Desde la Repla: CARTAGENA. EL MANICOMIO MUNICIPAL Y LOS MERCADERES DEL SILLÓN
CARTAGENA. EL MANICOMIO MUNICIPAL Y LOS MERCADERES DEL SILLÓN
Cartagena ha alcanzado ese punto evolutivo donde la política ya no puede analizarse desde la lógica institucional, sino desde la psiquiatría avanzada y el humor negro, ejemplo el circo de payasos y payasas de ayer, 27 figurantes de carton piedra. Lo que ocurre en el Ayuntamiento no es gestión pública, es una mezcla entre terapia grupal sin medicación, mercadillo persa y función permanente de supervivientes con coche oficial. Aquí el kilo de concejal y de alcaldesa cotiza por debajo de la sardina congelada y la dignidad política hace años que se liquidó en un outlet de transfuguismos, egos y propaganda barata.
“El PSOE local, que lleva años pontificando sobre los peligros apocalípticos de VOX y la ultraderecha, descubre de pronto que los ultras dejan de ser ultras si ayudan a desalojar al PP. Milagros parlamentarios. Debe de ser una nueva doctrina constitucional redactada entre Ferraz, Moncloa y el Falcon presidencial.”
La moción de censura contra Noelia Arroyo no pretendía regenerar nada, no era una batalla ideológica ni un ejercicio democrático admirable. Era simplemente otro episodio del eterno cambalache cartagenero, esa disciplina local donde todos terminan negociando con aquellos a quienes insultaban hace cuarenta y ocho horas mientras sonríen ante las cámaras fingiendo indignación moral. Cartagena lleva décadas atrapada en un modelo político profundamente mediocre donde los partidos no gobiernan, sobreviven. Aquí aparecen constantemente iluminados prometiendo justicia territorial, dignidad institucional y futuro industrial, para acabar todos exactamente igual, peleándose por el sillón con la ansiedad de una gaviota disputando una sardina podrida en el puerto… el de los tormentos cartageneros y la tesorería o cuenta de maniobra de San Esteban.
Y ahí emerge el gran esperpento reciente, que no el Issac Peral, S 81, que también. El PSOE local, que lleva años pontificando sobre los peligros apocalípticos de VOX y la ultraderecha, descubre de pronto que los ultras dejan de ser ultras si ayudan a desalojar al PP. Milagros parlamentarios. Debe de ser una nueva doctrina constitucional redactada entre Ferraz, Moncloa y el Falcon presidencial. Porque al final el problema nunca fue el extremismo. El problema siempre fue quién ocupaba el despacho principal. La famosa consulta a la militancia fue directamente una obra maestra del cinismo contemporáneo. Primero cocinan el pacto en despachos cerrados, negocian apoyos, firman acuerdos y luego llaman a las bases para preguntarles si están de acuerdo con aquello que ya está decidido. Democracia participativa versión Corea del Norte con urna reciclable y catering frío. La espontaneidad del proceso recordaba a esos aplausos organizados donde todos saben perfectamente cuándo deben sonreír.
“Preguntaban si deseaban “un gobierno de progreso”. Y ya sabemos lo que significa progreso en España, más asesores, más coordinadores estratégicos, más observatorios absurdos y más expertos en nada cobrando del contribuyente mientras la realidad se desmorona alrededor.”
La pregunta además tenía la sutileza propagandística de un vendedor de crecepelo en un mercadillo. No preguntaban si querían pactar con tránsfugas resentidos y restos ideológicos reciclados de VOX. No. Preguntaban si deseaban “un gobierno de progreso”. Y ya sabemos lo que significa progreso en España, más asesores, más coordinadores estratégicos, más observatorios absurdos y más expertos en nada cobrando del contribuyente mientras la realidad se desmorona alrededor.
Cartagena, además, ha perfeccionado algo mucho más profundo y peligroso, la cultura del cambalache. Cambalaches en el puerto, cambalaches en el Ayuntamiento, cambalaches empresariales, académicos y políticos. Una ciudad donde el bien y el mal se relativizan constantemente bajo la premisa de que el fin justifica cualquier maniobra. Todo se negocia. Todo se intercambia. Todo se justifica si existe beneficio político, económico o personal. Discépolo habría necesitado tres tangos para describir el espectáculo municipal.
Mientras tanto, Manuel Torres, Francisco Lucas y toda la aristocracia menguante del PSOE regional continúan jugando a repartirse parcelas de poder como nobles decadentes en un casino venido abajo. Torres sostiene a Lucas, Lucas sostiene a Torres y ambos sostienen un partido que hace años dejó de representar a Cartagena para convertirse en una sucursal emocional de Ferraz con mariscadas discretas, fontanería interna y discursos grandilocuentes.
“Asinque”, mientras juegan a revolucionarios de moqueta, Cartagena sigue acumulando décadas de abandono estructural. Ahí continúa el tren tercermundista, lento y humillante para una ciudad industrial y portuaria del siglo XXI. Ahí sigue el Corredor Mediterráneo pasando prácticamente de largo mientras otras ciudades absorben inversión y oportunidades logísticas. Ahí permanece la ZAL convertida en un fósil burocrático enterrado bajo promesas, humo institucional y titulares vacíos. Y ahí sigue la Ciudad de la Justicia, convertida ya en un mito urbano donde los políticos llevan décadas inaugurando primeras piedras invisibles delante de fotógrafos perfectamente colocados. La tragedia de Cartagena ya no es únicamente el abandono externo, es algo mucho más hiriente, algunos de sus supuestos defensores forman parte activa del deterioro mientras pronuncian discursos victimistas con gesto solemne y sonrisa de reservado.
“El problema aparece cuando uno descubre que después de tantos años de indignación profesional tampoco parecen saber gestionar absolutamente nada. Gobernar exige algo más complejo que vivir enfadado delante de un micrófono y convocar ruedas de prensa con tono funerario.”
Para teatro político, pocos tan especializados como MC. Ese partido que lleva años actuando como una mezcla entre fiscal anticorrupción permanente, tertulia enfadada y asociación emocional de damnificados del cartagenerismo. Han criticado absolutamente todo, el asfaltado, las farolas, las palomas, el viento de levante y probablemente la rotación de la Tierra si eso garantizaba un titular.
“VOX. O, mejor dicho, los restos del naufragio ideológico. Dos concejales cuya trayectoria reciente demuestra que la coherencia política en España dura aproximadamente lo mismo que un cubito de hielo en agosto. Muchos ciudadanos confiaron en ellos como supuesto contrapeso al oportunismo tradicional y han terminado convertidos en piezas intercambiables exactamente del mismo sistema que prometían combatir.”
El problema aparece cuando uno descubre que después de tantos años de indignación profesional tampoco parecen saber gestionar absolutamente nada. Gobernar exige algo más complejo que vivir enfadado delante de un micrófono y convocar ruedas de prensa con tono funerario.
El gran drama de MC es precisamente haberse convertido en aquello que denunciaba, un aparato obsesionado con el relato, el enfrentamiento permanente y la teatralización continua del conflicto local. Mucho ruido cantonal y poca estructura real. Cartagena convertida en rehén emocional de una élite política cuya mayor experiencia ejecutiva parece haber sido sobrevivir en despachos menores, oposiciones eternas y pasillos administrativos.
Y luego aparece VOX. O, mejor dicho, los restos del naufragio ideológico. Dos concejales cuya trayectoria reciente demuestra que la coherencia política en España dura aproximadamente lo mismo que un cubito de hielo en agosto. Muchos ciudadanos confiaron en ellos como supuesto contrapeso al oportunismo tradicional y han terminado convertidos en piezas intercambiables exactamente del mismo sistema que prometían combatir.
“Pero mientras toda esta fauna política se dedica al circo permanente, Cartagena pierde proyectos estratégicos reales. Y aquí aparece el verdadero escándalo, Quantix, un aquelarre contra Cartagena, con pociones envenenadas, rituales grotescos y macabro desprecio institucional”
Ese es también el drama de cierta derecha española contemporánea. Mucho patriotismo de pulsera, mucha épica de barra de bar y mucho discurso antisistema hasta que aparece la posibilidad de tocar moqueta institucional. Entonces los principios desaparecen con velocidad supersónica y la rebeldía termina negociando cargos, cuotas de poder y sillones municipales.
Pero mientras toda esta fauna política se dedica al circo permanente, Cartagena pierde proyectos estratégicos reales. Y aquí aparece el verdadero escándalo, Quantix, un aquelarre contra Cartagena, con pociones envenenadas, rituales grotescos y macabro desprecio institucional. Mientras el Ayuntamiento se consume entre mociones grotescas de aspirantes a alcaldes frustrados, vendettas internas de partidos sin la dotación leal, y la supervivencia política de socialista ahogados en su propio y nauseabundo vómito electoral, Murcia capital se lleva una inversión tecnológica e industrial vinculada a semiconductores, defensa e innovación avanzada. Cuarenta millones de euros. Empleo cualificado. Futuro industrial auténtico. Exactamente el tipo de proyecto que Cartagena debería liderar por tradición militar, posición estratégica, puerto e industria. Pero no. Quantix termina en Murcia. Y entonces aparece la propaganda tecnocrática intentando disfrazar la derrota cartagenera con palabras como “ecosistema innovador”, “escalabilidad” o “capacidad logística”. Traducción simultánea al castellano real, Murcia decidió que Murcia debía quedarse el proyecto. Fin del misterio.
Porque el enemigo histórico de Cartagena no suele venir de fuera. Vive cómodamente instalado en San Esteban. Y ahí emerge la gigantesca hipocresía del PP regional, décadas hablando de equilibrio territorial mientras concentran inversiones, poder político y protagonismo institucional alrededor de Murcia capital como si el resto de municipios fueran simples decorados administrativos o antiguos feudos medievales sometidos a la metrópoli del “tragabolas” de turno.
Cartagena sirve para las fotografías militares, los discursos patrióticos y las procesiones espectaculares. Pero cuando llega dinero serio, innovación tecnológica o proyectos industriales estratégicos, casualmente casi todo termina orbitando alrededor de Murcia. Resulta imposible ignorar la sombra política de Fernando López Miras y toda la maquinaria regional. Nadie en la Región cree seriamente que una operación estratégica de esta magnitud se mueve sin dirección política. Absolutamente nadie, ni Noelia, aunque lo tape…, mientras tanto, la Arroyo queda atrapada en el papel más humillante posible, en un arroyo de desprecio y vanidad, el de alcaldesa incapaz de defender con firmeza y sin ella los intereses estratégicos de su ciudad frente a los designios regionales. Las explicaciones sobre “debilidades técnicas” o “falta de recursos suficientes” solo aumentan la sensación de decadencia institucional de este gobierno y de este partido parasitario.
“CAETRA parece diseñado no para transformar Cartagena, sino para fabricar narrativa política regional y alimentar el ego institucional de determinados cargos públicos.”
Especialmente, otro ejemplo cuando llevamos años soportando la gigantesca ficción propagandística llamada CAETRA. El supuesto Silicon Valley mediterráneo patrocinado por políticos aficionados al PowerPoint, drones, palabras inglesas y congresos llenos de pantallas LED. Mucha inteligencia artificial, mucha innovación, mucho ecosistema tecnológico y mucho asesor estratégico haciéndose fotografías futuristas.
La realidad, sin embargo, es bastante más triste. CAETRA parece diseñado no para transformar Cartagena, sino para fabricar narrativa política regional y alimentar el ego institucional de determinados cargos públicos. Mucha cumbre, mucho logo moderno y mucha propaganda futurista, pero cuando aparece una inversión real, tangible y estratégica como Quantix, Cartagena vuelve a quedarse viendo cómo el tren pasa hacia Murcia. Otra vez.
Mientras la propaganda tecnológica intenta vender modernidad institucional, explotan además los escándalos del Servicio Murciano de Salud. Ahí aparece otra joya regional, sobrecostes obscenos, material sanitario presuntamente irregular, concursos sospechosos y millones evaporándose alegremente mientras los ciudadanos esperan meses para una prueba médica. El Gobierno regional responde como siempre responde la vieja política española, remodelaciones cosméticas, caras nuevas y mucho maquillaje institucional para intentar contener el incendio.
Aquí nadie dimite por dignidad. Eso sería demasiado europeo y nos arruinaría el folclore nacional. Aquí simplemente se reorganizan consejerías mientras el ciudadano contempla el espectáculo con resignación de contribuyente saqueado. Y así continúa Cartagena. Una ciudad con historia, industria, puerto, potencial tecnológico y posición estratégica suficiente para competir con cualquiera, gobernada sin embargo por una mezcla letal de mediocridad política, subordinación regional, propaganda institucional de mercadillo veraniego y sobre todo, supervivencia personal, como la de Sánchez en Moncloa.
Entre consultas militantes absurdas, ultras reciclados, cartageneristas permanentemente indignados, oportunistas de saldo y proyectos estratégicos desviados hacia Murcia con la naturalidad de quien roba caramelos en una cabalgata, sobre vive la tres veces milenaria ciudad de Cartagena. Luego todos se preguntan por qué Cartagena vive instalada en un agotamiento moral permanente, la respuesta es bastante sencilla. Porque lleva demasiados años gobernada por figurantes que hablan como salvadores de la patria local mientras actúan como simples comisionistas emocionales del poder.
Y ese es el verdadero drama de la ciudad, haber convertido la política municipal en un negocio de supervivencia personal donde el sillón importa infinitamente más que Cartagena. Y esto no es nuevo.
Andrés Hernández Martínez