PASEO POR LA TRIMILENARIA DESCONOCIDA: LOS BAÑOS EN CARTAGENA

LOS BAÑOS EN CARTAGENA

 

Cada verano, cuando el termómetro vuelve a dispararse, miles de personas buscan alivio en playas, piscinas o balnearios. Hoy resulta difícil imaginar unas vacaciones sin un baño refrescante, pero esta costumbre, tan ligada al ocio estival, no siempre fue una práctica habitual ni tampoco estuvo asociada a la higiene. Durante siglos, el baño pasó de ser un ritual religioso a una terapia médica y, finalmente, en una forma de disfrutar del tiempo libre.

La historia del baño es, en realidad, un reflejo de la evolución de las sociedades, de sus creencias, de sus avances sanitarios y también de su manera de entender el cuerpo y la salud. En Cartagena, esa transformación dejó una huella singular en su puerto y en la aparición de unos balnearios que marcaron la vida social de nuestra ciudad entre finales del siglo XIX y las primeras décadas del XX.

Desde la Antigüedad el agua estuvo vinculada a la purificación, las grandes religiones incorporaron abluciones y baños rituales como símbolo de limpieza espiritual, romanos y bizantinos elevaron el baño a una auténtica institución social.

Las primitivas termas romanas disponían únicamente de agua fría, aunque con el paso del tiempo evolucionaron hasta ofrecer complejos recorridos con piscinas frías, templadas y calientes, además de baños de vapor. Además, jugaron una importante función social, donde los ciudadanos trataban temas sociales y políticos, convirtiéndose también en una opción excepcional de ocio y recreo tanto para hombres como para mujeres, pero nunca juntos.

Aquella tradición sobrevivió en Constantinopla durante el Imperio Bizantino y fue heredada por el mundo islámico, donde los baños públicos continuaron desempeñando un importante papel social e higiénico. En nuestro país todavía permanecen algunos de los mejores ejemplos de esa arquitectura del agua, como el Baño Real de la Alhambra de Granada o los baños de Medina Azahara, en la Córdoba califal.

Con la llegada de la Edad Media, buena parte de Europa abandonó la cultura del baño heredada de Roma, la Iglesia desconfiaba de los antiguos baños públicos, considerados lugares propicios para la inmoralidad y el libertinaje. La pureza espiritual pasó a ocupar el centro de la vida religiosa, mientras la limpieza corporal quedaba relegada a un segundo plano, y unido al desconocimiento sobre la transmisión de las infecciones, nutrió durante siglos creer que bañarse abría los poros del cuerpo y facilitaba la entrada de dolencias.

La situación comenzó a cambiar a partir del siglo XVIII, el auge del pensamiento científico impulsó las corrientes higienistas, que defendían la limpieza como elemento fundamental para preservar la salud. Se puso entonces de moda "tomar las aguas", las clases acomodadas viajaban a prestigiosos centros termales como Bath, en Inglaterra; Vichy, en Francia; Baden-Baden, en Alemania; Saratoga Springs, en Estados Unidos, o La Toja, en España.

 

El gran impulso definitivo llegaría durante el siglo XIX, especialmente tras las epidemias de cólera que azotaron Europa, la sufrida por Londres puso de manifiesto la urgente necesidad de mejorar el abastecimiento de agua potable, y construir instalaciones destinadas al aseo público.

Mientras las familias más acomodadas comenzaban a instalar cuartos de baño con agua corriente en sus viviendas, la mayoría de la población seguía utilizando los baños municipales.    

En Cartagena, el desarrollo del baño marítimo estuvo condicionado por la propia configuración del puerto, hasta 1874 las olas rompían prácticamente junto a la muralla, dificultando la instalación de balnearios, la situación cambió con la construcción del nuevo muelle comercial, que ganó terreno al mar y fue inaugurado por Alfonso XII en 1877.   

 

Foto de 1872 por Jean Laurent, el mar al pie de la muralla, en la foto actual vemos que el relleno formó el muelle y el paseo de Alfonso XII.

Coincidiendo con esta transformación urbana, comenzaron a popularizarse los baños de mar, considerados por la medicina de la época como un tratamiento beneficioso para numerosas enfermedades.

La prensa local difundía con frecuencia las recomendaciones médicas sobre los beneficios del agua marina, el diario El Eco de Cartagena del 23 de junio de 1883, publicaba un extenso artículo en el que se aseguraba que el agua del mar regulaba la nutrición, fortalecía el organismo y ayudaba a combatir enfermedades crónicas. No obstante, advertía de que, al tratarse de un verdadero tratamiento terapéutico, los enfermos debían bañarse únicamente bajo prescripción facultativa.

Aquellas recomendaciones reflejan hasta qué punto el baño de mar era considerado entonces una práctica médica antes que una actividad recreativa.

1897 antiguo balneario que estaba frente a las antiguas puertas del muelle.

 

La moral imperante, sin embargo, imponía estrictas normas de decoro, los bañistas apenas podían mostrarse en público, por lo que se construyeron complejos sistemas de casetas de madera y pabellones separados por sexos.

El Balneario de la Misericordia, situado en pleno muelle de Alfonso XII, ocupaba más de un tercio del espacio destinado al atraque de los vapores mercantes. Tanto la Junta de Obras del Puerto como la Comandancia de Marina denunciaban continuamente los problemas que ocasionaban las casetas y las embarcaciones utilizadas para el servicio de baños.

 

 

Anuncio en el diario La Tierra de 1917, donde se ven las actividades del balneario San Bernardo

 

Las tensiones alcanzaron uno de sus momentos más delicados en el verano de 1887, el Ayuntamiento autorizó la instalación de los baños, mientras la Aduana se oponía por considerar que interferían con las operaciones comerciales del puerto. La disputa llegó hasta el punto de paralizar la descarga del vapor Solís, perjudicando al comercio cartagenero.

La prensa local criticó duramente la falta de entendimiento entre ambas administraciones y reclamó una solución que conciliara los intereses del puerto con los de los vecinos. Un año después, en 1888, otro enfrentamiento relacionado con la instalación de baños flotantes derivó incluso en un motín popular junto al muelle.

Ante la imposibilidad de mantener estas instalaciones en el corazón del puerto comercial, los balnearios comenzaron a desplazarse hacia los extremos de la bahía. Surgieron entonces establecimientos como San Bernardo, conocido popularmente como El Chalet, situado al pie del monte Galeras, y San Pedro del Mar, próximo al muelle de La Curra. El acceso a ellos se realizaba mediante pequeñas embarcaciones de pasajeros. Dos lanchas, la San Francisco y la Santa Margarita, comunicaban regularmente el muelle de botes con el balneario de San Bernardo.

Estos establecimientos respetaban las estrictas normas sociales de la época. El recinto se dividía en tres sectores perfectamente diferenciados: uno para hombres, otro para mujeres y un tercero reservado a matrimonios.

Sin embargo, aquellos balnearios eran mucho más que lugares destinados al baño, disponían de restaurantes, terrazas, habitaciones, orquesta para amenizar las veladas e incluso organizaban bailes y fiestas estivales. Algunos anuncios publicados en la prensa destacaban la existencia de servicio nocturno de embarcaciones hasta las cinco de la madrugada.

Anuncio en la prensa diaria del balneario de Los Nietos.

Con el tiempo, los cartageneros comenzaron a dirigir también su mirada hacia el Mar Menor. La falta de espacio y de instalaciones modernas en el puerto favoreció el desarrollo de nuevos balnearios en localidades como Los Nietos, donde abrió sus puertas el establecimiento de Santa Eloísa.

Postal del embarcadero del Chalet, situado en el muelle de botes, más conocido por “Muelle bajo”.

 

El creciente interés por los baños dio paso a nuevos proyectos empresariales. El 5 de mayo de 1902, el empresario Pedro Casciaro solicitó autorización al Gobernador Civil para “…construir en el ángulo Oeste del muelle de Alfonso XII un pabellón de unos 40 metros cuadrados para los bañistas que, en espera de la lancha de vapor, deseen ir al nuevo balneario titulado San Pedro del Mar, y construcción a la vez de una escala de madera para el paso del muelle a la lancha…”. La finalidad era ofrecer refugio a los viajeros que esperaban la lancha con destino a su balneario, una muestra de cómo el baño comenzaba a integrarse en los primeros servicios turísticos organizados de Cartagena.

 

Los balnearios de la bahía mantuvieron su actividad durante varias décadas, sin embargo, tras la Guerra Civil, esta marcó el principio de su desaparición y fueron desmontados, quedando únicamente algunos espacios populares como las barracas de Santa Lucía, la pequeña playa de San Pedro al inicio del rompeolas de la Curra, o en la zona del Chalet, mientras otros cartageneros continuaron desplazándose en bote hasta la playa de la Cortina, cuyo acceso terrestre permanecía restringido por su carácter militar.

Con ellos desapareció también una forma de entender el verano, donde el baño convivía con los paseos en lancha, la música en directo y las tertulias frente al mar.

La transformación de las costumbres también quedó reflejada en la moda, los primeros trajes de baño cubrían prácticamente todo el cuerpo y estaban confeccionados con abundantes tejidos, respondiendo a las exigencias morales de la época.

Con el paso de las décadas, las prendas fueron reduciendo progresivamente su tamaño hasta convertirse en los bañadores y bikinis actuales, símbolo de una sociedad mucho más abierta y despreocupada.

El término "baño" ha ampliado su significado con el paso del tiempo, hoy designa tanto el acto de bañarse como el cuarto de aseo de una vivienda. También forma parte del lenguaje coloquial para expresar una victoria contundente, "dar un baño" al adversario, e incluso recuerda un episodio histórico muy distinto, los llamados "baños de Argel", cárceles donde permanecían cautivos numerosos cristianos, entre ellos Miguel de Cervantes durante parte de su cautiverio.

La figura del bañista también ha cautivado a numerosos artistas, Pablo Picasso, Paul Cézanne, Enrique Grau, Armando Morales o el escultor Étienne-Maurice Falconet encontraron en el cuerpo junto al agua una fuente inagotable de inspiración, convirtiendo el baño en un motivo recurrente de la pintura y la escultura universal.

Hoy el baño forma parte de la rutina estival y rara vez pensamos en la larga evolución que ha recorrido hasta convertirse en un gesto cotidiano. Detrás de cada chapuzón existe una historia que atraviesa siglos de creencias religiosas, avances científicos, epidemias, transformaciones urbanas y cambios sociales.

En Cartagena, esa historia quedó escrita sobre las aguas de su bahía, allí donde un día convivieron vapores mercantes, casetas de madera y lanchas repletas de bañistas, nació una cultura del ocio que anticipó el turismo litoral moderno y convirtió el baño en mucho más que una necesidad: en un símbolo del verano mediterráneo.

                                                                                                                 Juan Almarza