Desde la repla: LA CONSAGRACIÓN DE LA CHONI: UN TRONO PARA LA VERDULERA. UNA FOTO INDIGNANTE

Andrés Hernández

LA CONSAGRACIÓN DE LA CHONI: UN TRONO PARA LA VERDULERA. UNA FOTO INDIGNANTE.

España, ese país que antes olía a incienso y hoy apesta a laca de peluquería de barrio y a frenazo de tren de alta velocidad, ha vuelto a regalarnos una de esas estampas que harían que Valle-Inclán se cortara el brazo que le quedaba para no tener que escribir la crónica. Me refiero, cómo no, a la instantánea de Adamuz. Una fotografía que es, a la vez, un epitafio de la elegancia y un manual de instrucciones sobre cómo el poder, cuando está famélico de gloria, es capaz de canibalizar hasta la tragedia más oscura.

Ahí los tienen. Mírenlos bien antes de que la Casa Real termine de esconder la prueba del delito en los sótanos de su web, como quien oculta a un pariente borracho en una boda de postín. De un lado, el hierro retorcido, el luto de cuarenta y cinco almas y el esqueleto de una locomotora que es el monumento a nuestra incompetencia logística. Del otro, la "troupe" del postureo, el retablo de las maravillas de la política nacional, encabezado por una María Jesús Montero que parece haber confundido el escenario de una catástrofe ferroviaria con la alfombra roja de los Goya o, peor aún, con la cola de la pescadería un sábado por la mañana.

Lo de la vicepresidenta no es solo una falta de protocolo; es una patología. Observen el desplazamiento, la "fuerza centrífuga" que menciona la crónica. Marisu, con ese ímpetu de quien va a cobrar un décimo premiado, arrolla a la Reina Letizia con una cadencia de paso de Semana Santa, pero sin la fe. Se abre paso a empujones, con el codo afilado y la mirada puesta en el encuadre. Poco le importa que a unos metros el aire aún pese por la muerte; ella busca el eje, el centro, la luz del flash. Quiere ser la Virgen del Canciller Rolin, pero en versión "low cost" y con acento de Triana.

Es fascinante y, a la vez, profundamente asqueroso. La ministra no busca consolar a las víctimas; busca el amparo del Rey como quien se arrima a un radiador en pleno invierno siberiano. Ella sabe, en su fuero interno —si es que a esas alturas de la política profesional queda algún fuero que no esté hipotecado—, que su legitimidad está más agrietada que la propia locomotora del Iryo. Por eso se pega a Felipe VI. Por eso desplaza a la Reina con esa elegancia de baturra en un baile de debutantes. Es el "posado de la legitimación por proximidad". Si salgo junto al que lleva la corona, quizá el populacho olvide que mi gestión tiene la consistencia de un merengue dejado al sol.

Y qué decir de la Institución. ¡La decrépita Casa Real! Qué triste papel el de prestarse a ser el "atrezzo" de esta ignominia. Los Borbones, expertos en sobrevivir a base de silencios y fotos de familia, se dejan hoy manosear por el tacto áspero del sanchismo militante. Permitir que una catástrofe con 45 cadáveres sobre la mesa se convierta en el "photocall" de una ministra en campaña es la prueba definitiva de que la Zarzuela ha pasado de ser el árbitro del destino nacional a ser el fondo de pantalla de los caprichos del “Consejo de Ministres”.

Letizia, una reina republicana que no engaña a nadie y, ser monárquico en este país es una opción que no devoción, pobrecita, aparece en la foto con esa inclinación de torre de Pisa de anuncio de gafas, como si el peso de la vulgaridad de Montero fuera una magnitud física real que la empuja hacia el abismo del encuadre, o quizás se quiere apartar de la vulgaridad y la disonancia rabalera. La Reina, que siempre ha cuidado su imagen con una precisión quirúrgica, se ve aquí reducida a un estorbo por una señora que hace muecas a la cámara y se comunica con su entorno mediante cejas arqueadas, como si estuviera tramando el próximo sablazo fiscal mientras pisa el balasto de la tragedia.

Dicen que la Casa Real ha intentado esconder la foto. Tarde. La red, ese gran vertedero donde a veces brilla la verdad, ya ha dictado sentencia. "Ataúd rodante", dicen unos. "Foto de la vergüenza", dicen otros. Y tienen razón. Porque lo que vemos no es una visita de Estado, sino una escena de rapiña simbólica. Napoleón necesitaba al Papa para coronarse en Notre Dame; El senior de los torres necesitaba a Barreiro para su protagonismo como el junior de los Torres necesita a Arroyo para iluminar el suyo pero con tenue luz de vela en Jueves Santo, ni siqueira de candilejas o hachote a vela, o mejor. de mariposa en día de difuntos. Montero y Sánchez necesitan a Felipe para que no se note que, tras el ruido de los empujones y las risas de hiena, no hay nada más que el vacío de una política que solo entiende de comunicación por interés en un mercado barato y nada de humanidad.

Resulta irónico que se recurra a Delacroix para explicar este esperpento. "La Libertad guiando al pueblo" era una mujer de pechos fuera y bandera en alto, una alegoría que fundaba un mundo. Lo de Adamuz es la "Vanidad guiando al coche oficial". Aquí no hay libertad, hay servidumbre al foco. No hay pueblo, hay víctimas usadas como decorado para que el ministro Puente pueda lucir su pose de capataz de obra y Moreno Bonilla su perfil de yerno ideal en un entierro.

La imagen es una falta de respeto institucional clara, sí, pero sobre todo es una falta de respeto a la inteligencia. Ver a la vicepresidenta peleándose por un centímetro de baldosa junto al Rey, mientras las familias de los fallecidos aún no han terminado de llorar, es el resumen perfecto de la España de 2026: un país donde el dolor es solo una oportunidad para mejorar el "engagement" en redes sociales y donde la Monarquía, en su afán por no molestar, ha terminado por dejarse empujar por cualquiera que lleve una cartera ministerial y un par de codos bien entrenados.

Qué anatomía tan triste, efectivamente, la de una política que ya no sabe ser digna y la de una Corona que ya no sabe decir "no" al espectáculo de la miseria. Al final, lo único que queda real es la locomotora destrozada. Ella, al menos, tiene la decencia de no intentar sonreír para la posteridad. Marisu, por el contrario, seguirá buscando su ángulo bueno, aunque tenga que pasar por encima de la Reina, del Rey y de los cuarenta y cinco muertos que, desde el otro lado, observan con estupor cómo el poder ha perdido hasta la última pizca de vergüenza.