El tren, la velocidad y el tocino
Esta vez nada tienen que ver las Comunidades Autónomas. La tragedia ferroviaria nada tiene que ver en esta ocasión con las autonomías. Esta vez nos ahorramos las insoportables porfías sobre qué administración del Estado tiene responsabilidad. Esta vez el ministro más dicharachero, tuitero y chascarrillero no puede bajarse del tren de la responsabilidad de sus competencias. ADIF, el organismo del que dependen las infraestructuras y seguridad ferroviarias, son de competencia exclusivamente estatal. Y está bien que así sea, no sólo porque la multicompetencia en los asuntos empeora el manejo y diluye las responsabilidades, no solo porque así podemos contemplar al ministro dispensador habitual de sonrisas y buen tono, el pucelano Oscar Puente, coger los cuernos de esta patata caliente. No solo por eso, sino sobretodo por otro motivo.
No hay muchos asuntos que deban ser estatales en exclusiva, pero la red ferroviaria es una de ellas. El Estado debe ser quien garantice la más importante vertebración en comunicaciones de España. Nada más solidario que hacer que los ferrocarriles funcionen bien, y que el tren llegue a esos sitios donde no sería rentable según criterios de pura rentabilidad económica. El tren debe llegar y debe parar en muchos sitios de manera no rentable, pues es una manera de decir a esos ciudadanos de la España vaciada: tú también me importas. El ferrocarril, tan importante para el desarrollo y vertebración de una nación.
Conocí hace años a un abuelo contar que su padre le sacaba alguna vez de la clase del colegio para… llevarlo a ver el tren. El recuerdo de ese niño de la postguerra española contemplando desde una pequeña cuesta del pueblo la perspectiva del avance inexorable de la locomotora con sus obedientes vagones. El tren, el paradigma de la revolución industrial, la conversión del carbón en fuerza motriz. ¡Pocas cosas más docentes y placenteras para un niño de siete años de un pueblo de Castilla la Vieja que contemplar el paso del tren! Aquellos versos de Machado Antonio: El tren camina y camina, / y la máquina resuella, /y tose con tos ferina. / ¡Vamos en una centella!
El tren, el factor de la estación con su gorra roja y su silbato, esas ciudades cuya historia no sería igual sin sus cruces de vías y trenes: Miranda de Ebro, Venta de Baños, Alcázar de San Juan, Linares-Baeza.
Hablar del tren de alta velocidad es un poco oxímoron. Lo primero porque hace treinta y cuatro años que el AVE comenzó en España y sin embargo, en Cartagena y en muchos otros sitios no vimos aún ese tal AVE. De todas formas, no deja de ser una paradoja que hayamos querido hacer competir al tren con el avión. La velocidad es lo propio del avión, que desobedece a la gravedad, que se enajena, que quiere estar en las nubes; el tren es para ir bien pegado al suelo, saboreando su recorrido y mirar los arbolitos pasar- Machado dixit-. En el tren pasan cosas, suceden historias. Ahora somos más individualistas en el tren y en todo; viajamos modernos, sofisticados y un poco petulantes. Queremos que el tren vuele, pero el tren exige llevar sus pies en el suelo, llevar sus hierros en tierra. Ferro-carril. No hace demasiadas décadas, yo lo recuerdo bien, ir en tren era entrar en un compartimento sin saber qué te ibas a encontrar. Quizá una pareja de novios embelesados, una opositora pálida volviendo a su casa, o dos quintos de permiso tras jurar bandera. Me siento aún en mi asiento, joven universitario, mirando por la ventana entre Castilla y Navarra, viendo cumbres algo nevadas de algún monte del Sistema Ibérico. De vez en cuando se abría la puerta, uno salía, otro entraba, y saludaba, y te ofrecía sus viandas. - ¿Gustan? – No, gracias, ya hemos comido. El tren tenía más sabor y menos velocidad, más prosa y menos prisa.
Meditar estos días de desgracia, pensar en esos sufrimientos, imaginar por un segundo los cuerpos maltratados por esos brutales hierros retorcidos, vagones doblados, caídos, reventados, como si fueran de juguete, pensar en tantas vidas y proyectos truncados, tristezas sin consuelo. No hay palabras. Ahora escucharemos a los técnicos, sus informes, al político- jabalí de turno. Los escucharemos algo escépticos, sabiendo que nada puede devolver a la vida a los desafortunados, atenderemos sin comprender tantas cosas, extrañados, como las vacas miran al tren.
Estamos asustados, necesitamos recuperar la ilusión para poder volver a viajar y recuperar los versos de Juan Ramón:
Los vagones van detrás/como un sueño que se escapa /por los raíles.
(…)
La vieja locomotora / me lleva lejos / a un mundo nuevo / de aventuras y de sueños.