LA MIRADA DEL MARINERO
LA MIRADA DEL MARINERO
El año 2000 va llegando a su fin en un diciembre alegre en la ciudad. Hay una gran expectación en los alrededores del Ayuntamiento. Gente que viene y va, otros que se asoman para ver qué ocurre. Es como si hubieran llegado los Reyes Magos de manera adelantada, porque se escucha decir aquello de, ¡vaya regalo para Cartagena!
Una persona curiosa alcanza a ver a lo lejos, poniéndose de puntillas, una escultura de bronce, pero no logra saber qué representa.
Las autoridades sienten orgullo por la obra recién inaugurada, y hay quien reconoce entre los asistentes, al Almirante Jefe de la zona marítima del Mediterráneo, junto a la alcaldesa.
Y en un instante, entre la multitud, asoma tímido un marinero que parece llegar desde el puerto, con su petate al hombro. Su bronce brilla con el reflejo del sol de fin de año y se sorprende de esa inusual bienvenida. Sonríe. Una sonrisa suave, de las que no se notan demasiado. Porque su autor le ha dotado de esa sensibilidad, mientras lo creaba con sus manos. Esas manos cálidas y suaves que un día, tallando y esculpiendo, le llevaron a cumplir un sueño.

Corría el año 1973, la celebración de la Navidad era latente en todas las casas. Pero en una, mucho más. Un bebé recién llegado rozaba suave las manos y la cara de su papá y su mamá. Como si quisiera dejar grabadas sus facciones para siempre, quizá, quién sabe, para dibujar su rostro años más tarde, o esculpir un busto.
Jorge García Aznar. Jorge, sí, ese era su nombre.
Jorge creció en una galería de arte. Rodeado de pinceles, de lienzos y de grandes artistas. Su padre, Ginés, fue un dibujante de comics excepcional, y atrajo a esta ciudad a los más grandes. Y Jorge no perdía la oportunidad de sentarse en aquellas comidas que preparaban, junto a ellos. Recibía una viñeta de comic que le dejaba ilusionado para todo el día, mientras el pequeño Jorge dibujaba y mostraba orgulloso su obra, a aquel elenco sin parangón.
La galería Gigarpe fue un referente en esta ciudad de mar. Y somos afortunados, porque todavía continúa activa y podemos disfrutar del arte y de la sensibilidad.
Que tus padres tuvieran un negocio propio tenía sus pros y sus contras. Nunca irían a llevarte al cole, terminabas haciendo los deberes en la trastienda, pero al mismo tiempo estabas viviendo experiencias que te harían ser la persona que eres hoy.
Y así me lo cuenta Jorge. ¿Creíais que no íbamos a quedar y le iba a hacer mil preguntas?

Jorge recuerda ponerse en una esquina de la galería, o en la marquetería, y estar toda la tarde pintando. Dibujaba y dibujaba, y a veces cogía un pequeño trozo de madera que encontraba y hacía sus pequeñas tallas.
Lo tenía claro. ¡Había encontrado lo que le haría feliz en su vida!
Y su padre le apoyó, claro que lo hizo. Tenía la capacidad de descubrir el talento, y su hijo lo tenía. Así que le introdujo en talleres de escultura con la gran Maite Defruc, y le apoyó cuando quiso marcharse a estudiar a la Facultad de Bellas Artes de Valencia.
Y fue allí donde todo ocurrió, estudiando en Valencia, cuando decidió presentarse a un concurso local de escultura en su ciudad natal, Cartagena.
-Eva, me presenté sin saber lo que valía una fundición- me confiesa Jorge.
¡Y ganó! Y ese chico de mirada bonita y limpia, trabajó sin descanso con su ilusión infinita, para darle forma y vida a ese marinero que en aquella Navidad del 2000 se convirtió en referente, en historia, en recuerdos de nuestro pedacito de mediterráneo.
Representa a todos aquellos marineros que vinieron a nuestra ciudad y les abrimos nuestras puertas, y que con los años volvieron, porque Cartagena les marcó su vida. Esas historias de amor que se fraguaron junto al mar, y muchas de desamor. Vivencias, experiencias…

Pero sigo, sigo con algo que os va a encantar. ¡Cómo fue el proceso de creación de este marinero!
Mientras Jorge estaba en Valencia estudiando, alargaba los días para modelar. Tenía un proyecto que le mantenía vivo, e iba a trabajar para conseguirlo. Sus manos se refugiaban en el barro, en cada pliegue, cada gesto, como si fueran caricias. Quería darle vida a ese marinero, que bajo el bronce llevaría un corazón latiendo.
Como el gran corazón de Perico. Perico, ese gran amigo de la infancia que no dudó en ponerse el traje, colgarse el petate y posar para Jorge. ¡Más de 1000 fotografías! Vaya, vaya, Perico. Fuiste un gran cómplice en este proyecto.
Jorge se quedó con cada detalle, cada gesto, las manos, los pliegues de la ropa. Tenía que ser perfecto, y lo consiguió. Fotografías, bocetos a lápiz, noches sin dormir.
¡Era la primera vez que se enfrentaba a algo de este tipo, de esta dimensión!
-La escultura, a nivel físico me provoca una energía muy bonita, porque me enfrento físicamente con la talla- me cuenta como el que se desnuda en sentimientos ante una desconocida como yo, sin saber el porqué.
Eso fue lo que me encantó de él. Que creo que vamos en sintonía con los sentimientos, y cuando ocurre, es porque todo fluye, puedes ser tú mismo, te relajas y sientes que estás en casa.
Ains, que me pongo emotiva. Sigo, sigo.
Sí, terminó el molde del marinero y lo llevó a Tarragona, el lugar donde la fundición era más económica. Era un estudiante con mucha ilusión pero con los ahorros justos de la edad. El traslado no fue fácil, el marinero no cabía de una pieza en el coche, así que lo cortó por la mitad. Ja, ja. Las piernas detrás y el tronco delante, a su lado, con el cinturón de seguridad. No puedo parar de reír.
Imagino lo que sentiría ese diciembre del 2000, esa mañana de ilusiones, disimulando su timidez y sintiendo muy de cerca el orgullo de sus padres y seres queridos. En realidad no necesito imaginarlo, porque soy una privilegiada y he podido ver sus ojos brillar cuando compartía conmigo esos momentos, e imaginaba lo orgulloso que también se hubiera sentido su abuelo.
Así fue como el marinero llegó a nuestras vidas, y se convirtió en el foco de turistas, de fotografías infinitas… Espectador de nuestras idas y venidas, siempre atento, escuchando las historias que le cuentan mientras se agarran con un abrazo o le dan palmadas en su petate. Confesiones de aquellos que se consideran compañeros de mili, mujeres que le miran con desdén porque sufrieron eso de, un amor en cada puerto…
Pero Jorge no solo le dio vida al marinero, por supuesto que no.
Tenemos al Infante frente al Arsenal que es increíble.
Y Augusto en mármol en la plaza San Francisco.

El monumento al profesor y los alumnos en La Milagrosa, el busto de Escipión en la sede de Cartagineses y Romanos, los escudos de la UPCT…


Ah, y la cabeza que reposa sobre el césped que hay junto al marinero. La de veces que mis hijas se han subido encima, madre mía. Y nunca pensé que podía ser del mismo artista. Porque… os voy a contar un secreto. Cuando quedé con Jorge, pensaba encontrarme con un octogenario, como mínimo. No sé vosotros, pero yo he tenido la sensación de que el marinero ha estado ahí toda la vida. Y fue grata la sorpresa, la verdad, porque encontré a una de esas personas bonitas que a veces nombro, y además con la suerte de estar en la misma sintonía, por ser de la misma edad.
Y quizá fue por lo que Jorge me propuso adentrarme en su estudio ¡Me invitó a entrar a su templo!, y allí conseguí inhalar esa esencia que me mantuvo en paz una mañana cualquiera.
En Galifa, entre caminos perdidos está su rincón especial, que antiguamente eran cuadras. Y yo llego allí, con el GPS, por supuesto, porque me desoriento, ya lo he contado muchas veces. Y entro a ese paraíso de paz, ese refugio de descanso, de mente casi en blanco… Los pájaros pían, las hojas de los árboles se mueven, florecillas que crecen al azar en un lugar con vida auténtica, con solera.

Y veo un tronco de árbol al entrar que me cuenta Jorge que es un proyecto paralizado, pero que tiene una historia increíble. Vinculada a un cuento y una talla en ese tronco, homenaje a Ricardo Codorniu, el Apóstol del árbol, que fue célebre por su labor de reforestación en la región. ¿Sabéis una cosa? Tenemos que reivindicar que ese proyecto continúe.

¡Una cabeza de Groucho Marx en el suelo, que está hecha de trocitos de palets!
¡Una obra de Isidoro Máiquez! Yo estuve en esa exposición, y le hice fotografías, estoy segura.

¡El molde del infante!, delante de mí. ¡Y lo puedo tocar! Tengo mucha suerte, de verdad.

Me adentro en aquel lugar mágico, de falsos techos y estanterías altas. Y veo cinco marineros, de unos 40 centímetros de alto, en bronce. Que resulta que se hicieron 25 piezas únicas y la mayoría están en manos de celebridades, de personas como el Rey Emérito. Y le quedan cinco. Y yo quiero una. Voy a ver si ahorro y me la llevo a casa, porque me hace una ilusión eternamente infinita.


También hay del Infante, erguido, con la mirada al frente.
Un busto de su abuelo, los moldes de unos ángeles que salen en la procesión de las Santas Mujeres en Cartagena, el Sábado Santo. Galardones que le encargan para entregar en el Festival Internacional de Cine de Cartagena, en el concurso de Belenes. Una maqueta de Teodomiro que está preparando para la ciudad de Orihuela…

Pero es que el estudio está repleto de pinturas. La mayoría de desnudos, y algunos paisajes.
Pinta, trabaja la madera, el mármol, el barro… Es profesor en la Escuela de arte de Murcia, y en el poco tiempo que le queda libre… ¡me permite adentrarme en su vida ordenada, dentro de su desorden, para compartir estas cosas conmigo!

Y con una Coca-Cola y algo para picar que no probamos, porque la conversación fue la protagonista, escuché a Jorge contar su experiencia cuando estuvo restaurando el Templo de Isis en el Foro romano. Qué sensaciones más bonitas, estar sobre aquel lugar, intentando volver a traerlo a nuestras vidas después de siglos pasados.

Vuelvo a ver esa luz en sus ojos, al recordar cuando le encargaron una escultura en piedra de San Agustín, en Fuente Álamo. Porque él disfruta con esas peticiones de particulares, que buscan su obra, que se llevan un pedacito de su arte y de su corazón a sus hogares.
Se siente pleno. Durante la mañana le he contado las veces que ha dicho soy muy feliz. Tres, tres veces. Y así le percibo. Con sus etapas, como todo el mundo, pero pleno, tranquilo. FELIZ, enseñando a esos alumnos a diario, potenciando sus capacidades. Feliz mientras estuvo dedicándole su trabajo a la escultura de Augusto, con la dificultad que implicaba. Feliz cuando simplemente, esperando a su hija al salir de clase, dibuja lo que ve en ese momento, esa realidad que deja plasmada, incluso cuando viaja en tren a Toledo.

Feliz con la paz de esas cuadras convertidas en algo incapaz de describir. Con las pequeñas cosas, los instantes y esos proyectos en mente que a veces necesita que le den un empujoncito para lanzarse. Feliz recordando su etapa en Venecia, al coger el agua de los canales para pintar.

Y yo esa mañana, me despedí también feliz, tranquila, con un detalle especial que tengo ya en mi escritorio, y con un abrazo de esos que salen sin planear. Subí a mi coche, de vuelta a casa, con las indicaciones de, cuando llegues al final del camino gira a la derecha, de Jorge.
¿Y qué ocurrió? Pues que giré a la izquierda, y había una cuesta más inclinada que el Everest. Las ruedas de mi coche derrapaban, salía humo con olor a desastre… Llamé a Jorge, le mandé mi ubicación, para que me indicara qué hacer… Yo no iba ni para arriba ni para abajo… y cuando conseguí bajar despacito pensando que volcaba… Como en una peli de antena tres de sábado por la tarde, apareció en su furgoneta asustado, el escultor del marinero.
¡Me morí de la vergüenza! ¡Pobre Jorge!
Venga, sígueme que te llevo hasta la salida. Y no seas tonta, ha sido gracioso, ahora me caes mejor- decía riendo el escultor de la mirada bonita.
¿Quién dijo que las historias siempre tienen que terminar perfectas?
Aunque ahora que lo pienso, realmente, ¿dónde encontramos la perfección?
Quizá la perfección sea eso, perderse lo suficiente como para descubrir quién está dispuesto a encontrarte.

LA VENTANA DE EVA
Eva García Aguilera