Desde la Repla: CARTAGENA Y EL BURNOUT MUNICIPAL. LOS VISIGODOS, EL HUMO Y LOS VENDEDORES DEL RELATO

Plaza Toros Cartagena

CARTAGENA Y EL BURNOUT MUNICIPAL. LOS VISIGODOS, EL HUMO Y LOS VENDEDORES DEL RELATO

La Organización Mundial de la Salud define el burnout como el resultado de una exposición prolongada al estrés crónico y lo describe mediante tres síntomas inequívocos, agotamiento emocional, despersonalización y pérdida de realización personal. Christina Maslach lo formuló pensando en trabajadores sometidos a presión constante, aunque seguramente jamás tuvo la oportunidad de asistir a un pleno municipal en Cartagena ni de seguir durante una temporada la vida política local, sus estupideces y el camino hacia ninguna parte. De haberlo hecho, probablemente habría añadido una cuarta categoría al síndrome, la fatiga por exposición continuada al autobombo institucional de cartón piedra. Una dolencia que afecta al ciudadano cuando contempla cómo los mismos problemas sobreviven a alcaldes, concejales, partidos, legislaturas y congresos políticos mientras sus responsables se felicitan mutuamente por la brillantez de unos logros que, misteriosamente, sólo existen en las notas de prensa, en los congresos y en los debates del estado de la malograda región.

Cartagena se ha convertido en un curioso laboratorio sociológico donde la gestión parece haber sido sustituida por la narración, y nos queda un año de sufrimiento colectivo. Los problemas ya no se solucionan, se reinterpretan, la limpieza se convierte en un reto estratégico con fracasos por intereses particulares. El abandono urbano pasa a ser una oportunidad de transformación, por la debilidad, la falta de planificación se presenta como una hoja de ruta en construcción permanente, y la ausencia de resultados acaba convertida en un relato de futuro, y todo porque a alguna mente privilegiada se le ocurre jugar con ello. El ciudadano escucha, observa y termina desarrollando una resistencia psicológica similar a la del pastor que oye venir al lobo todos los días hasta que deja de mirar hacia el monte, para no oírlo.

La ciudad acumula más anuncios que obras terminadas, más presentaciones que ejecuciones y más fotografías que soluciones. Mientras tanto, los veintisiete concejales libran cada semana una batalla heroica por aparecer delante de una cámara, cualquier crucerista podría pensar que Cartagena está inmersa en una revolución urbanística comparable a la reconstrucción de Europa tras la Segunda Guerra Mundial, basta recorrer algunos barrios, observar determinadas zonas degradadas o escuchar las reclamaciones repetidas durante años por asociaciones vecinales para descubrir que la revolución existe principalmente en los comunicados oficiales. El Molinete echo una mierda, los Héroes de Santiago y Cavite parecen jubilados contemplando obras eternas y eternamente…, mucha subasta y más solares, se multiplican, como si las subastas fueran el famoso FLIX, en realidad la marca era FLIT, mataba de todo, moscas, mosquitos, polilla, chinches, cucarachas, hormigas. No como ahora que son pura agua y olor, joder, como el Ayuntamiento, inocuo y solo vale para el narcisismo de sus moradores ampliando la nómina de funcionarios con apellidos notables, que no nobles.

El burnout ciudadano comienza con el agotamiento al que nos somete un ácrata de la gestión, López Miras. El vecino escucha una y otra vez que ahora sí llega la solución definitiva. Siempre existe un plan maestro, una estrategia transformadora, una reunión decisiva o un proyecto histórico. Cartagena vive instalada en un permanente "ahora sí", tan permanente que el futuro prometido acaba siendo más antiguo que algunos de los problemas que pretende resolver. Un ejemplo a colación del último de CAETRA, se promete por 3 millones de euros un centro de emprendimiento en Defensa del Mediterráneo vinculado al programa Caetra en los Camachos, pero a la vez, en Asturias, sin vender humo, Indra y Santa Bárbara ultiman el diseño de una empresa conjunta para los 7.200 millones de artillería con 3.000 ya avanzados, según El Economista, donde CAETRA brilla por su ausencia.

   La despersonalización, ya el ciudadano cartagenero deja de indignarse, no protesta con pasión porque comprende que enfadarse consume una energía que la política local raramente merece, pero tenemos cabalgatas promiscuas y entretenimiento superfluo. El ciudadano se limita a observar, como quien contempla una banda de idiotas parafraseando a Neruda en plena plaza San Francisco ante Máiquez y de fondo, el atrezo de los partidos, que se presentan simultáneamente como víctimas, héroes y salvadores en el mismo melodrama. Si gobiernan y algo sale mal, la culpa es heredada, si están en la oposición, la culpa es del gobierno, si algo funciona, el mérito es propio. Es una fórmula matemática perfecta que convierte cualquier fracaso en responsabilidad ajena y cualquier éxito en patrimonio exclusivo, se hacen un Sánchez...

Precisamente en este escenario donde desembarcó recientemente el congreso de MC, una cita convertida antes de empezar en una auténtica convención del espejo, una ceremonia de reafirmación colectiva donde los convencidos convencieron a los ya convencidos de que siguen teniendo razón, de lejos la antigua dirección frustrada y culpable de los desatinos y las decepciones, de cerca los salvapatrias de rastro de playa en domingo. No es una crítica exclusiva a esa formación, sería profundamente injusto, el autobombo es una tradición transversal en la política local, cada partido dispone de su propia fábrica de humo, de su propia maquinaria de autocomplacencia y de su particular catálogo de excusas para explicar por qué los resultados nunca terminan de parecerse a las promesas. "Contra la estupidez, los propios dioses luchan en vano." (Friedrich Schiller), y contra el humo político, además de los dioses, parecen llevar años luchando los cartageneros con resultados igualmente discretos.

Lo verdaderamente fascinante es que Cartagena posee una historia extraordinaria construida por gente que hizo mucho más y habló mucho menos. Ahí aparecen los romanos, los cartagineses, los marinos, los comerciantes y, sí, también los visigodos, denostados y olvidados. Un pueblo al que la historiografía de salón ha tratado durante décadas como una banda de bárbaros despistados cuando en realidad fueron cristianos, guerreros, ordenados, romanizados y auténticos arquitectos de buena parte de lo que acabaría siendo España. El arco de herradura, por ejemplo, existía antes de la llegada musulmana y formaba parte del legado visigodo. Sin embargo, durante años algunos han intentado presentar a Al-Ándalus como el principio de todo, como si antes sólo hubiera oscuridad y cabras pastando por la meseta, y ahora en auge, por ignorancia o cobardía.

Algo parecido sucede en Cartagena donde existe una tendencia enfermiza a apropiarse del relato y a olvidar a quienes construyen realmente las cosas. El político moderno se parece mucho a esos historiadores que quieren adjudicar a otros las obras de los visigodos, o al “sacabarrigas” con cordón dorado en Semana Santa. Llega cuando el trabajo está empezado, se fotografía junto al resultado y después redacta una versión épica de sí mismo para consumo interno, cambian las épocas y los lugares, pero el mecanismo es idéntico.

La cosa adquiere tintes especialmente cómicos cuando interviene esa forma de ignorancia engreída que suele confundirse con progreso, existe una corriente intelectual que presume de modernidad mientras desprecia sistemáticamente todo aquello que desconoce y su torpeza es generosa, es como una especie de analfabetismo con autoestima, ególatra. Así hemos llegado al prodigio de presentar a los visigodos como una banda de bárbaros desorientados que aparecieron en la Península para tropezar con las piedras, mientras se atribuye a otros hasta la invención del amanecer, los mismos que consideran que la Historia comenzó anteayer suelen ignorar que aquellos supuestos bárbaros hablaban latín, legislaban, organizaban reinos y dejaron una herencia jurídica, cultural y religiosa decisiva para España. Pero reconocerlo supondría un esfuerzo insoportable para quienes llevan décadas intentando demostrar que los hechos deben adaptarse a la ideología y no la ideología a los hechos. 

En Cartagena y resto de la región hay políticos que parecen convencidos de que la ciudad nació el día que ellos abrieron una cuenta en redes sociales, todo lo anterior pertenece a una nebulosa oscura habitada por incompetentes, adversarios y gente que no tuvo la fortuna de coincidir con su brillante liderazgo, como Sánchez... Es una visión profundamente progresista en el peor sentido de la palabra, despreciar el pasado para justificar la mediocridad del presente, quizás es el lema del PSOE cartagenero, mediocres hasta enfermar. El problema es que la realidad posee una desagradable costumbre, sobrevive a los relatos, joder, igual que los visigodos siguen apareciendo cada vez que alguien estudia seriamente Historia.  Los problemas de Cartagena siguen apareciendo cada vez que se apagan los focos, cuando llega la noche en rotondas oscuras, todas…, cuando terminan los congresos y desaparecen las cámaras. Entonces queda la ciudad real, esa que no entiende de eslóganes ni de propaganda, y que continúa esperando que alguien haga algo más complejo que redactar titulares y algo más útil que organizar ceremonias de autocomplacencia.

Conviene reconocer que el humo tiene ventajas. Es barato, ocupa mucho espacio y desaparece justo cuando alguien intenta medir sus resultados. La política municipal ha evolucionado hacia una disciplina próxima al ilusionismo, gobernar ya no consiste en resolver problemas sino en administrar percepciones. El ciudadano se convierte en espectador y la ciudad en decorado, de cartón piedra, hablan de liderazgo los charlatanes, de innovación, transformación y futuro con la misma soltura con la que un vendedor de crecepelo promete resultados milagrosos, pero sin efecto.

Lo más preocupante es que la tercera fase del burnout, la pérdida de confianza, comienza a consolidarse, se ha dejado de creer que las cosas puedan hacerse mejor, y esa resignación constituye el paraíso de la mediocridad política, nada beneficia más a un mal gestor que una población convencida de que todos son iguales y, nada protege más a una administración ineficaz que una ciudadanía cansada.

La OMS sostiene que el burnout no se cura culpando al afectado ni pidiéndole más paciencia, se combate eliminando las causas que provocan el agotamiento. “Asinque”, aplicado a Cartagena, el tratamiento parece evidente, menos propaganda, menos congresos de autocomplacencia, menos discursos mesiánicos, menos guerras de titulares y bastante más trabajo efectivo.  Cartagena sigue siendo una de las ciudades más fascinantes de España, capaz de sobrevivir a fenicios, romanos, visigodos, piratas, guerras y crisis económicas y a esta gentuza de alpargata raída con aromas de Chanel. Lo verdaderamente agotador es comprobar que una ciudad con semejante legado histórico permanece demasiadas veces atrapada entre el humo de quienes prefieren gestionar su relato antes que la realidad, una turba de mediocres.

Quizá por eso el burnout municipal ya no sea una metáfora, sino un diagnóstico colectivo, y como todos los diagnósticos serios, exige algo más que discursos para curarse. Exige resultados. Justamente aquello de lo que más se habla y menos se ve. "La diferencia entre la realidad y la ficción es que la ficción debe ser creíble." Mark Twain. Afortunadamente para algunos concejales, las promesas electorales nunca estuvieron sometidas a semejante exigencia.

En la noche de San Juan dicen que el fuego purifica, que las llamas expulsan los malos espíritus y que el solsticio marca el inicio de un nuevo ciclo. En Cartagena bastaría con que las hogueras lograran quemar unas cuantas toneladas de propaganda, media docena de egos municipales y varios planes estratégicos de usar y tirar, en resumen, basura. Sería el milagro más importante desde los tiempos de los visigodos. Pero pasada la noche, los petardos -que alguno se lo podría haber puesto debajo de su cama-  y la basura en la calle, nada vaticina cambios.

Andrés Hernández Martínez