HABÍA UNA VEZ UN CIRCO

Eva
Eva

HABÍA UNA VEZ UN CIRCO

 

Llevo muchos años que cuando me despierto por la mañana veo el amanecer sobre una carpa de circo. Circos tradicionales que nos han visitado otras veces, circos nuevos…

Cuando paso cerquita me suelo asomar tras esas vallas de protección, y siempre los veo de un lado a otro. Niños y mayores haciendo labores de mantenimiento o jugando al aire libre.

Y siempre, siempre, me ha gustado imaginar lo que se sentiría al estar dentro con ellos, conocer su día a día, verlos ensayar o prepararse para su espectáculo.

La magia del circo, ese halo de misterio observado desde fuera de la carpa.

 

El verano está llegando a su fin, los amaneceres son de amarillo fuego, pero los atardeceres se pintan de rosa en mis días de suerte.

Hace unas semanas que hay una nueva carpa de circo debajo de casa. Pero es diferente a las demás. Todo se ha vestido de color, de arte, y no hay caravanas tradicionales. Estas tienen magia, cada una es distinta y consiguen que mi curiosidad aumente.

Todo el mundo habla en mi ciudad de estas personas que dibujan sonrisas, que llenan de ilusión las tardes de los que vienen a disfrutar desde todos los puntos de la región, incluso de más lejos. Escucho que hay personas que han repetido hasta tres veces.

En un clic he comprado cuatro entradas. Se llama CIRCO RALUY LEGACY. Me he vestido rápido y he bajado con mi familia a disfrutar del espectáculo.

 

Sólo al cruzar la entrada sin llegar a la carpa, ya he sentido algo especial. Un mago nos recibe simpático para hacer trucos de magia, huele a algodón de azúcar, un chico maquillado y simpático nos da la bienvenida.

Mesitas pequeñas, decoración exquisita, caravanas antiguas que venden refrescos, y aseos para hacer pis de la manera más circense.

Atravieso las cortinas de terciopelo y ocupo mi sitio junto a mi familia. ¡No sé cuántos años hace desde la última vez que llevé a mis niñas y cogieron un leoncito pequeño!

Tenían razón todos aquellos que llevaban hablando de este espectáculo varias semanas, era un circo diferente.

El colorido, la luz de los ojos del público, el riesgo, las risas, la expectación, la coordinación, los bailes, los trajes, la complicidad…

Han pasado unos días, y le he dado vueltas a la cabeza a mi sueño de poder estar con ellos, a escucharlos, a recorrer el circo vacío.

Y sí, lo hice, les llamé y al día siguiente, cámara colgada, ilusión que se había quedado a vivir conmigo desde el día anterior y algunas preguntas en mi cabeza, pude vivir desde dentro la vida de estos artistas de circo.

Emily me recibe en la puerta. Junto con su hermana Niedziela son las dos mujeres pioneras en dirigir este circo.

 

Es una chica inteligente, apasionada y que me cuenta todo lo que quiero saber.

¿Empezamos un poquito por vuestra historia, por el origen de todo?, le pregunto.

En 1911, en Carcasona, Francia, había un hombre que hacía espectáculos por los pueblos, acompañado por un oso y una cabra. Tenía un hijo que un día, en uno de esos pueblos, se coló en un circo y nunca quiso volver a salir de allí. Se llamaba Luis Raluy Iglesias. Un gran innovador que un día le dijo a su mujer, nos vamos a meter los dos en el cañón humano, Marina. Pioneros, locos por lo que hacían, sorprendieron con este número y con el triple salto mortal en automóvil. Les llamaban de los mejores circos y lugares de espectáculos del mundo y ganaron el suficiente dinero como para volver a Cataluña.

Tuvieron varios hijos, pero fue Luis Raluy Tomás, el mayor, el que tomó las riendas y convirtió la vida de todos en ese sueño del que no querían despertar.

Se hicieron de caravanas antiguas de otros circos que cerraban, de feriantes o gitanos que las abandonaban, y las restauraron y cuidaron hasta hoy, convirtiéndolas en su sello de identidad.

¿Sabéis que me cuenta Emily que al ser de madera, el trabajo es infinito? ¿Y que les gusta cuidar tanto el detalle que están decoradas con cuadros de pintores de todo el mundo?

 

Y hay algo que me ha dejado un poco loca. Porque desde fuera había leído que había una caravana que funciona como hotel. ¿En serio? Posibilidad de reservar y amanecer en un circo. Poder acceder a los ensayos…

Miro hacia el frente y veo el balcón de mi casa. ¿Sería mucha locura bajarme con mi pijama a dormir una noche?

Una o dos, me dice sonriendo Emily.

Y llega ese momento, el que ya conocéis, en el que quiero saber cómo viven, si tienen una residencia en épocas de descanso, los artistas, la relación entre ellos, la convivencia, si disfrutan de las ciudades a las que llegan durante unas semanas, si hay una caravana destinada a las clases escolares de los niños…

Emily me cuenta que tienen una finca a la que van en épocas de descanso, pero que ella siempre aparca fuera su caravana y vive allí. Porque esa es su casa, su hogar. ¡Qué pereza me da a mí una casa tan grande, con tanto que limpiar!

También me tranquiliza diciéndome que son personas con una vida normal. Por supuesto que visitan la ciudad, se van a comer y darse un baño a Cala Cortina y recorren nuestra ciudad o  en la que estén en ese momento.

Y que lo de las clases dentro del circo, nada de nada. Su madre siempre pensó que era suficiente con trabajar en el circo, vivir en el circo, como para estudiar en el circo.

En cada lugar donde están, los niños son matriculados para seguir con sus estudios. Incluso se apuntan a baloncesto o a cualquier hobby que tienen. Conocen a muchas personas, se enriquecen con ello y no tienen ningún trauma con los expedientes de traslado. ¡Somos personas normales!, dice Emily.

Estoy expectante escuchando, y se me alegran los ojos cuando me dice que pase a la caravana donde se están preparando los artistas. Y allí aparezco, encontrándome al mago que vi hace unos días, al cómico que me hizo reír. No quiero invadir su intimidad, pero me acerco y les pregunto mientras ellos se cambian los pantalones, se ponen la máscara de pestañas o se untan algo en el torso .Porque optan por la naturalidad, y aunque debo de confesar que es la primera vez que estoy con dos o tres hombres en una caravana… Mejor lo dejamos, que me lío.

Me acerco a Pietro, es argentino y su familia siempre fue de circo. Su padre domador, escapista… Su madre modista de circo.

Y él era un niño que vivía entre diversión, jugar, ferias y ferias donde su familia le contagió su afición.

Le digo, Pietro, cuéntame cómo vivís aquí.

Y me saca una carcajada y varias risas al recordarlo. En primer lugar, Eva, quiero dejar claro que en el circo no comemos todos juntitos, no nos duchamos juntos, tenemos intimidad, cada uno tiene su caravana y hay días que no coincidimos hasta el momento de la función.

Vale, vale, que nos quede a todos claro. Porque tenemos una capacidad de imaginar cómo será la vida de otros que luego nada tiene que ver con la realidad. Y así me lo cuenta este argentino con abuelo español, que se encarga en este espectáculo de ese personaje de humor aniñado para todos los públicos.

 

Encima del tocador está la peluca de Dimitri. ¡Yo pensaba que era su pelo natural!

Me cuenta que Dimitri es el hilo conductor, parte del todo que te deja sorprendido porque a priori nadie espera nada de él.

Y no me puedo marchar sin hablar de mi mago favorito desde ya, el Mago Rodrigo. Estudió ingeniería porque siempre le dijeron que lo artístico era inestable. ¡Bendita inestabilidad!

Me ha dado varios consejos, pero el que quiero compartir con vosotros, es que  os dejéis llevar cuando estéis ante un mago. Porque la magia es sentirla, no intentar pillar el truco. Sólo así disfrutaréis como niños.

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Y tuve la suerte de que me hiciera un truco para mí solita, después de charlar con él mientras se maquillaba y vestía. Y me dejó con la boca abierta. Hay quien dice que yo también a él con un abrazo efusivo que no tenía prisa en que acabara.

Ellos dicen que son unos privilegiados, que les aplauden por hacer su trabajo. Y nos animan a que consumamos circo. Es un ocio diferente que te hace olvidarte de todo y disfrutar de unas horas, en las que volvemos a ser aquellos niños de entonces.

Y ahora todos a sus butacas, ¡la función va a comenzar!

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