Desde la Repla y la Verja del Tarajal. SI YO FUERA MAL PENSADO
SI YO FUERA MAL PENSADO…
España. El país donde las fronteras tienen memoria y los gobiernos tienen amnesia
Si yo fuera mal pensado —que no lo soy, porque en España pensar demasiado ya empieza a considerarse una actividad de riesgo— podría llegar a sospechar que hay gobiernos que descubren la existencia de los problemas exactamente cuando aparecen las cámaras de televisión para desvirtuar la tragedia. Irónicamente, debe ser una nueva modalidad de gestión pública, la política de la sorpresa permanente, aunque con Sánchez no hay sorpresas, hay temor, si una invasión y violación de la frontera lo hace patriota y español...
Un día aparece una crisis migratoria en una frontera española y el Gobierno parece descubrir que existe una frontera. Otro día arde un monte y se descubre que los incendios no se apagan con discursos climáticos y otras manipulaciones del aparato de propaganda del régimen. Otro día una infraestructura estratégica falla y se recuerda, con profunda emoción institucional, que quizá había que haber mantenido la infraestructura.
Pero no adelantemos acontecimientos. Si yo fuera mal pensado pensaría que la política moderna ha sustituido la prevención por la puesta en escena. Antes los gobiernos tenían planes, y ahora tienen comparecencias. Antes se estudiaban escenarios y ahora se estudian encuestas. Antes una frontera era una línea que un Estado tenía la obligación de proteger, y ahora parece una recomendación administrativa que algunos descubren cuando la realidad decide llamar a la puerta sin pedir cita previa producto de una extorsión y un chantaje diplomático.
La realidad, esa vieja enemiga de la propaganda, tiene la mala costumbre de no leer comunicados oficiales. Ceuta vuelve a poner sobre la mesa una cuestión incómoda, una nación puede tener leyes, Constitución, instituciones y discursos solemnes, pero si pierde la capacidad práctica de controlar sus fronteras empieza a transmitir una imagen peligrosa, la de un Estado que siempre llega después. Porque una frontera no es solamente una verja, es una declaración de soberanía. Es decirle al mundo, aquí empieza un territorio con unas normas, unas obligaciones y una autoridad, España.
Cuando esa autoridad parece diluirse, el problema deja de ser exclusivamente migratorio y se convierte en un problema político, institucional y moral, y aquí aparece la gran contradicción española. Tenemos una Constitución que habla con claridad de la defensa de la soberanía y la integridad territorial. Tenemos unas Fuerzas Armadas cuya misión constitucional está perfectamente definida. Tenemos unas Fuerzas y Cuerpos de Seguridad que arriesgan diariamente su integridad, bueno excepto la policía de Marlaska, que la hay y defiende al sátrapa incluso ante los protestantes ceutíes a golpes y con abusos documentados en videos de posible, o como se dice presunto…, abuso autoridad, no se puede insultar al miserable.
Pero luego llega la realidad y aparece la pregunta incómoda. ¿Tiene el Estado una estrategia o simplemente tiene reflejos? Gobernar no consiste en apagar incendios cuando ya han alcanzado la casa del vecino, consiste en evitar que empiece a arder. Si yo fuera mal pensado pensaría que algunos gobiernos prefieren administrar los problemas antes que resolverlos. Un problema solucionado desaparece de la agenda. Un problema permanente permite mantener ruedas de prensa, declaraciones solemnes y fotografías de preocupación, lo que es la crisis convertida en permanente paisaje, en España la emergencia convertida en rutina o el parche convertido en política de Estado.
Si yo fuera mal pensado, pensaría que cuando el socialismo tiende a desaparecer, aparece el socialismo con la complicidad de Marruecos, acciones terroristas de difícil y enrevesada factura como el 11 M y tumban gobiernos democráticos por basura electoralista y corrupción encubierta, mucha duda y todo presunto, donde actúan medios de comunicación adeptos al régimen zurdo, lo que hace un siglo serian El Socialista, Claridad o el famoso Mundo Obrero, y así, la población es manipulada, si yo fuera mal pensado y vista la impopularidad de este gobierno sanchista o social comunista, autocrático y, con la connivencia de Marruecos al que se da dinero de los españoles para su mejora socio económica, con dos cojones…, ya sea por chantaje al sátrapa corrupto o por acoso a los españoles, o quizás, por un plan oscuro para ceder territorio nacional en alta traición al enemigo natural -ya se han pronunciado socialistas con intereses en Marruecos al respecto-, donde imagino que el Jefe del Estado debería de intervenir, o haber intervenido ya, pues pensaría que está invasión, si no es una declaración de guerra, se acerca al atentado contra la integridad Nacional y sus ciudadanos, un complot de un gobierno canalla como aquel del siglo pasado que lideraba Largo Caballero, o el de hoy, compuesto por comunistas, golpistas y socialistas desacertados y desacreditados con el apoyo de la lacra de España, terroristas asesinos, pero claro, si yo fuera mal pensado.
Los habitantes de Ceuta no viven una tertulia televisiva que cada día es más patética e indecente, sin contingencia de emisora. No viven un debate parlamentario ni de una batalla de titulares. Viven en una frontera real. Con sus calles. Con sus familias. Con sus negocios. Con sus preocupaciones. Y tienen derecho a algo mucho más sencillo que cualquier ideología, tener la certeza de que el Estado está presente y vela por ellos sin propaganda, sin eslóganes. Quizás es que, gracias a Sánchez, España lleva demasiado tiempo confundiendo humanidad con ausencia de control.
Sin ánimo de ofender a nadie, dice una leyenda urbana que, una leyenda política usada en tertulias y recursos escritos que, durante el reinado de Juan Carlos I y la presidencia de Adolfo Suárez, el rey de Marruecos Hassan II habría planteado en una conversación la posibilidad de tomar Ceuta y Melilla, a lo que Suárez habría respondido con una frase contundente en el sentido de que España tenía capacidad para bombardear Rabat si Marruecos atacaba territorio español. La frase fue atribuida a Suárez y suele aparecer formulada de distintas maneras, quizás sea inventada…, pero la idea central es siempre la misma, Marruecos no debía confundir la prudencia española con debilidad y según The Objetive y el CNI, Sanchez es un muñeco en manos del rey de Marruecos que ya lo ha amortizado.
Un Estado puede respetar los derechos humanos y, al mismo tiempo, defender sus fronteras, este parece que no. Puede ser solidario y exigir orden, España siempre lo ha sido, incluso con Franco. Puede ayudar al vulnerable y perseguir la ilegalidad, aunque no lo haga, lo contrario no es progresismo, es simplemente incapacidad. Una frontera sin control no es más humana, es más injusta, especialmente para quienes viven allí. Pero si yo fuera mal pensado también podría preguntarme por qué algunas crisis parecen siempre imprevisibles para quienes tienen la obligación de preverlas. Lo sorprendente es que las mismas situaciones parecen repetirse una y otra vez con la misma estructura: nadie sabía nada, nadie esperaba nada, nadie tenía previsto nada, y finalmente todos aparecen muy preocupados.
La pérdida de confianza. Funciona porque los ciudadanos, ilusamente con Sánchez, creen que las instituciones responderán cuando sean necesarias. Cuando esa confianza desaparece aparece el peor enemigo de cualquier Estado, la sensación de abandono. Una sociedad que pierde confianza en sus instituciones queda expuesta a dos peligros, la resignación o la radicalización. La defensa del Estado no consiste solamente en tener policías, soldados o leyes. Consiste en tener gobiernos capaces de ejercer la autoridad con responsabilidad. La autoridad no es dureza, es capacidad, es proteger antes, actuar cuando debe actuar y claro, no necesita explicar durante semanas por qué no hizo ayer lo que debía hacer. Si yo fuera mal pensado diría que España empieza a padecer una curiosa enfermedad política: la alergia a asumir responsabilidades. Pocos quieren responder. Pocos quieren decidir y nadie quiere cargar con las consecuencias. Mientras, las fronteras esperan. Los ciudadanos esperan. Las instituciones no manipuladas esperan. España espera.
Una nación no se mantiene únicamente con discursos patrióticos, banderas o ceremonias oficiales. Se mantiene con algo mucho menos espectacular, y difícil de conseguir hoy, previsión, responsabilidad, autoridad, y la obligación moral de no abandonar a quienes confían en ella.
“Asínque”, si yo fuera mal pensado —que insisto, no lo soy— pensaría que el verdadero peligro no está solamente en quien intenta cruzar una frontera. El verdadero peligro aparece cuando quienes tienen la obligación de defenderla descubren que es más cómodo explicar la crisis que evitarla. Entonces ocurre lo más triste, que el ciudadano termina mirando hacia arriba buscando al Estado…, y descubre que el Estado está mirando hacia otro lado. Porque al final, cuando las instituciones fallan, queda la pregunta que nadie quiere escuchar. ¿Quién protege al ciudadano cuando el poder está demasiado ocupado protegiéndose a sí mismo?
La realidad sin adornos es que ha entrado a la fuerza un contingente de invasión que de armarse podría ser la causa de una guerra con el enemigo en las entrañas de España. ¿Absurdo? España depende de la voluntad que haya detrás de este desplante ocurrido por la debilidad geopolítica y geoestratégica de nuestro país. Ceuta muestra un abandono y un desprecio que ya no admite disimulo alguno. Lo que allí sucede evidencia la renuncia del Estado, de este gobierno a cumplir su obligación más elemental, proteger a la nación. La frontera se ha convertido en un territorio sin autoridad, donde la presión exterior se mezcla con la negligencia interior y donde la ciudadanía contempla con estupor, cómo este Gobierno reduce la gravedad ocurrida a un trámite político más. Todo sin entrar en los artículos de la Constitución que promulgan la Integridad Nacional y sus garantes.
Si estamos en un Estado fallido donde las crisis y las desgracias se desprecian, si la seguridad de nuestras fronteras se ridiculiza por nuestro enemigo natural y la Constitución y las instituciones se prostituyen por un poder corrompido y corruptor, si nadie puede hacer nada, al parecer, si la democracia es un chiste y una viñeta de TBO y somos despreciados internacionalmente e incluso se han de guardar de este gobierno el resto de Europa, ¿con todos mis respetos, para qué sirve un Rey, el Rey? ¿Para la banalidad constitucional consagrada?
Mi pregunta es, cuando un gobierno se pasa la democracia y la Constitución por el forro, gobierna a golpe de decreto contra la ciudadanía despreciando el Congreso y haciendo gala de ello, favorece la corrupción o la crea como el caso “cloacas”, ataca por intereses pestilente a las FFSS y manipula a las FAS, cuando no asiste la seguridad de los españoles, la seguridad de las fronteras, y la libertad y derecho del pueblo español, cuando prostituye elecciones, como avisa, y destruye las instituciones, ¿quién actúa?, ¿para qué nos vale? Estamos en un Estado Fallido, apoyando narcotraficantes que comercian sin contrapeso policial, corrupción, malversación, los asesinos terroristas y golpistas que apoyan el gobierno son ciudadanos destacados, y ¿nadie puede hacer nada?, al contrario, imágenes que no se comprenden en Ceuta, la policía contra los españoles, que sencillo es pegar, golpear con la porra a los habitantes de allí, mientras que a los que invaden, esos elementos sirven para indicarles por donde tienen que ir. Cuando veo los videos de la policía pegando a españoles que protestan contra Sánchez pacíficamente por su integridad y los golpean mientras miden de lejos las algaradas de ilegales invasores, me avergüenza la policía española, con minúscula, aunque más bien es la policía de Marlaska, no toda, pero esa no es la de España. Me recuerda por desgracia al siglo pasado con la policía del régimen socialista. Pero todo, si yo fuera mal pensado...
Andrés Hernández Martínez