Desde la Repla. EL FLASH DE LOS INÚTILES
EL FLASH DE LOS INÚTILES. La fotocracia, la caquistocracia y el álbum del saqueo.
En Cartagena ya no se gobierna, se revela un carrete, de los de antes. Hay políticos que construyen puentes y otros que construyen álbumes, Cartagena, siempre innovadora, decidió hace tiempo que era mucho más barato inaugurar fotografías que inaugurar realidades. El hormigón cuesta millones, un fotógrafo apenas cobra la dieta, como un asesor de RRSS y si encima es familiar, todo queda en casa. Así nació una nueva forma de gobierno, la fotocracia, esa sofisticada disciplina política donde el único plan estratégico consiste en que el obturador dispare antes de que la realidad estropee el encuadre. Aquí no importa si el barco flota, lo imprescindible es salir en la foto antes de que haga agua, como en nuestros astilleros.
La ciencia política lleva siglos clasificando las miserias del poder. Los griegos inventaron palabras para casi todo, porque intuían que algún día llegarían gobiernos inútiles pero capaces de convertir el ridículo en doctrina. Existe la cleptocracia, donde el poder sirve para vaciar las arcas públicas con la elegancia de un carterista con escolta. Está la caquistocracia, el gobierno de los peores, de los más incompetentes, de quienes convierten el currículum en un documento de ficción y la mediocridad en requisito para ascender, Cartagena y su consistorio al completo. También encontramos el clientelismo, el nepotismo, el Estado capturado, el amiguismo y esa maravillosa modalidad de administración donde el mérito es un defecto y el parentesco una oposición aprobada por decreto.
Lo fascinante es comprobar que algunos gobiernos no eligen una sola categoría, como un bufé libre de la decadencia, deciden coleccionarlas todas. El sanchismo ha conseguido el milagro administrativo de reunirlas en un mismo escaparate, con bufones, payasos, "payases" y payasas, animales rebuznando y otras comiendo bellotas. Es una especie de navaja suiza de la degradación institucional, y, sin embargo, la que mejor le sienta es la caquistocracia. No podía ser de otra manera cuando el jefe de la expedición arrastra todavía la sombra de una tesis doctoral más viajada que Marco Polo, la prostituida imagen de un currículo adulterado y el decadente apego a la corrupción. Si el ejemplo empieza arriba, abajo ya nadie pregunta por el mérito, basta con dominar el arte de asentir, obedecer y salir enfocado.
En la Región de Murcia han decidido adaptar el modelo con denominación de origen exclusiva. Aquí el saqueo no siempre consiste en llevarse el dinero, que también, a veces basta con robar el tiempo. Nos saquean el futuro inaugurando infografías, prometiendo infraestructuras que envejecen antes en el ordenador que sobre el terreno, es una cleptocracia temporal, desaparecen los años mientras las obras permanecen en fase de PowerPoint, y si no en verano a destrozar la ciudad para la foto de otoño y primavera.
Vivimos rodeados de sonrisas institucionales, da igual que el Ayuntamiento navegue entre déficits, que la Región coleccione promesas como un filatélico obsesivo o que Cartagena continúe esperando proyectos con la misma paciencia con la que los primeros cristianos aguardaban la segunda venida, hoy lo verdaderamente urgente es inmortalizar el instante mientras opositamos por el bocadillo de rancho político. La política dejó de administrar el presente para editar el recuerdo, y ahora viendo los apesebrados del PP, hará falta una candidatura potente de VOX, muy alejada de lo actual, sin duda, en las antípodas, para poner a esos peperos y “cantoneros” que no cantonales en la sombra, en la sombra de la jubilación anticipada y pasada para ahorrar dinero a las arcas.
Acabamos de ganar un Mundial y el fútbol explica mejor la política que cualquier tratado constitucional, pero, el lunes todo seguía igual. Las hipotecas no desaparecieron, los números rojos no decidieron convertirse en azules por patriotismo y los profesionales del enchufe continuaron cobrando puntualmente gracias a esa industria regional llamada nepotismo. Pero eso sí, qué maravilloso quedó el saque de honor. El partido podía terminar cinco a cero, el estadio caerse a pedazos y el césped parecer el viejo Almarjal, aquel patatal destartalado que hoy sirve de metáfora perfecta para demasiadas administraciones. Si la alcaldesa, el consejero y media docena de asesores sonríen junto al balón, ya pueden entregarles la Copa de Europa de la propaganda.
La clasificación política ya no se mide por hospitales abiertos, empresas instaladas o trenes que NO llegan, se mide en centímetros de columna, impactos en redes sociales y "likes" comprados a golpe de algoritmo. Cartagena ya no tiene concejales, tiene figurantes. La Comunidad Autónoma ya no posee consejerías, dispone de estudios fotográficos financiados por el contribuyente. Cada inauguración parece una comunión donde el único sacramento consiste en cortar una cinta mientras alguien grita: "¡Miren aquí!". Después uno regresa al día siguiente y descubre que detrás de la lona continúa sin existir absolutamente nada, pero la fotografía ha quedado preciosa, que es lo verdaderamente importante.
Los viejos políticos robaban el futuro, los modernos directamente lo renderizan o transforman en su beneficio. Han descubierto que una infografía bien iluminada produce más aplausos que una obra terminada que encima nadie agradece. Cartagena se ha convertido en la capital internacional del proyecto virtual, se inauguran dibujos con la solemnidad con la que los romanos levantaban acueductos y las maquetas envejecen más deprisa que los edificios, y los renders o imágenes acumulan más inauguraciones que ladrillos.
Existe una extraña epidemia entre nuestros gobernantes, padecen alergia al barro, no pisan una obra terminada, pisan un photocall. No visitan empresas, recorren encuadres con amiguetes. No buscan soluciones, buscan cobertura mediática. Son políticos de alta resolución y bajísima definición moral, ya resulta fácil imaginar a Noelia Arroyo subida sobre una pavimentadora asfáltica recién alquilada para la sesión de fotos mientras López Miras posa con casco impoluto delante de un andamio que jamás tocará. El único trabajador indispensable sigue siendo el fotógrafo.
Mientras tanto, Cartagena continúa esperando, espera el Cine Central, espera el tren, ya no digno, lo que sea. Espera infraestructuras decentes y no asfaltados recurrentes por fotográficos. Espera inversiones, espera que alguien recuerde que existe, más allá de servir como decorado electoral cuando llegan las campañas, en eso estamos. Cartagena lleva tanto tiempo esperando resoluciones políticas aderezados de filibusteros con medalla y fajín carmesí que debería cobrar antigüedad en quinquenios. Y manipulando información, ahora parece que lo que décadas se hace en las playas por la noche en régimen estival, es un esfuerzo municipal, según el concejal de turno, la mierda y la desidia, como todos los veranos se establece en La Manga y el Mar Menor, es la clara evidencia del absentismo, es la incompetencia municipal de Noelia y su corte.
Y no crean que la oposición merece un monumento, ellos tampoco gobiernan cuando les toca fiscalizar, simplemente aguardan a que el incendio tenga suficiente humo para convocar una rueda de prensa delante de las cenizas, son así de incompetentes a la par que sagaces, viven del cuento, del de Calleja, cambian las siglas, pero nunca el objetivo de la cámara. Gobierno y oposición comparten la misma ideología miserable, el gran angular y el fondo pantalla. Unos posan sonriendo, los otros ponen cara de indignación estudiada, después todos se congratulan fuera del plano.
La fotografía tiene una ventaja extraordinaria sobre la gestión, nunca formula preguntas incómodas. No pregunta por qué la deuda aumenta mientras los discursos hablan de prosperidad. No pregunta por qué las empresas se marchan o cierran mientras las notas de prensa aseguran exactamente lo contrario. No pregunta por qué los impuestos siempre suben mientras los servicios públicos bajan por el ascensor de la mediocridad y encima nos dicen lo contrario. No pregunta por qué Cartagena continúa siendo utilizada como el decorado barato donde otros escriben el guión desde Murcia. No pregunta…
Aquí también existe otra modalidad política poco estudiada, el Estado capturado. No por grandes oligarcas internacionales, sino por una burocracia perfectamente instalada que ha aprendido a sobrevivir gobierne quien gobierne. Solo cambian los colores de las corbatas, bueno, hoy los de los calzoncillos y bragas, pero nunca los apellidos del enchufe. El clientelismo ya no necesita esconderse, se presenta en sociedad como "confianza política", con dos cojones. El nepotismo ha dejado de ser una vergüenza para convertirse en un organigrama asumido por un ejército de estúpidos ciudadanos, y la incompetencia ya ni siquiera se disimula, ha adquirido rango institucional.
Quizá por eso la palabra que mejor resume este tiempo no sea corrupción, sino mediocridad. Porque el dinero robado puede recuperarse excepto si es del hermano de Sanchez. El tiempo perdido, las oportunidades desperdiciadas, las empresas y proyectos que nunca llegaron y se quedaron en Murcia, los jóvenes que hicieron la maleta y los proyectos que murieron en una rueda de prensa jamás regresan. Eso también es saquear una ciudad, aunque no deje huellas en una cuenta bancaria y a pesar del triunfalismo de una dama llamada Noelia protagonista de una obra de Beckett, del teatro de lo absurdo…
Una fotografía es un testigo comprado, manipulado y corrompido. Sonríe, aunque todo se derrumbe detrás del objetivo, la política regional se parece cada vez más a esas familias que publican vacaciones idílicas en redes sociales mientras llevan medio año sin dirigirse la palabra y pagan el hotel con la tarjeta al límite o en números rojos, pero hay que aparentar. Cuanto más felices aparecen las imágenes institucionales, peor suele encontrarse la realidad que intentan esconder, y la realidad cartagenera empieza a resultar obscena y dramáticamente grotesca.
El problema es que el ciudadano ya no contempla el álbum, mira la factura con desasosiego, las facturas no admiten filtros, no existe Photoshop capaz de borrar un impuesto, ni inteligencia artificial que elimine una lista de espera, ni dron que convierta un fracaso administrativo en un éxito permanente. La realidad posee una virtud insoportable para los fabricantes de propaganda con divisa de partido, siempre termina entrando en el encuadre.
Algún día descubrirán que una ciudad no se ilumina con flashes, sino con ideas, o que un carrete -de los de antes de Fotoprix- no sustituye un presupuesto, que un dron jamás reemplazará un plan estratégico, o que un fotógrafo nunca creará un puesto de trabajo, y que una administración gobernada por la kakistocracia, alimentada por el clientelismo, protegida por el nepotismo y maquillada por la fotocracia sólo puede producir una colección de instantáneas..., pero las del fracaso.
Hasta entonces seguiremos asistiendo a la misma representación. Ellos, ellas y sin “elles” seguirán posando. Nosotros seguiremos pagando el revelado, porque en Cartagena hace demasiado tiempo que nadie gobierna, simplemente esperan que alguien pronuncie la frase más sincera de toda la legislatura, incluidas pencos, animales de bellota y demás fauna doméstica y granjera. «Sonrían... que esto también lo pagan los ciudadanos.».
Quizá por eso conviene recordar a Groucho Marx cuando escribió: «La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos en todas partes, diagnosticarlos incorrectamente y aplicar los remedios equivocados». En Cartagena han añadido una innovación, antes de equivocarse, se hacen la foto. Agosto sin escaparates, a ver que inventan…
Andrés Hernández Martínez