Opinión

La cruda realidad tras la visita del Papa

Juan M. Uriarte
Juan M. Uriarte
La cruda realidad tras la visita del Papa

 

Todo lo que sube baja. La sensación de vuelta a la cruda realidad tras la desbordante visita del Papa León puede dejar quizá unas gotas de sarcasmo o amargura, tras finalizar la ilusión; ¿era espejismo? Este efecto newtoniano gravitatorio de bajón se acentúa quizá al fijarnos en el lema que los obispos españoles eligieron para esta Visita papal: “Alzad la mirada”.  Un lema positivo, ascendente…, pero ahora toca pisar tierra, bajar a la cotidianeidad de lo concreto. Pudiera parecer que hay que retornar a lo verdaderamente importante, a nuestro campo de trabajo, a la acción… como si la visita papal, los discursos, la belleza de la liturgia, los cantos, la fraternidad (la comunión de los santos) fueran una especie de emotividad poco práctica, una ilusión para gente sensible, o sensiblera. Está bien lo celebrativo, pero lo importante es aterrizar, obrar y actuar.

Alzad la mirada, una exhortación para mirar más allá; no tanto para quedarnos embobados estáticamente mirando hacia arriba -“Galileos, ¿por qué permanecéis mirando al cielo?” (Hch 1,11)-, sino para levantar la vista, frecuentemente centrada en nuestro ombligo, hacia el mundo, campo de batalla, lugar de siembras y cosechas. El  evangélico imperativo Alzad la mirada (Jn 4, 35), se ubica después del diálogo de Jesús con la samaritana. El versículo literal afirma: Levantad vuestros ojos y contemplad los campos, que blanquean para la siega; referencias evangelizadoras a los hermanos alejados o incluso ajenos, samaritanos que se acercaban, humanidad que se acerca hambrienta de pan material, y sobretodo de sentido vital. Alzad la mirada a vuestros hermanos.

Nada más cristiano que esa visión del mundo como campo de trabajo espiritual y material. Esa mezcolanza de liturgia y acción, injerto de lo divino en lo pedestre, lo excelso con lo mundano. Alzad la mirada no puede ser en ningún momento una llamada a escapar desde la circunstancia terrenal a un misticismo de huida. Si de algo nos previene es del ensimismamiento, del soliloquio que busca el propio engorde. No hay pues vuelta a la ‘cruda realidad’, pues vivimos en una realidad redimida. No hay que elegir por tanto entre lo divino y lo humano, entre las cosas de Dios, y la pragmática de la caridad. Aquella falsa dicotomía sobre la que ya advertía San Josemaría en 1967: “…presentar la existencia cristiana como algo solamente espiritual — espiritualista, quiero decir—, propio de gentes puras, extraordinarias, que no se mezclan con las cosas despreciables de este mundo, o, a lo más, que las toleran como algo necesariamente yuxtapuesto al espíritu, mientras vivimos aquí (…) Cuando se ven las cosas de este modo, ser cristiano es entonces ir al templo, participar en sagradas ceremonias, incrustarse en una sociología eclesiástica, en una especie de mundo segregado, que se presenta a sí mismo como la antesala del cielo, mientras el mundo común recorre su propio camino. La doctrina del cristianismo, la vida de la gracia, pasarían pues, como rozando el ajetreado avanzar de la historia humana, pero sin encontrarse con él.”

Se fue el papa León, sí. Toca abajarse a lo cotidiano, encontrar la trascendencia en la rutina, y hacer la santa mezcolanza en la prosa de cada día; aquello de  San Benito, ora et labora. Poco podemos hacer solos, la tarea es imposible sin el auxilio de la gracia. Alcemos los ojos a Dios y a nuestros hermanos. “Levanto los ojos a los montes, de dónde me vendrá el auxilio

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