Montanaro. LAS TERMAS DEL CÉSAR. LAS SAUNAS DE SÁNCHEZ
LAS TERMAS DEL CÉSAR. LAS SAUNAS DE SÁNCHEZ.
Roma conquistó medio mundo con las legiones, pero gobernó el otro medio desde las termas. Allí se sudaba, se negociaba, se conspiraba y, según cuentan las crónicas y sugieren las célebres spintriae, aquellas misteriosas fichas de bronce grabadas con escenas eróticas numeradas, también se mercadeaba con los placeres más carnales. Eran el catálogo ilustrado del deseo, una especie de menú imperial donde cada número prometía una contorsión distinta, sí, sexual, promiscua y lasciva. Dos mil años después, España ha conseguido la proeza de actualizar el modelo, hemos sustituido el mármol por el argumentario, el vapor por la propaganda y las spintriae por las piruetas morales y todo en entorno de prostíbulos, saunas y lupanares de fortuna donde dicen las malas lenguas y algunos archivos por ahí, que con presuntas grabaciones comprometedoras.
Si aquellas fichas romanas representaban posturas amatorias, las del sanchismo representan posturas políticas y también amatorias, que se lo digan a Ábalos, son mucho más difíciles. No hay acróbata capaz de girar tanto la columna vertebral como un portavoz sanchista explicando que lo que ayer era corrupción y hoy es una campaña de odio, que lo que antes exigía dimisiones ahora merece solidaridad, que lo que era intolerable en el adversario pepero, se convierte en un asunto estrictamente privado cuando el vapor sale de la sauna equivocada, joder y por lo visto Madrid está plagada, o lo estaba….
Las termas de Caracalla eran un prodigio de ingeniería hidráulica, las de nuestra política lo son de ingeniería narrativa, de las saunas le viene al galgo de Paiporta que diría un enajenado valenciano afectado por el cambio climático en una Dana de conveniencia y de desprecio…, en ellas, no circula agua caliente, sino coartadas a presión, el vapor no abre los poros, sino que empaña los espejos para que nadie vea el reflejo de la propia hipocresía, cuando el ambiente empieza a despejarse, aparece la brigada del incienso mediático con el ambientador de rigor, ya sabemos, Franco, Ayuso, la ultraderecha o cualquier cortina de humo que vuelva a llenar la sala de niebla y los tontos recurrentes aplaudan y los ciudadanos sufran.
Lo fascinante no es la sauna, ojo, lo extraordinario es contemplar a los guardianes de la pureza moral haciendo auténticas posturas de spintria parlamentaria -y no parlamentaria- para no pronunciar una sola palabra incómoda. Son contorsiones dignas del Circo Máximo, hay diputados que doblan más la conciencia que las rodillas, y mira que viven arrodillados y sodomizados por la política que les da de comer, ministros capaces de hacer el pino argumental sin despeinarse, lo de sus estupideces ya viene de serie, tertulianos que ejecutan el triple salto mortal con tirabuzón dialéctico para concluir, invariablemente, que la culpa siempre la tiene otro, el facha, y si se lo han de inventar, lo hacen con una catadura moral inquietante.
En Roma las spintriae llevaban un número, aquí un eslogan, un mensaje de Moncloa y una pirueta. Allí el precio era de bronce, aquí se paga con credibilidad, o lo que es lo mismo, servicios gratis. Allí se compraban favores de alcoba, aquí se compran silencios, amnesias selectivas y certificados de superioridad moral expedidos con sello oficial, los sociatas son notarios, jueces, fiscales y policía.
Decía Juvenal, poeta y satírico romano que el pueblo solo pedía panem et circenses, sí, pan y circo. Nosotros hemos evolucionado, ahora nos conformamos con propaganda y vapor, de saunas. El pan escasea, el circo nunca cierra y las termas del poder siguen funcionando a pleno rendimiento, no para limpiar cuerpos, sino para intentar blanquear conciencias y algunos su viciosa promiscuidad. El vapor tiene un defecto que ni el mejor propagandista puede corregir, siempre termina disipándose y según la caldera, la temperatura puede producir quemaduras en partes nobles, perdón, innobles. Cuando el aire se aclara, el mármol vuelve a verse, las spintriae regresan al museo… y las contorsiones quedan para quienes confundieron el servicio público, perdón el servicio personalizado con un balneario donde la moral entra vestida y sale desnuda, o directamente no existe.
Las saunas, en el imaginario colectivo, siempre han tenido esa doble personalidad tan española, oficialmente eran establecimientos para cuidar la salud, pero, oficiosamente, algunos funcionaban como aquellos viejos lupanares romanos donde el vapor servía para difuminar tanto los cuerpos como las conciencias, además sin discriminación de género y según el vulgo, ni de edad, nobleza, entidad, cargo o gestión. El calor tenía y tiene una curiosa propiedad, cuanto más subía la temperatura, más descendía la moral… y más se evaporaban las preguntas.
Roma, al menos, era honesta. Si un ciudadano entraba en un lupanar, sabía perfectamente a qué iba. No organizaban ruedas de prensa para convencer al Senado de que aquello era un centro de meditación trascendental, tampoco culpaban a los visigodos cuando aparecía una “spintria” debajo de la toga. Ni acusaban a Julio César de propagar bulos porque alguien hubiera visto demasiado movimiento en las termas.
Nosotros hemos sofisticado el modelo, aquí la sauna ya no es un lugar, es una metáfora política. Se entra envuelto en vapor y se sale envuelto en argumentarios y justificaciones ante un juez. Las toallas han sido sustituidas por comunicados oficiales y el eucalipto por el incienso propagandístico. Todo desprende un aroma embriagador a superioridad moral, aunque el termómetro marque una temperatura incompatible con la coherencia.
En los antiguos lupanares se negociaban placeres, en la política moderna parece que se negocian relatos. Allí el cliente elegía una estancia, aquí se elige una versión. Allí el vapor ocultaba los rostros, aquí pretende ocultar las responsabilidades y la ética. La diferencia es que los romanos jamás confundieron un prostíbulo con un templo de virtudes. Nosotros, en cambio, llevamos años asistiendo a la canonización de quienes predican castidad ética desde un jacuzzi lleno y también de excusas.
El verdadero milagro no es que exista una sauna, un prostíbulo o un lupanar, sino que haya quien salga de ella oliendo a incienso institucional y pretenda que el vapor era doctrina. La auténtica hazaña no consiste en transformar el agua en vapor, sino el vapor en virtud pública y la sospecha en dogma revelado. Aun así, lo más prodigioso de todo es la serenidad con la que exigen aplausos… mientras todavía les gotea la evidencia. Un gran escribidor y noble marquesado local me iluminó con las “sprintas”, y de ahí…, ilustrarme e ironizar.
Mientras el vapor de las saunas políticas sigue ocultando más verdades que cuerpos, el César contemporáneo descubrió otro balneario mucho más exclusivo, La Mareta. Allí, entre piscinas, mojitos, jardines volcánicos y desayunos frente al Atlántico, el descanso institucional alcanza categoría de arte mientras, a más de dos mil kilómetros, Ceuta cuenta cadáveres y la Guardia Civil recoge del mar el precio humano de una frontera abandonada. Ceuta está en “Estado de Sitio”, se reconozca o no, y su población abandonada, en España hay ciudades donde comprar es ir con un soldado por tu seguridad, y los más destacados personajes de este país, de veraneo, regateando en Palma y de fiesta en clase Business con todo incluido en Lanzarote. Roma llamaba otium al reposo de los poderosos, aquí lo llaman agenda institucional y derecho inalterable.
La escena posee la crueldad del esperpento. Un Gobierno anestesiado contemplando puestas de sol mientras la realidad se ahoga en las playas españolas y los ciudadanos necesitan escolta militar para sus quehaceres diarios. El Rey se indigna, la oposición pisa el terreno, Marruecos marca el ritmo y Moncloa responde con silencio, playlist veraniega y tumbona oficial. Nunca una hamaca resultó tan incómoda para la dignidad de un país. Las antiguas termas servían para conspirar entre vapores, las modernas perfeccionan el método, así, cuanto mayor es la tragedia, más espeso parece el humo propagandístico. Porque en esta Roma de argumentarios, el problema ya no consiste en gobernar, sino en conseguir que la piscina refleje el cielo mientras el país se hunde sin hacer demasiado ruido, ah, y, como en todo buen imperio decadente, nunca faltan los fieles de la corte. Los devotos del vapor, ciegos para distinguir la realidad y mudos cuando la tragedia exige una palabra, continúan aplaudiendo con el entusiasmo del converso.
Si el César descansa mientras el país se desangra, será por responsabilidad institucional, si calla, será estrategia. Si mira hacia otro lado, visión de Estado. Son los antiguos palmeros del circo romano reciclados en guardianes del argumentario socialista, capaces de ovacionar la hamaca, justificar el mojito y convertir la indiferencia en virtud política. No contemplan el incendio, contemplan el decorado. No escuchan el clamor de las víctimas, sino el aplauso de su propia parroquia. Porque en esta Roma de saunas y termas, de corrupción sanchista, hay quien prefiere seguir sudando obediencia antes que mojarse en la verdad.
Andrés Hernández Martínez