esquilache, y ocurrió bajo el reinado de Carlos III, un monarca ilustrado a la que los comunistas le pusieron música en su Puerta de Alcalá, lo de ilustrado siempre suena a que sabía lo que hacía, o no…, decidió modernizar a sus súbditos a golpe de decreto textil.

“sin capa no hay cuchillo, sin sombrero no hay mala intención. Un silogismo digno de academia… o de tertulia de sobremesa en la taberna comunista de Garibaldi, con estrella Michelin.”

El responsable de la ocurrencia era Leopoldo de Gregorio, Marqués de Esquilache, un napolitano con vocación de estilista urbano que pensó que prohibir capas largas y sombreros anchos reduciría el crimen, como la desbocada inmigración ilegal y nada social pero que enriquece a sus mafias con siglas y acrónimos legales, que ha hecho repuntar las violaciones en 8 años un 276% según JUPOL. Claro, porque todos sabemos que el problema de la delincuencia no es la delincuencia, sino la estética del delincuente. Si Jack el Destripador hubiese llevado chapela vasca, aún estaría libre. La lógica era impecable, sin capa no hay cuchillo, sin sombrero no hay mala intención. Un silogismo digno de academia… o de tertulia de sobremesa en la taberna comunista de Garibaldi, con estrella Michelin.

“niños “que lloran cuando se les lava y se les peina”. Una definición que, vista con perspectiva, no ha envejecido mal, seguimos llorando, pero ahora con wifi y hashtags y muy analfabetos.”

La respuesta del pueblo fue tan pedagógica como castiza: “¡Viva el rey! ¡Muera Esquilache!”. Una combinación muy española, amor abstracto a la autoridad, aunque te putee, odio concreto al gestor. Porque aquí siempre se ha distinguido entre el cielo y el meteorólogo. El rey, por supuesto, seguía siendo una figura paternal, casi doméstica, quizás ahí no hemos evolucionado nada. De hecho, se le atribuye aquella frase gloriosa de que los españoles eran como niños “que lloran cuando se les lava y se les peina”. Una definición que, vista con perspectiva, no ha envejecido mal, seguimos llorando, pero ahora con wifi y hashtags y muy analfabetos.

“trajes "frescos" con sábanas de fantasma con fantasma incluido”

Analogías del presidente por accidente con un desastrado sastre de TBO morando de alquiler manipulado por la Yoli en la Rue del Percebe 13 símil del actual Consejo de Ministros, Ministras y Ministres…, con mucha caradura y una más que cuestionable profesionalidad, un presidente capaz de coser trajes con cuatro piernas, abrigos de pelo de camello con jorobas, trajes "frescos" con sábanas de fantasma con fantasma incluido o trajes de cuadros o luces a base de marcos a inglete y bombillas, siendo incapaz siempre de reconocer sus equivocaciones…

“en España puedes tocar muchas cosas, pero no el disfraz colectivo sin pagar peaje emocional”

Pero no nos engañemos. La capa fue la excusa, el hambre era el argumento. Los precios subían, el pan escaseaba y los ministros extranjeros despertaban el mismo entusiasmo que hoy despierta una factura con sorpresa. El pueblo no defendía la moda, defendía el estómago, pero lo curioso es que la chispa fuera estética, prohibir una prenda tradicional, aunque llevase apenas un siglo en circulación, gracias al duque Schomberg y la corte de Mariana de Austria, fue interpretado como un ataque a la esencia nacional. Nada más español que considerar tradición lo que anteayer era tendencia. Y hoy, ¿qué hará caer al tirano? Y así, entre capas, hambre y orgullo patrio, Madrid ardió durante unos días de marzo de 1766. El resultado fue el exilio de Esquilache y una lección eterna, en España puedes tocar muchas cosas, pero no el disfraz colectivo sin pagar peaje emocional.

Doscientos cincuenta años después, la capa ha cambiado de tejido, pero el teatro sigue en cartel. Ya no es Madrid en motín, es España en viñeta, si uno observa la realidad política reciente y la compara con 13, Rue del Percebe de Francisco Ibáñez, la conclusión no es cultural, es estructural, seguimos viviendo en un edificio donde cada planta tiene su delirio particular, y la azotea alberga al protagonista de turno, convencido de que no gobierna, sino que interpreta.

“Si Esquilache prohibía capas para evitar crímenes, hoy se diseñan relatos para evitar responsabilidades”

En el ático contemporáneo encontramos a Pedro Sánchez, que ha elevado la política a género dramático. No comparece, sino que: declama. No gobierna, solo ensaya. Y cuando pisa escenarios como los Premios Goya, lo hace con esa solemnidad de actor principal que confunde el país con un plano secuencia y mira el cabezón fetiche con envidia. El problema no es que actúe ya que todos lo hacen, sino que se ha creído el personaje y ha decidido que el guion es suyo, aunque la realidad improvise por libre.

Si Esquilache prohibía capas para evitar crímenes, hoy se diseñan relatos para evitar responsabilidades. Antes se ocultaban armas bajo la tela; ahora se esconden problemas bajo la narrativa. Hemos pasado de la estética del delito a la estética del discurso y el resultado es igual de eficaz: ninguno.

“La convivencia ya no es una cuestión de vecinos, sino de relato aprobado. Moralistas de doble moral y progresistas a tiempo parcial”

Bajando una planta en este edificio ibérico con pedigrí. En la portería, donde antes había una señora con bata y rulos, ahora tenemos un ministerio con criterio editorial. Decide quién entra, quién sale y quién merece ser etiquetado como enemigo público. Si discrepas, eres sospechoso; si insistes, eres peligroso; y si además tienes razón, eres directamente intolerable. La convivencia ya no es una cuestión de vecinos, sino de relato aprobado. Moralistas de doble moral y progresistas a tiempo parcial, no forman parte de la solución, pero sin ninguna duda, forman parte del problema, como dice Rahola, quién lo diría…

En el segundo piso vive el científico loco enfrente de los sastres de mercadillo barato protagonistas de esta historia, que en versión moderna se llama argumentario. Mezcla palabras como “amnistía”, “progreso” o “cordón sanitario” en probetas lingüísticas y, cuando el experimento explota, culpa al clima, al capitalismo, a Almaraz y Cofrentes o a un algoritmo ruso que vive en el sótano. Nunca al laboratorio. Nunca al científico. Porque reconocer un error sería aceptar que la bata blanca es un disfraz, y eso sí que no.

“Sánchez contempla el horizonte ideológico como si fuera un líder global enfrentado a villanos de opereta”

En el tercero maúlla el gremio cultural, subvencionado y vigilante, dispuesto a detectar cualquier herejía ideológica con la precisión de un gato oliendo pescado. El arte, ese concepto tan noble, se convierte en mitin con banda sonora. Y quien pida neutralidad es acusado de reaccionario con la misma rapidez con la que en el siglo XVIII te acusaban de mal español por no llevar capa. si los malos no son los que ellos homologan ideológicamente, no existen víctimas, ni existen causas, solo las suyas.

El cuarto piso lo ocupa el moroso crónico, ese vecino que siempre debe algo, pero presume de superioridad moral, un socialista de la vieja escuela sodomizado por su partido, pero agradecido. Aquí la deuda es política, pactos imposibles, apoyos volátiles, equilibrios que harían llorar a un contable. Pero todo se presenta como épica, porque en este edificio nadie comete errores, todos protagonizan sacrificios narrativos tomando a la sociedad española por esos niños que lloran con la colonia en los ojos…

Y luego, claro, está la azotea. Desde allí, Sánchez contempla el horizonte ideológico como si fuera un líder global enfrentado a villanos de opereta. Mientras tanto, el mundo negocia, comercia y toma decisiones sin pedirle permiso al director de escena. Pero eso no importa ya que, lo relevante es el discurso, no el resultado. La política convertida en gala permanente, con aplausos sincronizados y consignas recicladas.

Aquí es donde el Motín de Esquilache se vuelve inquietantemente actual. Entonces, el poder intentaba mejorar al pueblo sin preguntarle, convencido de que sabía lo que le convenía. Hoy, el poder intenta explicarle al pueblo lo bien que está, aunque el pueblo sospeche lo contrario. Antes te quitaban la capa y ahora te venden resiliencia con inflación. El mecanismo es distinto, el fondo idéntico, paternalismo con buena prensa.

El ciudadano, ese lector de la viñeta ausente empieza a notar que el decorado tiembla. Que los trenes no llegan, pero las explicaciones sí. Que un derrumbe se gestiona como una receta de cocina, añade caos, remueve excusas y sirve con solemnidad la excusa de fortuna. Que las infraestructuras son casi metafísicas son un hecho, pero existen en el discurso, no en la experiencia, y si no se falsea.

Y mientras tanto, el edificio cruje. Como en 1766, hay malestar real disfrazado de anécdota. Entonces fue una capa, hoy puede ser una factura, un retraso o un silencio administrativo. La diferencia es que antes el motín era físico y visible, ahora es psicológico y aplazado. Ya no se grita en la calle, se murmura en el salón. Pero el hartazgo, ese clásico español, sigue acumulando capítulos. Capítulos de seducción pornográfica, los okupados han d e pagar a hacienda por lo no recibido, el delincuente es la víctima y el asesino terrorista un revolucionario de paz, el otro Paco Ibañez, aquel del lobito bueno al que maltrataban todos los corderos, aquella bruja hermosa, el pirata honrado y claro, un príncipe malo…

Quizá lo más irónico y aquí el sarcasmo se queda corto es que, seguimos atrapados en la misma lógica circular, todo es circular, el poder cree que educa, el pueblo cree que resiste y ambos acaban representando una obra que nadie recuerda haber ensayado. Como si el país entero fuera una Rue del Percebe ampliada, donde cada vecino vive convencido de su centralidad mientras el que observa el conjunto sonríe con cierta inquietud. Porque ya no hace tanta gracia.

“El patrón socialista no rectifica, descose la realidad y culpa al espejo por no aplaudirle el corte, da igual las perneras del pantalón.”

En la última viñeta, imaginaria pero verosímil, el edificio se inclina. Desde la azotea, el presidente asegura que todo está bajo control y que el problema es estructural, palabra comodina donde las haya como sostenibilidad y resiliencia. En la calle, el ciudadano duda entre reír o salir corriendo y en algún rincón de la historia, Esquilache ajusta una capa prohibida y sonríe con melancolía, al menos a él lo echaron por algo tangible.

Aquí, en cambio, seguimos discutiendo el guión mientras el decorado se tambalea, de cartón piedra, como el cartagenero. Y esa, más que una sátira, empieza a ser una costumbre nacional. Aquí seguimos, entre zurcidos de relato y remiendos de poder, vistiendo al país con trajes que no le caben ni al maniquí, con cuatro perniles y dos jorobas. Esquilache al menos cayó por una capa, este taller resiste, aunque nos vistan de cortina apestosa y lo llamen progreso. El patrón socialista no rectifica, descose la realidad y culpa al espejo por no aplaudirle el corte, da igual las perneras del pantalón.

La calle ya no amotina, bosteza, que es peor, porque el tedio no derriba, pero acaba pudriendo. Y cuando el traje reviente por las costuras, dirán que era moda… y que la culpa fue del cliente por tener cuerpo. Domingo de Ramos, aniversario del motín de Esquilache y el comienzo de la Pasión de Cristo y de los españoles… feliz Viernes de Dolores

Andrés Hernández Martínez