Rincón literario de Paco Marín

Rincón Literario de Paco Marín: “El ruido que nos separa”

TÍTULO:     El ruido que nos separa

AUTOR:      Pedro Aranda

EDITA:       Librosindie (2019)

Encuadernación: Tapa blanda. Tamaño: 14 x 21 cm. Número de páginas: 290. PVP: 17,00 €. ISBN: 978-84-17721-85-5

Es muy difícil encontrar, en una primera obra, una estructura tan completa y compleja tal y como lo consigue Pedro Aranda en su novela El ruido que nos separa. Es una redacción hecha a base de historias, en principio dispersas, que se desarrollan en distintos puntos del planeta que, poco a poco, convergen en un mismo punto. Amor, venganza, rencor, arrepentimiento y mucha culpa.

El ruido que nos separa, es una novela coral de historias (o más bien secuencias aparentemente aisladas) que se desarrollan en distintos lugares y épocas, donde los clichés propios de la novela negra y del romanticismo clásico de tinte más cinematográfico se ven desmontados por una suerte de surrealismo costumbrista que termina por redefinir los géneros. El autor dibuja con precisión esta novela fragmentada y adictiva en la que el lector se ve irremediablemente atrapado en el tejido que va cosiendo cada una de estas particularísimas historias donde el amor, el arrepentimiento y, por qué no, la sordidez, están condenadas a cristalizar en un destino tan inevitable como absurdo.

El ruido que nos separa profundiza en el peso arrastrado por la mala toma de decisiones, en la existencia de algo parecido a la redención, y en cómo convivir con todo aquello que, Dios sabe por qué, decidimos llamarlo «culpa».

Pedro Aranda (Cartagena, 1979) es ingeniero industrial en una empresa de la localidad. Mi nuevo rol está más relacionado con seguimiento de ventas y objetivos a los equipos comerciales, por lo que hay temporadas que suelo pasar una semana al mes en Holanda. 

Compagina su afición por la lectura de los clásicos americanos y el realismo sucio iniciado por Salinger, Thompson y Cheever y continuado por Carver, Ford o Foster Wallace, con su admiración por autores nacionales como Ray Loriga o Luis García Montero, a los cuales no ha dejado de seguir a lo largo de toda su obra.

Charlamos, largo y tendido con Pedro Aranda… Gracias…

P.- Por favor, presente a Pedro Aranda.

R.- Son casi las seis y media de la mañana. Un camión de basura activa el mecanismo por el cual un brazo articulado voltea hacia una tolva un contenedor de una calle de Cartagena. El ruido de las cuchillas Packerpara compactar la carga asusta a un gato que duerme bajo el contenedor y sale corriendo desorientado hacia una carretera provocando el frenazo del coche de un operario de planta que vuelve del turno de noche y que, por suerte, ha reaccionado a tiempo. Sin embargo, el sonido involuntario del claxon como consecuencia del movimiento brusco del automóvil, se filtra por la ventana mal cerrada del primer piso de un edificio cercano, despertando a su inquilino, que enciende la luz de la mesilla de noche y se percata de que todavía le falta una hora para levantarse. Como se conoce muy bien, sabe que ya no va a poder volver a dormirse, así que decide levantarse e ir a la ducha. Mientras se echa el champú, parte del cual le cae en el ojo derecho al estar todavía adormilado, piensa que todavía es muy pronto para empezar su jornada de reparto de refrescos por los bares de la ciudad, los cuales estarán todavía cerrados, así que hace tiempo llevando la furgoneta a echarle gasolina. Allí, se fija en que se encuentra muy sucia y se entretiene lavándola por fuera, y limpiándola con un trapo por dentro. No se da cuenta (posiblemente porque todavía no puede abrir del todo el ojo derecho ya que le sigue escociendo por el champú) de que, sin quererlo, ha dejado ciertas partículas de polvo en suspensión dentro de la cámara de la furgoneta, algo que para su sistema respiratorio es imperceptible, pero que para alguien con asma y alergia al polvo y a los ácaros como es el dueño de la primera cafetería donde va a hacer el reparto, resulta terrible. Y es al abrir éste la puerta trasera de la furgoneta para ayudar a descargar las cajas de refrescos, cuando los pulmones se le cierran, empieza a emitir un determinado sonido agudo a modo de pito al respirar por la boca, y comienza a estornudar de manera incontrolada. De esa tos le salen gotas de saliva acompañadas de una viscosa mucosidad que él piensa que ha orientado en su totalidad al suelo, aunque parte de la emisión ha caído sobre un pequeño tarro de frutos secos que hay sobre la barra, y que lleva poco después junto con un Bitter Kas a un cliente que se encuentra en la terraza leyendo un periódico y que coge, sin mirar, un primer puñado mezcla de avellanas, almendras y crujientes kikos, el cual se mete a la boca, mientras repasa atentamente las polémicas arbitrales de la última jornada de la segunda división de la liga holandesa. Ese cliente, que ejerce su oficio de ingeniero en una empresa de la ciudad, y que ese día se encuentra de vacaciones disfrutando de los días que le quedan por gastar correspondientes al año anterior y que ha notado cierta textura gelatinosa en esos frutos secos pero que no logra identificar el origen y que se lo termina tragando, se llama Pedro Aranda. De él han dicho que cuando te habla parece que el centro de gravedad de su cuerpo se hubiera desplazado a un punto exterior al mismo. Cuentan que una vez expulsó a un ladrón de una casa, y que no posee animales ni dentro ni fuera de la nevera. No siendo particularmente amigo de sus amigos, su intensidad emocional suele decaer tras el primer contacto cualquiera que sea la naturaleza del mismo. Tuvo numerosas ocasiones de ser feliz.

No materializó ninguna.

P.- ¿Desde cuándo escribe? ¿Por qué escribe?

R.- Me interesa mucho la segunda parte de su pregunta, aunque comenzaré por la primera. Yo creo que lo he contado ya alguna vez. Empecé escribiendo de adolescente, supongo que, como todos, cartas de amor a la chica que te gustaba y que, como es lógico, nunca obtenías respuesta. Llegué incluso a desarrollar un complejísimo sistema de ecuaciones diferenciales que aprendí en clase de álgebra que me permitía conocer con un 99% de precisión las posibilidades reales que tenía de que me contestara a alguna. Y yo me aferraba a ese 1% que todavía me daban las estadísticas. Tardé mucho tiempo en comprender que indiferencia e interés son inversamente proporcionales, como que toda ecuación necesita una constante. Y en mi caso, la constante de la ecuación era su ausencia (elevada al cuadrado). Hace poco, precisamente, me acordé de ella y la busqué en Facebook. Y la encontré. Y por lo que vi, se ha ido a vivir a una isla del Pacífico occidental. Está muy guapa, la verdad. Y muy lejos.

En cuanto a por qué escribo, es algo que ni yo mismo me explico. Cada vez me agobia más el pensamiento de que el tiempo se va, y que hay cosas más fascinantes que estar encerrado en una habitación, tú solo, escribiendo delante de un ordenador. Lo que pasa es que a mí no me gusta ninguna de esas cosas. Hace poco me asusté porque después de un largo tiempo escribiendo y, por tanto, sin salir, quedé con un amigo para tomarnos una cerveza y acabé pidiendo una tarrina de turrón. ¿Sabe? Me aterra la idea de que en la próxima cita que tenga, pida que me echen anís al café, o que, si alguien me llama por detrás, en lugar de girar el cuello, tenga que girar la espalda entera. No sé si me entiende. Pero, como le digo, no hay muchas más cosas que me gusten hacer. Y en las que me gustan, soy un completo negado. Ojalá supiera tocar un instrumento musical, aunque fuera el triángulo, y tener una banda indie.

No sé si he contestado bien a su pregunta. Creo que no.

P.- ¿Cuándo, cómo y por qué nace El ruido que nos separa?

R.- Yo estaba, en realidad, escribiendo otro libro que empezaba a ser muy autolesivo, ya sabe, con mucho tinte autobiográfico, mucha descripción de una relación tortuosa que acaba rompiéndose y todos esos clichés. Lo que pasa es que le estaba dando no solo el enfoque personal, es decir, tal y como lo vi yo, sino también desde el punto de vista de la otra persona, para que el lector tuviera las dos versiones, y ya él o ella decidiera quién tenía razón, como el programa ese de “Veredicto” que daban antes en la televisión, en el que un juez escuchaba atentamente las explicaciones de las dos partes, y luego se pronunciaba dictando unas sentencias extrañísimas, como el del caso de esa señora que se subió con el coche a la acera para adelantar a un autobús escolar un martes por la mañana, y luego el juez la ordenó a pasar de pie cada martes a esa misma hora durante un mes con un letrero que decía: SOLO UN IDIOTA CONDUCIRÍA POR LA ACERA PARA EVITAR UN AUTOBÚS ESCOLAR. Pero a lo que voy… En el libro, cuando narraba lo que había pasado desde el punto de vista de ella, empecé a describir sus motivos. Y, de pronto, me vi que estaba empezando a contemplar la posibilidad de que, en el fondo, tal vez ella tuviera razón. Así que decidí abandonarlo por otro que me resultara más agradable y que me diera siempre la razón a mí. Estoy hablando de hace, quizás, cinco años. Pero fue hace no más de dos cuando me puse en serio a vestirlo. Cambié de puesto dentro de la empresa, y tenía que viajar mucho en avión. Y a mí me da pánico volar. No se imagina cuánto. Así que, para tener la mente ocupada y evitar mirar de reojo por la ventanilla cuando escuchaba algo parecido al ruido que hace un motor cuando se para a cuarenta y dos mil pies, intensifiqué mi actividad como lector, y me contagió las ganas de terminar la novela. Por cierto, a modo de anécdota, le diré que si bien empecé el libro hace cinco años, lo terminé una semana antes de pasarlo a edición. Fue algo así como esas películas de catástrofes en las que todo el mundo en sus casas sabe que el protagonista se va a salvar salvo, precisamente, el propio protagonista, al que se le ve empapado en sudor en una habitación con el aire viciado, tratando de decidir, sin ningún conocimiento en electrónica más allá de su intuición, qué cable cortar, mientras un reloj con números en rojo hace una cuenta hacia atrás lentísima que se para a falta de dos segundos. Y, de pronto, tras la mirada cómplice de los protagonistas y su sonrisa ya más relajada, aparece un perro, al que creían muerto desde mitad de la película, moviendo el rabo y abrazando a la dueña, ignorando por completo a quien ha desactivado la bomba nuclear.

P.- ¿Cómo se ha documentado? ¿Confeccionó algún tipo de ‘croquis’ antes de redactarlo?

R.- Esta vez voy a empezar por el final. La respuesta es un sí rotundo. Conforme vi que la trama iba creciendo me resultó necesario crearme una guía con los personajes que salen, los capítulos en los que aparecen, la edad que tienen en cada uno, y cosas así. Luego, en el libro, y para que la gente no se pierda, ya intercalo de una manera más o menos evidente friendly reminders cuando vuelven a salir después de un tiempo sin hacerlo. Me gustaría decir que tengo una pared de pizarra enorme en una casa, no menos enorme, en el bosque con hermosas vistas a un lago y con un peludo y perezoso perro San Bernardo a mis pies, en la que escribía con tiza los nombres de los personajes y luego pintaba flechas de unión entre ellos, pero la realidad, como todo en la vida, es menos romántica que todo eso. Lo hice en una hoja Excel, en mi casa de Cartagena, con vistas a una pared (con un cuadro de Jim Morrison, eso sí) y los únicos ladridos que escuchaba eran los del molesto perro de la vecina viuda del edificio de enfrente, que es un pequeño y, que dios me perdone, feísimo Chihuahua al que llama, no me pregunte por qué, Carmelo.

En cuanto a si me he documentado… A ver… no estamos hablando de un libro de divulgación científica, ni cosas por el estilo. Quiero decir, que tampoco había que buscar mucha información. Pero sí que es cierto que aparecen numerosas historias y personajes que pueden parecer inventados, aunque no es del todo así, salvo el Señor Primavera, claro. Y eso me pasa por falta de imaginación, que es un defecto de fábrica, por el cual soy incapaz de aguantar más de diez minutos viendo, por ejemplo, “La guerra de las galaxias”. Mi mente no entiende que haya un perro que va tripulando una nave y hablando con Harrison Ford. Lo que quiero decir es que no soy muy bueno inventando un personaje de la nada. Todos se basan, por decirlo de alguna manera, en cosas que yo he visto o he escuchado (en un taxi, en la peluquería o en la cola del baño de un bar), si bien, normalmente, los glaseo mucho y a cada uno de ellos le meto historias que han vivido varias personas, así que, en realidad, lo que estoy creando es un monstruo que contiene lo peor de cada casa. Por ejemplo, en el libro, hay un asesino que trata de ligar con una camarera y que, poco después, se deja ver en un club de intercambio de parejas. No desvelo nada. La manera tan torpe con la que trata de ligar con la camarera la saqué de mi experiencia personal, y el detalle que explico de lo que ocurre en el club de intercambio de parejas me lo contó un amigo…

P.- ¿Por qué usa como pegamento, nexo de unión, el boxeo?

R.- Quería jugar todo el rato con los contrastes y mezclar una serie de ingredientes aparentemente irreconciliables, como compasión, violencia, amor, humor negro, venganza, arrepentimiento, etc, En definitiva, generar rechazo y atracción al mismo tiempo. Y necesitaba el decorado adecuado para que todos esos elementos convivieran a la vez de una manera natural. Y bueno, ya sabe lo que se cuenta de ese mundo oscuro que hay en torno al boxeo: amaños, agentes de dudosa reputación, púgiles sonados, apuestas, amenazas y un largo etcétera. (Espero, como comprenderá, por mi integridad física, que ningún boxeador lea jamás esta entrevista). Y me interesaba mucho, en contraposición, reflejar también todo eso que no se ve y que la gente no se imagina que exista, como es, en el caso del libro, un boxeador al que le gusta bailar canciones de amor con su mujer, un entrenador duro al que, por otro lado, le gustan los transexuales, o un agente con un cargo de conciencia eterno por estafar a su cliente.

Supongo que lo que quiero decir es que, si hubiera encontrado todos esos ingredientes en, no sé, la petanca, quizás hubiera usado la petanca como escenario principal de la trama.

P.- Tres ediciones… ¿Sorprendido?

R.- Mucho. Porque, además, llegué a la tercera edición en el tercer mes. Y ahí me he quedado, por cierto. Es cierto que, a quien me conoce, no le ha extrañado en absoluto que haya escrito una novela. De hecho, por decirlo de alguna manera, yo ya había hecho “la mili”. Quiero decir, había subido textos a mis redes sociales, colaborado con blogs, etc. Algo, evidentemente, no demasiado serio, pero que ya puso en la pista a la gente de que tarde o temprano me pondría a trabajar en empresas mayores. Y es esa gente la que, en su mayoría, ha comprado la novela. Sí que es cierto que ahora que el libro ha cumplido seis meses y la editorial me ha mandado el reporte de ventas, el número vendido en librerías es sorprendentemente alto. Me pregunto quién en su sano juicio, sin conocerme de nada, se ha acercado a una librería y se ha hecho con un ejemplar. Y ahora lo que me ocurre es que desde que leí el reporte, cuando salgo a la calle, tengo la sensación (que solo existe en mi mente, por cierto, de que la gente me mira. Quiero decir, que no es real, que no me mira nadie, pero supongo que es la misma sensación que sentían esos escritores que venden tantos libros cuando les dieron el primer reporte de ventas de su primera novela), lo que ocurre que en mi caso ese número que para mí es extremadamente alto, en realidad, si lo comparamos con el de esos otros escritores, hablamos de la mitad de ejemplares que sus editoriales les dan el primer día para repartir entre familiares y amigos. Luego la sensación que yo tengo en la calle no es como la que tendrían ellos, que seguramente se sentirían como estrellas del rock, sino, más bien, en mi caso, la sensación que tengo es algo así como la de ese ayudante de cámara de una televisión local al que enfocan por error en el programa de Fin de Año durante la emisión en directo, y que muy poca gente se fija en ese momento, pero que luego, en los canales por cable aparece siempre en los programas de zapping, incluso años después, de modo que lo que en su día fue una anécdota, ahora es una burla, y su cara le empieza a resultar familiar a la gente, como a esa chica que le presentan en un bar y que lleva pantalones apretados sin bolsillos, y que le dice que su cara le suena de algo pero no sabe de qué. Y que luego, cuando cae en ello o alguien se lo cuenta, finge que mira el reloj para dar la conversión por terminada.

Pues esa es la sensación que tengo yo ahora cuando salgo a la calle desde que me hicieron llegar mi primer reporte de ventas.

P.- Prefiere en sus novelas ¿psicología o sangre? ¿Cual es su arma favorita a la hora de matar?

R.- ¡Qué pregunta! ¿Usted cree que alguien de Recursos Humanos de mi empresa leerá alguna vez la respuesta? No sé si debería… En fin. Bueno, en la novela hay un par de escenas altamente sangrientas, quiero decir, que no es nada psicológico, es un acto físico con todas las letras. Sin embargo, es cierto, que a mí me interesan mucho más los juegos mentales para acabar con alguien. De ahí la figura del Señor Primavera. Me apasiona desde hace mucho tiempo todo ese rollo de los experimentos que hacían en la guerra fría los americanos y los rusos con los cerebros de la gente, y que luego, esas personas, o acababan completamente zumbadas golpeándose ellas solas la cabeza mientras se balancean en una silla de mimbre con una manta sobre las piernas haciéndose sus necesidades encima, o bien los científicos eran capaces de manipularlas y hacer con ellas lo que quisieran, como mandar rajar el cuello de alguien al grito de “ésta para ti, mamá” mientras ellas en su mente pensaban que estaban cortando una rodaja de sandía a su madre después de comer. Y en la novela, aparece una tercera vía. Y es que esos tipos a los que alguien se les ha metido en su mente y desordenado las piezas, se vuelven mucho más inteligentes y se dedican a su vez a persuadir con una simple conversación a la gente con la que se cruzan para que hagan lo que se le antoja o para lo que se la ha contratado. Esta idea me surgió tras leer un artículo sobre unos monos que la NASA mandaba en misión espacial, y que luego venían, vaya usted a saber por qué, mucho más astutos que los propios científicos que los habían enviado, y, aunque, en teoría se morían a los pocos días de volver, nadie encontraba luego los cadáveres.

En cuanto a mi arma favorita de matar, alguna vez había pensado en utilizar un virus creado artificialmente en, no sé, algún laboratorio de China, y hacer creer a la gente de que se trata de una cepa de murciélago consumida de manera natural en un mercado, y obligar a toda la población a confinarse en sus casas y ofrecerles, como única vía de salvación, una vacuna a la cual los científicos les han metido determinadas sustancias para, en realidad, acabar con los más débiles, y reducir en un porcentaje el total de la humanidad, más acorde con los recursos naturales existentes en el planeta, mientras las farmacéuticas se hacen de oro y destinan parte de los ingresos a los gobiernos para reactivar las economías que se han parado durante la cuarentena. Pero me pareció demasiado enrevesado y lo descarté.

P.- ¿Como recibió la noticia de ser finalista del II PREMIO ICUE NEGRO de novela dentro de la VI EDICIÓN DE CTNEGRA?

R.- Me enteré a través del mensaje que me dejó una amiga, y fue una alegría inmensa. Tanto la noticia en sí, que fue lo más parecido a la felicidad que recuerdo haber sentido en mi vida, como el volver a saber de esa chica tanto tiempo después. Con ella me pasó que cuando estábamos empezando a conocernos, me llevó a ver tiburones al Oceanográfico. Recuerdo que estaba obsesionada con los horóscopos y eso. A lo que voy… Yo siempre he dormido mal, así que como no quería estar moviéndome de un lado a otro de la cama toda la noche y despertarla (ya sabe usted que la primera impresión es la que vale, y que solo hay una oportunidad para dar una primera impresión a alguien), fui la tarde antes del viaje a la farmacia a comprar pastillas que me ayudasen a dormir. Y recuerdo que esa noche, en la habitación del hotel, me tomé dos, alrededor de media hora antes de dormir, como ponían las indicaciones. Pues bien, la boca se me empezó a secar y a darme sed, como efecto de las mismas, lo que provocó que tuviera que levantarme a beber agua. Como yo no bebo agua nunca, tanto líquido me daba ganas de… ya sabe, orinar. Luego volví a la cama, y como no lograba dormirme, me tomé otras dos pastillas. Y luego noté que la boca se me volvía a secar. Entonces me levanté a beber agua, y poco después, nuevamente, a miccionar. Y así toda la noche. No dormí nada. Lo peor fue cuando ella se cansó de tanto movimiento, y me preguntó que qué me pasaba. Y yo, con la lengua entumecida como si una tortuga hubiera estado masticando comida sobre ella toda la noche, me sentí incapaz de responder de manera clara. No me extraña que cuando volvimos a Cartagena no tardó mucho en salir por patas. Me dijo que no estaba preparada para salir con un Tauro y nunca más supe de ella hasta que me mandó el mensaje para decirme lo del certamen.

Y ahora, una vez digerida la noticia, tengo la misma sensación de cuando jugábamos a fútbol de pequeños en las aceras de las calles, usando dos mochilas a modo de portería, con gente pasando alrededor, y siendo observados por las niñas que vivían cerca. En esa época, era raro el día que no aparecía un grupo de tres o cuatro gitanos a robarnos el balón. Además, siempre caíamos en la trampa. Nos pedían jugar, no nos atrevíamos a decirles que no, le pegaban a la pelota realmente fuerte (aunque hubiera gente pasando) y luego, cuando se cansaban, se iban y se llevaban la pelota con ellos. Y luego nos tocaba ir a la plaza del Lago el fin de semana para recuperarlo, es decir, para comprar nuevamente el balón, que era nuestro, pero que ponían a la venta junto con radio-casetes y otros hurtos en una especie de mercadillo que ellos mismos instalaban y que, por supuesto, atendían con la mayor de las amabilidades. Le cuento todo esto, porque en ese grupo de gitanos había dos hermanos que tenían los ojos verdes, y que encima eran zurdos, y ya sabe usted lo bien que juegan los zurdos a fútbol, así que esas niñas que nos observaban jugar en la calle y que insistían luego en querer venirse con nosotros al mercadillo, no sabían si tenerles un miedo atroz o amarlos locamente. Y noto que, desde que estoy en final del certamen, la gente ha empezado a mirar con menos recelo al libro y a prestarle más atención. O, dicho de otra manera, tengo la sensación de que “El ruido que nos separa” es un gitano de ojos verdes.

Y bueno, reacciones entre mis amigos, ya se puede usted imaginar. Piense que, en mi clase, en el colegio, sólo íbamos chicos hasta bien llegada una edad. Recuerdo que cuando uno de los nuestros empezó a salir con una niña de otra escuela, íbamos todos a la cabina con él a verle llamar por teléfono y escuchar lo que se decían. Y nos poníamos igual de nerviosos que él. Ahora todos nosotros estamos en un grupo de Whatsapp, que se llama “Crueldad y Sadismo manifiesto”, que es una expresión que nos decía el profesor de Historia para advertirnos de su actitud a la hora de corregir los exámenes, y que nos vemos una vez al año para cenar en Navidad, donde inflamos un poco cómo nos va en la vida y decimos que nos va mejor de lo que en realidad nos va, porque lo cierto es que ninguno ha llegado demasiado lejos. De hecho, el mayor éxito de cualquiera de nosotros hasta la fecha ha sido cuando uno de los muchachos se dejó la carrera y se metió en el ejército, y luego nos enteramos por otro lado, de que el resto de soldados, en las duchas, lo habían elegido “Míster Culo Bonito”, algo de lo que él, por cierto, nunca quiere hablar. Siempre bromeamos con el hecho de que seguramente fuimos la peor generación del colegio. Así que, en cierta manera, ahora mismo hay un grupo de 50 personas en un grupo de Whatsapp de Cartagena esperando ansioso la deliberación del jurado del certamen.

P.- ¿Cuáles son sus géneros y autores favoritos? ¿Tiene, en la novela negra, algún referente?

R.- Supongo que, como todos, la primera persona que realmente me emocionó cuando la leí fue Benedetti. Luego tuve una época más romántica y me dio por leer toda la obra de Luis García Montero. Hace unos años me dio también muy fuerte por la narrativa contemporánea y el lenguaje moderno de Ray Loriga. Sin embargo, si tuviera que elegir un género que realmente me apasiona a día de hoy es el realismo sucio americano, y gente como Richard Ford, Raymond Carver, Barry Gifford, Tobias Wolff, Hunter S. Thompson, Philip Roth o Eddie Bunker. Y Salinger, por supuesto. Y en todos ellos hay mucha novela negra dentro.

Y bueno, no me quiero olvidar de David Foster Wallace, pero ese es, o, mejor dicho, era otra cosa. Y a mí esa cosa me gusta mucho.

En cuanto a novela negra clásica y pura, no creo que nadie llegue jamás a escribir como Jim Thompson, ni siquiera, para mi gusto, Raymond Chandler se le puede comparar. Creo que “1280 almas” o “El asesino dentro de mí” son insuperables. O eso pensaba hasta que empecé a leer a Donald Ray Pollock.

P.- ¿Qué está leyendo ahora mismo?

R.- A Donald Ray Pollock. Yo ya había oído hablar de él, pero, si le soy sincero, estaba tratando de terminar La broma infinita de Wallace de una vez antes de leer a nadie más. Pero fue a raíz de que una persona me dijera que hay algo en El ruido que nos separa que le recordaba a Knockemstiff de Pollock, por el que decidí aparcar, nuevamente, a Wallace y leerlo. Y, honestamente, cuando lo leía no sabía si era el mayor piropo que me habían dicho jamás o el mayor de los insultos, porque no sabía si era la mejor novela que había leído en los últimos diez años o la mayor colección de groserías y mal gusto que alguien había escrito. Aun así, me leí el libro en menos de un día, y ahora estoy con El diablo a todas horas y puedo decir, sin temor a equivocarme, que estamos ante la próxima novela de culto de las siguientes generaciones. Quizás, ahora, no tenemos todavía tanta perspectiva, pero creo que acabaremos hablando de este libro en los mismos términos con los que nos referimos a clásicos como El guardián entre el centeno. Me agobia pensar que nunca voy a ser capaz de acercarme remotamente a escribir nada tan bueno (ni siquiera la mitad) de lo que ocurre en la página 64 del libro.

P.- Como lector, prefiere: ¿Libro electrónico, papel o audio libro?

R.- Papel, sin lugar a dudas. Además, El ruido que nos separa se da mucho a leerlo en papel, y a realizar el acto de ir retrocediendo y avanzando las páginas cuando aparece un personaje que te suena que ha salido ya, y quieres refrescar dónde salía y quién era, por si con las pistas que doy yo cuando vuelve a salir no es suficiente. Ese gesto, con libro electrónico es más incómodo. También es cierto que, también, depende de la situación y del momento del año. Quiero decir, en cafeterías, en el avión, en el tren o en lo alto de una montaña soy más de libro en papel. Sin embargo, en verano, por una cuestión puramente de conservación de la integridad física de las hojas, prefiero el libro electrónico, y que lo que se moje con la toalla sea la funda. Por otro lado, he de decir que he gastado una cantidad enorme de dinero a lo largo de mi vida en libros que luego no me han gustado y que he dejado al poco de empezarlos, así que una cosa que hago ahora y que no sé si me deja muy bien, es que o conozco al autor y sé que no me va a defraudar, o si no, prefiero empezar la lectura a través de una reserva en la biblioteca o de descarga en ebook. Y, ciertamente, me estoy gastando más dinero en libros ahora que nunca, pero estoy acertando en todos. Algunos los compro después de haberlos leído enteros al sacarlos de la biblioteca, y no los vuelvo a leer jamás. Se quedan, simplemente, decorando mi estantería.

P.- ¿Qué manías tiene a la hora de escribir?

R.- Depende de lo que esté escribiendo. Por ejemplo, El ruido que nos separa es un libro escrito casi en su totalidad durante los viernes por la tarde, que es un día que salimos de trabajar a medio día, y que el cuerpo todavía piensa que es día lectivo y, por tanto, todavía está activo para estar concentrado y con ganas de “trabajar”. Luego llega el fin de semana, y al cuerpo le apetece de todo menos estar encerrado en una habitación, así que no vuelvo a escribir hasta el domingo por la noche que me dedico a repasar y mejorar lo que escribí el viernes por la tarde. El resto de la semana salgo muy tarde de la oficina como para tener energía y que sea capaz de escribir algo con un mínimo de calidad, así que ni me molesto en encender el ordenador.

Como decía en una respuesta anterior, tengo muy poca imaginación, muy poca capacidad de inventiva. Así que, a mí, eso de ir a dar un paseo e ir pensando en historias que luego pueda utilizar no me funciona, entre otras cosas, porque, además, me desconcentro enseguida, y luego no me acuerdo en lo que estaba pensando. Y para alguna idea que quizás se me pueda ocurrir, acto seguido me paro a pensar en cuánto tiempo voy a tardar hasta que se me olvide, y entonces tengo que usar el blog de notas del móvil para apuntar palabras clave. Lo que ocurre es que luego no me acuerdo que tengo nada apuntado en el móvil, y cuando repaso las notas tres meses después, veo una sucesión de palabras como si estuvieran escritas por un indio que no soy capaz de descifrar, tipo PARADA DE TREN / PERSIANA / VENTILADOR / ME COGE LA OREJA / PINGÜINO / TRIÁNGULO / BEBÉ LLORANDO EN BRAZOS DE SU ABUELA / SANDALIA / MELOCOTÓN EN ALMÍBAR. Y así no hay manera, así que lo que estoy haciendo últimamente para acordarme de que tengo algo escrito en el blog de notas y de que tengo que escribir algo con eso antes de que se me olvide es apuntarme en la mano algo como: MIRA EL BLOG DE NOTAS. Lo que pasa también es que luego no me acuerdo de que tengo que mirar la mano, y me las lavo sin darme cuenta, y volvemos a la situación de antes con mensajes que no soy capaz de entender.

Pero como le digo, depende de lo que esté escribiendo. Por ejemplo, hace justamente un año escribí un ensayo sobre la playa de Calblanque, y creo que es de lo mejor que he escrito nunca y que el día que tenga que formatear el ordenador se perderá, como todo lo demás, sin hacer ruido, y que escribí casi del tirón por la noche en un bar, en el móvil, haciendo como que estaba atento a cientos de conversaciones de Whatsapp que requerían toda mi atención, incluso poniendo de vez en cuando caras de molesto para que la gente pensara que no me dejaban en paz y nadie supiera que, en realidad, estaba solo. Ahora que lo pienso, creo que debería mandarlo a algún concurso. Es que era realmente bueno. En serio.

Y nada, luego están ya las entrevistas, las cuales me tomo muy en serio y que soy incapaz (y lo reconozco) de resumir. Luego me dicen que me enrollo mucho, pero yo no lo creo. Yo es como no tengo perspectiva, no puedo verlo. Esta entrevista está siendo corta, ¿verdad? Las entrevistas las suelo contestar por las mañanas. Pero estoy empezando a cansarme de que me las corten. Y la gente luego me dice que son larguísimas, pero yo las leo y me cojo unos enfados monumentales porque aparecen cortadas. Por eso, ahora, siempre que me mandan una entrevista, antes de contestar, pregunto si tengo límite de espacio. Y, bueno, evidentemente la respuesta es que sí. ¿Quién va a dedicar un espacio grande a un escritor que no conoce nadie? Así que me suelen indicar que tengo el equivalente a tres o cuatro hojas. Y entonces yo les mando la entrevista en letra Times New Roman, tamaño 8 y párrafo sencillo. Y claro, luego en la redacción de los medios de comunicación, cuando reciben el email, piensan: <<¿Pero este tío se cree que somos idiotas?>> Y cambian a Arial tamaño 12 y doble espacio, y las entrevistas quedan raras porque de diez preguntas acaban publicando, con suerte, la mitad.

P.- ¿Qué opinión tiene de los festivales de novela negra?

R.- Yo veo estupendo que existan este tipo de certámenes. Pero no solo de novela negra, de cualquier género y ámbito, que los hay. No hay más que ver los premios Grammy de la música o los Oscar en el cine. Pero creo que entiendo el sentido de su pregunta para el caso particular de la novela negra. Eso demuestra que hay interés por el género. Piense que, por naturaleza, la novela negra no es mainstream, quiero decir, seguro que de vez en cuando sale un libro que es un éxito comercial, pero lo lógico es que esta narrativa sea más bien algo de culto que no suele ser accesible al público en general. Y por accesible entiendo cómodo. O te gusta o no te gusta. Y ya sé lo que me va a decir: que eso ocurre con todos los géneros, incluso la novela romántica. Y, en parte, es cierto, pero para un lector, digamos neutro, pongámosle la siguiente escena: Una habitación de hotel de carretera en Nueva Jersey. Una mujer, muy conocida en el pueblo, yace muerta boca abajo en mitad de la moqueta. No hay restos de sangre. Está desnuda. Sostiene un pájaro en su mano. El pájaro está tan muerto como ella. La agente Charlotte Flanagan y el recientemente graduado, agente Jarvis F. Booker, se encuentran revisando la escena del crimen. Y allí se produce el siguiente diálogo:

-Dígame muchacho, ¿no ve algo raro en la mano del cadáver de Dolly Fischer?

-Sí, señora. Un pájaro muerto.

-A eso es a lo que me refiero. Si quiere ser mi compañero tiene que estar más atento. Yo ahí veo una pista.

-¿Una pista?

-No hay pájaros en esta zona de Nueva Jersey.

Muy bien. Y ahora pongámonos a ese lector neutro en esa misma escena y ante el siguiente diálogo.

-Dígame muchacho, ¿no ve algo raro en la mano del cadáver de Dolly Fischer?
-Sí, señora. Un pájaro muerto.

-Joder, Jarvis. No me llames señora, que sabes cómo me pone.
-Por eso te lo he llamado.

-¿Y si cerramos la puerta de la habitación y echamos las cortinas?

No sé con cuál de las dos escenas se quedará usted. Imagínese que tiene un mando a distancia y que puede elegir a qué botón darle. Seguro que en su caso le daría al 1. Pero si le preguntáramos a ese lector neutro, lo lógico es que pulsara el 2.

Por eso, como le decía, me parece genial que existan estos festivales para mantener viva la llama de un género que, a veces, se haya podido sentir menospreciado respecto a otros más populares. Pero ojo… No quiero exculpar con esto al propio género y a todo lo que le rodea. Yo creo, quizás de manera equivocada y si es así, pido disculpas, que muchos seguidores de la novela negra se han quedado en su zona de confort respecto a la fórmula tradicional de lo que popularmente se conoce como novela negra. Ya sabe, detective abandonado por su mujer, que se da al alcohol, que de pronto recibe el encargo de una femme fatale para que averigüe el paradero de su marido, de quien sospecha -como así le hace ver al detective- que ha sido asesinado, aunque en realidad lo que ha hecho ha sido escaparse con el dinero de la familia de ella con su amante, que es la ama de llaves de la casa (algo que la femme fataleya sabía) y entre medias seduce al detective y lo convence para que asesine a su marido en un plan perfectamente orquestado desde hace mucho tiempo.

Y yo creo que el abrirse, como creo que está ocurriendo ya desde hace unos años, a pequeñas variaciones respecto a los ingredientes originales, está consiguiendo acercar más dicho estilo al público en general. Es algo así como el rock en la música. Podemos quedarnos en la estructura típica de banda de rock con guitarra, bajo y batería, dejarnos el pelo largo y disfrutar de los excesos, o podemos contemplar la posibilidad de que meter sintetizadores, teclados y violín, llevar el pelo corto y recogernos después de terminar el concierto también es rock. Habrá gente que no lo admita, y habrá quienes piensen que con los nuevos instrumentos el sonido es más contundente aún.

P.- Venda su libro ¿por qué hay que leer El ruido que nos separa?

R.- Haciendo uso de mi argumentario mostrado en la pregunta anterior, “El ruido que nos separa” no sigue el patrón tradicional de novela negra que quizás todos tengamos en mente. Lo que he tratado de hacer es revisitar el género, incluyendo ingredientes que poco tienen que ver con ella. Algo así como lo del violín que decía antes. Está claro que hay violencia en la novela, pero del mismo modo que hay humor. Negro, quizás, pero humor, al fin y al cabo. Sí que es cierto que, si te pones a analizar el libro, puedes encontrar ciertas analogías con el imaginario de novela negra standard. Quiero decir, el Señor Primavera podría encarnar la figura del detective. Hay varios asesinatos que claman venganza, Por supuesto, hay amor y femme fatale, como en toda novela negra, pero cualquiera que lea el libro verá que es más una novela negra de tinte moderno que de clásico. No sé. Digamos que, si hicieran una película, la dirigirían los hermanos Coen o incluso Tarantino, y no tanto Scorsese o Brian de Palma.

Pero bueno, estamos hablando de algo que difícilmente se va a llegar a producir, entre otras cosas, porque no creo que sea fácil llevar El ruido que nos separa a la gran pantalla. Ojalá lo hicieran, pero no es sencillo. Sí que es cierto que es una novela muy cinematográfica, en el sentido de que conforme vas leyendo te vas imaginando la escena, pero es tal la cantidad personajes y de historias que salen, que llevarlo al cine significaría hacer una película extremadamente larga, pienso, y a menos que la productora ponga a disposición de las salas un dispensador de goteros a la entrada, no creo que sea fácil de atender como espectador.

¿Una serie, tal vez?

P.- Sus planes a corto y medio plazo ¿son?

R.- A corto plazo, seguir defendiendo El ruido que nos separa. Estoy muy centrado en la promoción y no pienso en otra novela, más allá de inocentes pensamientos que me vienen de vez en cuando, sobre todo en noches que me cuesta dormir. En lo que estoy trabajando actualmente y que creo que va a ocupar mi agenda en las próximas semanas, cuando no meses, es en hacer llegar la novela a Latinoamérica. Hay bastante interés en países como México, Perú y sobre todo Colombia, y estamos viendo con la editorial la mejor manera de gestionarlo. Yo estoy enormemente agradecido y sorprendido con las expectativas que está levantando el libro en Colombia y la atención que me están brindando allí. Ojalá todo salga bien y nos veamos pronto al otro lado del Atlántico. Por otro lado, a veces me piden colaboraciones en revistas, blogs, medios de comunicación, etc y mando mis cuentos, e incluso estoy enviando a concursos literarios relatos antiguos que mejoré durante el confinamiento, y la verdad es que algunos de ellos están siendo premiados y publicados. El último de ellos, en Guatemala. Hace poco, además, El Espectador, que es un periódico tremendamente popular en Colombia publicó una reseña mía sobre el último álbum de Enrique Bunbury, luego puedo decir que me siento como Julio Iglesias. Empiezo a tener hijos por todo el mundo. Y mira que no me gusta nada el símil ese que usan los artistas cuando les preguntan por sus obras y hablan de ellos como si fueran sus hijos, pero de tanto criticarlo, ahora veo numerosos ejemplos en los que puedo usarlo. Siguiendo ese mismo símil, puedo decir que ahora estoy empezando a salir con “El ruido que nos separa”, y por tanto, estaría feo que mirase a otras chicas (pensando en la pregunta de cuáles son mis planes a corto plazo y queriendo entender que nos referimos a si hay intención de escribir otro libro). Es como si llevara a mi novia a cenar a mi casa y presentarla en sociedad y me dijesen: “Es muy guapa, pero… ¿tienes idea de empezar a salir con otra chica en breve?”

Así que, de momento no pienso en ello. Vamos a ver lo que dura la relación. Ojalá que mucho tiempo. Y cuando empiece a notar que la cosa flojea (esperemos que no ocurra nunca), y que me vaya a dejar, empezaré a mirar de reojo yo también a otras…

¡Qué barbaridad lo que acabo de decir!

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