Desde la Repla: MURCIA, CAPITAL DEL REINO DE NUNCA JAMÁS

Plaza Toros Cartagena

MURCIA, CAPITAL DEL REINO DE NUNCA JAMÁS

Esta podría ser la crónica de una región que celebra su unidad mientras practica la división. O cómo celebrar el Día de la Región mientras media región busca la puerta de salida. Somos la extravagante incongruencia hecha administración, una paradoja institucional donde el discurso oficial habla de cohesión mientras la realidad exhibe desequilibrio, centralismo y una creciente desafección territorial. Hay días festivos que invitan al orgullo, otros a la reflexión y luego está el Día de la Región de Murcia, una peculiar ceremonia donde los responsables de los problemas se reúnen solemnemente para felicitarse por no haberlos solucionado. Algo parecido a contemplar a un pirómano inaugurando un parque de bomberos o a un tahúr dando lecciones de honestidad financiera.

Cada año asistimos al mismo ritual. Banderas, medallas, discursos, fotografías, sonrisas de catálogo y toneladas de propaganda autonómica cuidadosamente envasada para consumo interno. Los dirigentes hablan de unidad, progreso y futuro mientras una parte creciente de la población contempla el espectáculo con el mismo entusiasmo que un contribuyente observa una subida de impuestos, jodidos. Entonces surge la pregunta incómoda, ¿qué celebramos exactamente? ¿La igualdad territorial? ¿La solidaridad institucional? ¿La descentralización administrativa? ¿La cohesión regional? Porque si realmente celebramos alguna de esas cosas, alguien debería avisar urgentemente a la realidad para que deje de sabotear el relato oficial, embustero y traidor.

La Región de Murcia constituye una de las anomalías administrativas más curiosas de España. Cuarenta y cuatro municipios orbitando alrededor del cuarenta y cinco. Una comunidad autónoma diseñada como un sistema solar donde el astro principal absorbe recursos, inversiones, organismos públicos, influencia política y capacidad administrativa, además de cobrar dietas por desplazarse a Cartagena. No es una comunidad autónoma, es una aspiradora territorial con himno propio. Lo verdaderamente admirable es que durante décadas PP y PSOE hayan conseguido presentar esta concentración de poder como un ejemplo de equilibrio institucional, increíble. La propaganda política tiene estas cosas, logra que una amputación parezca una sesión de manicura tachándonos de imbéciles a la ciudadanía.

El problema nunca ha sido Murcia como ciudad ni los murcianos como ciudadanos. Los culpables tienen despacho oficial, chófer, asesores y una larga tradición de vivir confortablemente de la política. Son quienes han convertido una región diversa, rica y extraordinariamente complementaria en una caricatura administrativa donde todo acaba dependiendo de la voluntad política que emana desde San Esteban en un reino de Nunca Jamás que más bien dirige el Capitán Garfio, desde luego NO Peter Pan, ni por la estrategia ni por la hechura. Ese es el verdadero problema, el centralismo. Ese viejo vicio español que parecía patrimonio exclusivo de Madrid y que aquí decidieron reproducir en versión borrador. Madrid centraliza España y Murcia centraliza Murcia. Cartagena, Lorca, Yecla, Jumilla, Águilas, Caravaca o Cieza contemplan el proceso desde la periferia administrativa como quien observa un banquete al que jamás fue invitado.

“Cartagena es simplemente el ejemplo más visible, la ciudad más antigua, la más estratégica, la principal infraestructura portuaria, uno de los motores industriales y energéticos del sureste español y la ciudad que comerciaba con el Mediterráneo cuando Murcia ni siquiera existía, a pesar del intento macabro de prostituir la historia.”

Naturalmente, cuando alguien señala este desequilibrio aparece inmediatamente el coro oficial, palmeros y guardianes de la ortodoxia regional, sacerdotes y sacerdotisas del pensamiento único autonómico, de la secta letal, son los que llevan cuarenta años confundiendo unidad con obediencia y cohesión con sumisión. En esta región puedes criticar al Gobierno, al Rey, a Europa o a la OTAN, pero como sugieras que el modelo territorial necesita una profunda reforma te conviertes automáticamente en sospechoso de herejía política. Sin embargo, la pregunta sigue siendo legítima. ¿Por qué una región con semejante diversidad económica, histórica y geográfica continúa funcionando bajo una arquitectura administrativa que parece diseñada cuando todavía se enviaban telegramas? ¿Por qué hablar de dos provincias provoca más escándalo que una trama de corrupción? ¿Por qué descentralizar organismos públicos genera más rechazo que décadas de gestión ineficiente?

La respuesta es sencilla, porque el poder jamás se descentraliza voluntariamente, hay que arrancárselo, eso explica buena parte de la creciente desafección que recorre la región y cada año más. Algunos intentan reducir el fenómeno a un supuesto capricho cartagenero, en una acusación errónea. Cartagena es simplemente el ejemplo más visible, la ciudad más antigua, la más estratégica, la principal infraestructura portuaria, uno de los motores industriales y energéticos del sureste español y la ciudad que comerciaba con el Mediterráneo cuando Murcia ni siquiera existía, a pesar del intento macabro de prostituir la historia. La paradoja resulta casi obscena, indecente, Cartagena acumulaba siglos de historia cuando la futura capital regional tardaría todavía más de mil años en ser fundada, hechos. Fue puerto militar, comercial y estratégico cuando media Europa apenas sobrevivía entre ruinas y hoy, continúa mendigando infraestructuras como si fuera un barrio periférico de Murcia. Más de tres mil años de historia para acabar haciendo cola en una ventanilla autonómica, ni Quevedo habría imaginado una sátira semejante.

Mientras tanto, los partidos representan su papel habitual. El Partido Popular merece una mención especial porque durante décadas consiguió convencer a miles de ciudadanos de que los problemas estructurales eran inevitables mientras mantenía intacto el sistema que los generaba y los mantenía y mantiene como parásitos. Primero llegaron los virreyes, luego los herederos, después los administradores del legado y finalmente Fernando López Miras, el presidente perpetuamente recién llegado, siempre recién llegado por pegote, por apósito político. Es cierto que heredó inercias, errores y desequilibrios, pero llega un momento en que la herencia deja de ser una excusa, cuando uno conserva un problema durante demasiados años deja de ser heredero para convertirse en propietario y cómplice. Los problemas siguen ahí, las promesas se acumulan, las inversiones estratégicas se retrasan, los agravios persisten y las explicaciones llegan puntualmente cada año, igual que los anuncios navideños.

“el principal recurso renovable de esta comunidad no es el sol, es la mediocridad institucional que se reproduce sola, sobrevive a todas las elecciones, se adapta a cualquier sigla y siempre encuentra acomodo en algún despacho.”

El PSOE tampoco merece demasiada compasión, su especialidad consiste en denunciar desde la oposición exactamente aquello que toleró cuando gobernaba y ahora paga su destierro. Los socialistas regionales poseen una habilidad extraordinaria para descubrir injusticias territoriales justo después de perder las elecciones en una suerte de sanchismo corrupto y delincuente. Es un fenómeno digno de estudio científico, prometen equilibrio, reconocimiento, inversiones y respeto institucional para desaparecer después dejando únicamente folletos electorales y fotografías amarillentas de aspirantes grotescos. Entretanto Cartagena espera, Lorca espera, Yecla espera, Jumilla espera. Todos esperan, la espera se ha convertido en la principal industria regional ya que, produce más actividad que algunos polígonos industriales.

Resulta especialmente trágico porque esta tierra lo tiene absolutamente todo. Agricultura, industria, minería, turismo, patrimonio histórico, puertos, universidades, talento, ubicación estratégica y potencial energético. Podría ser una de las regiones más dinámicas y ricas de España, pero joder, también tiene políticos y ahí empiezan los problemas de esta meretriz región porque, el principal recurso renovable de esta comunidad no es el sol, es la mediocridad institucional que se reproduce sola, sobrevive a todas las elecciones, se adapta a cualquier sigla y siempre encuentra acomodo en algún despacho.

Por eso, el Día de la Región deja cada año una sensación extraña, rancia, parecida a esas comidas familiares donde todos sonríen mientras se soportan con visible esfuerzo, que no educación. Los discursos hablan de orgullo mientras los ciudadanos sienten resignación y desprecio, las autoridades proclaman éxitos mientras los municipios recuerdan promesas incumplidas y los dirigentes presumen de cohesión mientras la realidad exhibe desigualdad. Fuera de los auditorios oficiales crece algo mucho más preocupante que cualquier reivindicación territorial, la indiferencia.

Aquí reside el gran fracaso de estos cuarenta años, no ha sido económico, administrativo ni territorial, por desgracia ha sido sentimental y este es crítico. Han conseguido que una parte importante de Cartagena no sienta la Región como propia y eso no se corrige con medallas, campañas publicitarias o banderas desplegadas una vez al año. Se percibe en la calle, se escucha en los bares y se transmite en las familias, se hereda como un legado propio. Lo verdaderamente preocupante para San Esteban no debería ser el provincialismo cartagenero, que lo hay, ni el debate sobre la biprovincialidad, lo alarmante es que muchos cartageneros ya no sienten animadversión hacia la Región de Murcia, la sienten ajena.

“Asinque”, es mucho peor, porque el odio moviliza, pero la indiferencia desconecta. Cartagena percibe la Región como una administración lejana que recauda afectos de mentira y recursos críticos mientras devuelve burocracia, agravios y promesas, como una capital que exige lealtades sentimentales mientras administra desprecios materiales. Durante décadas PP y PSOE confundieron el silencio con la aceptación, la resignación con apoyo y la paciencia con conformidad. No entendieron que bajo esa aparente calma estaba creciendo una convicción mucho más peligrosa para cualquier proyecto común, la idea de que la Región es una estructura administrativa, pero no una comunidad emocional.

“las identidades no se decretan, se construyen con respeto, y el respeto, comienza reconociendo una realidad incómoda para el poder regional, el orgullo cartagenero no es un problema que deba corregirse, sino la consecuencia natural de una historia que ninguna campaña institucional ha conseguido diluir en cuarenta años y que probablemente tampoco conseguirá diluir en otros cuarenta.”

Por eso, muchos cartageneros observamos el Día de la Región con la misma implicación sentimental con la que asistimos al aniversario de una empresa en la que nunca hemos trabajado. No sentimos la celebración como propia, no sentimos que las instituciones representen una historia compartida, no sentimos reconocimiento sino un contubernio de desprecio. y eso, a pesar de ignorarse, constituye un fracaso político monumental, resulta muy difícil encontrar un territorio que haya aportado más a esta comunidad autónoma y que simultáneamente se sienta tan poco reconocido por ella. Cartagena no se siente ignorada únicamente por el ferrocarril, las infraestructuras pendientes o las inversiones aplazadas. Se siente ignorada porque percibe que su historia, su identidad y su peso específico son tolerados, pero rara vez reconocidos y siempre despreciados, como si la ciudad, tres veces milenaria, fuera una incómoda realidad histórica para un relato autonómico construido alrededor de una única centralidad, identidad y territorio.

Así se ha consolidado la gran paradoja regional, cuanto más se insiste en la unidad, más crece la distancia. Cuanto más se proclama la cohesión, más evidente resulta la desconexión. Cuanto más se intenta imponer una identidad común desde arriba, más se refugian muchos ciudadanos en una identidad propia que sienten menospreciada, las identidades no se decretan, se construyen con respeto, y el respeto, comienza reconociendo una realidad incómoda para el poder regional, el orgullo cartagenero no es un problema que deba corregirse, sino la consecuencia natural de una historia que ninguna campaña institucional ha conseguido diluir en cuarenta años y que probablemente tampoco conseguirá diluir en otros cuarenta.

Mientras tanto, el Día de la Región seguirá pareciéndose menos a una celebración colectiva y más a una representación teatral donde, los responsables de los desequilibrios entregan premios a los administradores de los desequilibrios mientras los perjudicados financian el espectáculo, y eso, más que una fiesta regional, empieza a parecer una extraordinaria obra de humor negro escrita a cuatro manos, o a cuatro patas por la incompetencia, la soberbia y el centralismo.

Andrés Hernández Martínez