ROGATIVAS Y CONJUROS EN EL CAMPO DE CARTAGENA

Juan Almarza

ROGATIVAS Y CONJUROS EN EL CAMPO DE CARTAGENA

 

 Con estos intensos calores que sufrimos en estas últimas semanas de julio, intentamos poder combatirlo gracias alventilador o al aire acondicionado. Cuando sobrevenía una ola de calor y sequía en la comarca de Cartagena, durante el transcurso de los siglos XVII y XVIII, debería serinsoportable para nuestros antepasados. 

¿Qué hace una comunidad cuando la sequía amenaza con destruirlo todo? o una plaga azota sus campos. Antes de la ciencia moderna, los infortunios no se combatían con tecnología, sino con fe, misterio y palabras impregnadas de un fervor antiguo. Así nacieron las rogativas y los conjuros;las primeras llenaban las calles de procesiones y plegarias desesperadas, las segundas por su parte se musitabanpara espantar tormentas o sanar males ocultos. 

  Estas dos caras de una misma moneda revelan la necesidad ancestral del ser humano de tomar el control de su propio destino a través del rito, la plegaria con el deseo de una fuerza capaz, al menos en la mente de quienes los pronunciaban, de doblegar la mismísima voluntad de la naturaleza.

La fe religiosa del pueblo llano, sumado a la exigua formación científica, ocasionará que sea una época de supersticiones, de creencias en los milagros, de conjuros, percibirán prodigios y presencias sobrenaturales en cualquier manifestación atmosférica, y aceptaran muchas curaciones como inexplicables. 

Si a todo ello se suman las prolongadas sequías típicas de esta zona con la consiguiente pérdida de cosechas, y añadimoslas terribles tormentas de granizo, y rematamoscon esas impresionantes plagas de gorriones, tordos y langostas. Es lógico pensar que sus habitantes acudieran en auxilio de lo que tuvieran más a mano, para intentar acabar con los diversos males que lesocurrían; y en muchos casos optaron por realizar procesiones y rogativas.

Pero eran todavía peor las atroces epidemias que asolaban a la población (peste, paludismo, tifus, fiebres, etc.), ocasionando una gran mortandad entre los vecinos. Cuando no había modo de frenarlas (imaginemos los conocimientos médicos de la época), entonces era frecuente ir en rogativa, es decir, hacer una oración pública a Dios para conseguir el remedio de sus males, o exorcizar/conjurar a la causa de sus fatalidades por medio de algún religioso experto en este tema.

Con estas ceremonias intentaban los vecinos aplacar la cólera divina, que creían los castigaba por los pecados cometidos de manera individual o colectiva, y son una expresión más de los rituales expiatorios o penitenciales que formaban parte de la vida cotidiana en aquellos años. 

La credibilidad en los conjuros, venia muchas veces por ser los propios vecinos testigos de su buen resultado, y podían testimoniar el poder sobrenatural del conjurador de catástrofes. 

Parece ser que en la época romano-visigoda se rendía devoción a una personalidad que suponían estaba enterrada en el cerro del Miral, junto al actual Monasterio de San Gines de la Jara, de hecho, hasta época muy reciente, los pobladores de la zona acudían al santuario para pedir protección ante los fenómenos atmosféricos (los labradores rogaban el fin de las sequías o el amparo contra el granizo, los pescadores pedían la defensa ante tormentas o naufragios, etc.).

El inicio de las rogativas católicas se reconoce en las letanías generales ordenadas por San Mamerto (†475d.C.), obispo de Vienne. Fue el primero en hacer procesiones rogativas en la Galia, hacia el año 470, para poner fin una gran proliferación de lobos y a una serie de calamidades naturales.

  Por todo lo expuesto anteriormente se hacían rogativas para múltiples necesidades, valga una muestra las realizadas en Cartagena en diversas fechas: 

- Sacan en procesión la imagen de San Ginés para suplicar la lluvia en 1574, en 1580 hay constancia de lo mismo ante la grave sequía que se padecía en la comarca.

 

En 1594 el Cabildo cartagenero llama al padre Castellano, para exorcizar la plaga de langosta que estaba destruyendo lascosechas, pagándosele 200 reales de limosna.

- El 16 de abril de 1622, se procesiona a San Ginés con la Virgen del Rosell, y la de Los Remedios, para implorar la lluvia, Acompañan al cortejo los Regidores, frailes, clérigos y el pueblo. Hay constancia del gasto ocasionado por la ceremonia religiosa: 896 reales por el consumo de 163 libras de cera. (Arch. Mun. De Cartagena caja 242, exp.2).

- El dos de noviembre de 1647, día de difuntos en Cartagena, una procesión conduce la imagen de San Roque desde su ermita (hoy calle del Carmen esquina calle San Roque) hasta el convento de Santo Domingo, en rogativas de agua y contra la epidemia de peste que se padecía.

- Desde 1663 la falta de lluvia había provocado una miseria espantosa, tras siete años sin venir agua del cielo los campesinos no tenían nada para comer. En 1670 se realizó un novenario de rogativas trasladándose la imagen de San Francisco al convento de San Ginés, llovió tanto, que las cosechas de aquelaño fueron las mayores que se recordaban, y con un beneficio enorme para los campos. Considerándose un milagro lo sucedido, se creó una cofradía que daría culto a la venerada imagen.

- En la rogativa que se efectuó en el año 1762 ocurrió un suceso trascendental, la lluvia no cayó tras la procesión de la Virgen del Rosell y los Cuatro Santos, y en cambio el aguacero se presentó torrencialmente al sacar a la nueva imagen napolitana de la Virgen de la Caridad que había llegado a la ciudad el 17 de abril de 1723.    

- Para que llueva en 1789, el Concejo se gasta 700 reales en la comitiva para el pago de cera y otros. (Arch. Mun. Cartag. Caja 92-exp. 28). Gracias a las rogativas de la Junta del Santo Hospital de la Caridad a la Virgen, apareció la lluvia y los cultivos se pudieron salvar.


 


 

 

De nuevo, el 20 de abril de 1821, se produce otra gran sequía, los vecinos de la ciudad organizan una procesión con la Virgen de la Caridad y una gran misa en la que apareció la lluvia cuando finalizó. 

Un brote de cólera apareció en la ciudad en 1855, desapareciendo a los dos días de comenzar otras rogativas a la Patrona de Cartagena. 

  Las rogativas no es solo cosa del pasado, en 1947 en Madrid, sacan a la calle el cuerpo incorrupto de San Isidro para implorar al cielo que llueva. La sequía que asolaba todo el país era insufrible y el Gobierno decide exhibir en la calle el cuerpo de San Isidro Labrador, patrón del campo, siendo presidida la procesión por la representación del Jefe del Estado, el ministro de agricultura, y acompañándole un amplio número de autoridades eclesiásticas, civiles y militares. Recojo la crónica que años después se publicó en el periódico la Hoja Oficial del Lunes de Madrid (23 noviembre de 1959):

“La última vez que vieron los madrileños el cuerpo incorrupto de su santo Patrono, rodeado por una guirnalda de flores, fue en 1947, cuya primavera, sin lluvias y sin temperaturas beneficiosas para el campo, anunciaba una cosecha desastrosa.

 Los millares de fieles que pasaron por delante de la urna donde San Isidro reposaba con una mantilla de tisú azul, bordada en oro, con las armas de la Villa, colocada encima de su vientre, se dieron cuenta perfectamente de la gigantesca estatura que debió de tener el venerado labrador… En 1947, el patrono de Madrid fue llevado en procesión, pobló los cielos de nubes y trajo de nuevo la lluvia sobre nuestras sementeras…”

 

Se conjuraba también con las campanas, con el propósito de romper las nubes que presagiaban tormenta con la consiguiente caída de pedrisco, y principalmente para reclamar a los cielos la tan ansiada lluvia, con la bendición para las futuras cosechas. También se utilizaban para ahuyentar todo tipo de males: desde epidemias hasta las lluvias torrenciales, y lasinundaciones desastrosas para el campo.

De todas las plagas, sin duda era la de la langosta la que afectaba más duramente al Campo de Cartagena. La especie de langosta más frecuente como plaga es la Daciostaurus maroccanus o langosta común. Desde la Antigüedad se conocía el azote anual de la langosta a la provincia Cartaginense. Las leyes visigodas hablan de estas plagas: "Propter lacustarum vastationen adsiduam". 

Por la influencia del clima seco, y ser tierras de secano, la langosta ponía sus puestas a finales del verano, y eclosionaban al comenzar la primavera, la extensión del terreno no cultivado y la virulencia de la posible plaga tenia relación directa, ya que los cultivos de regadío eran pequeños.  Cuando se descubría una posible plaga, se labraba la tierra para poder recoger los canutos de las puestas y pegarles fuego. Al estar al descubierto las puestas, los animales tanto de granja como las aves, también daban buena cuenta de ellas. Los concejos municipales en caso de posible plaga, pagaban una cierta cantidad por la recogida de la langosta y sus puestas.

Los pájaros, beneficiosos para combatir la langosta, en algunos momentos podían adquirir ellos mismos las proporciones de plaga por su gran número. Las más frecuentes eran las de gorriones, devorando las cosechas de cereal, uva, aceituna y frutales. En 1376, hubo tal gran cantidad de gorriones "que fazen muy grandes daños en los panes" y el concejo de Murcia pagaba cinco maravedíes por cada mil pájaros cazados. A principios del siglo XVI se pagan cinco reales y medio por quinientos pares de pies de "paxaros gorriones, los quales se quemaron" (Torres Fontes, 1981). Los tordos también constituían a veces una plaga y eran cazados porque además se consumían asados a la brasa. 

El más famoso y conocido fue el llamado “Conjuro de los gorriones”, detallado por Federico Casal en sus “Estampas Cartageneras del siglo XVIII” y por Isidoro Martínez Rizo en sus “Fechas y fechos de Cartagena” que asimismo también lo data el 28 de febrero de 1734: En ese año se preveía una magnifica cosecha de cereales, ya que las lluvias habían caído a tiempo, y se contemplaba el campo de Cartagena de un matiz verde, desde las lindes de la cercana Carrascoy hasta la misma falda de la muralla de Cartagena, por la enorme cantidad de granos en sus lozanas espigas, estampa que hace muchísimos años no recordaban los viejos del lugar.  Un día, ante el asombro de los labriegos, vieron obscurecerse el cielo por inmensas bandadas de gorriones, que se precipitaban sobre las cosechas destruyéndolas. Recibieron avisos que la mismasituación estaba sucediendo en Murcia y Lorca, con laconsiguiente pesadumbre de todos, cuando esperaban ver ese año sus graneros repletos, del tan ansiado tesoro que portaban los cultivos.

 

Tomó medidas el Ayuntamiento ante las quejas y protestas de las gentes, y se decidió formar pelotones armados para perseguir y matar a las aves que tanto daño producían. Todos los vecinos de los pueblos que componían la jurisdicción de Cartagena, participaron en tan gran cacería, llegándose a pagar seis reales de vellón por seis docenas de gorriones.  Pese a ello, cada día había más gorriones, ni las armas de fuego, las redes, ni la liga como pegamento, nada hacíaaminorar la terrible plaga. Ante ello las quejas volvieron a sucederse ante el Cabildo, y este decidió mandar a Juan Antonio Garre, propietario de una galera, con una carta dirigida al franciscano Fernández de la Cruz que residía en Murcia, para que se sirviera venir a Cartagena y conjurar a los gorriones para abandonar la comarca.

 

A los pocos días se presentó en Cartagena el citado franciscano, se procedió con la mayor rapidez a formar una procesión con toda la parafernalia de le época: soldados de Marina con banda de trompetas y tambores, infinidad de personas del pueblo marchaban en filas llevando hachones encendidos rezando el rosario, todo el clero parroquial que llevaban bajo palio al Padre Fernández de la Cruz, y el Ayuntamiento en pleno con sus maceros y alguaciles.

Llegaron a los arrabales de la ciudad, a una huerta donde se había levantado un pequeño altar, se dijo una misa. Tras ella el sacerdote roció el campo con agua bendita en todas direcciones y dijo el siguiente conjuro: “En nombre de Dios y en su santo poder, para que en el término de veinticuatro horas desaparecieran (los gorriones) del campo de Cartagena bajo pena de excomunión mayor”. Dicho esto,tornó la procesión a su lugar de origen, y… ¡asombro! a los dos días no quedó un gorrión en toda la comarca. 

Pese a lo acreditado con estas experiencias, cuando las calamidades eran grandes las autoridades locales recomendaban atacarla con todos los medios disponibles, además de los conjuros. Es decir, aplicando el refrán “A Dios rogando y con el mazo dando”. 

Siempre cuando solicitamos o deseamos algo, volcamos nuestro deseo en que llegue a cumplirse lo invocado, en caso contrario puede acaecernos la desesperación en sus variadas formas. Como anécdota, un ejemplo sería elsiguiente: en cierto pueblo castellano ocurrió un caso curioso, sus habitantes echaron el Cristo al río porque, a pesar de sus rogativas en procesión pidiendo lluvia, ésta no llegaba. Hay una copla que rememora este suceso, según el “Diccionario Geográfico Popular” de Gabriel María Vergara Martín (Madrid 1923):

 

No he visto gente más bruta

que la que hay en Alcocer,

que echaron el Cristo al río

porque no quiso llover.

 

Desde hace casi dos siglos, las rogativas han ido perdiendo peso cultural hasta quedar prácticamente relegadas al olvido, siendo hoy un recurso excepcional ante la necesidad. Este declive no es casual, estuvo ligado a la pérdida de su eficacia como herramienta para poder apaciguar al pueblo afligido.

A lo largo del siglo XIX, la ciudadanía transformó su respuesta ante las crisis. Frente a las hambrunas, la fe resignada cedió el paso a la acción directa, la gente comenzó a recurrir con mayor frecuencia a las protestas y levantamientos contra las autoridades municipales para exigir el reparto de alimentos.

Del mismo modo, hacia finales de esa centuria, las comunidades cambiaron su estrategia ante las epidemias. Los municipios dejaron de encomendar la salud pública a santos y vírgenes para confiar en la ciencia. Se impusieron restricciones de movilidad para evitar contagios y se priorizó la intervención médica, la farmacopea y la aplicación de rigurosas medidas de higiene pública. De esta forma, la fe dogmática fue siendo sustituida por el pragmatismo y la razón.

 

                                                                                   Juan Almarza Pozuelo