Montanaro: DE LA URNA AL BANQUILLO. LITURGIA NACIONAL CON TRAMPAS Y TORRIJAS

Andrés Hernández

DE LA URNA AL BANQUILLO. LITURGIA NACIONAL CON TRAMPAS Y TORRIJAS

Hay algo profundamente revelador en la figura del invitado que irrumpe en una boda sin haber sido convocado. No el que llega tarde ni el que confirma a última hora, sino ese otro, más interesante desde el punto de vista sociopolítico, el que aparece sin haber sido siquiera contemplado y, aun así, actúa como si formara parte esencial del evento. Opina, reorganiza, propone. Y si se le concede margen termina marcando el ritmo de la celebración con la seguridad de quien no paga la factura.

La imagen, lejos de ser una licencia literaria, resulta útil para entender cierta deriva de la política española reciente. Una política que ha ido mutando desde la gestión hacia la escenografía, desde la estrategia hacia la improvisación con relato, y desde la rendición de cuentas hacia una forma cada vez más sofisticada de administración de percepciones. Porque el problema no es la presencia del invitado. El problema es que nadie parece dispuesto a preguntarle quién le dio sitio en la mesa.

Mientras tanto, la escena institucional se parece cada vez más a una ruleta que gira en varias mesas al mismo tiempo. Una ruleta doméstica, sin glamour, donde todo es formalmente correcto, pero materialmente discutible. La bola salta de un lado a otro, despachos, tribunales, ruedas de prensa sin prensa, informes que llegan tarde o no llegan. Y, sin embargo, el mecanismo funciona. Esa es la clave. Funciona. ¿Cómo? Funciona no porque resuelva, sino porque absorbe.

Escándalos que antes habrían provocado dimisiones hoy compiten por minutos de atención. Investigaciones que en otro tiempo habrían monopolizado el debate se diluyen en una sucesión constante de titulares. Nombres propios aparecen, desaparecen y reaparecen con una familiaridad que ya no sorprende. Y en ese proceso, lo excepcional pierde su carácter. Se convierte en paisaje. Nada de esto es nuevo desde la llegada del miserable sanchismo, pero sí sorprende la naturalidad con la que se asume.

El sistema ha perfeccionado una cualidad particularmente española, la capacidad de digestión en el agua sin la espera de las dos horas maternas. Todo entra. Todo se procesa. Todo sigue. Lo grave se convierte en matiz, el matiz en anécdota y la anécdota en ruido de fondo. No hay necesidad de negar la realidad cuando basta con diluirla.

En paralelo, la proyección exterior ofrece una coreografía similar. Mucho movimiento, mucha declaración, una actividad constante que transmite dinamismo… y una creciente dificultad para identificar una línea estratégica coherente. Se habla con todos, se opina de todo, se interviene en cualquier escenario con una mezcla de ambición y voluntarismo que, en ocasiones, confunde visibilidad con influencia. Conviene insistir en algo básico, no es el “con quién”, sino el “cómo”. No es la diversificación de relaciones, sino la coherencia de las posiciones las mismas que los adeptos usan en su beneficio. Porque la diplomacia no se mide por la cantidad de interlocutores, sino por la claridad de los compromisos que se sostienen ante ellos.

Y en ese terreno, la ambigüedad reiterada deja de ser táctica para convertirse en hábito. ¿Quién puede dudar de Sánchez? Un crisol de virtudes, corrupción, terrorismo, delincuencia, narcotráfico, traición, extorsión. ¿De qué lado se pliega?…, su cúpula política socialista, que no copula está imputada y juzgada por corrupción, su defensa y blanqueamiento por aproximación a la ETA, Hamás, hutíes, hezbolá o Irán como principal mentor del terrorismo islámico, es patente y se precia de ello, la delincuencia y la inmigración masiva la vemos el resto, incluso la policía de Marlaska menos él, los informes policiales dicen que cuatro de cada cinco violaciones NO la hacen españoles, del narcotráfico hay evidencias, acampan los narcos por sus respetos sin que la GC pueda hacer nada, sobre todo sumiso a Marruecos, y traicionando a España vendiendo Ceuta, Melilla y las Canarias…., son hechos y encima la UE financia la construcción de puertos en territorio moro que quitará trabajo a las fábricas de coches españolas, de hecho, Algunos grupos como Stellantis ya están valorando llevarse a Marruecos la fabricación de alguno de sus coches producidos actualmente en España. Lo decía Orwell "Para hacer cumplir las mentiras del presente; es necesario borrar las verdades del pasado." ...

Sin embargo, sería un error analizar esta dinámica exclusivamente desde fuera. La política exterior no es un compartimento estanco, es, en gran medida, una proyección de la realidad interna. Y ahí es donde el cuadro se completa. La gestión de los recursos públicos, por ejemplo, ofrece una imagen particularmente elocuente. Fondos que llegan y no se ejecutan. Programas que se anuncian con solemnidad y se aplican con retraso. Comunidades que asumen costes crecientes mientras esperan transferencias que se dilatan en el tiempo administrativo. Todo ello envuelto en una narrativa de responsabilidad compartida que, en la práctica, convive con una gestión altamente centralizada. La paradoja no es menor, se exige corresponsabilidad mientras se retiene la capacidad de decisión. Se invoca la solidaridad mientras se dosifican los recursos. Y cuando surgen preguntas, las respuestas suelen llegar tarde o en formato explicativo, que no es exactamente lo mismo que dar explicaciones.

A esto añado otro elemento menos visible pero igualmente relevante, la progresiva desconexión entre el debate político y la experiencia cotidiana del ciudadano. Mientras los discursos se elevan hacia grandes conceptos, estrategia, liderazgo, posicionamiento global, la realidad diaria se mueve en coordenadas mucho más concretas, reales y necesarias, la vivienda, la energía manipulada y en parihuelas por deflación de la nuclear, la descomunal fiscalidad, y la precariedad en los servicios. Ese desfase genera algo más complejo que la indignación. Genera fatiga y no la protesta ruidosa, sino el cansancio silencioso. La sensación de que los problemas se acumulan, se solapan y se sustituyen unos a otros sin resolverse del todo es eterna. De que cada escándalo tiene fecha de caducidad y cada polémica su relevo inmediato no hay duda. De que el sistema, en definitiva, no necesita convencer, tampoco, le basta con resistir. Y joder, resiste.

Resiste porque ha encontrado un equilibrio peculiar, basado no en la confianza, sino en el agotamiento. Un punto en el que el ciudadano deja de esperar respuestas y se limita a gestionar expectativas. Ya no se elige desde la convicción, sino desde la comparación. No se busca lo mejor, sino lo menos malo. Es una forma de adaptación. Pero también, conviene decirlo, una forma de renuncia y cobardía.

Hechas. Una oprobia declaración de intenciones del sanchismo es la actual corrupción y los juicios, y por derivada indirecta de los futuros sufridores de este aquelarre pernicioso de Moncloa sobre las elecciones y los pucherazos, donde brujas, brujos, bufones y arlequines hacen magia nociva con los súbditos que los apoyan y con los aliados del infierno de Dante, asesinos terroristas, golpistas independentistas y comunistas desterrados, la flor y nata de la basura política, humana y moral de este país, prefieren ilegales desestructurados para manipularlos a cambio de un voto que pagamos los españoles, a los ucranianos o venezolanos, cultos y sobre todo con capacidad de raciocinio que no pueden manipular. Una herrumbre socio política trabajando en contra los intereses desestructurados del país, además acorralados por la corrupción, como en un supermercado en oferta, tres productos. Mascarillas, hidrocarburos y rescates, por un denominador común, Sánchez.

Vivimos en un país complicado, envidiamos al que triunfa. Admirar o envidiar. Cuando alguien destaca, lo señalamos. cuando alguien triunfa, lo cuestionamos y es imposible crecer como sociedad. Porque mientras algunos critican, otros construyen. En este país el docto, el ilustrado, el trabajador “admira” mientras, el indigente social, el degenerado laboral, el absentismo envidia lo que no puede alcanzar por inútil y vago y curiosamente abundan en la izquierda española, como estamos viendo en juicios e investigaciones, enchufe y amiguismo supeditado al líder sectario de la organización criminal es lo que se impone, a ver si cae algo.

En ese contexto, la relación entre política y responsabilidad se vuelve difusa. La rendición de cuentas no desaparece, pero se transforma como la energía. Se convierte en una secuencia de explicaciones, matices y contextualizaciones que, lejos de aclarar, tienden a dispersar y confundir. Cada problema tiene su narrativa, su relato y su falsedad. Lo que empieza a escasear son las consecuencias, no las hay, todo vale y el canalla se aprovecha. Y cuando las consecuencias desaparecen, la responsabilidad se vuelve opcional.

Es ahí donde la metáfora inicial recupera todo su sentido. El problema no es que haya un invitado inesperado. El problema es que la fiesta continúa como si nada, la boda sigue a pesar de que los novios ya piensen en el divorcio, la chica se ha enamorado de repente de una “transeúnta” y el protagonista de un “sujete”, cosas del social comunismo que confunde…, el resto de asistentes ha asumido su presencia como parte del paisaje. Nadie parece dispuesto a detener la música para hacer una pregunta tan simple como incómoda, quién ha invitado a quién y, sobre todo, quién está pagando realmente la cuenta. Porque la política, como las celebraciones, puede tolerar cierta dosis de improvisación. Incluso puede beneficiarse de ella. Pero cuando la improvisación se convierte en método y el relato sustituye de forma sistemática a la gestión, el desenlace rara vez es brillante.

En algún momento, siempre llega ese momento, la música se detiene. Las luces se encienden. Y entonces ya no importan los discursos, ni los gestos, ni la intensidad de la celebración. Importa la cuenta. O esa voz del DJ que decía en nuestra Olimpia, “Mañana más pero no mejor…” Es en ese instante cuando el relato pierde su utilidad y la realidad recupera su protagonismo. Y la realidad, a diferencia del relato, no admite demasiadas interpretaciones.

La pregunta que queda en el aire no es si habrá nuevas polémicas, nuevos titulares o nuevas explicaciones. La experiencia indica que sí. La cuestión es otra, hasta qué punto estamos dispuestos a seguir aceptando esa dinámica como algo normal. Porque una cosa es la normalidad democrática con sus tensiones, sus errores y sus fricciones y otra muy distinta es la normalización del desgaste como forma de estabilidad. Confundir ambas no es solo un error analítico. Es, sobre todo, un riesgo político.

Una oprobia declaración de intenciones del sanchismo y por derivada indirecta de los futuros sufridores de este aquelarre pernicioso de Moncloa, donde brujas, brujos, bufones y arlequines hacen magia nociva con los súbditos que los apoyan y con los aliados del infierno de Dante, asesinos terroristas, golpistas independentistas y comunistas desterrados, la flor y nata de la basura política y moral de este país, prefieren ilegales desestructurados para manipularlos a cambio de un gasto que pagamos los españoles, a los ucranianos o venezolanos, cultos y sobre todo con capacidad de raciocinio que no pueden manipular. Una herrumbre socio política de gobierno trabajando en contra desestructurados los intereses del país, además acorralados por la corrupción, como en un supermercado en ofertas, tres productos. Mascarillas, hidrocarburos y rescates, por un denominador común, Sánchez.

El “asinque” o la moraleja es que, cuando la política deja de incomodar al poder y empieza a cansar al ciudadano, el problema ya no es lo que ocurre… sino lo que se deja de exigir. “Un sistema no se degrada cuando falla, sino cuando nadie se sorprende de que falle.” Brian Kernighan.

Andrés Hernández Martínez