LA MILAGROSA

Eva
Eva

LA MILAGROSA

¡He caminado tantas veces por ese entorno especial! La subida de San Diego, la parada en la droguería donde lucían en el escaparate la colonia Chispas para las chicas y Brummel para los chicos, el restaurante Los Habaneros…

Sí, y he vuelto a hacerlo muchos años más tarde, pero más observadora, con esa tranquilidad que te da la madurez, cogiendo al vuelo los recuerdos y disfrutándolos despacito. He viajado a un pasado anterior, en el que nunca estuve, pero que me ha permitido sentir a aquella Cartagena de calles de tierra, de niños descalzos recorriendo los rincones, haciendo travesuras fuera de la vista de aquellos padres que trabajaban duro, para que pudieran llevarse un plato de comida a la boca.

Algunos de ellos no iban a la escuela, algunos no tenían ni familia.

Una ciudad que crecía al ritmo de la minería, pero que por desgracia también crecía  la pobreza.

Y quizá fue así como todo empezó, cómo llegó a la vida de nuestra ciudad la escuela de La Misericordia. Era una necesidad de arropo y cobijo más que un proyecto educativo. Gracias a aquellas iniciativas impulsadas por el organismo correspondiente y por la iglesia, que se lanzaban al vacío para atender a los niños más vulnerables. Hijos de obreros, niños abandonados e incluso enfermos.

Y la ciudad, aquella ciudad de finales de siglo XIX, confió el cuidado de esos niños desamparados, aquella casa hogar, a las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl.

Primaba el cuidado de aquellos pequeños, su alimentación, enseñarles a vivir.

Y dio sus frutos. Porque a principios del siglo XX, el alumnado había crecido y se proyectó un edificio por el arquitecto Víctor Beltrí de grandes ventanales, patios espaciosos, zonas independientes para alumnado interno y externo y una capilla central. Un edificio que fue siendo ampliado y que en 1929 se creó la Gota de leche, para ayudar a esas madres a alimentar a los recién nacidos con ansias de vivir.

Quizá fue la majestuosidad de aquel edificio la que propiciara que ese lugar de misericordia comenzara a llamarse la Milagrosa.

Me cuentan que el propio Beltrí, en el proceso de intervención del edificio, le pidió al entonces alcalde, Alfonso Torres, que reubicara a los niños acogidos. Y el alcalde, los acogió en el propio ayuntamiento.

Porque claro, estamos hablando del edificio que actualmente encontramos en la calle San Diego, porque como casa de la Misericordia hubo otros emplazamientos. De hecho, los Franciscanos Descalzos fundaron el convento de San Diego en 1606, y tras las desamortizaciones el gobierno entregó el edificio al Ayuntamiento en 1839 para que se le diera el uso de acoger a los desfavorecidos. Y sí, luego llegó el edificio de Beltrí, en 1923. Ese regalo, ese respiro, esa ventana al derecho a la vida, a los abrazos, a la comida diaria y la educación de los pequeños.

Durante las décadas 1910 y 1920, La Misericordia fue construyendo un sistema de enseñanza más estructurada. Y ya en los años 30 y bajo el abrazo de ese edificio curativo y esperanzador…

 

Los alumnos internos eran mantenidos por la beneficencia y los externos, por el abono mensual que hacían sus familias.

Los internos tenían sus propios aularios y profesoras y los externos los suyos. Marcados ambos también por la separación entre niños y niñas, que tampoco podían compartir aula, profesoras ni  patio. Eran como dos mundos paralelos en un mismo espacio.

La Misericordia comenzó a ganar un prestigio académico importante, donde acudían hijos de familias trabajadoras que buscaban para sus hijos una educación impecable y por supuesto, disciplina. Y para los internos, era una oportunidad de vida.

 

Estaban bajo el orden, el rigor, el apoyo, los valores y la rectitud de las Hijas de la Caridad.

Soy de las que opina, que estas historias cobran vida cuando se cuelan por la ventana personas que las vivieron de primera mano. Y tengo mucha suerte. Porque hablar con ellos es acompañarles en sus recuerdos y hacer volar mi imaginación, correteando por el patio de La Milagrosa en las décadas de los cincuenta y sesenta cuando un grupo de niños…

-Diego-, llama flojito Alfonso a su amigo en el recreo.-No quiero jugar a la pelota, quiero que me cuentes películas.

Y entonces comenzaban a llegar el resto. Ángel Roig, Rafael Luquín y a veces Pedro Arango, que aunque a él le gustaba más el fútbol, y se convertiría en un gran futbolista, no se perdía las historias de Diego, y menos aún sus juegos de magia.

No tendrían más de diez o doce años, y respondían al Ave María Purísima de las monjas, aquello de sin pecado concebido. Rezaban el rosario de rodillas todos los días,  y no faltaban a misa de diez los domingos, porque les castigaban sin recreo.

No olvidan a Sor María, Sor Socorro, al igual que las niñas tampoco olvidaron a Sor Teodora, Sor Narcisa, Sor Carmen…

La hermana de Alfonso hacía caligrafía, y también taquigrafía. Además de costura y el resto de asignaturas que estudiaban los chicos. Bueno, la hermana de Alfonso y todas aquellas niñas sujetas a la disciplina estricta que se respiraba en La Milagrosa.

Ángel Roig ha levantado la tapa del pupitre de madera para coger su libro enciclopedia, y lo ha soltado de golpe.

Alfonso le mira de reojo y le susurra – ya sabes la que te va a caer, ya escucho los pasos de Sor Teodora.

Después de aquello se escuchaba el sonido del palmetazo y el quejido de Ángel. Sin embargo, Alfonso me cuenta orgulloso, que cuando le tocaba a él mantenía el tipo muy bien, como si no le estuviesen dando fuerte sobre su mano, y eso a Sor Teodora le molestaba mucho.

 

No sé si sería esa disciplina la que consiguió que estos pequeños llegaran a ser, ya jubilados todos, porque pintan canas y mucha experiencia, proyeccionista de cine, policía nacional, delineante, doctor…

¿Y sabéis lo mejor? Se reúnen todos los martes, junto con algunos amigos del Patronato, como el grande de Aniorte y Díaz Burgos, a contarse batallitas, a ponerse al día de la cultura y de todo lo que pasa hoy por esta ciudad que les vio crecer.

Los años pasan, las generaciones cambian, y… ¿cambió La Milagrosa?  Yo creo que sí. Además de creerlo, tengo la suerte de saber qué ocurrió en aquellos años, con aquella promoción que fue la última en vivir bajo el amparo de las monjas.

 

Una promoción que entró a finales de los 70 y saldrían en octavo de EGB en la década de los ochenta.

Y os voy a contar una historia increíble, a mí me ha fascinado. La vida, las sorpresas que nos da.

Juana Mari es guía en el Ayuntamiento de Cartagena. Todos la conocéis y si no es así, ya estáis tardando. Ama su trabajo, es una Tadeo Jones, historiadora con ilusiones infinitas. Y además, una niña de La Milagrosa.

Juana Mari ha salido al recreo con sus amigas. Es una mañana de primavera, el sol gustoso les envía esa energía bonita a niñas con sus uniformes impolutos, que quieren disfrutar y saltar a la comba o jugar a los cromos.

Pero ella no. Juana Mari decide rascar en la tierra del patio.

-Tote- grita eufórica Juana Mari- Ven a rascar conmigo, que salen trozos de piedras que llevan inscripciones.

- Siempre explorando, ¡de quién van a ser las inscripciones!, serán ladrillos en los que ha escrito alguien- le contesta riendo Tote, su amiga inseparable.

Pasó el tiempo, sí, y ellas ya habían hecho su primera Comunión, y como chicas mayores, estaban ya en cuarto curso. Les gustaba sentarse con las piernas levantadas en el patio del fondo, a la derecha.

-¡Bajad las piernas, niñas!- les gritó Sor Josefa a Juana Mari y sus amigas.

-No, Sor Josefa, que aquí debajo hay muertos- contestaban ellas.

-¡Bajad las piernas ahora mismo y no digáis más tonterías!- les volvía a insistir.

-¡Qué no, que hay muertos!- repetían sin parar, recordando aquellos trozos de piedra con aquello escrito que no podían descifrar.

Unos seis años más tarde, descubrieron la Muralla Púnica. Sí, pegadita al patio. Sí, donde está la Cripta. Y yo no digo nada, pero creo que mi guía favorita, Tadeo Jones en ciernes, debería de tener una placa en ese lugar. Ahí lo dejo.

Eran aquellos años que cuando a las niñas les dolía la cabeza, les daban una aspirina y un vaso de leche. ¡Eran tiempos sin intolerancias a la lactosa!, ja, ja.

Me cuentan que vendían el Gesto, una revista cristiana. Y Sor Socorro un año nombró encargada de venderla a Juana Mari, la inquieta e ilusionada por esas pequeñas cosas de la vida.

Muchas generaciones disfrutaron también de aquel teatro espectacular que por desgracia desapareció. En aquella época de los ochenta hacían allí las fiestas de fin de curso, y los sábados proyectaban películas, como La linterna mágica.

Los sábados iban a las Juventudes Marianas Vicencianas, y allí disfrutaban de la música, las clases de ballet…

Fueron una generación marcada también por el carácter fuerte, digámoslo así, de Sor Teodora. Esa mujer parece que fue eterna, no se libró ni una generación de ella. ¡El temor que le tenían! Aunque ellas lo compensaban con el cariño y la cercanía de las señoritas Pepi, Cari, Julia, Pilar, Micaela…

Sor Josefa les daba lengua y Sor Agustina Inglés. Sor Agustina les decía a las niñas, cerrad las piernas que se os ve la faja pantalón. Sor Socorro, parece ser que consiguió que amaran las matemáticas…

Esta generación de los ochenta, recuerda con cariño la creatividad que desarrollaron en el colegio, las actuaciones teatrales en clase de lengua, la clase de pretecnología. Una generación que hacía la fila en el patio para entrar a clase con la música del Puente sobre el río Kwai, que saltaban el potro y el plinto, aquellos temidos aparatos de tortura que nos marcaron a muchos. La venta de bollos y chocolatinas para sacar dinero para el viaje de estudios.

Bonitos recuerdos que suavizaban aquellos otros no tan buenos, como los tirones de las patillas hacia arriba de Sor Teodora o que la señorita Micaela, para que se sentaran rectas en la silla, les daba pellizcos en el culete.

Una generación que vivió algo histórico. Fue la última educada por las Hijas de la Caridad. Poco a poco comenzaron a incorporarse profesoras seglares y el modelo tradicional religioso fue desapareciendo.

 

Poco a poco, sin que nos diéramos cuenta, el descenso de vocaciones religiosas y la reorganización del sistema educativo hicieron inviable mantener el centro como actividad docente, y fue cesando progresivamente.

Sí, se fueron vaciando aquellas aulas repletas de historias, y el timbre dejó de sonar. Y el edificio comenzó una nueva etapa vinculada a los servicios públicos sin dejar de mantener, de manera simbólica, su función original de atención social y ciudadanía.

 

Hoy, quienes cruzan el edificio quizá solo vean oficinas administrativas, pero aquellos que estudiaron allí sienten todas esas cosas que solo ellos podrían explicar.

Ven el arco que sobrevivió a la entrada, recuerdan el teatro lleno, los aplausos, las filas rectas y ordenadas. Recuerdan cómo crecieron.

La Misericordia fue el refugio, la sanación. La Milagrosa fue escuela. Y ambas forman parte de las vidas entrelazadas en ese corazón invisible de la ciudad.

Porque es imposible que desaparezca. Ya no se enseña en las aulas, pero continúa en la memoria colectiva de todos los que allí iniciaron su vida.

(La Asociación de hijos de María, Casa de la Misericordia, conmemora el próximo mes de septiembre el 108 aniversario de su Fundación)

LA VENTANA DE EVA

Eva García Aguilera

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