Desde la Repla: LA REGIÓN DEL SALITRE Y LOS ESCARAMUJOS EN LOS BAJOS DE SAN ESTEBAN.

Plaza Toros Cartagena

LA REGIÓN DEL SALITRE Y LOS ESCARAMUJOS EN LOS BAJOS DE SAN ESTEBAN.

Hay regiones que descubren la desigualdad como quien descubre América. Y luego está la Región de Murcia, que la descubre periódicamente en ruedas de prensa, jornadas académicas y discursos institucionales, siempre con una presentación elegante y un tono solemne que mezcla preocupación social con aroma de campaña permanente. Siempre destacando la Misión y la Visión…

“en la Región de Murcia las revoluciones suelen ser retóricas, las palabras vuelan alto y las políticas caminan despacio, como un tractor en segunda por la huerta murciana.”

El último en apuntarse a la causa ha sido el presidente López Miras, que ha decidido emplazar a los “magnates del ladrillo” a pagar impuestos y salarios dignos. Dicho así, suena casi revolucionario, uno imagina a los empresarios inmobiliarios de la costa murciana mirando con nerviosismo sus cuentas corrientes mientras el presidente golpea la mesa con el puño y proclama que el crecimiento económico debe llegar a los bolsillos de la gente. Nada más lejos de la realidad y a esto se suma la oportunista Arroyo, vende más humo que el de la desaladora. Pero conviene no perder la perspectiva, en la Región de Murcia las revoluciones suelen ser retóricas, las palabras vuelan alto y las políticas caminan despacio, como un tractor en segunda por la huerta murciana.

“Un régimen tan peculiar que consigue lo imposible, ser simultáneamente el paraíso del inversor y el azote de la desigualdad.”

El discurso tiene algo de fascinante. Según la oposición, vivimos bajo una especie de “régimen murciano-chavista”, una criatura política que mezcla ladrillo, regadíos intensivos y presentaciones con gráficos ascendentes. Un régimen tan peculiar que consigue lo imposible, ser simultáneamente el paraíso del inversor y el azote de la desigualdad. Pero eso lo dice la ineptitud personificada, el PSOE.

“Pues esto es el gobierno popular, una serie de eventos circunspectos para no decir nada y ocupar espacios mediáticos, la conclusión preliminar es demoledora, el 35 % de la desigualdad depende de la familia en la que se nace”

La alquimia política en estado puro. La escena es fácil de imaginar. Jornadas tituladas algo así como “Desigualdad: es hora de actuar”, celebradas en un salón con aire acondicionado heroico y café institucional. Expertos hablan de movilidad social, de trayectorias vitales, de cómo las condiciones socioeconómicas determinan el futuro de los niños. Todo muy científico. Muy razonable. Muy serio. De hecho, el estudio que se propone analizar cómo las circunstancias sociales y territoriales, desde el Campo de Cartagena hasta el Noroeste influyen en la vida de miles de niños desde su infancia hasta la edad adulta. Un planteamiento tan lógico que uno se pregunta por qué nadie lo había pensado antes. Pues esto es el gobierno popular, una serie de eventos circunspectos para no decir nada y ocupar espacios mediáticos, la conclusión preliminar es demoledora, el 35 % de la desigualdad depende de la familia en la que se nace. En versión murciana, eso significa que el código postal pesa casi tanto como el apellido. A joderse.

“si hay algo que caracteriza a la política regional es su extraordinaria capacidad para sorprenderse con los resultados de sus propias decisiones.”

“Asinque”, nacer en un sitio o en otro dentro de la región puede marcar el destino de una persona. Como en España gracias al sanchismo. Una revelación extraordinaria especialmente para quienes llevan décadas gobernando. Porque si hay algo que caracteriza a la política regional es su extraordinaria capacidad para sorprenderse con los resultados de sus propias decisiones. Como esos médicos que descubren con asombro que el paciente tiene fiebre después de pasar años subiendo la temperatura. Por ejemplo

La imagen es poderosa. La economía crea valor, dice el argumento oficial, pero ese valor se queda por el camino. El alquiler sube en la costa durante la temporada alta y nunca baja del todo. Los seguros se encarecen por cualquier rasguño. Las hipotecas aprietan con la constancia de un tornillo maldito. El comedor escolar suma 400 euros mientras que la educación concertada se financia con naturalidad bíblica.

Y así surge la gran desconexión entre crecimiento y bienestar. Es lo que algunos llaman la “inflación de la codicia”, un fenómeno económico que, curiosamente, florece con especial intensidad en lugares donde el mercado se regula con la misma firmeza que una sombrilla en la playa un día de levante.

“en la Región de Murcia la desigualdad no es solo económica. También es geográfica.”

Para ilustrar el problema basta con mirar el Mar Menor, esa laguna que ha pasado de ser un paraíso turístico a un recordatorio ecológico de lo que ocurre cuando el crecimiento económico decide prescindir de reglas. El mercado, cuando no se regula, no solo contamina el agua. También contamina el contrato social. Pero la verdadera ironía aparece cuando el discurso sobre desigualdad se cruza con la política territorial. Porque en la Región de Murcia la desigualdad no es solo económica. También es geográfica.

Y ahí es donde entra en escena Cartagena. Cartagena es una ciudad fascinante. Tiene tres mil años de historia, un puerto estratégico, un patrimonio arqueológico que haría palidecer a media Europa… y una habilidad extraordinaria para ser tratada como si fuera un pariente lejano en las reuniones familiares de la política regional. Se la quiere, claro. Muchísimo. Pero desde lejos. Tanto como se le desprecia.

“estamos en un nivel los cartageneros para este desgobierno regional de López Miras entre idiotas e imbéciles, chuleados por un gobierno apátrida local y una dominancia regional casi pornográfica.”

Cada cierto tiempo llegan las promesas, los anuncios de inversión, los discursos sobre la importancia de su patrimonio y su potencial turístico. Y cada cierto tiempo también llega la realidad, expedientes que se eternizan, proyectos que se aplazan y presupuestos que encuentran siempre otras prioridades. El caso más simbólico es la vieja Catedral de Santa María la Vieja. Una joya histórica. Un símbolo cultural que lleva décadas esperando una rehabilitación seria, desde Murcia solo envían sacos de salitre, del que nos sobra. Décadas esperando una rehabilitación seria. Décadas viendo cómo el expediente envejece con más dignidad que algunos discursos políticos. La Asamblea aprueba por unanimidad la reconstrucción integral de la Catedral de Cartagena, ¿de verdad? ¿Hay que aprobarlo?, si hubiera sido la de Murcia hace décadas que estaría rindiendo misticismo al ritual eclesiástico, pero es Cartagena y hay que aprobarlos, estamos en un nivel los cartageneros para este desgobierno regional de López Miras entre idiotas e imbéciles, chuleados por un gobierno apátrida local y una dominancia regional casi pornográfica.

Décadas de escaramujo en la sociedad cartagenera, en el patrimonio y en la economía sustraída. Mientras tanto, en Murcia, la capital regional, las rehabilitaciones patrimoniales parecen gozar de una salud envidiable. Allí las inversiones llegan con una puntualidad casi suiza. Los proyectos se desbloquean con rapidez administrativa. Las obras comienzan antes de que los edificios tengan tiempo de deteriorarse demasiado. Es un fenómeno curioso. Como si existiera una especie de gravedad presupuestaria que atrae las inversiones hacia el centro administrativo de la región.

“ya naturalizando la falta de infraestructuras y el transporte, somo como borregos agradecidos camino del matadero animando al matarife….”

Una ley física que todavía no ha sido descrita por los economistas pero que los cartageneros conocen bien. Cartagena espera. Espera mientras escucha discursos sobre la igualdad de oportunidades. Espera mientras se anuncian estudios sobre cómo el territorio condiciona la vida de las personas. Espera mientras el Gobierno regional proclama su compromiso con la mayoría social. Espera, sobre todo, mientras su antigua catedral sigue siendo una ruina romántica en pleno siglo XXI y ya naturalizando la falta de infraestructuras y el transporte, somo como borregos agradecidos camino del matadero animando al matarife….

No es que falten planes. En absoluto. La política regional produce planes estratégicos con una fertilidad admirable y la local no se queda atrás peor enmarcados en un halo inexistente. Planes para el turismo, planes para el patrimonio, planes para la cohesión territorial, planes para el desarrollo sostenible, planes para casi cualquier cosa que pueda caber en un documento encuadernado. Lo único que a veces tarda en llegar es la obra. Pero no todo es responsabilidad del Gobierno regional. También la política municipal participa en esta coreografía de la mentira y lo absurdo. La alcaldesa habla con demasiada frecuencia de crecimiento, de turismo y de la transformación de Cartagena en una ciudad escaparate. Y tiene razón en algo fundamental, el turismo y la inversión pueden ser motores poderosos. El problema aparece cuando la ciudad se convierte en escaparate sin que sus propios vecinos puedan permitirse vivir dentro de él, un escaparate de cara a la galería de la política murciana.

“como el humo, se ve mucho desde lejos, pero desaparece cuando uno intenta agarrarlo, joder, y en eso este ayuntamiento es un crack.”

De nada sirve recibir cruceros si el camarero no llega a fin de mes, menos aún sirve organizar congresos de cara a la galería si los jóvenes no pueden alquilar una vivienda sin compartirla con tres personas más. De poco sirve presumir de patrimonio si uno de los símbolos más evidentes de ese patrimonio sigue esperando una rehabilitación que nunca termina de llegar y el jardín de San Esteban lleva redundantes revitalizaciones. La prosperidad que no aterriza en la vida cotidiana es un poco como el humo, se ve mucho desde lejos, pero desaparece cuando uno intenta agarrarlo, joder, y en eso este ayuntamiento es un crack.

“Cartagena ocupa una posición peculiar, demasiado importante para ignorarla, demasiado incómoda para convertirla en prioridad permanente, demasiada historia y demasiado protagonismo molesto.”

Porque la política regional vive desde hace años en un delicado equilibrio entre dos impulsos aparentemente contradictorios, por un lado, la voluntad de atraer inversión y capital, pero por otro, la necesidad de demostrar sensibilidad social. Aquí, si aprietas demasiado al capital, se queja. Si no lo aprietas, se concentra. Es un equilibrio complicado, como regar la huerta sin ahogar las plantas. En la Región de Murcia la colaboración público-privada ha sido durante años una herramienta habitual. Así que cuando se habla ahora de blindar lo público, algunos observadores no saben muy bien si están escuchando un giro político o un matiz retórico. Aquí, es esta puta región, con perdón, la desigualdad no sólo separa a ricos y pobres. También separa territorios, y en ese mapa desigual, Cartagena ocupa una posición peculiar, demasiado importante para ignorarla, demasiado incómoda para convertirla en prioridad permanente, demasiada historia y demasiado protagonismo molesto.

“promete convertir Cartagena en polo tecnológico del Mediterráneo, sobre el papel es un hub mediterráneo que hace sonreír a Silicon Valley.”

Así pasan los años, las décadas y hasta los siglos. Se inauguran jornadas sobre desigualdad. Se presentan estudios científicos. Se anuncian políticas públicas que prometen corregir desequilibrios históricos. La Región de Murcia lleva años bautizando estrategias económicas con nombres de catálogo futurista: economía azul, transición verde, hubs tecnológicos, clústeres de innovación. Sobre el papel parece que la región va a fabricar microchips entre limoneros y biotecnología marina en cada puerto. Luego uno mira el motor real y descubre que sigue siendo el mismo de siempre: turismo, ladrillo, agricultura intensiva y servicios de temporada. Mucho plan estratégico, mucho foro de expertos y mucho powerpoint con gráficos ascendentes. CAETRA es la nueva estrategia que promete convertir Cartagena en polo tecnológico del Mediterráneo, sobre el papel es un hub mediterráneo que hace sonreír a Silicon Valley. Promete drones, satélites y ciberseguridad y discursos grandilocuentes de López Miras en Europa. La verdad es que, de momento, su mayor logro es adherirse al casco del barco regional con la misma tenacidad que los escaramujos del Mar Menor.

Hasta que haya una apuesta seria por la reestructuración social de la región, la estructural, municipios y las demarcaciones, y sobre todo el desdoble de la provincia, la Región de Murcia seguirá viviendo en ese curioso equilibrio entre crecimiento y desigualdad, entre discurso social y política territorial, entre promesas de futuro y realidades del presente. Un lugar donde la economía crece, los vendehumos florecen y las catedrales y el patrimonio aprenden el arte milenario de la paciencia.

En la Región de Murcia la política navega siempre cerca de la costa pero sin aproximarse, mucho salitre en los discursos y demasiados escaramujos pegados al casco del poder. Cada cierto tiempo se descubre la desigualdad con solemnidad institucional, como si fuera una novedad recién llegada del océano, mientras los gráficos florecen y las promesas adquieren brillo de barniz político. El presidente habla ahora de magnates del ladrillo y salarios dignos, de crecimiento que debe llegar a la gente, de compromiso con la mayoría social. La escena suena épica, casi marinera, pero la travesía regional lleva años avanzando con el casco lastrado por inercias, equilibrios y silencios. Entre el salitre del Mar Menor, la retórica económica y la paciencia de Cartagena, la política murciana sigue practicando ese viejo arte de navegar sin limpiar los bajos del barco, entre discursos solemnes y proyectos eternamente anunciados, la región continúa su travesía con más palabra que rumbo.

Andrés Hernández Martínez