Desde la repla. ECLIPSE DE REALIDAD

Plaza Toros Cartagena

ECLIPSE DE REALIDAD

Hay países que se derrumban lentamente y países que, además, hacen cola para pedir un bocadillo mientras se derrumban. España parece pertenecer a esta segunda categoría. Pero hay eclipse, o «clipse», como he escuchado en esa vulgaridad popular que algunos utilizan para justificar el desprecio estatal por la supuesta indigencia intelectual, y de pronto España levanta la cabeza.

Aquí puede arder la frontera, podemos tener la luz por las nubes, el combustible convertido en artículo de lujo, los impuestos haciendo horas extraordinarias y el supermercado cobrando entrada, pero basta que la Luna se coloque delante del Sol para que levantemos la cabeza al cielo y olvidemos, durante unos minutos, la factura de la vida.

Entonces aparece el intelectual de guardia, el censor de la piruleta, para explicarnos que mirar al cielo es de cretinos, en una actualización 4.0 del viejo “pan y circo romano”. El eclipse no es el problema. El problema es que nos están eclipsando la realidad. Para el Sol, gafas. Para la realidad, persianas. Y mientras la Luna ensaya su número de magia sobre nuestras cabezas, aquí abajo continúa el espectáculo.

Resulta enternecedor contemplar a una población preocupada por no quedarse ciega mirando al Sol mientras lleva años caminando a oscuras por asuntos bastante más graves. Nos venden las gafas del eclipse como si fueran el último instrumento de dominación masiva, cuando quizá el verdadero problema no sea que el ciudadano mire al cielo, sino que algunos preferirían que no mirase demasiado al suelo. porque en el suelo está la factura de la luz, está el surtidor, está el supermercado, la hipoteca y el alquiler. Está la nómina haciendo malabarismos para llegar al día treinta. Y ahora, además, ese maravilloso deporte nacional llamado endeudarse para descansar, pedir dinero prestado para disfrutar dos días de vacaciones y regresar después a trabajar para pagar los dos días que nos permitieron descansar. Cosas de la estulticia española: hasta para descansar necesitamos financiación.

Llega el eclipse y, de repente, España descubre la astronomía. Millones de ciudadanos quieren contemplar un fenómeno que ocurre cuando la Luna se interpone entre la Tierra y el Sol, porque oído y visto la indigencia intelectual como deporte nacional, todo empírico, muchos no saben ni lo que han visto… Para algunos articulistas, eso demuestra que hemos degenerado como especie, sin embargo, cuando millones de ciudadanos se quedan mirando la pantalla mientras los políticos se insultan, se prometen cosas imposibles o explican por decimoséptima vez que todo va estupendamente, a pesar de invasiones migrantes y escaseces, a pesar de la abstinencia ante los desastres, entonces parece que hemos alcanzado la cima de la civilización occidental. El eclipse, al parecer, idiotiza, en contra de la propaganda política, que parece que no lo hace. Mientras las gafas de cartón son degradantes, las consignas electorales, evidentemente, elevan el espíritu. No idiotiza, simplemente ofrece una pausa en la estupidez cotidiana.

Mirar cinco minutos al cielo sería una demostración de vacío existencial. Mirar durante ocho años cómo se deterioran las instituciones mientras se aplaude al líder de turno debe de ser, en cambio, una experiencia trascendente. Hay una contradicción deliciosa en todo esto, se acusa a la gente de ser una masa amorfa porque quiere mirar un eclipse y, al mismo tiempo, se pretende que esa misma gente permanezca permanentemente entretenida con guerras culturales, trincheras partidistas, escándalos diarios y el último incendio de las redes sociales creado por algún homínido y algún animal de bellota.

Quizá el problema sea que la Luna consigue eclipsar durante unos minutos a los que llevan años intentando eclipsar la realidad. Porque mientras discutimos sobre las gafas del eclipse, España tiene problemas bastante menos fotogénicos. Las fronteras siguen siendo fronteras. África no se ha trasladado al otro lado del mapa porque nosotros decidamos no hablar de ello, al contrario, en eso están. Ceuta y Melilla continúan siendo las puertas de una Europa que parece haber contratado a un ilusionista para vigilar sus cerraduras. El Mediterráneo sigue siendo frontera, escenario, tragedia y negocio político. Y mientras tanto, aquí seguimos discutiendo si unas gafas de cartón representan la decadencia de Occidente.

La decadencia, queridos astrónomos de salón, no está en mirar un eclipse.  Está en no ver lo que tenemos delante. Está en aceptar como normal que trabajar no garantice vivir con desahogo, que comprar una vivienda parezca una misión reservada a los elegidos con divisa parlamentaria, que llenar el depósito produzca un pequeño episodio de ansiedad, que encender el aire acondicionado requiera casi un informe de impacto económico doméstico o que el Estado recaude cada vez más mientras el ciudadano siente cada vez menos que ese dinero regrese a su bolsillo en forma de servicios eficaces. Pero nada de eso parece suficientemente escandaloso cuando se oscurece por un “clipse” ..., el eclipse dura unos minutos y la decadencia requiere mucha más paciencia. El auténtico eclipse es el que tapa la realidad y deja iluminada la propaganda.

No hay punto medio entre la superioridad moral de quienes consideran cretino al ciudadano que se pone unas gafas para mirar el Sol y quienes convierten un fenómeno astronómico en una operación de marketing social. Observar un fenómeno astronómico no es una claudicación intelectual, pero tampoco hace falta organizarlo como si fuera el desembarco de Normandía. La curiosidad no es patrimonio de una élite y el asombro tampoco es una enfermedad de plebeyos.

Hay una forma especialmente curiosa de despreciar al pueblo: tomarlo por un rebaño de borregos inducidos al espectáculo cuando hace lo que hace todo el mundo y considerarlo ciudadano ejemplar cuando vota exactamente como uno desea. La gente no es idiota por mirar el cielo, o sí, pero lo triste es que puede ser idiota por otras muchas cosas en la que asiente sin protestar.

Permitir que le suban los impuestos mientras le explican que le están haciendo un favor. Aceptar que la política se convierta en una sucesión de trincheras con desprecio manifiesto a la ciudadanía. Confundir propaganda con información. Resignarse a que la mentira tenga más presupuesto que la verdad. Sobre todo, elegir líderes como quien elige equipos de fútbol y defenderlos, aunque incendien el estadio. Ahí sí habría materia para una columna descriptiva, pero entonces habría que mirar de frente y eso duele más que el Sol. El eclipse resulta muy oportuno. Durante unos minutos, la Luna tapa el astro rey y proporciona a España una metáfora perfecta, un país parcialmente oscurecido mientras contempla fascinado su propia sombra, en este punto si podemos llamarnos imbéciles, con perdón.

No necesitamos un líder totalitario para marchar sobre cristales rotos. Nos basta con una población agotada, enfrentada y entretenida. Un pueblo al que le han enseñado a discutir por cualquier cosa mientras las cosas verdaderamente importantes pasan por detrás y de soslayo. La política ha convertido el debate público en un inmenso patio de colegio. Nosotros, encantados, seguimos discutiendo quién tiene la culpa de que llueva mientras el tejado se cae. Quizá por eso quizá convenga mirar el eclipse. Hay una ironía deliciosa en considerar infantil a quien se interesa por el fenómeno astronómico, que millones de adultos…, acepten como normal que la política se haya convertido en una guardería con coche oficial.

Sería bastante más preocupante que el eclipse nos dejara ciegos de la realidad, que alguien haga negocio con las gafas, otro con el miedo y nosotros con nuestra propia estupidez. Si somos capaces de mirar al Sol con cuidado, ¿por qué no somos capaces de mirar una papeleta con la misma prudencia?

La Luna pasará. El Sol volverá a iluminar. Las gafas acabarán en la papelera, España seguirá teniendo la factura de la luz, el surtidor, el alquiler, los impuestos, las fronteras y todos esos problemas que estaban ahí antes del eclipse y seguirán ahí después. El verdadero eclipse no será el que oscurezca el cielo durante unos minutos, es el que consigue que un país entero mire hacia arriba mientras le vacían los bolsillos por debajo.

Mientras la Luna eclipse al Sol durante unos minutos, hay algo infinitamente más preocupante, que la decadencia de un país pueda durar décadas y nadie encuentre las gafas para verla, esa sí que no es una sombra pasajera. La pregunta es cuánto tiempo más vamos a permitir que nos tapen la realidad.

Andrés Hernández Martínez