Opinión

Desde el atrio de San Diego: LA PREGUNTA DE SALAMANCA

Iglesia de San Diego
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Desde el atrio de San Diego: LA PREGUNTA DE SALAMANCA

LA PREGUNTA DE SALAMANCA.

Del Valle olvidado, la Sagrada Familia reverenciada y el muelle donde los milagros son electorales. Domingo, día del Señor, según para quienes..., con el Papa en la escalerilla se me ocurre esta reflexión..., con perdón.

Hay preguntas que atraviesan los siglos como una bala de plata atravesaría a un hombre lobo, no matan, pero desenmascaran, la Escuela de Salamanca formuló una hace quinientos años, cuando España descubría continentes, levantaba universidades y discutía sobre los límites morales del poder mientras media Europa todavía debatía si era más útil quemar herejes o fabricar más cadenas. La pregunta era sencilla y devastadora: ¿existen límites morales al poder?, recuperada en una alocución más folclórica que contemporáneamente seria, entre gaitas institucionales, fotografías calculadas y discursos prefabricados, aquello del congreso adquirió un aire costumbrista, casi de romería política. Lo que debía ser una visita pastoral acabó siendo un acto caricaturesco, más cercano al teatro de variedades que a la reflexión moral, que se lo pregunten a independentistas y comunistas de saldo. La visita papal fue presentada como un acontecimiento espiritual, pero terminó convertida en un espectáculo más folclórico que religioso.

Cinco siglos después, la respuesta parece haberse extraviado entre los pasillos del Vaticano, los despachos de Moncloa, las oficinas del separatismo catalán y las terminales portuarias de Arguineguín. La visita del Papa León XIV a España ha terminado convertida en una extraña representación teatral donde nadie parece interpretar el papel que le corresponde, así, el Vaticano actúa como una agencia de relaciones públicas y el Gobierno socialista se disfraza de católico practicante durante una semana, los mismos que llevan años ridiculizando la fe descubren de pronto su vocación apostólica, la hipocresía del miserable en su máximo exponente. Algunos prelados parecen más preocupados por agradar a los gobernantes que por incomodar a los poderosos, que fue precisamente una de las funciones históricas del cristianismo. Curioso.

Y entonces…, apareció la procesión de los conversos de conveniencia. Catorce ministros y un presidente que no encontraron agenda, coche oficial ni compasión institucional para asistir al funeral de dos guardias civiles asesinados en Barbate, pero que sí descubrieron de repente una irrefrenable vocación mariana cuando el Papa aterrizó en Barcelona. La izquierda que lleva años tratando al cristianismo como una superstición reaccionaria se abalanza sobre la sotana blanca como las lampreas sobre el salmón, buscando la fotografía redentora que les permita blanquear su expediente ideológico. Son agnósticos de lunes a sábado y monaguillos de protocolo los domingos con cámaras delante, estos miserables no acudieron a consolar a los servidores del Estado caídos, tampoco hacía falta, la verdad pues eran los directos culpables, pero sí desfilaron sonrientes ante los altares de la Sagrada Familia como quien acude a una inauguración de feria gastronómica, sinvergüenzas y canallas agrupados. La fe convertida en atrezo, el Papa en figurante de lujo y la liturgia reducida a photocall institucional. Nunca la parábola de los mercaderes del templo tuvo una versión tan cutre, subvencionada y ministerial como la de Barcelona. Mientras tanto, los muertos siguen esperando el respeto que los vivos administran según la rentabilidad electoral de cada fotografía.

Qué admirable ejercicio de coherencia moral el de este Gobierno, capaz de pactar con herederos políticos de quienes justificaron el terrorismo, los asesinos de ETA, capaz de mirar hacia otro lado cuando los cristianos son masacrados en África, capaz de guardar un prudente silencio ante las atrocidades de Hamás o Hezbolá cuando la conveniencia ideológica así lo aconseja, y de ausentarse con exquisita puntualidad de funerales incómodos como los de Adamuz o los de los guardias civiles asesinados. Sin embargo, cuando aparece un Papa, una basílica y una batería de fotógrafos, brota de repente una fe institucional tan intensa como efímera. No es devoción, es producción audiovisual, no es duelo, es protocolo. No es conciencia, es escenografía. La compasión la reservan para las cámaras y la solemnidad para el photocall, porque en la política del artificio del sanchismo la cruz pesa menos que una buena fotografía de portada.

Lo verdaderamente fascinante es que todo esto ocurre mientras el Vaticano distribuye un dossier laudatorio sobre Pedro Sánchez que haría sonrojar a los redactores del Granma cubano, ¿pactado hace una semana? Así resultaría que Sánchez ha relanzado la economía, fortalecido los derechos sociales, impulsado el bienestar colectivo y desarrollado políticas ejemplares de integración migratoria, una mierda de extrarradio, cualquier día descubriremos que fue Sánchez quién multiplicó los panes en La Moncloa, convirtió el agua en vino en Ferraz y caminó sobre las aguas del Mar Menor sin ayuda de asesores de comunicación. Algún escéptico como yo, cristiano, pero no un meapilas, esperaba otra cosa de la Iglesia, pero siempre defrauda. Esperaba una cierta distancia crítica, esperaba una cierta prudencia, incluso, una cierta memoria. La Iglesia ha sobrevivido dos mil años precisamente porque nunca debería confundirse con el poder temporal, cuando se ha confundido con él, siempre ha terminado pagando la factura y lo peor, haciéndonosla pagar.

Resulta llamativo que el mismo Vaticano que muestra una sensibilidad infinita hacia los dramas migratorios parezca extraordinariamente comprensivo con un Gobierno que ha constitucionalizado culturalmente el aborto, promovido la eutanasia como conquista progresista y reducido la presencia pública del cristianismo a una reliquia incómoda del pasado. Pero quizá lo más significativo no sea lo que el Papa ha dicho, quizá sea lo que ha decidido no decir, en esta visita había dos monumentos. Uno era la Sagrada Familia, sin duda, un prodigio gestado entre un santo y un genio, decían, al margen de los politicuchos de turno. El otro era el Valle de los Caídos, casi más importante por lo que significa y por el desprecio que se le tiene desde las hordas progresistas. La diferencia entre ambos revela mucho más que cien discursos diplomáticos y adoctrinados.

La Sagrada Familia es una obra extraordinaria de la fe cristiana, un templo magnífico, una maravilla arquitectónica y un icono universal. El Valle de los Caídos también es una obra monumental nacida de la tradición católica española, un santuario con todas las complejidades históricas, propias de un país longevo, con todas sus heridas y con todas sus controversias. Uno merece reverencias internacionales mientras el otro recibe desprecio institucional. Uno se visita y el otro se evita. Uno es patrimonio espiritual y el otro parece haberse convertido en patrimonio tóxico, ahí aparece el problema. La misión de la Iglesia no consiste en distinguir entre muertos ideológicamente aceptables y muertos políticamente inconvenientes porque la cruz del Valle no vota, no milita, no firma manifiestos y no pertenece a ningún partido, pero se ha convertido en objetivo prioritario de una izquierda que pretende reescribir la historia a golpe de decreto y de una derecha eclesiástica acomplejada que prefiere mirar hacia otro lado.

La ausencia simbólica del Valle durante esta visita pesa más que muchas homilías, transmite la sensación de que existen católicos de primera y católicos de segunda. Memorias respetables y memorias incómodas. Dolores subvencionables y dolores proscritos. Mientras el Gobierno organizaba la visita papal en términos más catalanes que españoles, más territoriales que nacionales, más partidistas que religiosos y más escenográficos que espirituales dónde Madrid era ave de paso, a pesar de los Reyes y Barcelona aparecía como el escaparate perfecto y España, quedaba reducida a una especie de concepto administrativo y no es casualidad.

Vivimos en una época donde la nación molesta pero las identidades fragmentadas reciben protección oficial al igual que los delincuentes y mafiosos. Donde la historia común incomoda, pero los relatos particulares generan subvenciones y affaires delictivos y donde la cohesión se considera sospechosa mientras la división constituye una herramienta política extraordinariamente rentable. En medio de todo ello emerge la imagen definitiva de esta visita, no ocurrió en una catedral, ni en una universidad, ni en un monasterio. Ocurrió en el puerto de Arguineguín. Allí, donde desembarcan miles de inmigrantes ilegales. Allí donde durante años los vecinos denunciaron abandono institucional. Allí, donde la alcaldesa pidió ayuda repetidamente sin obtener respuesta. Allí donde Sánchez jamás encontró tiempo para acudir cuando la crisis estaba en su punto más dramático…, pero entonces llegó el Papa, y de pronto apareció el presidente en una postura milagrosa, no de los Evangelios sino de comunicación política.

No hay fotografía más rentable para la izquierda contemporánea que un pontífice hablando de inmigración junto a un gobernante que necesita urgentemente blanquear su gestión por delictiva, autócrata y déspota. La imagen era perfecta, el Papa bendiciendo simbólicamente una narrativa y el presidente absorbiendo legitimidad moral por proximidad, despreciable, la inmigración convertida en decorado, los vecinos convertidos en figurantes, y los problemas reales cuidadosamente ocultos detrás de la escenografía.

La Iglesia habla de acogida, y tiene razón. Pero la acogida no consiste en abrir fronteras sin control mientras se destruyen los países de origen. No consiste en convertir a Europa en una sala de espera de urgencias permanente. No consiste en delegar la responsabilidad moral sobre quienes ya soportan la presión económica, social y cultural de una inmigración descontrolada, porque la caridad sin prudencia termina siendo demagogia, y la compasión sin responsabilidad acaba produciendo más sufrimiento que soluciones. Y ahí estamos, Europa levantándose contra la inmigración impuesta, véase Reino Unido y Belfast, Suecia o Suiza, Italia y Alemania. Resulta curioso observar cómo muchos de los dirigentes que acompañan emocionados al Papa son exactamente los mismos que desprecian públicamente los principios fundamentales del cristianismo, para mear y no echar gota..., son los mismos que ridiculizan la moral cristiana. Los mismos que expulsan símbolos religiosos de la vida pública y los mismos que consideran reaccionaria cualquier referencia a las raíces cristianas de Europa. Cuando aparece el Pontífice, se colocan la sonrisa institucional hipócrita, adoptan el tono solemne y se transforman durante cuarenta y ocho horas en monaguillos de protocolo o payasos de farándula, es el oportunismo elevado a sacramento, pero ojo, tampoco la Iglesia parece inmune a la tentación.

Mientras León XIV pronunciaba un magnífico discurso sobre la libertad, la verdad, la dignidad humana y los límites morales del poder, algunos sectores eclesiásticos parecían empeñados en convertirlo en una coartada para legitimar exactamente aquello que el Papa estaba denunciando, ahí reside la gran contradicción. El mejor discurso del viaje no ha sido sobre inmigración, ni sobre ecología, tampoco sobre convivencia. Ha sido sobre libertad, sobre pensamiento crítico, sobre resistencia frente a la manipulación y sobre la necesidad de limitar el poder. Justamente lo contrario de lo que desean quienes viven políticamente de la polarización. Justamente lo contrario de quienes utilizan la educación como instrumento ideológico. Justamente lo contrario de quienes pretenden que la verdad dependa de encuestas, algoritmos o ministerios.

Volvemos inevitablemente a Salamanca, a Francisco de Vitoria y a aquella pregunta incómoda que sigue atravesando los siglos. ¿Puede el poder hacerlo todo? La respuesta cristiana siempre fue no. No puede el Estado, no puede el Gobierno, no puede el partido, no puede el mercado, no puede tampoco la Iglesia cuando olvida su propia misión porque existen límites.

Existe una verdad anterior a los intereses, una dignidad anterior a las ideologías, una libertad que no pertenece a ningún gobernante, quizá esa sea la gran lección que ha dejado esta visita, aunque muchos se empeñen en ocultarla bajo toneladas de propaganda. Mientras unos intentaban utilizar al Papa para blanquear gobiernos, partidos y falsas identidades, otros intentaban utilizar gobiernos para blanquear al Papa, la pregunta de Salamanca seguía allí esperando, incómoda. ¿Quién pone límites al poder?, sobre todo, ¿quién se atreve ya a recordárselos? Días de hipocresía y falsedad institucional. Y el Mundial no va a enmascarar las miserias del gobierno, sus cloacas, sentinas y alcantarillas.

Andrés Hernández Martínez

 

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