Desde la Repla Cofrade: RELATO DE VARGAS PONCE DE UNA PROCESIÓN A FINALES DEL SIGLO XVIII

Procesión

 

RELATO DE VARGAS PONCE DE UNA PROCESIÓN A FINALES DEL SIGLO XVIII.

 

 Este relato de Vargas Ponce acerca de una procesión a mediados del siglo XVIII en Miércoles Santo, nos puede ofrecer una idea interesante de cómo se organizaban las mismas y de qué se componían.

 “Procesión del Miércoles Santo por la tarde, que se inicia en la iglesia Mayor y es llamada del Prendimiento –Así comenzaba Vargas Ponce su relato sobre esta procesión de los Californios en pleno siglo XVIII. Comienza el cortejo con algunos soldados de la guarnición y siguen hasta diez de los llamados Granaderos de la Hermandad, con otros tantos niños de angelitos. En dos filas, con mucho orden, e igualdad, continúan los llamados Espadas en mano o Volantes, que serán hasta más de doscientos muchachos de entre quince y veinte años, cuyo vestido, enteramente uniforme, consta de chupa y calzón negro, camisa guarnecida y chupita de raso blanca  con una cinta de guarnición negra y lo mismo en los hombros, un tahalí terciado de ante, sombrero de tres picos de galón y el sable en mano,  el buche de la camisa relleno de empanadas, tortas y cosas de comer que se señalan por defuera. A éstos siguen otros tantos más Granaderos con la misma compostura y cuyo riguroso uniforme consta de unas “hebillazas” de plata muy lucientes, media negra, calzón y chupa de terciopelo negro, su gorra de Granadero y su alabarda terciada. Entre granadero y granadero por ambas bandas desfila un angelito con su vela, bien o mal vestido, según el gusto y la riqueza del que lo envía. Así estos Granaderos como los soldados anteriores, llevan su propia música también en fila y delante de ellos, igualmente desfilan sus Xefes pero éstos por medio, y se distinguen, en su cinturón bordado y que llevan la espada en la mano, desenvainada, y el Sargento Mayor porta su tambor de órdenes inmediato, y esta primera parte de la procesión la cierra un angelito ricamente prendado y con su bastón, al que llaman el General.

 

La Cofradía presta las alabardas, sables, y cinturones de estas tropas, lo demás lo ponen ellos y pagan un tanto por alistarse, llegándose a pagar hasta seis reales por los de espada en mano, en cambio a los alabarderos y granaderos sus Xefes tienen que darles paga de algunos duros. Todos deben llevar pendientes de las gorras o sombreros unas gasas que les cubrían el rostro; pero los más se dispensan de esta ceremonia. A esta vanguardia de la procesión siguen los primeros Nazarenos, que son morados, con su caperuza de vara larga, muy puntiaguda, su túnica empachada de comestibles y su cola de unas cuatro o cinco varas de larga, llévanlas tendidas y van muy emparejados, caminan con mensura, silencio e igualdad y llevan presentadas y levantadas al costado las hachas de tres o cuatro maneras. Eran en número excesivo y con éstos van sus coros de música, también su túnica, sus estandartes, un xefe en medio y a competente distancia el primer paso que es el del Señor y la Samaritana, retrato vivo de la hija del escultor Salzillo, buena efigie, que engalana mucho y mejor la del Salvador. El paso lleva muchas y exquisitas flores de Italia, que ninguna pagó derechos. A estos Nazarenos siguen otros blancos; a éstos sin cola otros morados, toda muchachería; a éstos los celestes y a éstos los negros, todo con igual orden y circunspección y atavíos, que es media y calzón negro y la túnica ceñida y la cola larga, y su hacha en ristre con sus respetuosos sayones; coros de música y de cuando en cuanto algunos Granaderos de su Cofradía. Al paso de la Samaritana en distancia medida, sigue el de la Oración del Huerto, copia del de Murcia, con los tres Apóstoles dormidos, el Señor tiernamente desmayado y el bello Ángel Confortador y muchas más flores. A éste le sigue el Beso de Judas (Ósculo), no tan superior como el de Murcia y a éste el Prendimiento, que es Jesús y dos sayones que lo cogen y San Pedro a un lado con Malco tendido y desosegado. A este paso sigue la famosa compañía de Armados que alborota a los cartageneros y son … con armaduras antiguas cuyos empleos de Capitán, Teniente, Alférez y Brigadier que sobre las armaduras tienen capitas de terciopelo bordadas, como lo son los toneletes, cuestan gentiles reales para que se –dexen imitar- a los verdaderos gentiles.

 Las armaduras y petos de los jefes son muy costosos, llenos de doraduras y espejos, el lujo muy subido no está sólo en los morriones y sus plumas. Nadie pondrá tal nota al principal cabeza de esta tropa, que es el presidente Pilatos, siendo notorio el que vendiera tres casas para bordarse el vestido el boticario N., que representaba por juro de heredad este famoso personaje. El suyo, sus maneras estudiadas y extremas, el aire del brazo y del bastón robaban la atención de todos y aunque también se lo procura robar su sucesor, a quien le cuesta hartos doblones alquilar su vestido que es de terciopelo riquisimamente bordado de plata y cuya cola lleva suspendidos cinco o seis Angelitos ¿Cuándo Pilatos tuvo tal cortejo?: con todo, los antiguos y conocedores se lamentan de la pérdida del boticario. Aquí van también “Ángeles” y uno (que era una muchacha crecidita) lleva delante del alférez su espada y broquel. Al paso del Prendimiento, siguen: San Juan, San Pedro y Santiago en andas separadas, que, como los antecedentes, llevan “Nazarenos” de los primeros y de los principales en robustos, quienes también contribuyen para lograr la Santa carga. Después empieza la Hermandad de la Virgen con hasta cien Nazarenos en pos de su guión y los correspondientes coros de música y después los convidados con hachas, que alcanzan los doscientos setenta, y que pasan de los mil todos los de la procesión, costando el gasto de cera sobre 16.000 reales y los de la Virgen unos 700. La Virgen es una muy buena efigie de Salzillo y muy adornada y con vestido bordado en oro. Cierra la procesión el Vicario, la Xunta y una masa de Granaderos, pero todavía no se ha descrito todo el cortejo, ni aun superficialmente –escribe Vargas Ponce-, cuando nada se ha dicho de las célebres bocinas o trompetas. Lo menos es su longitud de cinco o más varas y su grueso calibre, ni el cómo es preciso que vayan montadas para su conducción sobre unos carritos. Lo que fija todo el cuidado es el adorno que llevan encima, que son unas grandes máquinas de alambre representando castillos o montes u otras invenciones, todos vestidos de chuecas de plata, de ricas cintas de volantes, garzotas, de gafias, etc., etc., etc., cuyo total, llegada la noche, se adorna con luces, y alguna tiene hasta catorce, y con borlones tiran de cada una, que son cuatro o seis, repartidas detrás de las pasos, angelitos o nazarenos”.

Dixéronme –continúa el relato- que la compostura de una estaba un año en tres mil reales: éstas también las costeaba la hermandad. El aliento del trompetero luce a costa de su pecho, haciendo ostentación harto expuesta, de dar aire por el más tiempo a él posible, a su trompeta descomunal. También van otros clarines muy compuestos. Es tanto el fausto de estas procesiones, atendido el pueblo, como ninguna la devoción y son más fáciles de quitar que de describir cabalmente y piden más abolición que enmienda, tarda en pasar casi dos horas y su longitud es de un medio cuarto de legua ó mil varas castellanas”.

A finales de siglo el color comienza a emblematizar tanto a las dos cofradías en las que se divide principalmente la comunidad como a las agrupaciones que comienzan a gestarse en el seno de las mismas: particularmente, en la Cofradía California predomina el rojo, que es el color con el que procesionan los tercios del “Prendimiento”, “la Samaritana”, “la Oración del Huerto” y “el Ósculo”. Se les suma el morado de “Santiago” y “San Pedro”, el blanco de “San Juan” y el azul de “la Santísima Virgen”. No fue hasta 1883, año en el que procesionó “la Santa Cena”, cuando la Cofradía Marraja comenzó a sustituir el negro, que era su tonalidad determinante, por el morado.

Andrés Hernández Martínez