Desde la Repla. MONTANARO. DONDE SIEMPRE VOLVEMOS. LA CALLE DONDE APRENDIMOS A QUERERNOS

Plaza Toros Cartagena

MONTANARO. DONDE SIEMPRE VOLVEMOS. LA CALLE DONDE APRENDIMOS A QUERERNOS

El verano tiene una extraña virtud, incluso los más fanáticos de la política acaban cambiando el debate parlamentario por la sombra de un ficus, una cerveza bien tirada y el sonido de unas chicharras que nunca prometieron regeneración democrática. Julio posee esa misericordia y Agosto su penitencia. Hasta el sol parece conceder una tregua a tanta miseria pública.

Porque sí, ya sé que el país continúa en manos de quienes lo administran como si fuese un mercadillo de favores, la región por una banda de fariseos y la ciudad por una horda de inútiles ociosos. Los de siempre siguen intercambiando principios por sillones, presupuestos por votos y dignidad por supervivencia política. Los socios del Gobierno continúan cobrando el alquiler de una España que dicen detestar mientras los supuestos defensores de la otra España, cuando les toca gobernar, descubren que el poder también tiene aire acondicionado y moqueta. En Murcia, para qué engañarnos, tampoco andamos sobrados de estadistas. Aquí llevamos años confundiendo gestión con propaganda y liderazgo con una fotografía inaugurando cualquier gloriosa rotonda.

Pero por hoy basta. Ya habrá tiempo más adelante de volver a repartir estopa. El verano merece un armisticio. Al menos uno sentimental. Merece un balcón fresco y nostálgico y hoy llega. Porque cuando aprieta el levante y el Mediterráneo huele a sal caliente, como estos días, muy caliente hasta en la piedra lisa en San Pedro, uno comprende que la verdadera patria nunca estuvo en los escaños. Estaba cien metros más arriba, en una calle empinada donde no hacían falta asesores para saber quién eras.

La calle Montanaro. Mi calle.

La que empieza casi pidiendo permiso por Luis Angosto y termina conquistando la Linterna después de aquellos treinta y nueve escalones que entonces parecían el Himalaya y hoy son simplemente la distancia que separa la infancia de la nostalgia. Allí aprendimos casi todo lo importante. Aprendimos que la riqueza no consistía en tener dinero sino vecinos. Que la autoridad la ejercían las madres sentadas a la fresca. Que el Ministerio del Interior era cualquier balcón desde donde una mujer gritaba tu nombre completo, que el BOE era el boca a boca., y que la verdadera inteligencia artificial consistía en que toda la calle supiera dónde estabas sin necesidad de teléfonos móviles.

Mi barrio era un pequeño universo. La Linterna. Ángel. Alto. Don Matías. Marango. La Repla. La Plaza de Toros. El Lago perdiendo parte de su sangre camino del puerto mientras los críos convertíamos cualquier rincón en un estadio, un fuerte, un océano o una aventura. No había psicólogos infantiles, había pandillas. No existían redes sociales, existían portales abiertos, y nadie hablaba de resiliencia porque simplemente había que levantarse al día siguiente para seguir jugando.

Aquella calle estaba llena de apellidos humildes que hoy valen más que muchos títulos nobiliarios. Gente que vistió mono azul, uniformes caqui y azules, ropa de pescador, camisa blanca de camarero, bata de enfermera, corbata de ingeniero o manos negras de grasa de astillero. Todos eran importantes, todos construían ciudad y todos eran Cartagena. Por eso cada viernes, cuando envío mi artículo a esa inmensa lista de distribución, no veo direcciones de correo. Veo caras y veo voces. Veo recuerdos y amigos. Veo una vida entera que justifica el trabajo de escribir y criticar, es mi nostalgia. Siempre he pensado que nosotros familiares nunca se van si están presentes en nuestro pensamiento y nuestro corazón, pues igual pasa con la amistad, con la nostalgia bien gestionada.

Esa lista de distribución está compuesta hoy como ayer por empresarios que empezaron desde abajo cuando emprender consistía en hipotecar la casa y no en hacerse una foto para LinkedIn. Profesores de los que enseñaban antes de que la pedagogía sustituyera al conocimiento. Policías, militares, marinos, albañiles, médicos, pescadores, camareros, ingenieros, comerciantes y trabajadores de todos los oficios imaginables anegaban el barrio. Y, cómo no, algún político honrado. Que existen. Igual que los linces ibéricos, pocos, protegidos y cada vez más difíciles de encontrar.

Mi lista no es una base de datos. Es un álbum de familia. En ella también están quienes ya no pueden leer estas líneas, pero siguen ocupando un asiento reservado en la memoria y en el teléfono con la esperanza de que en algún lugar lo lean y aplaudan o demanden. Sí, están los que se marcharon demasiado pronto. Los que libran batallas silenciosas contra la enfermedad. Los que cayeron injustamente. Los que simplemente envejecen con la elegancia de quienes jamás necesitaron aparentar nada.

Y después, o antes está mi familia. Mi mujer, mis hijas, mi nieta y nieto, mis hermanas. Y sobre todos ellos, mi madre. Andrea. La mujer que convirtió la humildad en una asignatura obligatoria y la educación en una forma de resistencia. Nunca nos dejó una fortuna material, nos dejaron algo infinitamente más caro, la obligación de ser personas decentes incluso cuando nadie nos estuviera mirando.

Esa herencia sigue dando intereses. Quizá por eso, cuando llega julio, la memoria se empeña en desempolvar aquellos veranos que parecían no terminar nunca. Las fiestas del Carmen y Santiago. Aquella Cartagena que todavía sabía celebrar sin complejos. El inolvidable Coso Multicolor, cuando media ciudad salía a la calle no para protestar, sino para reír. Carrozas imposibles, serpentinas, papelillos, música, confeti y niños con la boca abierta creyendo que aquello duraría toda la vida. Nadie imaginaba que también las fiestas podían extinguirse, igual que desaparecen las viejas tabernas o las conversaciones sin prisas.

Y después llegaba la Velada Marítima. El puerto vestido de gala. Las luces reflejándose sobre el agua como si el Mediterráneo hubiese decidido ponerse esmoquin por una noche. Las familias paseando sin mirar el reloj. Las parejas estrenando noviazgos al compás de las orquestas. Los barcos iluminados saludando a una ciudad que entonces aún vivía de cara al mar y no de espaldas a sus recuerdos. Aquello era mucho más que una fiesta. Era una forma de entender Cartagena.

Luego venían las escapadas furtivas a Casa Paco para la primera cerveza que uno juraba que sus padres nunca descubrirían. La limonada de Helados Poli cuando el calor parecía capaz de fundir los adoquines. Las partidas de póker improvisadas mientras alguien vigilaba por si aparecía algún adulto dispuesto a poner orden. Y, pasada la medianoche, aquella bendita manguera municipal que convertía la calle entera en un improvisado parque acuático cuando todavía no existían las piscinas de diseño ni hacía falta reservar hamaca con una aplicación.

Éramos inmensamente ricos sin saberlo. Hoy todo parece más moderno, pero sospecho que somos bastante menos felices. Quizá porque hemos confundido el progreso con el precio y el valor con el coste. Por eso quería hacer este alto en el camino ya en vacaciones. Lo hago para recordaros, Amadeo, Antonio, Juan Carlos, Isa, Rosa, Milagros, Ángel, Carmencita, Rafa -acogido del Campello-, Imo, José Juan, Rosendo, Campos -el Tero pequeño-, Paco, Jesús, Carlos…, y un sinfín de amigos. Para daros las gracias.

Cada viernes sois la excusa perfecta para seguir escribiendo, para seguir indignándome cuando toca y emocionándome cuando corresponde. No escribo para convenceros de nada, ni siquiera para llevar razón. Escribo porque necesito seguir escuchando el eco de aquella calle donde aprendí quién era. Y mientras exista alguien al otro lado leyendo estas líneas, Montanaro o la propia Repla seguirá siendo mucho más que una calle. Será un lugar donde siempre merece la pena volver.

Como escribió Carole King: "Winter, spring, summer or fall… all you have to do is call… you've got a friend.". "Invierno, primavera, verano u otoño ... todo lo que tienes que hacer es llamar ... tienes un amigo".

Porque al final, cuando el verano se apaga y septiembre vuelve con sus impuestos, sus políticos y sus prisas, uno descubre que la verdadera fortuna nunca estuvo en la cuenta corriente. Siempre estuvo en la gente que aún recuerda tu nombre sin necesidad de mirar el móvil. Disfrutad del verano. Y sobre todo que Dios os bendiga. Sigo escribiendo, pero, para los que os marcháis, a la vuelta... paso lista, ojo.

Como decía Lorenzo Villalonga: «El presente no existe; es un punto entre la ilusión y la añoranza.»

Andrés Hernández Martínez