Desde la Repla. EL GRAN TEATRO DEL POSTUREO Y LAS SOMBRAS 5 agosto

Plaza Toros Cartagena

EL GRAN TEATRO DEL POSTUREO Y LAS SOMBRAS

Mientras ellos representan la política, Cartagena sigue haciendo tiempo para despertar.

Existe una curiosa maldición que persigue a Cartagena desde hace demasiados años, cuanto peor está la ciudad, mejor parecen actuar sus políticos. Es una paradoja digna de Valle-Inclán, a medida que las calles envejecen, los barrios se apagan y los proyectos eternizan su gestación, el discurso institucional alcanza cotas de épica casi homéricas, aquí no faltan oradores, faltan gestores y de los buenos, la mediocridad ya, hasta aburre y,  de mediocridad política Cartagena disfruta desde hace décadas.

El último Debate sobre el Estado del Municipio fue la confirmación de que la política cartagenera ha dejado de ser un ejercicio de gobierno para convertirse en una representación teatral de lo absurdo que diría Becket. No un gran drama shakespeariano, sino una función de aficionados donde cada actor conoce perfectamente su papel, el del agraviado, el del salvador, el del patriota local, el del opositor permanente o el del incomprendido, una verdadera función de la Bombera Torera… Todos interpretan su personaje con una solemnidad admirable, lo único que nadie interpreta ya es el papel de administrador de los problemas reales.

Noelia Arroyo abrió el telón hablando de Pedro Sánchez, sabemos que es un miserable impresentable, dictador y usurero, pero aquí hay otros menesteres. Durante un instante cualquiera habría pensado que el Ayuntamiento había sido trasladado al Congreso de los Diputados, lugar donde hoy ni Torres destacaría. El presidente del Gobierno ocupó más espacio en el debate que despreciados barrios enteros de Cartagena, el malogrado Casco Antiguo apenas tuvo protagonismo, pero Sánchez, en cambio, disfrutó de un papel estelar, cosas de la limitación “pepera”.

Es una técnica política extraordinaria, cuando una ciudad acumula demasiadas asignaturas pendientes siempre resulta más rentable discutir sobre Madrid que sobre Santa Lucía. Los baches desaparecen bajo una buena bronca parlamentaria, los problemas de seguridad se difuminan con un discurso patriótico, y las infraestructuras pendientes se sustituyen por titulares nacionales. Es mucho más cómodo combatir a un presidente que arreglar una calle, y si el arreglo de la calle es innecesario como Carlos III, mejor, ¿a quién se le ha brindado?

Frente a ese guión aparece el fantasma, el PSOE interpretando el papel contrario, si el PP convierte a Sánchez en culpable universal, los socialistas lo transforman en víctima permanente. La discusión termina pareciéndose a esos matrimonios agotados que discuten por costumbre porque hace años olvidaron cuál fue el motivo de la primera pelea, de hecho, se echan en cara cosas que ni han pasado, como en los matrimonios longevos normales, esos ya amortizados.

Mientras unos acusan y otros justifican, Cartagena continúa esperando, como siempre. Después llega el cenit de la impostura y la crónica del Hola o el Semana, Jesús Giménez Gallo proclamándose radicalmente cartagenero, una divisa que le corresponde solo a él, nos toma por imbéciles y hasta se lo cree, la frustración cinematográfica la lleva al clímax permanentemente. Defendiendo barrios, diputaciones, la Cartagena de Isla Plana y la Azohía, el Albujón, Los Dolores y la bahía, ahí está el emigrado del PP buscando sustento para avalar pueblos y pedanías. Un discurso sentimental que nadie puede reprochar, el problema es que los vecinos hace tiempo que dejaron de pedir declaraciones de amor y piden transformadores eléctricos, aceras transitables, limpieza, seguridad y un Ayuntamiento que mire menos a los micrófonos y más a los barrios.

Mientras dentro del salón de plenos se compite por demostrar quién quiere más a Cartagena, en Santa Lucía y Los Mateos cientos de vecinos permanecían durante seis horas sin suministro eléctrico y reiteradamente, soportando una noche sofocante con temperaturas cercanas a los cuarenta grados. La metáfora es perfecta. Dentro del Ayuntamiento sobraban focos, pero fuera faltaba la luz. Resulta casi poético que la única electricidad que nunca falla sea la de los discursos políticos.

Los vecinos denuncian que estos apagones se repiten todos los veranos. Todos. Lo extraordinario sería que un verano no ocurrieran, sin embargo, nadie parece sentir demasiada urgencia, seguramente aparecerá alguna comisión de seguimiento, una mesa de coordinación, un plan estratégico para la resiliencia energética o cualquier otra de esas expresiones burocráticas que sirven para que nada cambie mientras parece que todo se está estudiando o el gestor achaque a los enganches fraudulentos los cortes, que con la tecnología de hoy se pueden controlar perfectamente, pero para eso el Ayuntamiento y la seguridad pertinente deberían hacer su trabajo. Cambiar el tendido eléctrico resulta infinitamente menos rentable que inaugurar una comisión.

Entonces aparece Vox, o lo que queda de VOX, anunciando que condicionarán los presupuestos regionales al arreglo del Paseo de Los Nietos. El Paseo de Los Nietos lleva más de treinta años convertido en una promesa electoral itinerante. Cambian los gobiernos, cambian los partidos, cambian los concejales y cambian hasta los colores de las campañas. Lo único que permanece inalterable es el paseo esperando. Treinta años.

Hay cartageneros que no habían nacido cuando comenzaron las primeras promesas y hoy llevan a sus propios hijos de la mano contemplando exactamente el mismo deterioro. Cada partido termina adjudicándose el mérito de una obra que nunca acaba de llegar. El PP asegura que transforma Cartagena. El PSOE afirma que trae los fondos, Vox sostiene que sólo cuando es decisivo aparecen inversiones y MC proclama que únicamente ellos defienden de verdad al municipio. Una mierda equitativamente repartida sería el premio a recibir.

Lo curioso es que, con tantos padres políticos, Cartagena continúa siendo una ciudad sorprendentemente huérfana de soluciones, despreciada desde sus adentros y desamortizada desde sus afueras….

La política regional vive instalada desde hace décadas en una confortable mediocridad, se ha sustituido la gestión por la propaganda, el proyecto por la fotografía y la planificación por el titular, con so representantes que hay, no podemos esperar mucho más, algunos ni han ido al Instituto…, se inauguran carteles, se presentan infografías, se anuncian futuros anuncios y se celebran licitaciones como si las obras ya estuvieran terminadas. La realidad, la verdad, sin embargo, tiene la desagradable costumbre de no leer las notas de prensa.

El Partido Popular gobierna la Región desde hace tres décadas, creo que es tiempo suficiente para asumir aciertos y errores. Sin embargo, posee una habilidad extraordinaria, ejercer el poder con la actitud permanente de quien todavía está en la oposición, la era Valcárcel para enmarcar en un juicio, la de Pedro Antonio enmarcada y sentenciada, la de Garre tan efímera como dañina para el partido y la de Miras, el cenit de la mediocridad alquilada.

Cuando algo funciona, la fotografía es regional. Cuando algo fracasa, la culpa siempre viaja hacia Madrid. Es un mecanismo casi perfecto por estúpido. Nunca falta un ministerio responsable, un Gobierno central insensible, una administración superior o una conspiración burocrática dispuesta a explicar cualquier retraso. Mientras tanto, el tiempo sigue pasando, y Cartagena también.

El Casco Antiguo continúa esperando la gran recuperación prometida desde hace décadas. Los barrios acumulan carencias impropias de una ciudad que presume de liderazgo mediterráneo. Las infraestructuras avanzan con la velocidad geológica de los continentes. Los comerciantes sobreviven a la decadencia del Consistorio. Los vecinos envejecen esperando soluciones y los jóvenes huyen buscando oportunidades.

Los discursos son magníficos, los reportajes de revista, la mediocridad de doctorado. Cada pleno parece un campeonato nacional de retórica y cada debate municipal parece una sesión parlamentaria del Congreso. Cada rueda de prensa parece el anuncio del desembarco de Normandía, pero llega el lunes, se vuelve al trabajo y la decadencia sigue exactamente dónde estaba.

La política en Cartagena y en la región ha confundido la administración con el espectáculo. Gobernar ya no consiste en resolver, sino en comunicar que algún día quizá se resolverá y, además, esperando el aplauso del respetable. El éxito se mide por las veces que se aparece en redes sociales antes incluso de comenzar. Vivimos en la era del postureo institucional, importa más colocar un atril que una farola, cortar una cinta que terminar una calle, organizar una rueda de prensa que revisar un expediente o hacerse una fotografía junto a una maqueta que inaugura un edificio terminado, eso, la maqueta.

Y así pasan las legislaturas. Unos culpando siempre a Madrid. Otros justificando siempre a Madrid por esto del bocadillo de mortadela. Los terceros proclamando que ellos salvarán Cartagena entre video y soflamas. Los cuartos recordando que sólo ellos sienten la ciudad, pero todos levantando la voz. Ninguno elevando verdaderamente el nivel.

Cartagena no necesita héroes de atril ni patriotas de micrófono. Necesita gobernantes capaces de entender que una ciudad no mejora porque alguien pronuncie veinte veces su nombre durante un pleno. Mejora cuando un anciano no pasa una noche sin luz, cuando un comerciante no baja definitivamente la persiana, cuando un paseo marítimo deja de ser una promesa con treinta años de antigüedad, cuando un barrio deja de sentirse olvidado o cuando el debate deja de celebrarse en los titulares y comienza a resolverse en las calles.

Una ciudad, una gran ciudad donde, la electricidad no entiende de ideologías. Los baches no distinguen entre izquierda y derecha. La suciedad no vota y la decadencia tampoco, pero el ciudadano sí. ¿Imaginan listas municipales con figuras de la gestión, de la sanidad, de la industria, de la economía, de la cultura dirigiendo una ciudad como Cartagena?, joder, que ensoñación y que eficacia.

Tanto amor empieza a parecer tóxico. Cartagena tiene demasiados pretendientes políticos ansiosos del bocadillo de rancho y muy pocos administradores eficaces. La Región de Murcia lleva años instalada en un confortable ecosistema de mediocridad institucional. Una política que ha sustituido la gestión por el marketing, el proyecto por el titular y la planificación por la fotografía. La política regional se ha convertido en una competición infantil donde todos levantan el dedo gritando "¡ha sido él! 

Andrés Hernñadez Martíne