Desde la Repla: CARTAGENA, MANUAL DE INSTRUCCIONES PARA UNA CIUDAD PROVISIONAL

Plaza Toros Cartagena

CARTAGENA, MANUAL DE INSTRUCCIONES PARA UNA CIUDAD PROVISIONAL

Hay ciudades que se explican con un folleto plastificado y un mapa plegable, a la antigua usanza, hoy con el móvil, Cartagena exige manual de supervivencia como el de Sánchez, incluida su decadencia. Un glosario administrativo para no molestar a los hijos de viejas glorias municipales y a la linterna frontal, sin pilas. No porque sea incomprensible, sino porque funciona con una lógica tan propia que roza el realismo mágico presupuestario y político. Cartagena sobrevivió al Imperio romano, entre otros, a asedios, a reconversiones y a crisis industriales, más de tres mil años de historia y seguimos enaltecidos, casi endiosadas... Lo que se resiste es la gestión con interruptor, conservamos ruinas admirables y también carpetas impecables, ambas eternas, ambas inmóviles, ambas perfectamente capaces de atravesar siglos sin despeinarse ni empolvarse.

El Ayuntamiento de Cartagena posa frente al mar con gesto de opereta, uno lo mira y espera decisiones con trompeta y timbal, pero puertas adentro, sin embargo, se ensaya otra partitura, la sinfonía del “estudio previo”, el adagio del “proceso participativo”, el allegro ma non troppo del “en ejecución”. Mucha aria, poco estreno y así la administración no improvisa, solo procesa, cuando procesa, lo hace con tal delicadeza que el resultado llega con vocación arqueológica, inútiles con certificado de calidad ISO y sin aceptar recomendación ni ayuda profesional.

Aquí, en la longeva ciudad el futuro no es una hipótesis, es una religión, es FE, una ciudad donde la perspectiva de la alcaldía se ha quedado en el cuarto de la trastienda del chino barrio, ni uno y ni una vale nada desde hace ya algunas décadas. Se invocan en ruedas de prensa, tertulias, cafés y sobremesas los futuros, futuro del puerto, del casco histórico, del turismo cultural, del talento joven que, por cierto, ya practica su futuro en otra ciudad con mejores horarios de trenes, únicos más que mejores. El presente, mientras tanto, espera su turno con número en la mano. En las pantallas luminosas de bienvenida a la ciudad, cuando funcionan aparece el 27. Tenemos el 147...

No es que no se hagan cosas en la departamental, es que se anuncian antes, durante y después de no hacerse. Cartagena vive en prólogo perpetuo aunque sin llegar al primer capítulo, cada legislatura inaugura “una nueva etapa” que se parece sospechosamente a la anterior, pero con tipografía renovada, cursiva quizás, se redactan planes con la misma pasión con la que los romanos levantaban murallas, planes sólidos, extensos y pensados para durar… hasta el siguiente cambio de viento político. El lenguaje institucional local es un género literario peor que el de Becket y su “Teatro del absurdo”. “Mesa de trabajo” puede significar solución inminente o hibernación estratégica. “Estudio en profundidad” es una forma elegante de ganar tiempo sin que se note el cronómetro. “Consenso” equivale a aplazamiento; “equilibrio”, a quietud; “prudencia”, a inmovilidad con traje de gala. Aquí no se bloquea nada: se armoniza hasta que deje de molestar. Si algo distingue a la política municipal es su exquisita vocación de no incomodar. No incomodar a la oposición, no incomodar a la administración superior, no incomodar a los sectores económicos, no incomodar a los vecinos, especialmente cuando piden cosas incómodas como la luz, farolas que funcionen y servicios activos o atajar la desamortización del centro neurálgico cartagenero. El resultado es una paz social de porcelana que reluce, pero conviene no tocarla demasiado para no ajarla.

Cuando surge un problema complejo, y en una ciudad histórica casi todo lo es, comienza el desfile competencial. ¿Es municipal? ¿Es autonómico? ¿Es estatal? ¿Es patrimonial? La responsabilidad no se pierde, se distribuye con elegancia coreográfica carnavalesca. Cada administración interpreta su papel con convicción escénica y el ciudadano, desde el patio de butacas, aprende a leer subtítulos como en televisión.

Cartagena excava en su pasado con eficacia científica y su futuro lo hace con entusiasmo verbal, así cada obra es susceptible de convertirse en un hallazgo, cada proyecto urbanístico puede revelar una capa más de historia arbolando un privilegio formidable, siempre que la gestión no convierta la excepcionalidad en excusa permanente. Entre la épica cultural y la rutina administrativa se abre una distancia incómoda, el visitante se deslumbra mientras el vecino calcula plazos.

El urbanismo local practica el borrador continuo, hay calles recién levantadas que regresan a su estado original meses después, quizá por coherencia narrativa. La coordinación entre servicios es una aspiración tan noble que nadie osa someterla a prueba empírica y se somete a necesidades interesadas, agua, basura, luz y sus respectivas gestoras son sometidas al capricho del protagonista del momento. El resultado no es el caos, Cartagena es demasiado solemne para caer en el caos, sino la provisionalidad permanente, todo está en proceso, incluso lo terminado sigue en un proceso eterno. La transparencia existe, pero en las fundas de las carpetas. Hay portales, publicaciones, comunicados y la información está disponible para quien disponga de tiempo, paciencia y vocación hermenéutica o interpretativa. El problema no es la ausencia de datos, sino su dispersión barroca, casi mística. La participación ciudadana también existe, consultas, reuniones abiertas, procesos reglados, todo al gusto de la esterilidad de las juntas vecinales, partidistas y sectarias políticamente alejándose de la independencia necesaria, en sí, que no valen para nada. El ciudadano opina pero esta se integra en un documento y el documento duerme el sueño administrativo de los justos.

La burocracia no es obstáculo, más bien se transgrede en un paisaje, se convive con ella como con el viento de levante permanente a modo de formularios redactados por un poeta barroco, plazos que desafían la noción contemporánea de inmediatez, citas previas que exigen otra cita previa en una sinfonía de decesos profesionales. No es hostilidad, es una suerte de complejidad con vocación pedagógica, dar por saco…, el cartagenero sale de una dependencia municipal con un itinerario digno de peregrinación y la satisfacción íntima de haber superado una prueba iniciática, dura y escabrosa. Cuando algo funciona con fluidez, un trámite resuelto a la primera, una incidencia atendida con rapidez se celebra como milagro laico. Se agradece lo que debería ser norma, así estamos de apesebrados. La eficiencia adquiere carácter extraordinario. Es la inversión emocional local, la normalidad se vive como acontecimiento y el acontecimiento como promesa.

En lo económico, la ciudad ha transitado de industria pesada a turismo cultural con resiliencia sincera y resultados intermitentes y dejando huella violenta. Hoy se habla de diversificación, innovación, atracción de talento sin saber muy bien de estos conceptos impecables y sonoros, pero entre el concepto y el empleo hay un trayecto que no siempre encuentra transporte directo ni con transbordos. En esta ciudad, la juventud cualificada sin pretensiones políticas de amancebado delfín con ilustre apellido municipal, mira al horizonte con afecto y escepticismo, esa mezcla tan cartagenera de orgullo antiguo y paciencia moderna, o desesperación…, pese a todo, la ciudad no se desmorona, sigue erguida que no erecta. Posee una ciudadanía entrenada en ironía fina o mala folla cartagenera. El cartagenero distingue entre táctica y convicción con precisión quirúrgica, señala sin romper, exagera para iluminar la penumbra municipal. Sabe que la solemnidad excesiva es hermana de la inercia y que el entusiasmo desmedido es primo de la decepción.

Cartagena no es un desastre ni un modelo, es una resultante vectorial de esfuerzos desiguales, es el paradigma de lo eterno con lo superfluo, hay monumentos que brillan y aceras que piden mantenimiento, funcionarios comprometidos y estructuras rígidas para anular el compromiso, políticos convencidos y ciudadanos escépticos, Cartagena tiene pasado suficiente para no inventarlo y presente suficiente para no aplazarlo… si quisiera. Lo que no tiene es una ética en el desarrollo político local.

Ojo, mi ironía ácida no pretende demoler, sino raspar la pintura hasta que asome la humedad en la pared, una ciudad que ha sobrevivido a imperios no debería tropezar con sus propios expedientes y una administración que anuncia el mañana con trompeta podría, quizá, ensayar el hoy con metrónomo o diapasón. Cartagena seguirá ahí cuando cambien los equipos de gobierno y se actualicen los logotipos. Seguirá mirando al mar con esa mezcla de orgullo y melancolía que la define. Seguirá excavando su pasado y proyectando su futuro. La cuestión es si algún día permitirá que el presente deje de ser antesala y se convierta en escenario. Mientras tanto, la ciudad avanza en procesión, a golpe de hachote, porque si algo nos gusta más que la devoción es el efecto especial bien iluminado, artificios y colorines. Estamos en Semana Santa, o en lo que podríamos llamar, siendo generosos y sinceros, una entrañable y algo mediocre orgía de vanidades con incienso premium.

Con paso medido y estudiada vocación de equilibrio, no vaya a descompensarse el escalafón celestial cofrade, se reparten títulos, nombramientos, flores, medallas e insignias como si fueran cromos de una liga sacra. La mística y la liturgia se dan la mano con lo interesado, lo banal e incluso con la atea participación, porque aquí cabe todo mientras luzca bien en la foto oficial y la verbena mística sea del agrado. Es Cartagena y es Semana Santa, tradición, solemnidad, postureo, protagonismo… y networking.

No se improvisa, se aplaza con elegancia pétrea mientras resuenan las máscaras del martes de Carnaval, todavía tibias de confeti, pero nadie se alarma porque lo lascivo, lo bullicioso y hasta lo deliciosamente descontrolado muta, por arte de birlibirloque, en recogimiento, reflexión y renovación espiritual exprés, en horas. El mismo maquillaje, distinta iluminación. Donde ayer reinaba la carne, hoy gobierna la contrición, eso sí, con agenda, madrinas y lista de espera. Aquí la conversión es inmediata y el arrepentimiento, protocolario. Con perdón, si procede y si hay fotógrafo, nada más lejano de la humildad que esta coreografía de egos con túnica aterciopelada. Se transforma, dicen, en tiempo de fe; se traduce, en la práctica, en temporada alta de protagonismos, egocentrismos y falsedades impostadas con certificado de autenticidad. Y todo, por supuesto, muy solemne. Y en ese aplazamiento constante ha convertido la supervivencia en arte, admirable, pero se agradecería menos partitura y más estreno.

Andrés Hernández Martínez