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PENSANDO EN VOZ ALTA: “PENSANDO EN VOZ ALTA“

PENSANDO EN VOZ ALTA

PENSANDO EN VOZ ALTA

No sé con exactitud por qué bauticé esta columna con el título “Pensando en voz alta”. Muy posiblemente la respuesta esté en que no quiero estar solo con mis pensamientos y sí compartiéndolos con todos ustedes. Ahora bien, todo escrito tiene una cara y una cruz. La cara, está claro, de un artículo es el artículo mismo, lo que en él se dice. Lo que mis apreciados lectores leen no tiene doblez ni antifaz, es lo que es. Pero ¿y la cruz? El escribir es como lanzar una moneda al aire, moneda que puede caer al suelo tanto de cara como de cruz y siempre hay discusión o se plantea un problema. Una de las cruces es que cualquier cosa que yo diga, leída, resultará una evidencia imborrable del espíritu de quién escribe, o sea mío, de mi modo de pensar, de mi carácter y hasta, iba a decir, de mi filiación. Pero ya saben quienes me conocen, y más de una vez lo he expresado, que tengo Documento Nacional de Identidad porque es obligatorio y ninguna filiación.

La fuerza que tiene lo escrito es que está uno en persona, estamos nosotros mismos, y tenemos el deber de tener la razón de nuestro lado… ¡pero es tan difícil! Tengan en cuenta que todo lo que se deja escrito se constituye de pronto en inmutable jurisprudencia en contra de quien lo expresa. Pienso que para evitar discusiones lo ideal sería que la moneda cayera siempre de canto, pero nunca ocurre así.

Advierto, no obstante, que en el momento de empezar estos pensamientos no tenía la menor pretensión dialéctica. No me siento, cada semana, frente al folio a pontificar, sino a descansar mi espíritu, a relajar mi mente, a aportar un minúsculo grano de arena a la casa común de las consciencias inquietas. Grano de arena, que las más de las veces, desaparecerá en el vendaval diario de la celeridad.

Ha pasado un tiempo desde que comencé a pensar con todos ustedes. Sigo sentado en la silla que, poco a poco, se ha ido amoldando a mi estructura -no se escribir en otro sitio-. He de reconocer que cada día me solazo en ella y prolongo mis horas en su grupa. Como diría mi admirado Ignacio Agustí: “No es convalecencia de jubilado, es mejor que un merecido descanso de hombre de club”.

Si pudiera ojear todos los escritos, podría contemplar mi propia imagen, desde su intimidad, moverse, agitarse. Aunque, en general, estas pequeñas piezas que he ido publicando, y seguiré hasta que pueda y me permitan, pretenden una cierta objetividad, en todas ellas se ha filtrado algo de mis consecutivos estados de ánimo. Los hay de todo tipo… humor, actualidad, enfado… y mucho sentimiento de soledad. No somos de piedra, no somos inmutables, temblamos con el frío y exudamos con el calor. Y eso distinto que vamos siendo cada instante, se refleja en la tinta que da forma a cada palabra. Es curioso que viendo lo que llevo escrito, lejos de avejentarme me produce una sensación de bienestar, juventud y tiempo aprovechado.

En líneas anteriores he escrito “jubilación” y “avejentarme”; pues bien he de decirles que la cuestión de la edad no me preocupa, pero no hay duda que me produce una cierta zalamería, casi femenina, el hecho de participar en una empresa de comunicación que es evidentemente más bisoña que mi propia edad. Por otro lado, el contacto con gente más joven le hace a uno sentirse más pipiolo.

Yo pido desde aquí una cierta mesura y tranquilidad al observar las circunstancias que nos rodean. Recapacitemos, y con las urgencias hagamos como el viejo Llimona, el cual al recibir una carta con el timbre de «Urgente» la metía sin abrir en el bolsillo y afirmaba: «Mañana lo será más», pues eso… yo, entre más o menos urgencia, seguiré pensando en voz alta.

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