Desde la Repla: CAETRA, LÓPEZ MIRAS, ARROYO Y EL SUBMARINO DE PAPEL

Plaza Toros Cartagena

CAETRA, LÓPEZ MIRAS, ARROYO Y EL SUBMARINO DE PAPEL

Hay inventos extraordinarios. La rueda, la imprenta, el motor de explosión, el submarino de Peral, luego está CAETRA, que ha conseguido algo mucho más difícil, convertir en novedad del siglo XXI lo que Cartagena lleva haciendo desde hace más de cien años. Según López Miras y Arroyo, poco menos que Europa ha descubierto la defensa gracias a Cartagena. El Comité Europeo de las Regiones ha celebrado una reunión fuera de Bruselas y, de repente, la ciudad parece haber pasado de ser una histórica base naval a convertirse en el Silicon Valley de los drones, la inteligencia artificial y la geoestrategia continental. Una especie de Pentágono con vistas al Mediterráneo y aparcamiento en la Muralla del Mar.

La noticia, convenientemente adornada, es magnífica, Cartagena inspira la estrategia de defensa de la Unión Europea. Ahí es nada. Uno imagina a los generales franceses tomando apuntes en una libreta, a los alemanes preguntando dónde se compra el secreto del éxito y a los burócratas de Bruselas descubriendo con emoción que la industria militar existe, gracias a CAETRA, quizás, porque antes de CAETRA, al parecer, en Cartagena no había astilleros, ni Arsenal, ni industria naval, ni empresas auxiliares, ni ingeniería militar, ni programas tecnológicos vinculados a defensa. Antes de CAETRA debíamos fabricar barquitos de papel y tirachinas.

La realidad, sin embargo, tiene la desagradable costumbre de estropear las campañas de comunicación, sobre todo las demagógicas. Cartagena ha sido una ciudad naval e industrial mucho antes de que algún asesor de marketing inventara un acrónimo susceptible de aparecer en una lona institucional de pancarta y pandereta. Ha construido barcos, submarinos y tecnología estratégica durante generaciones. Ha vivido de la industria militar cuando nadie hablaba de ecosistemas, resiliencias, aceleradoras o tecnologías duales, lo hacía cuando esos conceptos aún no habían sido descubiertos por los gabinetes de prensa de San Esteban.

Resulta fascinante contemplar cómo se vende hoy como revolución lo que ayer era simplemente trabajo. La gran pregunta es sencilla, ¿qué ha conseguido realmente CAETRA? Porque una cosa es organizar jornadas, congresos, visitas institucionales, desayunos empresariales, fotografías, mesas redondas y declaraciones solemnes. Otra muy distinta es transformar una estructura productiva. Ahí empiezan los silencios, los titulares hablan de 120 empresas asociadas, increíble, también hay miles de personas asociadas a gimnasios que jamás pisan una cinta de correr. Mientras Europa y España mueven miles de millones en programas de defensa que generan tecnología, industria y empleo reales, CAETRA parece haber encontrado una especialización mucho más sofisticada, la de fabricar titulares, fotografías institucionales y presentaciones con fondo azul y tipografía épica.

El contraste resulta casi enternecedor. El FCAS moviliza inversiones multimillonarias y sitúa a la industria española en la vanguardia aeroespacial. Los submarinos S-80 han convertido Cartagena en referencia tecnológica naval, con matices de fracaso. Las fragatas F-110 están transformando digitalmente la construcción militar con éxito. Los programas de blindados, artillería, radares, satélites, ciberdefensa e inteligencia artificial suman decenas de miles de millones en inversión industrial tangible repartida por toda España, menos aquí con CAETRA que se asemeja a un submarino de papel navegando en una piscina infantil mientras a su alrededor cruzan portaaviones nucleares. Mucho relato, abundante puesta en escena y una notable capacidad para generar sensación de movimiento. Lo que sigue sin aparecer con la misma claridad son los proyectos, las inversiones diferenciales o las capacidades industriales que permitan distinguir dónde termina la Cartagena que ya existía y dónde empieza realmente el milagro que se anuncia. Si el éxito se mide por inversiones captadas, contratos estratégicos, empleo altamente cualificado generado o tecnologías exportadas, la evaluación resulta bastante más compleja.

El problema aparece cuando se inaugura el museo de los grandes descubrimientos antes de haber inventado nada. Cuando se bota una flota imaginaria y se espera que los periódicos publiquen la victoria antes de que el barco haya abandonado el puerto o cuando la maqueta empieza a recibir más atención que el astillero. Ahí reside la paradoja, Cartagena no necesita que nadie le fabrique una épica industrial porque ya la tiene. Lleva más de un siglo construyéndola, quizá por eso resulta tan llamativo el empeño de algunos en vender como revolución lo que en realidad es una larga historia de trabajo, conocimiento y capacidad acumulada y gracias a empresarios valientes. Mientras otros construyen submarinos, radares o sistemas de combate, aquí da la impresión de que algunos han decidido especializarse en la única industria verdaderamente disruptiva de nuestro tiempo, la fabricación en serie de relatos y ahí López Miras y Arroyo tienen un doctorado y una cátedra cono Sánchez y Begoña respectivamente.

Asturias tiene su Hub Defensa que agrupa actualmente unas 53 empresas con más de 2.600 empleos directos asociados a esa actividad industrial. Lo interesante es que Asturias no suele venderse como "la región que inspira la defensa europea", allí se están produciendo inversiones muy tangibles, implantación industrial de Indra con fábricas y centros de I+D. Expansión de Escribano Mechanical & Engineering con nuevas inversiones y empleo. Presencia histórica de General Dynamics Santa Bárbara Sistemas como tractor industrial real, sin demagogías como aquí.

Otrosí, es el tema hidrógeno murciano en el aire contra el andaluz y su Cluster, su directorio muestra varias decenas de empresas, universidades, centros tecnológicos y grandes grupos energéticos en activo y funcionando. Allí existen proyectos tractores multimillonarios, el Valle Andaluz del Hidrógeno Verde supera los 1.000 millones de euros de inversión en una de sus fases. La inversión de Hygreen Energy anunciada para Andalucía alcanza 2.000 millones de euros. La futura fábrica de electrolizadores de Ariema cuenta con financiación pública y previsión de cientos de empleos directos, todo esto es por poner un ejemplo. Si el argumento es periodístico o político, la comparación más incómoda para el relato de CAETRA y la Industria avanzada no es el número de empresas, sino otra cuestión. ¿Cuántos proyectos industriales estratégicos, inversiones, contratos o empleos de nueva creación pueden atribuirse directamente a CAETRA?

Lo que determina el éxito son los resultados industriales medibles, inversiones captadas, contratos obtenidos, empleo generado, exportaciones, nuevas capacidades tecnológicas o integración en programas europeos. Esa es precisamente la pregunta que suele quedar fuera de los titulares más entusiastas. La relevancia no es cuántas empresas aparecen en una lista sino cuántas han logrado contratos estratégicos gracias al programa, cuántas han incrementado su facturación en defensa, cuántas han entrado en cadenas de suministro internacionales o cuántas han conseguido certificaciones operativas que les permitan trabajar en programas de alta seguridad. Aquí, la propaganda se vuelve mucho más discreta.

La industria en defensa no funciona mediante declaraciones institucionales ni buenas intenciones, funciona mediante certificaciones complejas, homologaciones extremadamente exigentes, auditorías permanentes y relaciones industriales construidas durante décadas y sobre resultados tangibles. No basta con colgar un logotipo en una página web ni con asistir a una jornada sobre innovación, ni hacerse una foto junto a un dron. La defensa es un ecosistema extraordinariamente cerrado donde las grandes tractoras siguen controlando la inmensa mayoría de los programas, donde aparecen los nombres de siempre. Airbus, Navantia, General Dynamics Santa Bárbara Sistemas, Indra…

Empresas que no necesitan descubrir la defensa porque llevan décadas diseñándola, fabricándola y exportándola. Empresas que deciden realmente quién entra y quién no entra en determinados programas industriales. Empresas que poseen las capacidades demostradas, las infraestructuras críticas, los contratos internacionales y las relaciones estratégicas que sostienen la arquitectura de defensa europea. No CAETRA y con esto, no quiero establecer nada en contra, ni despreciativo ni despectivo, solo el aprovechamiento espurio político de una idea que debería alejarse de la política y de la consecuente y mediocre manipulación.

La realidad tiene además otro inconveniente para los constructores de relatos, las grandes decisiones industriales europeas siguen tomándose muy lejos de Cartagena. El futuro de los sistemas terrestres, la evolución de los programas aéreos, las nuevas plataformas navales, la integración tecnológica europea. Las alianzas estratégicas con Estados Unidos e Israel y los desarrollos de nueva generación. Todo eso se negocia en despachos donde CAETRA ni está ni se le espera, aunque joda o duela.

La narrativa oficial insiste en presentar la iniciativa como si Bruselas hubiera encontrado en Cartagena la brújula de la defensa continental. Una exageración tan desproporcionada que termina resultando cómico, si se elimina la espuma mediática, lo que queda es una reunión institucional perfectamente legítima, celebrada en una ciudad con una enorme tradición militar e industrial. Nada más y nada menos. Pero claro, "Cartagena acoge una reunión europea" vende menos que "Cartagena inspira la estrategia de defensa de la Unión Europea". A lo sanchista, la primera frase informa y la segunda construye un relato, vivimos tiempos donde el relato importa mucho más que los resultados.

 El verdadero éxito de CAETRA quizá no sea industrial, quizá sea comunicativo, y en eso hay que reconocer una eficacia notable, cada visita institucional se convierte en acontecimiento histórico, cada encuentro técnico parece una refundación de Europa, cada declaración termina transformada en un titular épico, y cada fotografía acaba sugiriendo que estamos asistiendo al nacimiento de una nueva potencia geoestratégica. Mientras tanto, las grandes empresas siguen haciendo exactamente lo mismo que hacían antes. Navantia continúa construyendo barcos unos con más eficacia que otros, porque existe Navantia, no porque exista CAETRA. La industria auxiliar continúa trabajando porque existe una tradición industrial acumulada durante generaciones, no porque alguien registrara un acrónimo. Las capacidades tecnológicas de Cartagena proceden de décadas de inversión, conocimiento y especialización, no de una estrategia de comunicación institucional presentada hace apenas unos años y de improviso.

Lo verdaderamente irónico es que Cartagena no necesita esta sobreactuación, Murcia y el presidente con su damisela quizás SÍ. Cartagena no necesita exagerar su importancia ni inventarse una relevancia que ya posee, la historia industrial habla por sí sola, su peso estratégico es indiscutible y la contribución a la defensa española está fuera de toda duda, por eso resulta tan innecesario convertir cada reunión, cada visita y cada fotografía en una epopeya continental.

Mientras aquí seguimos inaugurando el futuro a golpe de pancarta, logotipo y fotografía institucional, la realidad estratégica avanza por otros derroteros bastante menos festivos. En apenas unos días, Europa ha visto cómo se tambaleaba el proyecto del avión de combate que debía sostener la soñada autonomía estratégica europea y cómo Marruecos exhibía sin complejos el resultado de años de inversión militar sostenida mediante el empleo de drones de última generación en operaciones reales. Rabat compra F-16, aspira a los F-35, desarrolla drones suicidas, incorpora sistemas antiaéreos israelíes y coreanos, adquiere misiles, refuerza su marina y moderniza sus capacidades a una velocidad que empieza a alterar el equilibrio estratégico del Magreb. Mientras tanto, el Gobierno español practica una sofisticada doctrina de defensa basada en mirar hacia otro lado y confiar en que el silencio también ejerza funciones disuasorias.

Quizá CAETRA ha acabado convirtiéndose en una curiosa metáfora de nuestro tiempo, menos industria que relato, menos resultados que titulares, menos transformación que marketing institucional. Lo que empezó como una idea fantástica para recaudar inversión y desarrollar estrategia se ha convertido, gracias a la política de bodega ufana en una marca diseñada para ocupar portadas, justificar viajes, multiplicar declaraciones y producir la sensación de que algo extraordinario está ocurriendo, la sensación, aunque después, al apagar los focos y cerrar los periódicos, las cosas sigan exactamente dónde estaban, en los astilleros, en los talleres, en las ingenierías, en las empresas que llevan décadas sosteniendo la industria de defensa sin necesidad de campañas de comunicación, y demostrando, una vez más, que la diferencia entre la realidad y la propaganda es sencilla, la primera necesita trabajo, la segunda sólo necesita un buen titular y parásitos sociales. Las ciudades seguras de sí mismas, como Cartagena no necesitan propaganda permanente, las que dudan de su posición suelen refugiarse en ella y ahí está el resto de la región con cabecera en San Esteban.

Andrés Hernández Martínez