Desde la Repla. LA PÓLVORA TAMBIÉN TIENE MEMORIA
LA PÓLVORA TAMBIÉN TIENE MEMORIA
Hay mañanas en las que no amanece el sol, amanece la pólvora. Hay días que no empiezan con el canto de los pájaros, sino con el estruendo de la muerte. Días que se quedan suspendidos en el calendario como una fotografía ennegrecida por el humo, incapaces de envejecer. El 14 de julio de 1986 fue uno de ellos, Madrid no despertó, Madrid reventó y con Madrid muchos españoles de uniforme y corazón limpio.
Muchos olvidan, incluso perdonan y se someten a asesinos. Así, cuando eran las 7:45 de la mañana una furgoneta aparcada en la plaza de la República Dominicana dejó de ser un vehículo para convertirse en un altar del horror y del diablo. Treinta y cinco kilos de explosivos mezclados con tornillos, bolas de acero, tuercas y cadenas hicieron el resto, aquello no era una bomba, era una fábrica de mutilaciones diseñada con la precisión enfermiza de quien había decidido que la crueldad podía perfeccionarse, y la banda criminal ETA representada en Bildu por sus militantes lo eran desde la más profunda cobardía.
En apenas un segundo, doce guardias civiles dejaron de ser alumnos, hijos, hermanos o novios para convertirse en nombres grabados sobre piedra, algunos apenas tenían entre diecinueve y veintiséis años. Habían salido de la Escuela de Tráfico pensando en una jornada de prácticas, pero ninguno imaginó lo que el destino les guardaba oculto dentro de una furgoneta estacionada junto a una acera cualquiera. Ochenta personas más quedaron heridas, muchas nunca volvieron a caminar igual. Otras jamás volvieron a dormir igual, porque las cicatrices visibles siempre terminan cerrándose, las invisibles aprenden a sangrar en silencio.
ETA nunca fue una idea, las ideas se discuten, ETA fue una maquinaria industrial del asesinato, una mafia, una organización criminal que hicieron de la extorsión y el asesinato su identidad. Una disciplina de la cobardía, un oficio cuyo currículo consistía en colocar explosivos donde hubiera más posibilidades de multiplicar el dolor, nunca combatió de frente, nunca buscó el valor del enfrentamiento, siempre eligió la espalda, la emboscada, el mando a distancia y la huida. La valentía exige mirar a los ojos, pero la cobardía se esconde detrás de un detonador.
Resulta estremecedor imaginar el instante posterior a la explosión, el aire convertido en metralla. Los gritos buscando un nombre que ya no respondía. Restos humanos y hierros esparcidos sobre el asfalto, uniformes desgarrados, cristales suspendidos unos segundos antes de caer como una lluvia afilada. El olor de la goma quemada mezclándose con el de la sangre, ese olor no aparece en los archivos judiciales ni en las crónicas periodísticas, pero existe. La pólvora tiene un perfume inconfundible cuando se mezcla con la carne humana.
Los asesinos nunca escucharon el verdadero estruendo que provocaron, ellos sólo oyeron una detonación, mezclada con su cobardía. Las víctimas siguen escuchándola cuarenta años después, el auténtico estallido no destruyó únicamente un autobús de la Guardia Civil, sino que, dinamitó doce hogares al mismo tiempo. Volaron los cumpleaños que jamás volverían a celebrarse. Vació sillas alrededor de las mesas familiares. Convirtió habitaciones en pequeños museos donde la ropa quedó colgada para siempre esperando a quien nunca regresaría. Hay edificios que se reconstruyen, fachadas que vuelven a levantarse y autobuses que pueden sustituirse. Pero, ninguna madre vuelve a abrazar al hijo que una bomba le arrebató. Ningún padre consigue acostumbrarse al silencio del dormitorio donde todavía permanece una fotografía sonriendo desde un estante. La muerte terrorista no termina el día del atentado. Se instala como un inquilino permanente dentro de las familias.
Sin embargo, el tiempo posee una cualidad profundamente inmoral, barniza los horrores, convierte el espanto en efeméride y secando la sangre. Los periódicos amarillean y las imágenes pasan del color al archivo. Poco a poco aparecen generaciones que conocen aquellos nombres igual que conocen una fecha cualquiera del libro de Historia, o lo peor ni lo conocen. Ahí comienza otra forma de victoria para los verdugos, el desgaste de la memoria con la ayuda del socialismo actual. El olvido nunca llega de golpe, entra despacio, primero desaparecen los hechos y no los relatos, después se difuminan los rostros y finalmente sólo queda una cifra. Doce muertos. Ochenta heridos. Como si las matemáticas fueran capaces de describir el tamaño del sufrimiento.
Las víctimas envejecen y los asesinos también, pero el dolor no cumple años, permanece exactamente igual, lo único que cambia es la distancia emocional de quienes ya no recuerdan aquellos días en los que salir de casa significaba mirar debajo del coche antes de introducir la llave en el contacto. Cambiar los itinerarios y no estar tranquilo ni con la familia.
España derrotó policialmente a ETA y lo hizo gracias al sacrificio silencioso de guardias civiles, policías nacionales, jueces, fiscales, militares y ciudadanos que nunca aceptaron vivir arrodillados frente al terror. Aquella victoria costó demasiadas vidas como para administrar hoy con desmemoria indigna. La democracia venció porque hubo quienes decidieron protegerla incluso sabiendo que eso podía costarles la vida, existe otra batalla mucho más silenciosa, la batalla por el significado de lo ocurrido, la batalla para impedir que el terrorismo termine convertido en una simple nota al margen de la historia política española, una nota a pie de página que nadie lee. Esa guerra no se libra con pistolas ni explosivos, se libra con la memoria.
Cuando las víctimas pasan a ocupar un lugar secundario en el debate público mientras el foco se desplaza hacia las necesidades de la política cotidiana, algo empieza a oxidarse en la conciencia colectiva, algo se pudre. Cuando la memoria depende del calendario y sólo despierta cada aniversario, la pólvora encuentra una segunda forma de sobrevivir y mantenerse encendida y activa. No hace falta justificar el terrorismo para contribuir a su desmemoria como está pasando, basta con acostumbrarse y mirar hacia otro lado. Basta con aceptar que el tiempo resuelva lo que la conciencia debería mantener siempre vivo, pero esa conciencia se ha diluido en superficialidad interesada. “Asinque”, recordar no es un ejercicio de nostalgia, es un deber moral.
Recordar significa devolverles el nombre a quienes un asesino quiso convertir únicamente en estadísticas. Significa comprender que aquellos doce jóvenes no eran un símbolo, sino personas que aún no habían vivido casi nada. Tenían proyectos, novias, amigos, padres esperando una llamada al terminar la jornada. Todo eso también explotó aquella mañana. Hay quien sostiene que el paso de los años obliga a relativizar el pasado. Pero yo pienso exactamente lo contrario. Quizá, cuanto más se aleja una tragedia, mayor sea la obligación de mantenerla presente, el olvido nunca es neutral y beneficia al asesino.
No hay explosivo más peligroso que la indiferencia, mata despacio como una tortura, sin ruido, sin humo, in sirenas, sin escombros. erosiona la conciencia hasta convertir el horror en rutina y la tragedia en una simple referencia histórica, cuando los muertos dejan de doler llega el verdadero triunfo de cualquier terrorismo., asesinan la memoria, incluso la pólvora desaparece, pero su olor, nunca. Zapatero dio una capa de cal para blanquear a ETA, a pesar de los atentados de la T4, pero Sánchez ha enjalbegado todo el patio de luces dando protagonismo ignominioso a los asesinos, son hechos hasta da el pésame públicamente en el Congreso….
Andrés Hernández Martínez