Desde la Repla: CARTAGENA, ESE SERRALLO INSTITUCIONAL CON VISTAS AL MAR MENOR CON AROMA A VARÓN DANDY CADUCADO

Plaza Toros Cartagena

CARTAGENA, ESE SERRALLO INSTITUCIONAL CON VISTAS AL MAR MENOR CON AROMA A VARÓN DANDY CADUCADO

Hay ciudades con historia y ciudades con Ayuntamiento. Cartagena, desgraciadamente, tiene ambas cosas. Y eso convierte cada pleno municipal en una mezcla entre tragedia griega, junta de acreedores y capítulo descartado de “The Sopranos” rodado en un polígono industrial. Si algo ha perfeccionado la política regional murciana no es la gestión pública, ni la planificación estratégica, ni siquiera el arte de la mentira elegante, ha perfeccionado algo mucho más sofisticado, la capacidad de convertir el deterioro en paisaje y la decadencia en protocolo institucional.

Murcia y Cartagena ya no gobiernan, sobreviven administrativamente, y es un hecho. Son territorios donde la putrefacción política dejó hace años de ser delito moral para convertirse en una climatología natural y hay juicios eternos, no es una opinión. Aquí no se habla de escándalos, se habla de “circunstancias”. No hay enchufes, hay confianza política, mira los 8 apellidos cartageneros del funcionariado. No existe el clientelismo, hay colaboración público-privada limitada y escueta por estrictas empresas en el catálogo de proveedores. Y cuando un contrato huele peor que el Mar Menor en agosto, siempre aparece un portavoz institucional dispuesto a explicar que “todo se ha hecho conforme al procedimiento”. El equivalente jurídico al “no es lo que parece” pronunciado por alguien saliendo de un motel de carretera.

El PP regional lleva treinta años gobernando Murcia como esos matrimonios antiguos donde ya nadie se ama, pero todos conocen perfectamente los cajones del otro. Fernando López Miras sonríe como un yerno perfecto salido de catálogo de seguros médicos, con ese tono educado de quien parece pedir disculpas incluso cuando te sube los impuestos o inaugura otra rotonda inútil con fondos europeos reciclados. Ha descubierto el secreto del poder murciano, no hacer demasiado ruido mientras alrededor todo se incendia lentamente.

López Miras no gobierna una región, administra una franquicia emocional del “virgencica que me quede como estoy”, joder y mira que ha llegado alto sin esperarlo ni merecerlo, solo por joder a Garre. Y le funciona. Porque Murcia ha desarrollado una relación tóxica con el PP parecida a esos matrimonios mediterráneos donde uno engaña, el otro lo sabe, pero ambos prefieren seguir pagando juntos la hipoteca.

Mientras tanto, Noelia Arroyo ejerce en Cartagena como una emperatriz del urbanismo “powerpoint”. Cada rueda de prensa parece una presentación de resort dubaití hecha por una inmobiliaria con exceso de café y poca vergüenza, muy poca vergüenza. La ciudad se cae a trozos, los barrios históricos envejecen peor que una vedette de los noventa y el comercio local agoniza bajo carteles de “SE ALQUILA”, pero siempre hay una infografía nueva prometiendo un futuro de cruceros, startups, hidrógeno verde y unicornios tecnológicos con chequera del INFO y demagogia de defensa.

 Cartagena se ha convertido en una especie de parque temático de las promesas. El problema es que el decorado empieza a parecerse demasiado a Chernóbil con palmeras - ¿de dónde saco yo estas cosas? -. Y ahí emerge el nuevo Plan General, otro refrito, esa fantasía urbanística que proyecta más viviendas que, habitantes con dinero para pagarlas. En una región donde los jóvenes emigran más rápido que los concejales cuando aparece la UCO, el Ayuntamiento anuncia 120.000 nuevas viviendas como quien anuncia piscinas en el Sáhara. Porque el ladrillo en Murcia no es economía, es religión. Aquí la burbuja inmobiliaria no explotó, simplemente cambió de logotipo y abrió departamento de comunicación para perdurar.

Cartagena es pobre, y de eso se han encargado los jefes murcianos y además, como dice un erudito de la columna de opinión murciana, sus cardenales de antaño pusieron las bases como ese tal Belluga, un Virrey al que Valcárcel idolatraba…, un ser hostil a Cartagena y por consiguiente, si no despreciado, por ser amable, sí repudiado. Fomentó la centralidad murciana. Siendo Gobernador generó conflictos de autoridad y recursos, robó la identidad cartagenera, así de claro. Trasladó la sede eclesiástica por su baculo e impuso una dura gestión borónica, “asinque” se puede ir su memoria idolatrada al Segura por el desagüe Malecón, con perdón.

 El PSOE regional contempla todo esto con esa mezcla entre indignación moral y nostalgia burocrática tan propia del socialismo español contemporáneo. Manuel Torres denuncia el deterioro económico del Ayuntamiento con la solemnidad de un notario leyendo un testamento, hace lo mismo que su padre con Barreiro, adivinen el mensaje. El problema es que el PSOE lleva décadas interpretando el papel de resistencia antifranquista mientras ocupa cómodamente despachos institucionales desde hace media vida, ahí está la adivinanza…, como dirían en mi calle, “dame pan y dime tonto”.

 El socialismo murciano tiene algo profundamente berlanguiano, siempre parece recién llegado a un problema que ayudó a crear hace veinte años. Denuncian clientelismo mientras conservan la misma estructura orgánica que una gestoría de favores provinciales. Critican las redes de poder mientras reparten cargos internos con la pasión de una comunidad de propietarios discutiendo ascensores.

 Y luego está Vox. Ah, Vox… ese partido que llegó prometiendo reconquistar España y ha acabado pareciéndose a una asociación de vecinos enfadados gestionada por tertulianos de Telegram. La crisis interna regional ya no parece política sino psiquiátrica. Dimisiones, fugas, acusaciones cruzadas y dirigentes peleándose con más pasión entre ellos que contra el gobierno. En la región desmontan a Antelo, en Cartagena Salinas y Sánchez y ahora María Guerrero abandonando el partido porque “ya no reconoce a Vox” suena menos a comunicado político y más a pareja dejando una relación tóxica tras descubrir mensajes sospechosos en el móvil.

 Pero el gran teatro murciano no estaría completo sin MC Cartagena, ese cartagenerismo de resistencia que mezcla orgullo local, resentimiento autonómico y estética de guerrilla administrativa, pero mirando la nómina que la pagamos todos. Jesús Giménez Gallo parece el resultado de cruzar un procurador de los Austrias con un opositor perpetuamente indignado de Urbanismo, peor esperando la nómina. MC lleva años denunciando que PP, PSOE y Vox forman parte del mismo ecosistema clientelar, y lo inquietante es que muchas veces tienen razón, aunque en sus cortos paradigmas de gobierno han caído en lo mismo, ¿clientelismo o interés hepático?, pero siempre mirando la nómina…

 En Cartagena todos se odian en campaña y se entienden sospechosamente bien cuando toca repartirse sillones, recalificaciones o silencios estratégicos, y nóminas... Aquí la ideología dura exactamente hasta que aparece una subvención europea o un consejo de administración semipúblico con dietas. Mientras juegan al Risk institucional, el Mar Menor agoniza convertido en mascota electoral flotante. El PP promete salvarlo mientras sigue orbitando alrededor del modelo económico que lo destrozó. El PSOE lo utiliza como si hubiese descubierto la ecología en un retiro espiritual de fin de semana en el Coto. Vox habla de nitratos como si fueran propaganda woke o caramelos envenenados. Y la izquierda alternativa trata el Mar Menor como una mezcla entre santuario ecológico y altar climático, pero desde una profunda ignorancia inherente a su demagogia.

 La realidad, sin embargo, es mucho menos poética, el Mar Menor es la metáfora perfecta de la política regional. Un ecosistema sobreexplotado, turbio, saturado de residuos y mantenido artificialmente vivo mediante campañas institucionales y ruedas de prensa con chaleco reflectante. Pero no todo es culpa de los políticos. Sería injusto privar a la sociedad murciana de su cuota de responsabilidad en esta ópera bufa con denominación de origen. Murcia lleva décadas votando con el mismo criterio con el que algunos eligen restaurante en carretera, “mientras no me siente mal la comida, paro”. Y así seguimos. Alternando resignación, clientelismo emocional y esa devoción tan levantina por el pequeño favor administrativo.

Aquí el enchufe no genera vergüenza, genera admiración, otra vez los ocho apellidos cartageneros. El listo no es el honrado, sino el que consigue meter al sobrino en una empresa pública. Murcia como región no abolió el caciquismo, lo digitalizó. Luego llegan las grandes palabras. Transparencia. Regeneración. Sostenibilidad. Gobernanza. Todas pronunciadas por personas que jamás cogerían un autobús urbano salvo para inaugurar una línea. Porque la política regional ha desarrollado un lenguaje corporativo tan sofisticado que ya nadie entiende nada. Se habla de resiliencia urbana mientras hay barrios enteros con aceras tercermundistas. Se anuncian hubs tecnológicos en municipios donde encontrar aparcamiento ya parece ingeniería aeroespacial. Lo extraordinario no es la incompetencia. Lo extraordinario es la capacidad para envolverla en marketing institucional.

 La prensa regional, por supuesto, sobrevive entre subvenciones, publicidad institucional y esa prudencia empresarial tan típica de provincias donde todos se conocen demasiado. El periodista incómodo aquí dura menos que una tapa gratis en una terraza del centro, -todavía no entiendo como este opinador de provincias sigue teniendo hueco editorial-. Y, aun así, de vez en cuando, aparece alguna noticia grotesca que resume perfectamente el estado de la región, contratos sospechosos, informes ignorados, obras eternas, barrios abandonados, solares contaminados y millones evaporados con la elegancia de un trilero financiero.

 Pero nadie dimite. En la región como en el país dimitir sería admitir que algo funciona mal, y eso rompería el gran pacto tácito regional, fingir normalidad mientras el decorado cruje. Al final, Cartagena y Murcia se parecen demasiado a esas familias mediterráneas que esconden las goteras antes de la visita de los vecinos. Mucha fachada, mucha procesión, mucho discurso solemne… y detrás una instalación eléctrica a punto de arder con interruptores de cerámica antiguos. Pero, el sistema resiste. Resiste porque todos participan un poco de él. El empresario que consigue la licencia. El militante que espera el cargo. El asesor que vive del presupuesto público. El ciudadano que critica la corrupción mientras pide “un favorcillo” al concejal de turno.

Quizá por eso todo aquí desprende ese olor indefinible entre incienso, azufre y Varón Dandy caducado, alguno incluso a Pachuli de aquella juventud de los 70. Un perfume institucional que sale de los despachos, de los plenos municipales, de las inauguraciones absurdas y de las campañas donde todos prometen cambiar un sistema del que llevan décadas comiendo.

 Mientras tanto, Cartagena sigue ahí. Bellísima, agotada, decadente. Una ciudad trimilenaria gobernada como una franquicia “low cost” del Mediterráneo político español. Y quizá ésa sea la verdadera tragedia, que, entre tanto mediocre con cargo, tanta propaganda institucional y tanto iluminado de tertulia regional, la única que conserva algo de dignidad sea precisamente la ciudad. Esa misma ciudad que lleva siglos sobreviviendo a romanos, piratas, cantonalistas, especuladores y ahora también a sus políticos. Que no es poco. Moraleja, no hay nadie al volante digno de respeto y de certidumbre, solo babean en torno a un crisol de vanidosos intereses.

Lo más enternecedor de todo es que no hay ni una sola cara en ningún banquillo político, da igual el color, el logo o el eslogan reciclado de turno que inspire la más mínima confianza. Vamos completamente a la deriva, pero ya con una tranquilidad admirable, hemos convertido el desastre en costumbre y la mediocridad en estándar de calidad, mucho circo y mucho pan duro. De hecho, ya ni aspiramos a algo decente; con que no incendien el barco mientras navegamos, parece suficiente. Y de mediocres, por suerte o por desgracia, vamos sobradísimos.

 
 
 

 

Andrés Hernández Martínez