Opinión

Desde la Repla: LOS VEINTISIETE DEL PATÍBULO. LOS VEINTISIETE DEL BOCADILLO DE RANCHO

Plaza Toros Cartagena
Plaza Toros Cartagena
Desde la Repla: LOS VEINTISIETE DEL PATÍBULO. LOS VEINTISIETE DEL BOCADILLO DE RANCHO

LOS VEINTISIETE DEL PATÍBULO. LOS VEINTISIETE DEL BOCADILLO DE RANCHO

Hay ilusos, "iluses" e ilusas. Y luego está la política cartagenera. Un conglomerado de inútiles ancestrales con carnet de partido, suficiente para el nepotismo ilustrado. Un ecosistema tan peculiar que ha conseguido algo extraordinario, convencer a buena parte de las personas más preparadas de la ciudad de que mantenerse lejos de ella es un ejercicio de salud mental.

Cartagena tiene veintisiete concejales. Veintisiete representantes más impuestos que elegidos para gestionar una ciudad con enormes posibilidades, una historia monumental y un potencial económico que muchas ciudades españolas envidiarían. Sin embargo, contemplando el espectáculo político de los últimos años, ya no digo semanas…, uno tiene la sensación de que demasiados de ellos viven más preocupados por conservar el sillón que por justificarlo.

Seguimos esperando políticos que hablen menos de sí mismos y más de la ciudad. La ciudad reclama gestión mientras se organizan conspiraciones. La ciudad pide proyectos nuevos e ilusionantes y solo nos venden humo mientras cuentan votos. La ciudad exige liderazgo y ellos y ellas administran egos, sus egos. Cuando termina cada crisis política, cada moción, cada enfrentamiento interno o cada guerra de siglas, el resultado suele ser el mismo, Cartagena sigue esperando, las infraestructuras, la planificación, las soluciones y la altura de miras, pero, con permiso de López Miras.

Lo más llamativo de todo no es la mediocridad, eso ha existido siempre, lo verdaderamente preocupante es que parece haberse convertido en un requisito de acceso al consistorio. Durante años hemos escuchado discursos grandilocuentes sobre participación, regeneración democrática, talento, compromiso ciudadano y servicio público desde todas las esferas sociales y empresariales con derivada política, palabras hermosas, pero el problema es que casi nunca coinciden con la realidad. Cartagena está llena de personas extraordinariamente preparadas. Empresarios que han levantado compañías desde cero. Ingenieros que gestionan proyectos multimillonarios. Profesionales sanitarios que toman decisiones complejas cada día. Juristas, investigadores, profesores, directivos y emprendedores que responden con su nombre y su reputación por cada decisión que adoptan. Sin embargo, rara vez aparecen en las listas electorales, por ser amable y generoso, ojo, y no es porque no amen Cartagena, tampoco porque carezcan de compromiso.

Simplemente observan el funcionamiento de los partidos y llegan a una conclusión elemental, el sistema no está diseñado para atraer a los mejores, el sistema esta prostituido y diseñado para seleccionar a los más adaptados al aparato, la diferencia es muy importante. En una empresa privada, quien fracasa suele asumir consecuencias, en todas las profesiones, la incompetencia se paga, menos en política o como las empresas de la SEPI, demasiadas veces ocurre justo lo contrario, los catapultan a mejores sueldos y mejores puestos, donde el error se justifica y la responsabilidad se diluye. La culpa siempre pertenece a otro y la supervivencia interna termina teniendo más valor que la capacidad de gestión.

La meritocracia aparece en los programas electorales pero la obediencia y sumisión es una máxima en las listas, siempre gana la obediencia, quizás, por eso, tantos profesionales solventes observan la política desde la distancia y al límite del vómito, no porque no quieran ayudar, sino porque no están dispuestos a participar en mecanismos que jamás aceptarían en sus empresas, en sus despachos o en sus profesiones, y debo reconocer que me encuentro entre ellos, amo profundamente Cartagena, su historia, su presente y su futuro, cada semana predico en el desierto, grito en silencio a través de la palabra, la opinión y la crítica, me preocupa la decadencia institucional cada vez más pronunciada, deseo la mejor gestión posible para mi ciudad y quizás, precisamente por eso, no he querido ni quiero formar parte de determinadas dinámicas. No interesa pasar años aprendiendo el arte de asentir, no nos interesa intercambiar criterio por disciplina, tampoco interesa convertir la lealtad personal en moneda de cambio y traición de principios y valores. No interesa sobrevivir dentro de una estructura donde demasiadas veces se premia la docilidad por encima de la capacidad, sé que, para esos personajes de nuestra ciudad altamente competentes, algunos interpretan esta decisión como una falta de compromiso clara, pero es exactamente lo contrario. 

El compromiso con Cartagena me, nos obliga a decir lo que pensamos. “Asinque”, buena parte de nuestra política local se ha convertido en una maquinaria que repele talento y atrae dependencia. Una máquina donde los mejores candidatos suelen quedarse fuera mientras prosperan quienes dominan el lenguaje interno de las organizaciones, chupan lo que pueden y se arrastran en la más profunda ignominia ética.

Los resultados están a la vista. Partidos fragmentados, liderazgos débiles de plastilina del “todo a cien”, guerras internas permanentes en busca de protagonismo y el bocadillo de rancho, estrategias casi delictivas a corto plazo y, una alarmante incapacidad para construir consensos duraderos sobre los grandes asuntos de la ciudad. Mientras tanto, los ciudadanos asisten al espectáculo con creciente escepticismo, hoy es peor que ayer y mañana será peor que hoy, pero hemos tenido Papa hasta en la sopa, y ahora tenemos mundial que nos narcotiza durante semanas.

Estos miserables han aprendido el arte de distinguir entre la gestión y la propaganda para dibujar su eslogan de fortuna, entre los proyectos y los titulares, entre el liderazgo y el marketing político. Lo ocurrido en los últimos años en Cartagena constituye un magnífico ejemplo de esa degradación progresiva, cambian las siglas, los compañeros de cama, cambian los discursos y las alianzas. Pero la sensación de estupro o tropelía social permanece. La política se ha convertido en una actividad demasiado centrada en los políticos para su sustento y demasiado poco centrada en los ciudadanos por y para su desprecio. Siempre hay una explicación para cada fracaso, nadie parece asumir responsabilidad alguna y todos se consideran víctimas. Es un fenómeno fascinante, veintisiete concejales, veintisiete inocentes, ni un solo culpable, una anomalía estadística digna de estudio o de Tezanos.

Mientras ellos discuten sobre despachos, posiciones, cuotas de poder y equilibrios internos, la ciudad continúa enfrentándose a desafíos mucho más importantes como la competitividad económica, el desprecio de la capital y del gobierno regional, la atracción de inversiones, la modernización administrativa a pesar de los OCHO apellidos cartageneros y el nepotismo. En la agenda oculta la recuperación de barrios degradados y los guetos instaurados, la mejora de infraestructuras, la planificación urbana, la liberación del suelo para vivienda o la defensa de nuestros intereses estratégicos, ente otras muchas más. Son asuntos que requieren capacidad técnica, visión de largo plazo y liderazgo real, lo que no hay, son precisamente las cualidades que con más frecuencia quedan relegadas por las dinámicas partidistas.

Por eso, Cartagena corre un riesgo silencioso de herrumbre que consiste en que las personas más preparadas hayan dejado de creer que merece la pena intentarlo. Cuando los mejores se apartan, no desaparece la política, simplemente queda en manos de otros. Cuando una institución deja de atraer talento, termina atrayendo mediocridad. La selección inversa donde, los más capaces se alejan porque el sistema les resulta insoportable y, el sistema empeora porque los más capaces se alejan. Un círculo perfecto de mediocridad e infamia profundamente destructivo. Y esto es la generalidad, como el propio gobierno. 

Por eso, al abajo firmante no le preocupa quién gane la próxima batalla política, tampoco quién ocupe el próximo despacho, no le preocupa qué sigla termine imponiéndose sobre las demás, la preocupación es quién estaría dispuesto a gestionar Cartagena como merece, quién posee experiencia real, quién ha demostrado capacidad fuera de la política, quién entiende que el Ayuntamiento no es una agencia de colocación ni un escenario para alimentar egos y quién comprende que la ciudad está por encima de cualquier partido. Esa debería ser la premisa y eso es lo preocupante, el vacío, la ausencia….

Seguimos preguntándonos por qué los mejores no aparecen. Demasiadas veces les hemos demostrado que no los queremos, o peor aún, les hemos demostrado que para entrar deben parecerse a quienes ya están, un precio que muchos no están, no estamos dispuestos a pagar. Desde mi balcón del número 53 de la extinta calle de Montanaro, allá donde la Repla pierde su ombligo a los pies de la puerta del Príncipe de la malograda plaza de toros, seguiré defendiendo la mejor gestión posible para Cartagena y criticando a la herrumbre social por mucha divisa de concejal o de ganadería que sustenten.

Seguiré apoyando a quien demuestre capacidad, solvencia y honestidad. Seguiré señalando errores cuando los vea. No pienso confundir servicio público con obediencia partidista, ni compromiso con sumisión y ni política con profesión. Cartagena merece mucho más que una sucesión interminable de luchas internas, conspiraciones de pasillo y campañas electorales permanentes de mercadillo de miércoles. Cartagena merece a los mejores, el día que consigamos que los mejores quieran volver a participar, quizá empecemos a resolver los problemas de verdad, y nos anegue la esperanza y no los eventos de fines de semana más de perroflautas que dignos de la ciudad.

Hasta entonces, seguiremos contemplando el espectáculo de los veintisiete del patíbulo. Los veintisiete del bocadillo de rancho. Veintisiete actores del teatro del absurdo de Becket. Veintisiete supervivientes de un “reality show” sin erotismo ni sensualidad, tosco y grosero, son veintisiete versiones de la misma obra. Sobre todo, una ciudad esperando que alguien recuerde, de una vez por todas, para qué fue elegido, y no para poner “SP” en la gorra como un taxi.

Andrés Hernández Martínez

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